El empresario argentino Gustavo Grobocopatel, considerado en su país
como "el rey de la soja", participará en el ciclo de charlas que
brindará el candidato a la Presidencia por el Frente Amplio, Tabaré
Vázquez, "Uruguayx+".
De la primera conferencia, que se realizará el próximo lunes en el
auditorio de Antel también participará el ingeniero Nicolás Jodal, CEO
de GeneXus Internacional.
Esta será la primera de cuatro charlas que abordarán temáticas vinculadas a producción, innovación, ciencia y tecnología.
Por Claudio Lowy *
La modelización
del sistema agrario de producción transgénica que propone Gustavo
Grobocopatel en su nota “Proteínas como arma de negociación con el
mundo” (http://www.clarin.com/opinion/Proteinas-arma-negociacion-mundo_0_311368927.html),
que publicó Clarín el jueves 5 de agosto, y que refuerza en notas
posteriores en Página/12, está construida sobre la minimización, el
ocultamiento y la tergiversación de daños ambientales, sociales y
económicos. Algunas de las afirmaciones que propone el empresario para
mirar el sistema agrario de producción de soja transgénica son:
-
“Lo más importante es que la soja no sólo no compite con los productos
de valor agregado sino que puede ser su aliada natural y principal.”
-
“Si el mundo necesita soja y sus derivados, se los podríamos dar a
cambio de que también nos compren otros productos. Si no tenemos soja es
muy probable que no tengamos cómo negociar la colocación de los otros
productos, sean del origen que sean.”
- “Las proteínas pueden
ser nuestra mejor arma de negociación ante el mundo.” Y propone
juntarnos en esta estrategia con Brasil y el resto de los países del sur
de América.
- “Agricultura familiar” es sinónimo de vivir sin dignidad.
- Los beneficios de la agricultura están distribuidos en la sociedad.
-
Gracias a la siembra directa no estamos desertificando más; el
glifosato es el menos malo de los herbicidas y no pasa a las napas
porque se destruye al tocar el suelo.
Estas y otras contenidas en sus escritos tergiversan y/o ocultan que:
1. La soja sí
compite con otros productos. Desplazó, entre otras, a la actividad
tambera, las pasturas y los cultivos de algodón. Y pone en riesgo
nuestra soberanía alimentaria.
2. Se privilegia la demanda del
mercado internacional, dificultando la satisfacción de la demanda del
mercado interno, con la consiguiente presión sobre los precios.
3.
Se destruye la capacidad de producir alimentos sanos y diversos en el
campo argentino. En superficies que ocupan hasta el borde mismo de los
pueblos, impide que en esos territorios se cultive para abastecer a esas
mismas poblaciones. Se destruyen los bosques y la capacidad productiva
de los suelos. Y obliga a los productores a depender de un sistema que
los degrada a ellos y a su ambiente.
4. Los agroquímicos
aplicados generan enfermedades que incluso causan la muerte entre los
trabajadores rurales y las poblaciones afectadas.
5. Se concentra el ingreso en poquísimas personas, dejando a muchos en la pobreza y en la indigencia.
6.
Las personas que viven en las zonas rurales y en las pequeñas
poblaciones deben migrar hacia las villas miseria de las grandes
ciudades, degradando su calidad de vida y agravando los desequilibrios
poblacionales y ambientales.
7. Las alteraciones y riesgos de
daños irreversibles de los transgénicos en la biodiversidad y la
evolución biológica. Así como los daños y riesgos de los alimentos
transgénicos vinculados también con la falta de información adecuada al
consumidor.
8. La necesidad de aplicar fertilizantes y plaguicidas en cantidades y concentraciones cada vez mayores.
9.
La destrucción de nuestros ecosistemas y la erosión de la
biodiversidad, afectando los procesos ecológicos esenciales, el ciclo
del agua, de los nutrientes, del dióxido de carbono, el flujo energético
y las cadenas tróficas, sin los cuales la vida que conocemos y su
evolución no es posible.
