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sábado, 8 de diciembre de 2018

Cuba debates constitucionales: El socialismo es una transición hacia otra sociedad


El socialismo es una transición hacia otra sociedad, la comunista. Por Germán Sánchez Otero

13-17 minutes

El intelectual y diplomático cubano Germán Sánchez Otero me ha honrado con enviarme sus propuestas de modificaciones al Proyecto de Constitución que por estos días discutimos en Cuba. Por su extensión y mi escaso tiempo aun no he terminado de leerlas, pero con su anuencia reproduzco de entre ellas, por su sólida argumentación, la relacionada con un tema varias veces abordado en este blog y que ha suscitado no pocas intervenciones en el debate: La pertinencia de explicitar en dicho documento “la  transición socialista hacia una sociedad comunista”;
PÁRRAFO ORIGINAL
  1. DECIDIDOS
  1. a llevar adelante la Revolución triunfadora  del  Moncada  y  del  Granma,  de la Sierra y de Girón que, sustentada en la más estrecha unidad de todas las fuerzas revolucionarias y del pueblo, conquistó la plena independencia  nacional,  estableció  el  poder revolucionario, realizó  las  transformaciones  democráticas  e  inició  la construcción del socialismo;
PROPUESTA DE ENMIENDA
  1. a llevar adelante la Revolución triunfadora  del  Moncada  y  del  Granma,  de la Sierra, del llano y de Girón que, sustentada en la más estrecha unidad de todas las fuerzas revolucionarias y del pueblo, conquistó la plena independencia  nacional,  estableció  el  poder revolucionario,  realizó  las  transformaciones  democráticas, antimperialistas y anticapitalistas  e  inició  la  transición socialista hacia una sociedad comunista;
ALGUNAS RAZONES QUE SUSTENTAN ESTA PROPUESTA 
Primera: Añado a “las transformaciones democráticas” los conceptos “antimperialistas y anticapitalistas”, porque son tales cambios    sustantivos realizados de modo ininterrumpido junto a los primeros entre 1959 y 1960, los que permiten crear las condiciones  para el tránsito socialista.
Segunda: Se sustituye “construcción del socialismo” por “transición socialista” y más adelante propongo también el verbo “crear” en vez de “edificar” o “construir”, para  enfatizar que la transición socialista es un proceso  creativo, no predeterminado.
A pesar de que se menciona a menudo  el conocido   alerta de Mariátegui – el socialismo no es calco ni copia sino creación heroica–   predomina en el lenguaje político de Cuba  la metáfora “construcción” o “edificación” del socialismo –importada de los textos soviéticos–, como si este fuese un edificio o un puente, del que ya tenemos el proyecto diseñado en todos sus detalles y solo es necesario erigirlo según un cronograma.
Tampoco es fortuito que Fidel,  a principios de este siglo expresara que nuestro mayor error fue haber creído que alguien sabía cómo se hacía el socialismo.   Su juicio está avalado por las experiencias cubanas de mimetismo  y otros errores propios,  y   por  lo ocurrido en procesos socialistas fenecidos o  existentes.  En el fondo es la misma idea: el socialismo no está escrito en las tablas de Moisés, es una transición hacia otra sociedad, la comunista, y hay que crearlo. Y tal  certeza, basada en la teoría original de Carlos Marx,  implica realizar ensayos, cometer errores, tener éxitos y hacer evaluaciones críticas siempre colectivas y democráticas, nunca complacientes ni burocráticas.
En consecuencia sugiero cambiar   el término “construir”    por el  de “crear” u otro equivalente, y el de “construcción del socialismo”  sería más preciso sustituirlo por “transición socialista”.
Tercera: Además,  recomiendo valorar la conveniencia de definir el concepto de socialismo que se alude en la Constitución. Se conoce la diversidad de variantes   que han existido o existen –socialdemócratas, las del llamado socialismo real, las asiáticas, las del  “socialismo del siglo xxi”… – y entre ellas la de Cuba.
En los  años sesenta del siglo pasado intentamos un curso original, quizás lo que hoy en día se denomina en otros países “socialismo con características propias”; luego nos inscribimos durante  14 años en la tradición del socialismo soviético, aunque sin perder ciertas esencias, entre ellas la política exterior independiente,  y más tarde, cuando fracasa allende el Atlántico y también en Cuba el modelo que copiamos  hemos estado más de 20 años buscando redefinir o afinar nuestros conceptos y políticas socialistas.
En mi opinión, el debate en torno al proyecto de nueva Constitución está generando un bagaje de ideas que puede permitir sustentar con mayor rigor que todos los documentos previos, los conceptos hegemónicos en Cuba, o que debieran serlo, sobre un modelo específico de socialismo. El reto es enorme, la oportunidad histórica también y corresponde al Partido interpretarla y  lograr esa definición, consensuada entre  la abrumadora mayoría de los ciudadanos que apuestan por la alternativa  socialista cubana. Existe una extensa bibliografía al respecto, y en Cuba hay varios autores en el campo de las ciencias sociales y en otras disciplinas, que han realizado excelentes aportes en los últimos años.
Cuarta: En la acepción original de Marx y Engels, como es conocido, el socialismo es un período de transición entre el capitalismo y el comunismo.  Desde entonces llovió mucho y en   varias partes.   Diversas teorías y experiencias históricas –fracasadas la mayoría y otras en curso– se han acumulado en más de un siglo de procesos autodefinidos de tal modo desde 1917. Y aunque ese  “tránsito” ha sido más complejo y difícil de desarrollar que lo imaginado por los dos  fundadores de la teoría,   sigue vigente la idea  original de ese período intermedio de mutaciones y contradicciones para crear la nueva sociedad,  proceso  que hoy sabemos puede ser reversible y girar otra vez hacia el capitalismo, aunque la Constitución de uno u otro país declare irrevocable el socialismo. El peligro de tal fórmula pétrea es que pueda  suponerse  inexorable el decurso socialista, tema sobre el que  alertó Fidel en su memorable discurso de la Universidad de La Habana en noviembre de 2005.
Quinta: Por  todo lo expuesto y mucho más que se podría  añadir, recomiendo mantener la referencia al comunismo donde sea necesario, por ejemplo como  está inscrita en el artículo 5 de la Constitución de 1976, que termina diciendo: “(…) hacia los altos fines de la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”. Esa es nuestra genética teórica y política, y no hay razón para dejar de expresar  tal componente definitorio, que funciona además como la estrella polar en las noches y madrugadas de un mar proceloso,  cuando existen peligros de equivocar el rumbo.
Desde que decidimos declarar en 1961 el carácter socialista de la revolución, asumimos que el objetivo sería el comunismo. Nuestro  pueblo mayoritariamente así lo entendió y por esa aspiración  hemos luchado y han muerto miles de  compatriotas. Debemos expresar el objetivo estratégico más importante y la relación de este con lo que hagamos durante la transición. ¿Transición hacia dónde? El socialismo no termina en una meta o en el piso 9, 23 o 52, como si se construyera un edificio.
No existe tampoco una frontera que se cruza entre el socialismo y el comunismo. La revolución socialista tiene que avanzar de modo ininterrumpido,  y restarle poder de todas las maneras posibles al capitalismo en sus diferentes dimensiones, siempre  basándose en el consenso del pueblo y en la hegemonía del proyecto emancipador. Y la Carta Magna debiera expresar con claridad que el sostén y propulsor primordial  de este es la clase trabajadora en su más amplia acepción, incluidos sus intelectuales orgánicos.
No hay solución de continuidad entre el socialismo y el comunismo: es un proceso histórico cuya naturaleza,  energía y posibilidades de éxito radica en su interconexión y continuidad.
La brújula  durante la transición debiera estar siempre orientada hacia   las máximas aspiraciones, que deben comenzar a conseguirse desde el presente con resultados pequeños y grandes, aunque no sepamos cuánto tiempo demorarán en realizarse plenamente, pues además son impredecibles eventuales retrocesos parciales.  Tales aspiraciones no esperan ya consumadas   en un sitio ideal,  cual  si fuera el Paraíso al que llegaremos algún día si nos portamos bien.
A medio siglo de haber expresado Fidel aquella explosiva idea sobre construir el socialismo y el comunismo en forma paralela, podría ser conveniente analizar su sentido más profundo. Marx concibe el socialismo   como una transición entre el capitalismo y el comunismo no solo en el ámbito económico.    Durante la transición los diferentes procesos forman una totalidad dinámica, interactúan e influyen entre sí, en la perspectiva medular de largo plazo de superar (en un sentido hegeliano) el capitalismo, hasta que en esa larga disputa el universo del trabajo, entendido en todas sus dimensiones –económicas, ideológicas,  políticas y culturales– lo reemplace.  El documento “Conceptualización  del modelo económico y social cubano de desarrollo socialista” lo expresa de este modo:   “constituye un prolongado, heterogéneo, complejo y contradictorio proceso de profundas transformaciones en las estructuras políticas, económicas y sociales”. Útil, aunque genérico.
Sexta: ¿Por qué los adversarios están  de plácemes con que se  haya excluido la mención al comunismo en el proyecto de la nueva  Carta Magna? En las constituciones de los países que hoy se declaran socialistas ha sido  borrada la palabra comunismo. Incluso en Corea del Norte  sucedió   en la reforma de 2009. Pregunto: ¿Por qué Cuba debe hacerlo también?  No creo que debamos seguir  la pauta de las demás constituciones de países que se declaran socialistas,   sino reafirmar y elaborar con el máximo rigor nuestros conceptos sobre el socialismo y el comunismo.  Son suficientes las experiencias negativas de haber copiado varios conceptos  de la Constitución soviética, cuando se elaboró y aprobó la nuestra en 1976.
El argumento de que al mencionarse el socialismo ya incluimos el comunismo, es discutible. Entre otras razones porque existen diferentes modalidades de socialismo, por ejemplo los socialdemócratas siguen llamándose muchas veces de tal modo y la corriente llamada socialismo del siglo xxi tiene algunos  defensores que solo se proponen reformar el capitalismo, o intentar un híbrido capitalista–socialista cuyo destino ha sido o será el fracaso.
Debiéramos transitar nuestro derrotero socialista     consciente y explícitamente hacia el  horizonte comunista.   Lograr que  tal idea sea hegemónica en la  inmensa mayoría de los ciudadanos, o sea la hagan suya porque están convencidos, es una responsabilidad primordial del Partido y su éxito está asociado en primer lugar a que la gente perciba los avances en todos los ámbitos, materiales y espirituales, y a que los ciudadanos y ciudadanas  sean y se sientan actores del proceso.
Sabemos que  Cuba  en solitario o con un grupo de países no podrá alcanzar la sociedad comunista,  pues esta solo podrá existir a escala ecuménica. En eso  los dos alemanes no se equivocaron. Pero debemos recordar que ellos desde su primera proclama arrancan diciendo: “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Y  en el párrafo final enfatizan:  “Los  comunistas  no  se  cuidan  de  disimular  sus opiniones  y  sus  proyectos”.
Sin el ánimo de utilizar a Fidel en  nuestra argumentación, me siento obligado a  referir que él defendió con especial vehemencia esta idea, en especial durante la coyuntura de la bancarrota del llamado campo socialista, y en los años posteriores. Por ejemplo,   el 28 de octubre de 1989, cuando se hacía añicos el muro de Berlín expresó: “(…) tenemos que atrincherarnos en las ideas del socialismo y el comunismo más que nunca”.     Y añadió: “¡Pase lo que pase!, seguiremos adelante, ¡pase lo que pase!, seguiremos luchando por el socialismo y por el comunismo; ¡pase lo que pase en el mundo!”.   Y el 3 de junio de 1998  afirmó: “Nosotros sí creemos en las ideas con una firmeza inconmovible, y las defendemos y las defenderemos; y creemos en el socialismo, creemos en el comunismo. Hoy, cuando muchos se asustan de haber hablado alguna vez de comunismo — y los hay por ahí —, nosotros con qué gusto les decimos a periodistas y a estadistas: ‘Nosotros somos socialistas, somos comunistas, y seguimos pensando en el socialismo y en el comunismo’”.
La principal guerra que nos hace el imperio es de índole cultural y por ende no  es casual que nuestros enemigos insistan una y otra vez en el fracaso del “comunismo” y del “socialismo”.  Los adversarios hace mucho tiempo que centran sus ataques en la destrucción de los imaginarios y las prácticas solidarias de los países que se declaran socialistas y de los procesos progresistas y revolucionarios en cualquier lugar del mundo. Es lo que, por ejemplo,   hacen hoy contra la Revolución Bolivariana.
Aunque no se escriba la palabra  comunismo en nuestros documentos, o se mencione en público cada vez menos, nuestros antagonistas  seguirán aludiéndola en relación con el socialismo, porque  pareciera que conocen muy bien el marxismo de Carlos Marx, Engels, Lenin y Fidel.  En sus códigos, no cesan ni dejarán de decir que el socialismo y el comunismo es lo mismo, un infierno que ha fracaso en  todas partes. En el caso de China y Vietnam, reconocen  sus éxitos económicos,  que atribuyen al predominio capitalista, pero señalan que es  autoritario en lo político por no practicar la democracia liberal.
Ejercitar y conocer las ideas sobre el comunismo no es un ejercicio de futurismo o de ciencia ficción, es una necesidad para contribuir a que el metabolismo de la transición socialista nos haga funcionar y desarrollarnos de una manera determinada y no de otra. Por ejemplo en la formación de valores de solidaridad, equidad, justicia social y democracia, donde cada vez más se ejercite el autogobierno del pueblo. Además, con ello estamos contribuyendo desde Cuba a mantener la  vigencia de una utopía de emancipación humana plena,  sometida desde que fue proclamada por el Manifiesto Comunista en 1848 a la  guerra ideológica más completa y  perversa  de todas cuantas  han realizado y seguirán ejecutando las burguesías del mundo. Ahí están ahora Trump y sus compinches reiterándolo cada día y muchos otros en el mundo, como el troglodita Bolsonaro en Brasil y el infame Macri en Argentina, aunque también  son  muy dañinos quienes lo hacen con estilos más refinados. Son  muchísimos, con rostros y modales diversos, y muy poderosos.
Tener plena conciencia de ello nos obliga aún más a crear nuestro socialismo rápido y bien, que es entre todas las formas existentes del internacionalismo la que  apenas se exalta. Y esto es paradójico,  pues  desde nuestras “trincheras”  podemos  suscitar con el éxito del socialismo en la isla efectos de demostración que incentiven a otros pueblos  en sus luchas y búsquedas.

sábado, 30 de diciembre de 2017

La más ilustre de las damas de Cuba

cubadebate.cu
La más ilustre de las damas de Cuba
Mónica Sardiña Molina

3-4 minutes







Aquella dama nació en el lejano 1868. Pronto se convirtió en la musa de Céspedes, de Agramonte, de Perucho Figueredo, y de otros tantos que se batieron en un encarnizado duelo de diez años por conquistarla.

A Martí también lo cautivó. Fue amor a primera vista, por ese amor hizo sacrificios y locuras inimaginables. Maceo, Gómez y Calixto García sucumbieron tan solo a la idea de conquistarla, hicieron de la manigua un hogar y resistieron las heridas de tres guerras.

Bautizó a los hijos de Mariana, de Ana Betancourt y de María Cabrales. Los albergó en su regazo y sufrió en carne propia la muerte de cada uno de ellos.

A finales del siglo XIX otro invasor la sumió en un duelo de más de cincuenta años. Pero no dejó de engendrar titanes, no dejó de parir corazones. Desde su balcón saludó a Juan Gualberto Gómez, a Carlos Baliño y a un grupo de veteranos dispuestos a sostener la lucha aun sin armas.

Los más jóvenes admiraron su madurez y la consagraron su frescura: Mella, Villena, Guiteras, Alfredo López. Solo ella entendió el disparo de Chibás después del último aldabonazo y puso toda la fe en el intento de Echeverría de ajusticiar al tirano en su propia madriguera.

Cansado de que la mancillaran un joven abogado denunció el zarpazo del 10 de marzo de 1952 y nucleó a un grupo de aventureros que aprovecharon la noche como trinchera, refugio y campo de batalla.

Aquella dama crió cuervos y recibió a cambio la ingratitud de muchos. Vistieron uniformes, portaron armas y las dispararon contra ella, escribieron sus leyes con la sangre de otros y en sangre ahogaron las esperanzas de aquel tiempo.

Quienes la adoraban hicieron una peregrinación hasta el punto más alto de Cuba. Caminaron hasta que las llagas dejaron marcas definitivas, ayunaron, se encomendaron al Martí de Celia, pagaron el diezmo con vidas humanas… y vencieron.

Sí, fue aquel joven abogado, aquel que hizo del presidio un campo de entrenamiento, aquel que viajó a México y regresó con más de 80 seguidores, aquel que vertió su fanatismo en ocho hombres y siete fusiles para ganarla guerra.

Aquel abogado vestido de verdeolivo y de pueblo la llevó definitivamente al altar, el primero de enero de 1959. Defendió a su amada hasta la muerte y se aseguró de dejarla en las mejores manos.

Si alguien pregunta por ella, vive en Cuba, todos conocen a sus padres y a sus hijos, bebió de la fuente más digna para alcanzar la eterna juventud y se llama REVOLUCIÓN.

(Tomado del blog HORIZONTES)

domingo, 27 de noviembre de 2016

ATILIO BORON Fidel: su legado





TOMADO DE: atilioboron.com.ar
Fidel: su legado

(Comparto una primera reflexión, en caliente, sobre la muerte del Comandante. Me enteré a noche, al cierre de la TV cubana y ví el discurso de Raúl. No pegué un ojo en toda la noche y salí corriendo al aeropuerto a cancelar mi retorno, programado para hoy Sábado al mediodía. Me quedo en Cuba hasta el Miércoles, y el Martes estaré en la gran despedida que se le hará a Fidel en la Plaza de la Revolución. Van unas pocas ideas, deshilvanadas, salidas más del corazón que de mi cerebro. Pero siento que no puedo guardarlas para mi fuero íntimo. ¡Hasta la victoria, siempre!)


A


(Por Atilio A. Boron) La desaparición física de Fidel hace que el corazón y el cerebro pugnen por controlar el caos de sensaciones y de ideas que desata su tránsito hacia la inmortalidad.

Recuerdos que se arremolinan y se superponen, entremezclando imágenes, palabras, gestos (¡qué gestualidad la de Fidel, por favor!), entonaciones, ironías, pero sobre todo ideas, muchas ideas. Fue un martiano a carta cabal. Creía firmemente aquello que decía el Apóstol: trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. Sin duda que Fidel era un gran estratega militar, comprobado no sólo en la Sierra Maestra sino en su cuidadosa planificación de la gran batalla de Cuito Cuanevale, librada en Angola entre diciembre de1987 y marzo de 1988, y que precipitó el derrumbe del régimen racista sudafricano y la frustración de los planes de Estados Unidos en África meridional.