10. Genera un sistema ineficiente y/o
corrupto de control y certificación de agroquímicos y de agroalimentos,
que aprueban productos que no deberían ser aprobados y envían al mercado
alimentos que no son sanos, presionados precisamente por el sistema
empresario que los produce.
11. El desarrollo y consolidación
de este sistema empondera a la empresa Monsanto y similares en nuestro
país, tan cuestionadas y cuestionables desde todo punto de vista.
12.
El sistema de monocultivo transgénico es ambientalmente insostenible.
Tienen una concepción minera, extractivista de la capacidad productiva
del suelo, al que tratan como un recurso no renovable que agotan. Buscan
sustituir los procesos que renuevan naturalmente su capacidad
productiva mediante la reposición agroquímica de su fertilidad, lo que
es altamente ineficiente. Pretenden reemplazar el equilibrio biológico
que limita naturalmente las plagas animales y vegetales con pesticidas,
lo que genera la aparición de plagas resistentes, obligando a la
aplicación de cada vez mayor cantidad de productos cada vez más tóxicos.
13. Que el sistema de producción agrícola dominante y su
cadena de valor son el principal generador de gases de efecto
invernadero y, consecuentemente, el principal responsable del cambio
climático.
El modelo Grobo propone, explícitamente, la creación
de un sistema económico sustentado en la venta de soja y sus derivados.
Y toda la sociedad sustentada en la buena voluntad y eficiencia de los
productores sojeros. Explicita que todas las otras producciones no
podrían competir por sí solas en el mercado mundial, ni ahora ni en el
futuro; lo que es en sí mismo una expresión de soberbia superlativa.
El
sistema económico y social se sometería así a un autoritarismo
productivo y la estratificación de clases sociales. Además, basar la
inserción en el comercio internacional en el desarrollo de un solo
producto, con el cual saldríamos a presionar al mundo, es una propuesta
casi hilarante si no fuera por las consecuencias que traería y el poder
del sector social que representa quien la enuncia. En especial después
del episodio de limitación de importación de aceite de soja por parte de
China, a través de una medida paraarancelaria orientada hacia el aceite
de soja de origen argentino.
Los promotores del sistema sojero
califican de cavernarios a los que se oponen a él, cuando en realidad
los retrógrados son ellos, ya que llevan a su mínima expresión a
ecosistemas diversos, que demoraron a veces miles de millones de años en
evolucionar y desarrollarse. Y destruyen su diversidad y sus procesos
ecológicos en pocos años. Diversidad, procesos ecológicos y ecosistemas
de los cuales dependemos todos, y sin los cuales la sociedad tampoco es
viable
* Ingeniero forestal (UNLP). Master en Desarrollo Humano Sostenible, ecolowy@yahoo.com.ar
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-4642-2010-09-21.html
El rico que se cree Steve Jobs
No le gusta que le digan el Rey de la
Soja. Más bien se ve a sí mismo como el creador de un método
revolucionario de hacer negocios en el sector más arcaico de la economía
de América Latina. Gustavo Grobocopatel recibió a una cronista y un
sociólogo en su campo de Carlos Casares. Les dio de comer pollo hervido.
Por:
Graciela Mochkofsky
/
Alexandre Roig
-
Fotos:
Alfredo Srur
Avanzamos por un camino de tierra en el que se pudría el cadáver de una gran mulita. Alguien dijo que era no era posible que
ellos recorrieran ese camino cada vez que venían al campo; este era el camino
para nosotros.
Ellos debían viajar en helicóptero –es lo que haríamos si fuéramos
ellos.
Alguien más especuló con el extraordinario asado que nos esperaba.
Pero doblamos a la derecha en una encrucijada y nos perdimos. Había
campo, campo y más campo hasta donde llegaba la vista. Era un desierto
amarillento. Y en el costado, una laguna con garzas; debía ser un
espejismo.