Pero además era un consumado político, un hombre con una fenomenal capacidad para leer la coyuntura, tanto interna como internacional, cosa que le permitió convertir a su querida Cuba -a nuestra Cuba en realidad- en una protagonista de primer orden en algunos de los grandes conflictos internacionales que agitaron la segunda mitad del siglo veinte. Ningún otro país de la región logró algo siquiera parecido a lo que consiguiera Fidel. Cuba brindó un apoyo decisivo para la consolidación de la revolución en Argelia, derrotando al colonialismo francés en su último bastión; Cuba estuvo junto a Vietnam desde el primer momento, y su cooperación resultó de ser de enorme valor para ese pueblo sometido al genocidio norteamericano; Cuba estuvo siempre junto a los palestinos y jamás dudó acerca de cuál era el lado correcto en el conflicto árabe-israelí; Cuba fue decisiva, según Nelson Mandela, para redefinir el mapa sociopolítico del sur del continente africano y acabar con el apartheid. Países como Brasil, México, Argentina, con economías, territorios y poblaciones más grandes, jamás lograron ejercer tal gravitación en los asuntos mundiales. Pero Cuba tenía a Fidel …

Martiano y también bolivariano: para Fidel la unidad de América Latina y, más aún, la de los pueblos y naciones del por entonces llamado Tercer Mundo, era esencial. Por eso crea la Tricontinental en Enero de 1966, para apoyar y coordinar las luchas de liberación nacional en África, Asia y América Latina y el Caribe. Sabía, como pocos, que la unidad era imprescindible para contener y derrotar al imperialismo norteamericano. Que en su dispersión nuestros pueblos eran víctimas indefensas del despotismo de Estados Unidos, y que era urgente e imprescindible retomar los iniciativas propuestas por Simón Bolívar en el Congreso Anfictiónico de 1826, ya anticipadas en su célebre Carta de Jamaica de 1815. En línea con esas ideas Fidel fue el gran estratega del proceso de creciente integración supranacional que comienza a germinar en Nuestra América desde finales del siglo pasado, cuando encontró en la figura de Hugo Chávez Frías el mariscal de campo que necesitaba para materializar sus ideas.

La colaboración entre estos dos gigantes de Nuestra América abrió las puertas a un inédito proceso de cambios y transformaciones que dio por tierra con el más importante proyecto económico y geopolítico que el imperio había elaborado para el hemisferio: el ALCA.

Estratega militar, político pero también intelectual. Raro caso de un jefe de estado siempre dispuesto a escuchar y a debatir, y que jamás incurrió en la soberbia que tan a menudo obnubila el entendimiento de los líderes. Tuve la inmensa fortuna de asistir a un intenso pero respetuoso intercambio de ideas entre Fidel y Noam Chomsky acerca de la crisis de los misiles de Octubre de 1962 o de la Operación Mangosta, y en ningún momento el anfitrión prestó oídos sordos a lo que decía el visitante norteamericano. Una imagen imborrable es la de Fidel participando en numerosos eventos escenificados en Cuba –sean los encuentros sobre la Globalización organizados por la ANEC; los de la Oficina de Estudios Martianos o la Asamblea de CLACSO en Octubre del 2003- y sentado en la primera fila de la platea, munido de un cuadernito y su lapicera, escuchando durante horas a los conferencistas y tomando cuidadosa nota de sus intervenciones. A veces pedía la palabra y asombraba al auditorio con una síntesis magistral de lo dicho en las cuatro horas previas, o sacando conclusiones sorprendentes que nadie había imaginado. Por eso le decía a su pueblo “no crean, lean”, fiel reflejo del respeto que sentía por la labor intelectual.

Al igual que Chávez, Fidel un hombre cultísimo y un lector insaciable. Su pasión por la información exacta y minuciosa era inagotable. Recuerdo que en una de las reuniones preparatorias de la Asamblea de Clacso del 2003 nos dijo: “recuerden que Dios no existe, pero está en los detalles” y nada, por insignificante que pareciera, debía ser librado al azar. En la Cumbre de la Tierra de Río (1992) advirtió ante el escepticismo o la sonrisa socarrona de sus mediocres colegas (Menem, Fujimori, Bush padre, Felipe González, etcétera) que la humanidad era “una especie en peligro” y que lo que hoy llamamos cambio climático constituía una amenaza mortal. Como un águila que vuela alto y ve lejos advirtió veinte años antes que los demás la gravedad de un problema que hoy está en la boca de cualquiera.

Fidel ha muerto, pero su legado –como el del Che y el de Chávez- vivirá para siempre. Su exhortación a la unidad, a la solidaridad, al internacionalismo antiimperialista; su reivindicación del socialismo, de Martí, su creativa apropiación del marxismo y de la tradición leninista; su advertencia de que la osadía de los pueblos que quieren crear un mundo nuevo inevitablemente será castigada por la derecha con un atroz escarmiento y que para evitar tan fatídico desenlace es imprescindible concretar sin demora las tareas fundamentales de la revolución, todo esto, en suma, constituye un acervo esencial para el futuro de las luchas emancipatorias de nuestros pueblos.

sábado, 1 de octubre de 2016

Cuba y su historia. Imagen de José Martí

José Martí (Jamaica, octubre de 1892), como parte de sus periplos por las Antillas en tareas del Partido Revolucionario Cubano. Foto: ICONOGRAFÍA MARTIANA.
José Martí (Jamaica, octubre de 1892), como parte de s periplos por las Antillas en tareas del Partido Revolucionario Cubano. Foto: Iconografía Martiana.
En el aniversario 95 del gran escritor y ensayista cubano, Cintio Vitier, que se cumple este 25 de septiembre, reproducimos un fragmento del Capítulo I del libro Vida y obra del Apóstol José Martí, de Cintio Vitier, de la edición del Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2010, p. 8-21
Cuando Martí nace a la luz del Nuevo Mundo el 28 de enero de 1853, en el aposento alto de una humilde casita cercana a las mura­llas habaneras, Cuba era desde hacía más de tres siglos, en la cruda facticidad de la historia, una posesión del imperio español, sujeta a los hábitos despóticos que se imponen en toda tierra ocupada por conquista. La única tradición de gobierno era la fuerza, la arbitra­riedad y el abuso, ejercidos primero sobre los indígenas hasta exter­minados, después sobre los esclavos africanos en cruenta explotación, finalmente sobre la población criolla, mestiza o no, que en sus diversas capas iba formando el humus social de una nueva nacionalidad.

A finales del siglo XVIII, durante el período gubernativo de don Luis de las Casas, ligado a la corriente iluminista y liberal que atra­viesa a la España de Carlos III, empiezan a hacerse visibles, en la porción más lúcida del patriciado criollo, los primeros síntomas culturales de esa incipiente nacionalidad, con hombres como el sagaz economista Francisco Arango y Parreño, ideólogo de la na­ciente sacarocracia, yel ilustrado presbítero José Agustín Caballe­ro, que en la Sociedad Económica de Amigos del País y en el Seminario de San Carlos realiza la obra de piedad y saber por la cual Martí lo llamó “padre de los pobres y de nuestra filosofía”. [1]

Los síntomas irán cristalizando en definido y variable sentimiento patriótico a través del padre Félix Varela, reformador de los estudios filosóficos e introductor de la ciencia experimental, sacerdote cultísimo, evangélico y revolucionario; José María Heredia, primer poeta de la patria; José Antonio Saco, batalloso reformista, sólido impugnador de los vicios coloniales, especialmente la trata negrera, y de la corriente que propugnaba, ya desde principios del siglo y con más fuerza entre los años 45 y 55, la anexión a EE.UU.: to­dos, en una forma u otra, desterrados de la Isla; y José de la Luz y Caballero, varón de tan vasta sabiduría como honda espiritualidad, afinador de la conciencia cubana, maestro de la generación que iba a lanzarse a la guerra del 68.

En el plano de la acción política, las tres corrientes fundamenta­les que se disputarían el campo a lo largo del siglo (independentismo, reformismo, anexionismo) estaban perfectamente definidas cuan­do Martí, precoz adolescente, comienza a asistir al colegio de Ra­fael María de Mendive, en el cual se concentraban las esencias de la tradición cubana de Heredia, Varela y Luz. Ya habían derramado su sangre por la libertad los camagüeyanos Francisco Agüero Velazco y Manuel Andrés Sánchez, en prematura y heroica intentona (1826), a la que precedieron y siguieron otras conspiraciones como las de la Cadena Triangular, los Soles y Rayos de Bolívar (en la que apareció complicado Heredia) y la Gran Legión del Águila Negra; ya se habían producido levantamientos de esclavos, como el enca­bezado por el negro libre habanero José Antonio Aponte, ahorca­do en 1812, los de Matanzas en 1843 y la llamada conspiración de La Escalera, pretexto para una feroz represión en la que cayó fusila­do el poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, mestizo de la clase artesanal (1844); ya se habían sucedido los fracasados desembarcos de Narciso López, al cabo muerto en “garrote vil” en 1851, el mismo año del alzamiento de Joaquín de Agüero en Camagüey y de Isidoro Armenteros en Trinidad; ya se había produ­cido la inmolación de Eduardo Facciolo, impresor del periódico revolucionario La Voz del Pueblo Cubano, y se habían descubierto, entre otras, las conspiraciones de Vuelta Abajo y la de Ramón Pin­tó, ejecutado en 1855.

Toda esta agitación insurreccional, con frecuencia de fondo anexionista, iba madurando las condiciones subjetivas para un movimiento de mayor envergadura. Fracasado el anexionismo, el partido reformista parecía tener el terreno expedito hacia 1865, año en que termina la Guerra de Secesión de los EE.UU. con la victoria del Norte sobre los Estados esclavistas del Sur, fomentadores de la anexión. Los principales voceros del reformis­mo, con el Conde de Pozos Dulces, director de El Siglo, a la cabeza, se dirigen entonces al capitán general Serrano, auspiciador en la presidencia del Senado español de las fórmulas conciliadoras, soli­citando, en esencia, tres cosas: reforma arancelaria, cesación de la trata negrera y representación política de Cuba en las Cortes (de las que había sido expulsada en 1837), mediante escrito firmado por más de veinticuatro mil personas. Sin embargo, la Junta de Información, creada por la Metrópoli para estudiar y aconsejar las reformas, no arribó a ninguna solución efectiva, y, por otra parte, la situación demográfica y económica del país llevaba objetivamen­te a las puertas de la revolución.