Al fin, el fotógrafo sugirió regresar y seguir, hacia la izquierda, el
cableado eléctrico. Desembocamos en un jardín perfectamente llano y
verde. Los árboles se agrupaban detrás de la casa, rústica, amplia, con
una galería llena de sofás. Bajo los árboles descansaban una 4x4
Mercedes Benz y un par de autos estacionados. No se veía el helipuerto.
Salió a recibirnos un adolescente muy alto, de ojos inteligentes,
amables; unos niños corrieron detrás y dos chicas adolescentes con
actitud adolescente se recostaron en un mullido sofá de cuerina blanca
en medio del jardín. Gustavo Grobocopatel y su esposa Paula nos dieron
la bienvenida. Ella en hawaianas blancas, pantalón negro y un suéter
blanco de hilo muy simple; él en jeans y una camisa a cuadros. Estábamos
mejor vestidos nosotros.
Debíamos atravesar la casa para llegar al almuerzo. Los seguimos por
habitaciones amplias, cómodas y sin lujos, con las paredes cubiertas de
fotografías de parientes. En el quincho comían una suegra, su novio y
unos primos. Los demás ya habían terminado.
No olía a asado.
Dos empleadas, con la ayuda de Paula, nos sirvieron pollo hervido,
pescado hervido, zanahorias hervidas y calabaza hervida. Chequeamos: los
demás comían lo mismo.
De postre, frutas.
-¿Alguien quiere café? -preguntó Paula.
Queríamos.
-Es instantáneo. Arlistán.
Ya no queríamos.
El remisero comía con decepción. La mandíbula se le cayó cuando,
mientras examinaba la pata hervida en su plato, Grobocopatel contó que
su empresa facturaba (neto) por año:
-Mil millones de dólares.
Con diplomacia, señalamos a Grobocopatel, que, habiendo crecido con un
padre empresario, su vida debió ser próspera desde el inicio –habría
comido (pensamos)
algo mejor que esto.
-En mi familia, el ahorro es fundamental –replicó-.El que cuida lo
poco, cuida lo mucho, decía mi viejo. Masticamos despacio la fruta.
***
La de millonario austero era, a todas luces, una imagen que Grobocopatel quiere transmitir.
Es un hombre grande y rubicundo, un metro noventa de piel rojiza, un
hijo natural de la pampa gringa. Es carismático, campechano, directo;
sabe cómo hacer sentir cómodos a los demás, cómo prestar atención a cada
palabra. Es una de esas personas inteligentes que hacen muchas cosas
bien, o están convencidas de que hacen bien muchas cosas: es empresario,
fotógrafo, cantante de folclore y de música lírica, grabó discos.
Es tan cordial y seductor (aunque no deja de combatir, sutilmente, por
el control de la entrevista) que le preguntamos si acaso será una de
esas personas de egos frágiles que necesitan agradar. Le preguntamos, en
fin, si necesita que lo quieran.
-Tengo el tema de la autoestima sumamente fuerte. Tengo una madre
judía, tres hermanas, mi mujer que es divina, mi maestra de música que
es una mamma italiana. Tengo una autoestima fuerte.
¿Será esa la clave? Su familia ha sido una familia de chacareros, que
en otras circunstancias, si el mercado mundial y la Argentina y sus
ambiciones y talentos no se hubieran acomodado de un modo único hace ya
veinte años, habría sido una más de la clase media acomodada del
interior.
Vivió casi toda su vida en Carlos Casares, en una casa del centro de
una ciudad con menos de 20.000 habitantes. Terminó el secundario en la
escuela pública. “No teníamos restricciones” en la infancia, dice, pero
tampoco lujos: en vacaciones, paraban en hoteles tres estrellas. Para
tener su primera pelota de fútbol tuvo que completar un álbum de
figuritas.