En efecto, hacia 1862, Cuba era una colonia de aproximadamen­te 601160 criollos blancos, 594 488 negros y sólo 116 114 españo­les, que hacía un total de 1 311 762 habitantes (sin contar los extranjeros blancos, chinos y yucatecos).2 Los creadores efec­tivos de la riqueza del país estaban totalmente despojados de derechos políticos frente a una exigua minoría de oligarcas milita­res y funcionarios españoles. Si a esto se añade que por aquellos años la dependencia económica de Cuba respecto a EE.UU., hacia donde iba más del 42% de las exportaciones especialmen­te azucareras, empezaba a competir con la dependencia política respecto a España, que provocaba crisis como la del año 66 (en cuya raíz, observa Manuel Moreno Fraginals, se descubre el proble­ma tecnológico de los ingenios),[3] se comprende que en el substrato de una breve pero intensa tradición de cultura patria, cuyas dos principales ramas eran el romanticismo poético y el libre examen filosófico, sociológico y político, la realidad nacional estaba cla­mando por cambios sustanciales que pusieran el poder en manos cubanas. Esas manos, desde luego, no podían ser entonces otras que las de aquella parte de la burguesía criolla, terrateniente y culta, dispuesta al sacrificio patriótico que simbólicamente se inició en la región oriental de la Isla, con la libertad dada a sus esclavos por Carlos Manuel de Céspedes, en su finca La Demajagua, el 10 de octubre de 1868.

Tal es el contexto histórico dentro del cual, hacia sus 15 años, surge Martí a la vida pública. Primogénito de una familia po­bre, de padres españoles inmigrantes, a esa edad era ya cubano completo desde la raíz telúrica hasta la flor altiva. Quizá por eso creyó siempre en el espíritu de la tierra, al que atribuyó consecuen­cias y resonancias históricas, extensivas incluso hasta la raza indí­gena extinguida. “La tierra está llena de espíritus. El aire está lleno de almas. Así es como se hacen las naciones”, [4] dijo, y esa fe suya, que como otras análogas, se fundaba en experiencias no por inex­plicables menos positivas, lo acompañó en su peregrinación y pré­dica revolucionaria. En su sentir, las almas que llenaban el aire de la isla irredenta clamaban por justicia con no menos fuerza que sus prójimos y contemporáneos. La contemporaneidad de los mártires nada tiene que ver con la línea divisoria de la vida y la muerte: es una contemporaneidad moral en la injusticia que sólo puede ser compensada por el sacrificio voluntario. Así lo intuyó Martí desde edad tan temprana como los nueve años, cuando frente al cuerpo de un negro ahorcado, en la zona del Hanábana, donde estuvo ayu­dando a su padre en los papeles del cargo de Juez

Pedáneo, juró “lavar con su vida el crimen”. [5]
Fijémonos que no dice con su sangre sólo, según la frase más usual, sino con su vida entera, con toda su conducta. Para articular ese propósito, y para que la redención fuese históricamente efecti­va, serían necesarias muchas experiencias vitales, que en él eran las semillas del pensamiento. Aunque los problemas eternos de la filo­sofía le interesaron, especialmente en su juventud de estudiante en España, Martí no fue nunca un pensador abstracto. Su condición esencial de revolucionario, es decir, de transformador de la reali­dad, se revela ya en el hecho de que la experiencia, las circunstan­cias vitales, el contexto histórico y biográfico, fueron siempre decisivos para su interpretación del mundo y la dirección de su con­ducta. No queremos insinuar con esto que fuera el prisionero de un determinismo de las circunstancias.

Como bases innatas o apriorísticas de su carácter tenía el sentido absoluto de la eticidad, la pasión por la belleza y la vocación redentora. A partir de estos principios asimilaba y encauzaba, a la vez libre y necesariamente, los datos de la realidad múltiple y sucesiva. Por eso en las etapas fundamentales de su vida descubrimos una especie de dialéctica que conduce a la articulación de su pensamiento revolucionario, de tal modo, que si desbrozamos lo anecdótico, si vamos al sentido formador de cada una de esas etapas y a la relación de todas entre sí, se nos revela la correspondencia de biografía y pensamiento, como a Ezequiel Martínez Estrada, en intuición memorable, se le reveló la identidad última de historia nacional y biografía personal que le confiere a la figura de Martí la sustancia del mito. [6]

Al estallar la guerra de los Diez Años, según vimos, Martí es discípulo y protegido de Rafael María de Mendive, gallardo mantenedor de las más hondas aspiraciones del patriciado cubano y del irradiante colegio de Luz. Este legado cultural y patriótico, que hemos intentado resumir a grandes trazos, él lo recoge sin esfuer­zo, como algo que nativamente, y des asido de encuadres clasistas, le pertenece por derecho propio. Identificado a plenitud con el ideal independentista (sin la menor vacilación y por eso mismo dramáti­camente, por el choque fatal con el padre), escribe el soneto “¡10 de Octubre!”, participa en sucesos insurreccionales ocurridos en el Teatro Villanueva y en medio de la represión española, aprovechan­do la libertad de imprenta dictada poco antes, publica el editorial de El Diablo Cojuelo y el poema dramático “Abdala” en La

Patria Libre (enero del 69). Estos textos subversivos, acompañados de su participación directa en la agitación habanera de aquellos días, significan que entre los 15 y los 16 años Martí es ya un com­batiente urbano de la guerra iniciada por Céspedes. Como tal, en definitiva, más allá de incidentes episódicos, [7] será condenado a presidio político. El sentido que para su formación revolucionaria tiene esta etapa es doble: de una parte, emocionalmente queda vinculado de por vida a la gesta del 68, lo que dará una vibración humana auténtica a su tesis política de la continuidad de la lucha revolucionaria como eje de la nación; de otra parte, la experiencia del presidio le hizo conocer, sin paliativos ni disfraces, la injusticia básica e irremediable del sistema colonial, injusticia que en él, ade­más, resonó hasta planos trascendentes. Diríase que esta experien­cia del infierno histórico lo marcó al rojo vivo como a un esclavo de la libertad. Esa marca indeleble lo condujo a Dos Ríos.

Esta primera etapa se especifica, pues, en dos planos: la patria, la colonia. Abdala es la prefiguración del conflicto fundamental de Martí con el mundo de la madre, las hermanas, la esposa. El presidio político en Cuba (Madrid, 1871) es el testimonio y la de­nuncia que brotan del conocimiento directo, abisal, de la colonia. La vinculación entrañable con el 68, a que aludimos como funda­mento de la tesis de la continuidad histórico-revolucionaria, será patente en los discursos conmemorativos del 10 de octubre en New York y en numerosos artículos de Patria. A la cara adorable de la patria se opone su cara profanada y ultrajada, que es la colonia. Martí en las canteras la mira de frente y experimenta, mezclado al horror y a la indignación, un extraño júbilo de vencedor: se siente libre de odio. Todo El presidio político en Cuba gira en torno al vencimiento del odio y a la trascendencia de la vida humana, no como ideas de evasión sino como raíces, en él, de la lucha anticolonialista. Allí, encadenado, descubre la libertad del espíritu, la sustancia del bien y el sentido del sufrimiento:

Presidio, Dios: ideas para mí tan cercanas como el inmenso sufrimiento y el eterno bien. Sufrir es quizás gozar. Sufrir es morir para la torpe vida por nosotros creada, y nacer para la vida de lo bueno, única vida verdadera. / ¡Cuánto, cuánto pen­samiento extraño agitó mi cabeza! Nunca como entonces supe cuánto el alma es libre en las más amargas horas de la esclavi­tud. Nunca como entonces, que gozaba en sufrir. Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir. [8]

Allí nos habla de sus “horas de Dios”[9] y de “las excelencias pura· mente espirituales de las vidas fu­turas”[10]; allí nos dice: “Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo”;[11] allí confiesa haber sentido una compasión profunda hacia los t1ageladores del anciano Nicolás del Castillo; allí, en fin, se define: “yo, para quien la vengan­za y el odio son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra. Odiar y vengarse cabe en un mercenario azotador de presi­dio…” [12]

Por todo esto, y por sus consecuencias políticas, que llegarán hasta el Manifiesto de Montecristi, no será posible identificar total­mente a Martí, no obstante anticiparse a ellos, con ideólogos posteriores de la lucha anticolonialista, como Frantz Fanon y Albert Memmi. Leyendo sus análisis (señaladamente, del primero, Les damnés de la terre, y del segundo, Portrait du colonisé), verificamos que constituyen la racionalización de un justificado odio y que, en consecuencia, están rigurosamente condicionados por el mundo del colonizador: “ces hommes”—escribe Fanon de los intelectuales de las colonias—, “la rage au coeur et le cerveaufou, s’acharnent a reprendre contact avec la seve la plus ancienne, la plus anti-coloniale de leur peuple” .[13]

Al describir con absoluta lucidez los mecanismos de la colonización económica, política, cultural y psicológica, ellos parten del planteamiento inicial del colonizador, e incluso de su dialéctica y metodología, invirtiéndoles el filo hasta convertirlas en armas de liberación. Desmontar una máquina es aceptada según sus leyes, aunque sea para destruida. Al retrato del colonizador, en el libro de Memmi, corresponde exactamente el retrato del colonizado. Sin discutir su justificación regional y epocal, ni mucho menos su eficacia combativa, dichos libros nos parecen las paradójicas obras maestras del colonialismo cultural: su reducción ad absurdum. Martí, en cambio, no reacciona frente al enemigo, sino que actúa frente y contra él desde su libertad, que en principio puede redimir también al enemigo; de ahí su mayor eficacia; es esto lo que le permite liberarse del odio, que es el signo de la verdadera colonia. Su planteamiento, radicalmente ético, parte de una autoctonía del ser. Esa profunda originalidad le permite señorear la situación, no devolver odio lúcido por odio ciego, no ser un resentido histórico, una irremediable víctima intelectual y emocional de la colonia. Le permite ser un pensador revolucionario de lo que se llamará el Tercer Mundo, no un sectario del Tercer Mundo; y, sobre todo, eso tan raro, casi milagroso en la historia de las luchas políticas: un hombre libre, dentro de la esclavitud; por lo tanto, un auténtico libertador.