“Mi familia no era de las familias ricas de Casares. Había una
aristocracia, de la que no éramos parte. Mi padre estuvo muy orgulloso
cuando lo invitaron al Rotary Club. A la aristocracia local la veíamos
con admiración. Era gente refinada, te invitaba a comer y comías con
cuatro cubiertos. Era gente que pensaba distinto, valoraba cosas
diferentes (…) En lo de mis padres no había fruta; cuando yo era chico,
una manzana se repartía entre tres. La fruta era algo de lujo (…) Mi
viejo, desde que lo conozco, está a punto de fundirse…. No está a punto
de fundirse; yo creo que es un gran actor y que nos dice que nos vamos a
fundir para que cuidemos la guita”.
***
Nos sube a su camioneta y nos lleva a recorrer la geografía que le dio
origen: la vieja colonia judía Mauricio; la sinagoga de Moctezuma, hoy
museo, cuyo guardián es su tío, un hombre hospitalario y modesto, acorde
con el pueblo en que vive; Smith, el caserío de doscientos habitantes
en que nació su padre; el cementerio judío de Algarrobos, donde su
familia tiene un pequeño panteón --y los demás muertos, lápidas más o
menos destruidas; algunas, muy destruidas.
Aunque habla del “schule” y “la bobe”, admite que no ha conservado
ninguna tradición judía, que es agnóstico o ateo, lo mismo da; que se
casó con una mujer no judía y que circuncidó a su hijo --“pero me
arrepiento”.
En el trayecto, ofrece el show completo. Baja en medio del campo
sembrado de soja, arranca una vaina seca, la abre y mastica una semilla.
-¿Alguna vez vieron soja? Acá tienen.
Nos lleva de un lado al otro, se detiene ante edificios pintorescos
para que nuestro fotógrafo haga su trabajo. Cuando el fotógrafo acepta
tomar una foto que él propuso, nos mira y sonríe con satisfacción:
-A este -señala al fotógrafo- lo conozco como si lo hubiese parido.
Nos monta una escena que, parece saberlo, no podrá quedar afuera del
relato. A zancadas nos lleva entre las tumbas del cementerio, un jardín
de pasto fresco y mullido con paredes de ladrillo y conjuntos de
arbolitos, hasta el rincón más lejano, una esquina triangular que se
eleva sobre el terreno. Se detiene allí y espera que todos subamos,
disfrutando por adelantado el efecto.
Al subir al montículo, aparece detrás de la pared, como en un acto de
magia, una laguna de azul intenso poblada de garzas y de patos, un
estallido de vida junto al reservorio de la muerte.
-Sos la primera periodista a la que se lo digo: este es el lugar en el que quiero que me entierren cuando muera.
***
El primer Grobocopatel, Abraham, fue pobre. Llegó de Besarabia, Rusia,
en 1912, en el segundo contingente de judíos traídos por la Jewish
Colonisation Association del Barón Hirsch, que instaló en la Pampa
húmeda a familias de Europa del Este castigadas por la pobreza y el
antisemitismo, y dio origen a una rareza: los gauchos judíos.
Abraham no tuvo tierra; la habían comprado toda los judíos del primer
contingente. Producía heno de alfalfa para alimentar a los caballos,
cuando la Argentina se movía por tracción a sangre. “Eramos la YPF” de
la época, ilustra su bisnieto.
Bernando, el hijo de Abraham, compró sus primeras 200 hectáreas
cincuenta años más tarde, en 1961. Adolfo y Jorge, sus hijos, trabajaron
para él como tractoristas, y al morir Bernardo heredaron 700 hectáreas.
En la convulsionada década del ‘70, prosperaron: compraron 3.000
hectáreas de campo, expandieron sus sembradíos y agregaron el acopio de
granos. Ahorraban en vacas: “Era una forma de capitalizarse. En algún
momento vendían toda la hacienda y compraban tierra”.
Los hermanos fueron socios hasta que Gustavo, hijo de Adolfo, se graduó
como ingeniero en 1984 y decidió que había que modernizar. Propuso
incorporar computadoras y “hacer” soja. Adolfo tomó partido por su hijo.
Jorge relicó que a las cuentas había que seguirlas en persona, no con
máquinas. ¿La soja? No le gustaba: era un poroto. La discusión terminó
en la ruptura de la empresa y de los hermanos, que dejaron de hablarse
durante veinticinco años.
Así nació
Los Grobo.
***
Gustavo Grobocopatel fue profesor e investigador en la Universidad de
Buenos Aires. Allí adquirió una perspectiva “tecnológica” de la
producción agropecuaria, que en la Argentina, como en buena parte del
mundo, era un negocio primitivo y fuertemente tradicional. Incorporó la
siembra directa, que consiste en sembrar sobre los rastrojos de la
cosecha anterior, una técnica que otros agricultores de avanzada
acababan de incorporar en la Argentina y que aumentaba el rendimiento de
la tierra.
Pero lo que el joven Grobocopatel realmente aportó a la agricultura
argentina, según su propia explicación –lo plantea en tercera persona:
“¿Qué fue lo que este tipo hizo y que no hubiese sucedido si no hubiese
estado este tipo?”-, fue la introducción de un modo específico de
organizar la gestión. Como dijo un profesor de Harvard, donde se estudia
su caso: “Los Grobo son el
toyotismo en la agricultura”. El joven Grobocopatel admiraba mucho la filosofía
kaizen de Toyota: un sistema de producción basado en un programa de “calidad total”.
“Adoptamos las mejores prácticas de gestión global y lo adaptamos a la
agricultura, que era un sector primitivo. Hablar de gestión del
conocimiento en agricultura no existía; solamente existía en empresas de
tecnología. Hablar de ISO 9001 era de empresas industriales. Hablamos
de
network, de redes, de vinculaciones, clientes, proveedores.
Fuimos de los primeros que hablamos de desarrollo sustentable, de
responsabilidad social aplicada a la agricultura. De capital social.
Todos esos conceptos propios de otros sectores los incorporamos a la
agricultura. Y eso tuvo un impacto, porque, por más que la agricultura
argentina era una agricultura de servicios tercerizados, el contratista
existe en Argentina desde 1930. Nosotros reconceptualizamos el rol del
contratista como
outsourcing, como un proveedor de servicios
tercerizado, que forma parte de empresas-redes. Adaptamos los conceptos
de la economía del conocimiento a la agricultura. Eso es lo nuevo. Es
más conceptual que concreto. Y cuando vos conceptualizás, tenés un marco
de referencia. Nosotros agregamos ese marco de referencia.”
Grobocopatel se ve, así, como el modernizador de la más arcaica de las
actividades económicas de América Latina. Cree que está trayendo a un
mundo atrasado -el agrario latinoamericano- lo más avanzado de la
innovación tecnológica contemporánea. El Steve Jobs de la pampa,
digamos. En un momento en que buena parte del continente vive de las
exportaciones de productos primarios, él aporta la idea de que, contra
lo que todo el mundo pensaba, esta actividad puede ser tecnología de
punta.
***
Los Grobo, uno de los mayores grupos agropecuarios de la región,
sembró, en 2010, 86.000 hectáreas en la Argentina, 90.000 en Uruguayy
60.000 en Brasil. Agrupa a unos 4.000 productores y clientes, en su
mayoría pequeños y medianos, y a 3.800 pymes proveedoras de servicios,
que dan trabajo a unas 20.000 personas. Pero la siembra y producción de
granos es sólo una cuarta parte de los ingresos del Grupo; el 60 por
ciento proviene de servicios como almacenamiento, provisión de insumos,
financiación, asesoramiento, y un 15 de industrialización. Este año,
facturará 1.100 millones de dólares (netos).

Una y otra vez, Grobocopatel vuelve a la idea de empresa: la empresa
que ha fundado, y que no heredarán sus hijos porque la convirtió en una
empresa profesional, ya no familiar, es su misión en el mundo.
-Es lo que quiero darle a la gente. Vos querés dar una buena nota. Vos
querés dar una buena foto. ¿Por qué? Para tener impacto en el mundo.