Después de conocer la colonia por su lado más oculto y terrible, Martí va a conocer por dentro la metrópoli: la metrópoli que, precisamente al pasar de la monarquía a la república, revela su inmutable esencia de metrópoli. El destierro en España, consecuencia del presidio, junto a la formación humanística que pudo adquirir en las Universidades de Madrid y Zaragoza, el indudable influjo del krausismo español en su pensamiento juvenil y la intensa lectura que entonces hizo de los clásicos de la lengua, le aporta la convicción definitiva de que no hay nada que esperar de los gobiernos españoles, republicanos o monárquicos, es decir la confirmación viviente, del lado de la metrópoli, de la radical alternativa que ya había planteado en su primer escrito político en El Diablo Cojuelo:

“O Yara o Madrid”. [14] Pero al mismo tiempo aprende por vivencia (sobre todo en Zaragoza, donde participó emocionalmente en la defensa popular de la república) que en el pueblo español hay valores humanos y democráticos que pertenecen a la mejor tradición ética del mundo y que por lo tanto el cubano, rescatando lo mejor de su linaje, no tiene por qué odiar a ese pueblo en cuanto tal.

De esta vivencia, injertada en la autorrevelación del presidio, procede una de las mayores originalidades y grandezas de la prédica política martiana, de la que hay en su obra múltiples testimonios. Recordaremos aquí solamente tres. En primer lugar, la estrofa que en Cuba todos nos sabemos de memoria, desde la infancia:

“Para Aragón, en España, / Tengo yo en mi corazón / Un lugar todo Aragón: / Franco, fiero, fiel, sin saña”. [15] En seguida el estremecedor pasaje del discurso pronunciado en Tampa el 26 de noviembre de 1891 (Con todos, y para el bien de todos):
¿Al español en Cuba habremos de temer? ( … ) ¿Temer al español liberal y bueno, a mi padre valenciano, a mi fiador montañés, al gaditano que me velaba el sueño febril, al catalán que juraba y votaba porque no quería el criollo huir con sus vestidos, al malagueño que saca en sus espaldas del hospital al cubano impotente, al gallego que muere en la nieve extranjera, al volver de dejar el pan del mes en la casa del general en jefe de la guerra cubana? iPor la libertad del hombre se pelea en Cuba, y hay muchos españoles que aman la libertad! iA estos españoles los atacarán otros: yo los ampararé toda mi vida! A los que no saben que esos españoles son otros tantos cubanos, les decimos: —iMienten!”[16]
Finalmente, hay que aludir siquiera al pasaje del Manifiesto de Montecristi, declaración de guerra al colonialismo español, que termina con la grandiosa pregunta: “¿Ni con qué derecho nos odiarán los españoles, si los cubanos no los odiamos?” [17]

Las raíces de la prédica martiana de una guerra sin odio, única quizá con la historia de la humanidad, hay que buscadas en sus credos morales y trascendentes, visibles ya en El presidio político, pero también en las entrañables relaciones de Martí con sus padres y con otros españoles en Cuba y la emigración, y en las vivencias que tuvo del pueblo de España, donde rompió su corola “la poca flor” de su vida, de que nos habla en los Versos sencillos. [18]
El tercer momento fundamental de la biografía de Martí lo configura su peregrinación por los países dc América Latina, centralmente México, Guatemala y Venezuela. La estancia en estos países le aportó el conocimiento vivo de los problemas básicos de los pueblos latinoamericanos: la trágica situación de la enorme masa indígena; las consecuencias históricas de la pésima tradición española en lo que se refiere a los hábitos de gobierno (caudillismo, burocracia, retórica, desprecio de lo nativo); la connivencia de la oligarquía, el ejército y el clero más allá de la gesta independentista; el atraso educacional, económico y técnico. Los problemas, en suma, de lo que hoy llamamos Tercer Mundo o esfera del “subdesarrollo”, que él adivinó en su vinculación afroasiática [19] y en la fraternidad planetaria de “los pobres dc la tierra”, por lo que Roberto Fernández Retamar lo caracteriza muy atinadamente como el primer pensador revolucionario del Tercer Mundo.[20] Esos problemas palpitan, dentro de una visión a la vez espiritual y práctica, en los muchos artículos que dedicó a examinar los conflictos, necesidades y aspiraciones de las menguadas repúblicas hispanoamericanas. Conocerlos directamente, casi diríamos físicamente, le sirvió para configurar el perfil solidario de esta familia de pueblos y para prever los peligros que acechaban a Cuba.

Después de esta peregrinación, sólo quedaba un espacio por llenar en su experiencia magna: el conocimiento cabal, prolongado y profundo de EE.UU. La estancia en New York durante casi 15 años, con breves lapsos viajeros, le permitió a Martí, por la confrontación de su meditada vivencia de las dos Américas, obtener una visión cenital de sus diferencias históricas y espirituales, tal como se definen en el discurso “Madre América” y en el ensayo “Nuestra América”; y simultáneamente, por el análisis del crecimiento económico y de la política interna e internacional de EE.UU., reflejado en su enorme obra periodística, llegar a la comprensión cabal del fenómeno imperialista, según aparece con especial lucidez en sus crónicas sobre la Conferencia Internacional Americana del invierno de 1889-90 y como se revela categóricamente en su última carta, trunca, a Manuel A. Mercado, fechada el día antes de su muerte.
Si resumimos las enseñanzas extraídas por Martí de los cuatro períodos fundamentales de su vida (iniciación revolucionaria, destierro en España, peregrinación por América Latina, residencia en EE.UU.), encontramos los puntos básicos de su campaña concreta por la liberación de Cuba, a saber: 1. Continuidad de la tradición patriótica y de la lucha revolucionaria (los próceres, los protomártires, el 68, lo que sería el 95…). 2. La lucha armada es la única vía para destruir el sistema colonial, si bien después habrá que liquidar la herencia colonial con un gobierno autóctono (que debe iniciarse ya en la dirección democrática de la guerra) y una educación renovada, científica y americanista. 3. La lucha es contra el sistema, no contra el pueblo español. 4. La guerra ha de hacerse sin odio, impulsada por un sentimiento de justicia, no de venganza. 5. Frente al peligro imperialista que representa Norteamérica, la lucha cubana adquiere un sentido continental, ya que el destino histórico de “nuestra América” es solidario. Tales son los principios, explícitos o tácitos, del Partido fundado por Martí en 1892 para la liberación de Cuba y Puerto Rico. En cuanto Partido de miembros activistas, de base obrera (formada en su mayoría por los tabaqueros de la emigración) y vanguardia revolucionaria (el Delegado, el Tesorero, los Cuerpos de Consejo), creado para dirigir políticamente una revolución nacionalista y antimperialista, con proyecciones continentales, es una absoluta novedad histórica.

Ahora bien, todo lo expuesto, con ser tanto, no agota por cierto el alcance del mensaje martiano. Uno de los errores que con más frecuencia se han cometido es el de desconectar su pensamiento revolucionario de sus credos trascendentes. La lectura atenta y desprejuiciada de su obra revela que esto es imposible. Aunque no confunda los planos de la realidad en su manera de afrontados Martí no es por una parte un político y por otra un creyente en la sustantividad y trascendencia del espíritu. Muy por el contrario, es un revolucionario apostólico porque cree en el sentido del cosmos y cree porque es un revolucionario. La primera prueba de esta profunda interrelación la tenemos en las páginas de El presidio político, testimonio catártico de la experiencia que en su horno lo forjó, a la vez y para siempre, como revolucionario y como creyente libre no adherido a ningún dogma. Allí, en efecto, leemos: “El orgullo con que agito estas cadenas, valdrá más que todas mis glorias futuras; que el que sufre por su patria y vive para Dios, en este u otros mundos tiene verdadera gloria”.[21] “El martirio por la patria es Dios mismo”.[22] Lo que Martí descubre o confirma y consagra en el presidio es el sentido misional de su vida: la relación dialéctica del sacrificio y la injusticia dentro de una realidad que abarca lo visible y lo invisible, lo histórico y lo trascendente. La necesidad del sacrificio, nos dice muchas veces en prosa y en verso, constituye la suprema ley compensatoria, ley esencialmente referida a un drama espiritual al que se decide en la trascendencia de la vida, o las vidas y, por lo tanto, para cada ciclo personal y para la humanidad como ser colectivo y progresivo, en las luchas históricas. El hombre, cada hombre, es el protagonista de ese drama cuyos polos son la injusticia y el sacrificio: los dos polos, también, de la eticidad revolucionaria. El quehacer histórico, político, es en el fondo para Martí una misión religiosa del hombre en la tierra, porque la sustancia de ese quehacer en último grado es espiritual, y el espíritu, condicionado a la materia, no muere con ella. [23] Su artículo sobre Darwin es categórico a este respecto. La misión revolucionaria, pues, se inserta dentro de un plan trascendente.

Siendo así la realidad, ¿cómo transformarla sino por el amor, aunque sea a través de las batallas? Siendo así el hombre, ¿cómo definirlo sólo por su nacionalidad o por su clase o por su raza? Los postulados políticos de Martí se conectan íntimamente con sus creencias, en las que integró, ecuménicamente, aspectos cristianos e hindúes, Frente a esa conexión que en él forma un todo unitario, pueden adoptarse dos posiciones: o bien dejar a un lado (sin negados en él) los credos trascendentes; o bien, compártanse o no los contenidos específicos del espiritualismo martiano, asumir dicha conexión como una esperanza, proyectada revolucionariamente hacia el futuro, dc real integración de todas las necesidades del hombre: las objetivas y las subjetivas, las sociales y las íntimas, las que se refieren al pan material y las que piden, también, el pan espiritual (no sólo “cultural”). Lo que Martí propone, en suma, es una revolución íntegra del ser que, girando sobre el eje del sacrificio y la justicia, conduzca a la historia hacia la cabal integración de todos los derechos y potestades del hombre, y a cada hombre hacia el enfrentamiento con el sentido último de su vida y de su muerte. Ante esa proposición, que reviste los caracteres de un desafío, cada uno de nosotros, según sus luces y su conciencia, tiene la palabra.

¿Quién era, en suma, este hombre al que Gabriela Mistral llamó “el hombre más puro de nuestra raza”, [24] y a quien pudiéramos también llamar el más completo? Pasamos sin sentido de su prosa a su verso, de su palabra a su acción, de su vida pública a su intimidad; podemos estudiar su doctrina política, filosófica, educacional, poética, crítica y aún estilística, como un todo continuo. Cuando nos habla de la sociedad nos dice las mismas cosas que cuando nos habla del poema. No hallamos en él fisura, y no acabamos nunca de ver todos los aspectos de su rostro, que sin embargo nos mira desnuda y sencillamente a los ojos. Lo vemos en el blancor infernal de las canteras de San Lázaro, aherrojado con la cadena y el grillete que sólo pudo arrancarse de veras en sus últimos días, transfigurados por el cumplimiento del destino, en el seno de la naturaleza patria. Lo vemos en la tribuna de la emigración, en medio de la “magia infiel” del hielo, rodeado del arrobo de sus pobres, fulgurando en la noche la palabra sagrada que es el único hogar de espíritu que han tenido los cubanos. Lo vemos, en fin, en el terrible y radiante mediodía, lanzándose en su caballo blanco para firmar con sangre todas sus palabras. Ninguna imagen puede agotar su imagen. En el retrato de Jamaica, de pie contra la huraña manigua, siempre vestido como de luto y el rostro manándole luz, nos mira secretamente, con extraña lejanía y pasión entrañable, pidiéndonos siempre más.

Notas

[1] José Martí, Obras completas, La Habana, Editorial Nacional de Cuba, 1963-1973, 28 v., t. 5, p. 145. En lo sucesivo: O.C.
[2] Fernando Portuondo del Prado, Historia de Cuba, La Habana, Editorial Minerva, 1957, p. 386.
[3] “Ya vimos en el cuadro III que entre los ingenios semimecanizados y los de fuerza motriz animal se produjo el 91. 7% de la zafra de 1860: por lo tanto en ellos está la clave de la gran crisis azucarera que culmina en la Guerra de los 10 años. La raíz económica de esta crisis sólo puede explicarla la tecnología.” Manuel Moreno Fraginals, El Ingenio, el compú4o económico social cubano del azúcar, La Habana, Comisión Nacional Cubana de la UNESCO, 1964, t. 1, p. 86.
[4] O.C., t. 7, p. 407.
[5] O.C., t. 16, p. 107.
[6] “El destino personal de Martí —precisa Martínez Estrada—es una prolongación del destino familiar y este lo es del destino nacional. Los antiguos mitos lo reconocían así. Toda la vida de Martí es epítome de la historia de Cuba; por eso su biografía puede ser leída hermenéuticamente, como mitologema, relato personal de una generación histórica.” Y añade: “El sino de Cuba gravita sobre las familias de emigrados, criollos y desterrados y, como en las leyendas épicas, el primogénito recibe la herencia de su ananké: es el receptáculo de la Némesis tribal. Todo se articula y configura con un sentido cerrado de tragedia y de inevitabilidad.” Ezequiel Martínez Estrada, Martí revolucionario, t. 1, La Habana, Casa de las Américas, 1967, p. 43.
[7] El primer “incidente” fue el paso frente al hogar de los henhanos Valdés Domínguez de una escuadra de Voluntarios, que se consideraron objeto de burla. Esto provocó el registro de la casa, donde se encontró una carta acu­sando de “apóstata” a un condiscípulo alistado en el ejército español, firmada por Martí y por Fermín Valdés Domínguez. Acusados de “infidencia”, durante el juicio Martí se declaró único autor de dicha carta, lo que le valió la condena de seis años de presidio, mientras a Fermín se le impusieron seis meses de arresto mayor. Por razones de salud se obtuvo el indulto de Martí. Para estos y otros datos biográficos, ver la Cronología al final de este volumen.
[8] a.c., t. 1, p. 54.
[9] Ibídem.
[10] 0.c., t. 1, p. 57.
[11] 0.c., t. 1, p. 45.
[12 ] 0.c., t. 1, p. 57.
[13] Frantz Fanon, Les damnés de la terre, Pans, Maspero, 1968, p. 144. El punto más cercano de Fanon a Martí parece hallarse en las agónicas y extraordina­rias páginas finales —“A modo de conclusión”— de su libro Piel negra, más­caras blancas (La Habana, Instituto del Libro, 1968).
[14] O.C., t. 1, p. 32.
[15] O.C., t. 16, p. 74.
[16] O.C., t. 4, p. 277.
[17] O.c., t. 4, p. 99.
[18]a.c., t. 16, p. 75.
[19] Martínez Estrada, en su libro Citado (nota 6), observa, a propósito de Abdala:
“El pueblo africano de Nubia es el de Cuba, evidentemente. El nombre árabe de Abdala, que los españoles llamaban Boabdil el Chico, es el último rey moro de Granada. (…) Abdala, adolescente, encendido en heroico amor a la patria, es Martí (…) Abdala en el drama es negro, con lo que une dos condiciones cubanas de africano y enemigo de la España católica y conquistadora. Si el Abdala nubio es Boabdil el moro, muere combatiendo por el ideal de Martí.” (p. 69) Por otra parte, en el número 4 de La Edad de Oro (1889), MartÍ publicará su sorprendente artículo titulado “Un paseo por la tierra de los anamitas”, donde ilumina para los niños de América esa remota tierra del futuro Viet Nam, identificándose con sus dolores y adivinando su lucha antieolonialista como cosa propia.
[20] “Martí en su (tercer) mundo”, prólogo de Roberto Fernández Retamar a José Martí, páginas escogidas, La Habana, Editora Universitaria, 1965.
[21] a.c., t. 1, p. 54.
[22] a.c., t. 1, p. 61.
[23] ”Allá, en otros mundos, en tierras anteriores, en que firmemente creo, como creo en las tierras venideras, —porque de aquellas tenemos la intuición pasmosa que puesto que es conocimiento previo de la vida revela vida previa— y a estas hemos de llevar este exceso de ardor de pensamiento, inempleada fuerza, incumplidas ansias y desconsoladoras energías con que salimos, de esta vida;—allá, en tierras anteriores, he debido cometer para con la que fue entonces mi patria alguna falta grave, por cuanto está siendo desde que vivo e V1V~ mi castigo, vivir perpetuamente desterrado de mi natural país, que no sé dónde está, —del muy bello en que nací, donde no hay más que flores venenosas,—de ti y de él” (t. 21, p. 246) “Es el efecto de la cultura en la mente humana mirar a lo real como fenómeno, y no como sustancia: lo real, accidente y efecto: y el espíritu, de indispensable existencia.” (t. 22, p. 306.)
[24 ] Gabriela Mistral, prólogo a José Martí, Versos sencillos, La Habana, Secretaría de Educación, 1939, p. 34. Por su parte Ezequiel Martínez Estrada, en Martí revolucionario, ed. cit., p. 151, lo llamó “uno de los espíritus más libres que ha conocido la historia, sin duda el más puro de todos ellos”.

miércoles, 6 de abril de 2016

La carta a Obama de un vecindario cubano harto de las Damas de Blanco: ¿la leyeron en algún medio? Se la compartimos

La carta a Obama de un vecindario cubano harto de las Damas de Blanco: ¿la leyeron en algún medio?