Para tener incidencia.
Su fantasía es la siguiente: está sentado en Kenia tomando un café y en
una mesa, al lado, un keniata se pregunta: “¿Por qué le habrán puesto
Grobo a esta empresa de acá?”
-Pienso que, como los Cargil, como los Bunge, la empresa tiene que trascenderlo a uno.
Al mismo tiempo, y en esto no ve contradicción, le gusta explicar
Los Grobo
con un dibujito: de un lado de la hoja hace un pescado gordo y
grandote; detrás del pescado dibuja un cardumen de pequeños pececitos
que, juntos, adquieren la forma de un pez más grande que el anterior.
Explica: estos pececitos reunidos se comen al pez más grande. “Eso es
Los Grobo. Nosotros no somos grandes. Somos el cardúmen”.
***
La familia vive enfrente del Malba, el Museo Latinoamericano de Buenos
Aires, en Palermo Chico, desde hace tres años. No les gusta la ciudad y
todavía extrañan el campo, pero se mudaron para estar más cerca del
aeropuerto: Gustavo Grobocopatel pasa una semana por mes en Brasil,
donde está ahora una parte sustancial de su grupo económico, con sus
nuevos socios: empresarios locales y la multinacional Mitsubishi.
En el café del Malba, donde suele atender, le preguntamos de qué modo
la parábola de su vida es una parábola de la Argentina: bisnieto de
inmigrante judío que se convierte en uno de los veinte mayores
empresarios del país, protagonista determinante del boom de la soja, el
yuyo al que debemos la prosperidad de los últimos años y la ubicación de
la Argentina en el mapa del mundo a futuro.
-Hay un tipo que está haciendo un trabajo sobre el ciclo de vida de
Los Grobo—responde-.
Dame un papelito en blanco…Dice que a las empresas hay que entenderlas
como ciclos de vida. Entonces, hay un ciclo desde el año ‘84, en que se
fundó la compañía, hasta el año 2000. ¿Qué pasó durante ese período? La
empresa fue de accionistas familiares, con una impronta familiar, y hubo
tensiones propias entre un pulso que profesionaliza y un pulso que
familiariza, entre un pulso que descentraliza en red y un pulso que
centraliza en empresa familiar. Todo eso pasó hasta el año 2000. En el
2000, mi padre nos dona la empresa a nosotros, y ahí empezamos un
proceso muchísimo más claro de profesionalización hasta el año 2007. En
2007 entran los brasileños. Ahí se consolida la profesionalización,
porque ya hay socios que no son familiares.
Siempre señalando el papelito con las rayas, sigue:
-Nosotros hicimos un proceso de crecimiento muy grande, llevó casi 30
años, en el que profesionalizamos una empresa familiar, la hicimos
crecer regionalmente, la industrializamos, la integramos verticalmente,
de productores pasamos a proveedores de servicios, de proveedores de
servicios a industriales, incorporamos tecnología, incorporamos mejores
prácticas, incorporamos socios, ahora se asoció Mitsubishi, la compañía
está en Brasil. ¿Cuál es la brisa que mueve la hoja en este período? Si
no hubiese sido una década perdida la famosa década del 80, yo acá
(señala en la línea el “hito” del 2000) hubiese llegado antes. No me
hubiese llevado 17 años hacer lo que hice; me hubiese llevado diez. Si
el sistema impositivo argentino hubiese sido diferente, yo no hubiese
tenido necesidad de venderle a los brasileños parte de mi empresa para
crecer; lo hubiese hecho con mi propia inversión. Si eso hubiese pasado,
tal vez yo hubiese sido una Bunge o una Cargill, de ese tamaño, en el
mundo. No lo soy. Es parte de las restricciones que tuve. La empresa
cada vez es menos argentina, pero yo voy a lograr hacer lo que quería.
En vez de a los 50, a los 60 años. El balance de la parábola ¿cuál es?