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Cubainformación TV – Basado en un texto de M. H. Lagarde - Blog "Cambios en Cuba".- El corresponsal de la agencia Reuters en La Habana, Daniel Trotta, informaba sobre el último show de las llamadas “Damas de Blanco” en el barrio de Miramar.
En su nota, reproducida por medios de todo el mundo, el periodista se limitaba a repetir fragmentos de la carta que estas Damas de Blanco habían enviado al presidente Obama días antes. Y resaltaba que varias de ellas fueron arrestadas –durante unas horas- por la policía.
Pero a Daniel Trotta se le olvidaron algunos detalles.
Por ejemplo, que las Damas de Blanco tienen permiso de las autoridades para manifestarse todos los domingos por la 5ta avenida del Municipio Playa. Pero no para hacer sentadas que obstruyan el tráfico… que es lo que hicieron.
El corresponsal tampoco incluyó en su nota la información –sumamente relevante- de que estas Damas cobran por cada marcha una cantidad estipulada, en pesos convertibles, que procede de organizaciones de la ultraderecha de Miami.
Terroristas con muchos muertos a sus espaldas, excolaboradores de la dictadura de Batista, son quienes envían 17 mil dólares mensuales a las Damas de Blanco. Un dinero que procede, a su vez, en muchos casos, de subvenciones del gobierno de EEUU a dichos colectivos de Miami.
Reuters, en su crónica, tampoco dijo una palabra sobre la concentración masiva del vecindario de Miramar, que organizó una conga popular de repulsa contra las Damas de Blanco.
Estas vecinas y vecinos, por cierto, entregaron al periodista Daniel Trotta una carta, dirigida al presidente Obama, en la que denuncian a las Damas y rechazan su presencia en el barrio.
¿Vds. creen que, al menos este detalle, aparece en la nota de Reuters? ¿Qué creen Vds.?
Texto original
El Show de las Damas de Blanco: Reportero Trotta trató, pero no dijo toda la verdad
M. H. Lagarde - Blog "Cambios en Cuba".- El corresponsal de Reuters en La Habana, Daniel Trotta, cubrió el pasado domingo la última provocación realizada en el capitalino barrio de Miramar por las llamadas Damas de Blanco. No es nada nuevo que la prensa internacional, aunque lo hace cada vez menos por lo aburrido e inútiles de estos tipos de actos, se interese por estos temas. Como tampoco lo es que los que tienen la misión de informar no abarquen con la mayor objetividad todas las aristas del tema.
Pero está claro que el domingo Trotta trotaba del lado de las Damas de Blanco por lo que en su información se limitó a repetir algunos fragmentos de la carta que les enviara Obama a las Damas de Blanco que leyera la líder de las mercenarias, así como a resaltar el arresto de las mismas y se le olvidó acotar que las Damas de Blanco tienen el permiso de las autoridades para marchar todos los domingos por varias cuadras del separador de 5ta avenida, pero no para hacer sentadas que obstruyan el tráfico en lugares no autorizados como es el caso de la esquina de 3ra y 24, en el propio barrio de Miramar.
Trotta, que es un periodista de una agencia respetable como Reuters, debía saber que en muchos países del mundo para manifestarse se solicita permiso y se acuerda el trayecto de las marchas con las autoridades. Debía enterarse además que, como se ha publicado en este blog, las "sentadas" no autorizadas de las llamadas Damas son sufragadas -según publicó recientemente la agencia AP las Damas reciben como sueldo 30 pesos mensuales-, por connotados terroristas a quienes las autoridades estadounidenses han detenido por esconder en su casa alijos de armas, como es el caso de Santiago Álvarez Madriñá, con quien se reunió Berta Soler en un reciente viaje a Miami.
Trotta debía de alguna forma incluir en su reporte que los banqueros de las Damas de Blanco en Miami son, algunos de ellos, descendientes de esbirros de la tiranía de Batista, cuya dictadura para nada puede considerarse ejemplo de respeto a los derechos humanos, sobre todo si se tiene en cuenta que sus cómplices asesinaron a 20 mil jóvenes cubanos en la década de los 50 del siglo pasado.
Pero Trotta o sus editores, a no ser que estén ahorrando bits o pixeles, además de la novedad de la línea de la conga que puso a bailar a los revolucionarios que rechazan las provocaciones de las llamadas Damas de Blanco, debió agregar la también novedosa línea de que los vecinos del lugar le entregaron una carta dirigida al presidente Obama en la que rechazan la presencia de las Damas de Blanco en su zona de residencia.
Pero por lo visto a Trotta no le importa mucho lo que tengan que decir estos últimos, aún cuando, como se puede ver en el video, los vecinos de Santa Rita le advirtieron al periodista que lo importante era que él dijera toda la verdad.

sábado, 20 de febrero de 2016

Cuba cuenta con una modalidad universitaria que no tiene paralelo en el mundo

tomado de: Cuba Devate: http://www.cubadebate.cu/opinion/2016/02/18/cuba-cuenta-con-una-modalidad-universitaria-que-no-tiene-paralelo-en-el-mundo-video/#.VsknQkIoB0w



Cuba cuenta con una modalidad universitaria que no tiene paralelo en el mundo (+ Video)

Por: Frei Betto

Frei Betto ofreció una amplia conferencia en el Congreso Universidad-2016. en la que se refirió a la formación humanista de los profesionales. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
Frei Betto ofreció una amplia conferencia en el Congreso Universidad-2016. en la que se refirió a la formación humanista de los profesionales. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
En agosto de 1945, dos ciudades japonesas fueron barridas del mapa: Hiroshima y Nagasaki. Más de 200 mil personas, simples ciudadanos civiles, perdieron la vida al ser alcanzadas por las bombas atómicas lanzadas por aviones estadounidenses. Esos han sido, sin sombra de duda, los más graves atentados terroristas ocurridos en toda la historia de la humanidad.
Detrás de las mortíferas bombas había hombres graduados en las mejores universidades del mundo. Robert Oppenheimer, quien dirigió el Proyecto Manhattan, que culminó con la fabricación de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, era un físico teórico, graduado de la Universidad de Harvard en 1925. Tuvo varios hijos, y era conocido por su gentileza, su incapacidad de golpear a una mujer ni siquiera con una flor. Después de la catástrofe japonesa Oppenheimer sufrió una crisis de conciencia. Solía repetir una frase del Bhagavad-Gita, el libro de la espiritualidad hindú: “Me convertí en la muerte, destructora de mundos”. Más tarde se manifestó a favor de un mayor control sobre la proliferación de las armas nucleares, lo que le costó que lo acusaran de ser un espía de los soviéticos.
Edward Teller era colega de Oppenheimer en el Proyecto Manhattan. Nacido en Hungría de padre abogado y madre pianista, se graduó de ingeniero químico en Alemania. Fue profesor en las más prestigiosas universidades del mundo, como la de Londres y la de Berkeley, en California. Utilizó su inteligencia para inventar la bomba de hidrógeno, 750 veces más potente que la de Hiroshima. Fue él quien acusó a Oppenheimer de ser espía de los soviéticos. En la década de 1980 se destacó por ser el gran mentor del Programa de Defensa Estratégica, más conocido como “guerra de las galaxias”, patrocinado por el presidente Reagan. Su enajenación científica inspiró el filme Doctor Strangelove, dirigido por Stanley Kubrick en 1964.
Todos los científicos del Proyecto Manhattan tuvieron el respaldo de dos presidentes de los Estados Unidos: Franklin Delano Roosevelt y su sucesor, Harry S. Truman. Roosevelt ostentaba dos diplomas de Derecho, expedidos por las universidades de Harvard y Columbia. Truman, quien lo sucedió en abril de 1945, también había estudiado Derecho, pero no llegó a obtener el diploma.
Si Oppenheimer hubiera tenido, como Albert Einstein, una formación humanista basada sobre valores morales, ¿habría dirigido el Proyecto Manhattan? Si Edward Teller hubiera tenido una formación humanista fundada sobre la ética, ¿habría creado la bomba de hidrógeno? ¿Y Roosevelt y Truman habrían autorizado el Proyecto Manhattan y el genocidio nuclear en Hiroshima y Nagasaki?
No basta con una formación humanista. Heidegger tuvo una formación humanista y, sin embargo, apoyó el nazismo. Werner Heisenberg también recibió una formación humanista y, no obstante, colaboró con el proyecto atómico de la Alemania nazi. Una verdadera formación humanista supone encarnar valores como la solidaridad, la cooperación, la lucha por la justicia, la defensa de la dignidad de todos los seres humanos y la preservación ambiental.

Universidad y pluridiversidad

El intelectual argentino, Atilio Borón, presente en la conferencia de Betto. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
El intelectual argentino, Atilio Borón, presente en la conferencia de Betto. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
Las universidades nacieron a la sombra de la Iglesia como instituciones humanistas. Y toda universidad es, curiosamente, una multidiversidad, dado que reúne distintas disciplinas y métodos de aprendizaje. ¿Por qué, entonces, se les llama universidades y no pluridiversidades?
La realidad es que en el seno de una universidad, toda la diversidad de disciplinas, desde la Filosofía hasta la Medicina, sigue el mismo objetivo estratégico pedagógico: es una institución volcada a la formación de mano de obra calificada para el mercado, en el caso de las universidades capitalistas, o de profesionales en condiciones de responder a las demandas de la población, que debería ser el propósito de las universidades en los países socialistas.
Por eso resulta necesario que la universidad se someta siempre a un proceso permanente de autocrítica. Que se pregunte si es una isla del saber indiferente a las necesidades reales del país o una fábrica capaz de dotar a la nación de herramientas teóricas y prácticas para solucionar los problemas que la afectan.
Cuando Napoleón entró a Berlín en 1806, los prusianos tuvieron que abandonar sus posturas inflexibles y permitir que en los países de lengua alemana las universidades se liberaran de la tutela de la teología. Los pioneros de esa conquista emancipadora del saber fueron Johann Fichte, Christian Wolff e Immanuel Kant. Y gracias a la autonomía de la razón, las universidades alemanas nos dieron a Carlos Marx, Federico Engels, Max Planck, Max Weber, Sigmund Freud y Albert Einstein. La geología, la física y la química comenzaron a merecer la misma importancia que la filosofía, la historia y la sociología.
Los Estados Unidos copiaron el modelo alemán, sobre todo porque necesitaban profesionales calificados para ampliar su parque industrial. Se estableció un vínculo estrecho entre las empresas y las universidades. Yale concedió el primero título de doctorado en 1861, y en 1900 más de 300 alumnos ya ostentaban el título de doctores.
La universidad yanqui se transformó en una fábrica elitista de pragmatismo y liberalismo. Lo que le interesa, hasta el día de hoy, es el desarrollo de la ciencia y la tecnología. Y el principio estratégico pedagógico que rige ese pragmatismo es obvio: fortalecer el mercado y la apropiación privada de la riqueza.
El fundador del pragmatismo estadounidense fue Charles Sanders Pierce, un filósofo destacado en la década de 1870. Pero le cupo a William James el mérito de popularizarlo gracias a la serie de conferencias que pronunció en Boston en 1907, con el título de “Pragmatismo: un nuevo nombre para viejas formas de pensar”. James enseñaba que un profesional no debe estar movido por principios, sino por hechos empíricos… ¡Aunque sus enseñanzas eran contradictorias, porque se basaban sobre un nuevo principio!
La tercera figura importante del pragmatismo yanqui es John Dewey, un catedrático de la Universidad de Chicago. Su lema era “Democracia (entiéndase, capitalismo), ciencia e industrialismo”.
En 1908, Harvard inauguró su Escuela Superior de Empresas de Graduados. O sea, una vía para formar mejor a los hombres de negocios. Los alumnos eran enviados a hacer pasantías en las empresas. Esa pedagogía desarrolló dos aspectos: les permitió a los alumnos vincular la teoría y la práctica y, a la vez, les propició a las empresas la posibilidad de perfeccionar la calidad de sus nóminas de profesionales.
El carácter de ese proyecto estratégico pedagógico de las universidades de los Estados Unidos ya estaba definido en las palabras de Marx y Engels en el Manifiesto comunista: “Todos los complejos y variados lazos que ataban al hombre feudal a sus ‘superiores naturales’, [la burguesía] los despedazó sin piedad y solo dejó subsistir, entre hombre y hombre, el lazo frío del interés, las duras exigencias del ‘pago a la vista’. Apagó los fervores sagrados del éxtasis religioso, del entusiasmo caballeresco, del sentimentalismo pequeño burgués, en las aguas heladas del cálculo egoísta. Hizo de la dignidad personal un simple valor de cambio. Sustituyó las numerosas libertades conquistadas con tanto esfuerzo por la única e implacable libertad del comercio”.
Como bien señala el educador y filósofo brasileño Maurício Abdalla, en nuestras universidades, lamentablemente, casi no hay espacio para la filosofía de las ciencias. Si bien se rechaza teóricamente el positivismo, en la práctica está vigente, aunque criticado por los cultivadores de la Nueva Filosofía de las Ciencias como Popper, Kuhn, Lakatos, Feyerabend y Laudan. Muchos profesores universitarios, en especial de las áreas científicas y tecnológicas, permanecen ajenos a los debates epistemológicos, y son tributarios de una visión positivista ingenua de las ciencias. Creen que hay una ciencia neutra, exenta de influencias ideológicas y subjetividades, mero fruto de indagaciones e investigaciones desinteresadas, de observaciones empíricas ajenas a toda metafísica. El resultado de esa postura es que teorías científicas plagadas de subjetivismo y condicionamientos culturales son abrazadas como dogmas, sin conexión con la realidad cambiante y el proceso histórico dinámico.
Se crea así una escisión entre ciencias naturales y ciencias humanas, ética e investigación científica, lo que favorece aberraciones como la de querer impedir todo sistema axiológico en las investigaciones de la biogenética, o la de pregonar que los productos transgénicos en nada afectan el equilibrio ambiental y el organismo humano, o que el uso excesivo de combustibles fósiles no influye en el calentamiento global. Es la “cientocracia”, la dictadura de la ciencia, que debe decidir lo que comemos, de qué modo nos vestimos, qué tipo de sociedad es mejor, etc. Es el neoplatonismo posmoderno, que elige científicos-reyes en lugar de filósofos-reyes, como quería Platón.