¿Argentina podría haber tenido una multinacional argentina cien por cien
del tamaño de Cargill dentro de diez años? Sí. Hubiese podido. Yo
hubiese podido. ¿Argentina la tendrá? No, no la tendrá. Porque parte de
mis ganancias fueron a la sociedad, a los distintos usos que le dio el
Estado. Ahora, obviamente que no con mi guita solamente; con la guita de
cien mil productores. ¿A la Argentina le interesa, cree que vale la
pena tener multinacionales o no? Eso es un gran tema. Yo no estoy
seguro. Porque no está mal que tenga una empresa argentina con
Mitsubishi de socio, porque es parte de la dinámica de la globalización.
Nuestra empresa es la única en Argentina que tiene socios brasileños,
japoneses. Vos no tenés una empresa con una mirada multicultural en sus
accionistas. Tenés empresas que tienen intereses en Brasil. Por ahí,
puede ser que las restricciones se hayan transformado en una ventaja
para la empresa. Pero eso no lo sabemos.

En la estancia nos habla de un encuentro con el ex presidente Alvaro
Uribe en el que le planteó su modelo de agricultura sin propiedad de la
tierra como un modelo posible para Colombia, un país agrario en el que
el acceso a la tierra (o la falta de acceso) es uno de los grandes
motivos de conflicto social.
-Si me hubiesen tocado las reglas de juego de Colombia, seguramente
hubiésemos armado una empresa multinacional mucho más rápido y puramente
Argentina-afirma.
Su mujer, sentada a su lado, apunta:
-Acá es “combatiendo al capital”.
Grobocopatel agrega que hace falta “calidad del Estado”, que sólo puede
lograrse con ayuda de los empresarios y también, en menor medida, de
las ONGs (Paula es vicepresidenta de Poder Ciudadano). ¿Y qué tendría
que hacer el Estado? Invertir en infraestructura, educación, servicios
públicos: ocuparse de la escuela pública de Carlos Casares, que
sostienen los padres, y de hacer una autopista desde Buenos Aires. “Y
todo eso requiere capital de afuera, deuda, para que haya servicios
públicos de calidad. Si viene deuda para hacer las autopistas, las
escuelas, la educación, los trenes, bienvenida la deuda”.
Para eso sirve el Estado. Para lo demás, están los empresarios.
-La innovación, la creatividad, la política de crédito no sirven si no
hay emprendedores, si no hay empresarios. ¿Quién va a liderar? Si no
tenés derechos de propiedad establecidos, si no podés ganar guita, es
imposible.
Pero –es su razonamiento-, como el Estado argentino ha fallado,
Los Grobo es cada vez menos una empresa argentina.
-Nosotros emotivamente estamos ligados a la Argentina, pero la empresa
tiene un camino diversificado que no depende exclusivamente de lo que
pasa en la Argentina -explica-. Si Argentina no ofrece oportunidades,
terciaremos más en otros lugares. No estamos huyendo de acá.
Paula interviene:
-A pesar de que nos va como el orto.
-Nos va mal -coincide él- . Perdemos plata y tenemos que poner guita en
la empresa. Acabamos de tener que hacer una capitalización por 20
millones de dólares. Vendimos campos. A causa de la convergencia entre
la sequía y el sistema impositivo y modelo de producción.
***
-Decís que si estuvieras en otro país que no fuera la Argentina
hubieras tenido una empresa más grande en menos tiempo, te iría mejor.
Pero ¿no es esa una típica interpretación argentina? Del argentino que
piensa que es alguien con talento pero está en un país de porquería, y
que si estuviéramos en otro país nos iría mil veces mejor. ¿No te parece
que Los Grobo, y vos como empresario, sólo son posibles porque
ocurrieron en la Argentina?
Y, recién entonces, se apura a responder:
-Obvio. Sí. Ni hablar. Yo, yo … No, al contrario, yo estoy totalmente
de acuerdo. Yo llegué acá porque Argentina me dio la oportunidad.