Cooperación o competencia

Asisten unos tres mil participantes de 60 países. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
Asisten unos tres mil participantes de 60 países. Foto: José Raúl Concepción/Cubadebate.
Si el capitalismo es un sistema monetario en el que los derechos humanos están sujetos a los caprichos del mercado, el socialismo es un sistema humanitario en el que los derechos humanos son la prioridad por excelencia. Es en el marco de esos parámetros que la universidad debe enrumbar su objetivo estratégico pedagógico en un país como Cuba. Impedir que la universidad sea una torre de marfil y crear vínculos efectivos entre alumnos y profesores y entre los diversos sectores de la nación, que reflejen las demandas más urgentes de la población. Buscar respuestas a las siguientes preguntas: ¿cómo se relaciona la universidad con los sindicatos, las cooperativas, los movimientos sociales, los nuevos emprendimientos? ¿Cómo se prepara la universidad para las reformas económicas y sociales que se llevan a cabo en Cuba, sobre todo teniendo en cuenta la inauguración del puerto de Mariel y la reanudación de las relaciones con los Estados Unidos?
Sin duda, Cuba cuenta con una modalidad de extensión universitaria que, por su alcance, no tiene paralelo en el mundo: la solidaridad internacional de sus profesionales, en especial sus médicos y maestros, presentes entre la población más pobre de más de 100 países. Ese internacionalismo logra su consistencia gracias al capital simbólico acumulado por la heroica historia de este país y enriquecido, de modo ejemplar, por la Revolución. Capital simbólico encarnado en la vida y el testimonio de hombres como Félix Varela, José Martí, Ernesto Che Guevara, Raúl y Fidel Castro.
Tanto en el mundo capitalista como en el socialista, las universidades transitaron del humanismo regado con agua bendita al racionalismo cientificista abrazado al mito positivista de la neutralidad de la ciencia. Pero la brújula de la ciencia es la ética, como bien demostró Aristóteles. Y la ética es el conjunto de valores que incorporamos para hacer más digno y feliz nuestro breve período de vida a bordo de esta nave espacial llamada Planeta Tierra. He ahí la cuestión central de un proyecto estratégico pedagógico verdaderamente revolucionario, capaz de superar las contradicciones de la razón instrumental, que en nombre de acelerados avances científicos y tecnológicos provoca la devastación ambiental, hasta el punto de que la naturaleza de nuestro planeta perderá su capacidad de autorregeneración, a menos que se produzca una intervención humana.
En tiempos de posmodernidad, que amenazan tener como paradigma no la religión del período medieval ni la razón del período moderno, sino el mercado, la mercantilización de todos los aspectos de la vida humana y la naturaleza, tan acertadamente denunciada por el papa Francisco en su encíclica socioambiental Laudato Si – sobre el cuidado de la casa común, la universidad se ve interpelada por una pregunta ontológica: ¿cómo lidiar con la experiencia subjetiva del mundo de sus profesores y alumnos? La experiencia subjetiva del mundo de cada ser humano es una cuestión que la ciencia jamás podrá resolver. Ni siquiera el lenguaje es capaz de traducirla, aunque haya formas de expresión que intentan aprender el alfabeto de los ángeles, como la filosofía, la religión y el arte. En una fase de transición civilizatoria, como la actual, precisamos de una nueva ontología ecosocialista.
Es ahí que se ubica el desafío ideológico para el proyecto estratégico pedagógico de la universidad en un país como Cuba. ¿Los profesionales que ella forma construyen una experiencia subjetiva del mundo centrada en valores ajenos a la universidad? ¿Esos valores están enraizados en la solidaridad, el altruismo, la cooperación, o en la ambición egocéntrica, el individualismo, la competitividad?
En un país como Cuba no es suficiente responder: ¡somos socialistas! ¡Somos marxistas! Basta repasar la historia para saber cuántas atrocidades se cometieron en nombre del marxismo y del socialismo, al igual que en nombre del cristianismo hubo Inquisición y se realizó la empresa colonialista genocida en la América Latina. Pero no hay que tirar al niño con el agua sucia. Tanto el cristianismo como el socialismo han escrito bellas páginas en la historia. Y los dos se nutren de la misma raíz: la ética bíblica, que proclama que todo ser humano está dotado de sacralidad ontológica y que el don de la vida nos fue dado para que podamos disfrutarlo en un paraíso aquí en la Tierra, a lo que el mensaje evangélico llama “reino de Dios” y el marxismo, sociedad comunista, en la que todo será común entre todos, se le dará a cada cual según sus necesidades y se exigirá de cada uno según su capacidad.
Ese humanismo debería ser la estrella polar de nuestras universidades, capaz de señalar el rumbo de todas las investigaciones científicas, los inventos tecnológicos, la formación de profesionales y de hombres y mujeres dedicados a la política y a la administración pública.
Termino con dos citas que reflejan bien lo que he pretendido decir aquí. La primera es del filósofo Gaston Bachelard, que instaba a los científicos a revelar el carácter humano de sus investigaciones. En su obra La filosofía del no (1978), señala: “Preguntémosles, pues, a los científicos: ¿cómo piensan, cuáles son sus intentos, sus ensayo, sus errores? ¿Cuáles son las motivaciones que los llevan a cambiar de opinión? ¿Por qué razón se expresan tan sucintamente cuando hablan de las condiciones psicológicas de una nueva investigación? Transmítannos, sobre todos, sus ideas vagas, sus contradicciones, sus ideas fijas, sus convicciones no confirmadas.”
La otra cita, con la cual termino, es del genio profético de Martí, quien en Nuestra América ya nos interpelaba en ese sentido:
“¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte de gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y cállese el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”
(Traducción de Esther Pérez)

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viernes, 18 de julio de 2014

Indiferencia en Cuba: un fallo ideológico


Indiferencia en Cuba: un fallo ideológico



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Cartel en una calle de La Habana (FOTO: Vincenzo Basile)
Cartel en una calle de La Habana (FOTO: Vincenzo Basile)
Por Vincenzo Basile
En los últimos tiempos, el debate sobre la pérdida de valores, activismo y participación -la indiferencia- entre las generaciones más jóvenes de cubanas y cubanos se está convirtiendo en uno de los grandes temas de discusión. Un debate por cierto muy problemático, sobre todo cuando se trata de buscar causas y encontrar soluciones a un fenómeno que, aunque tenga difusión prácticamente mundial, se presenta profundamente antitético a la hipotética idea de conciencia social y democracia participativa que cinco décadas de Revolución deberían -o hubieran debido- implantar en Cuba.
Entre las explicaciones más aceptadas y apreciadas para este fenómeno, la mayoría espacian desde lo económico hasta lo ideológico; y todas identifican, con razón, un evento desencadenante, es decir, lo que pasó en el mundo a finales de los años ochenta.
Crisis de campo socialista. El emblema de la guerra fría, el muro de la vergüenza, esa horrible blasfemia elevada en nombre de un proyecto humano superior, se vino abajo y marcó el futuro de Europa y del mundo. En dos o tres años, uno tras otro, los regímenes de Europa Oriental manifestaron -más o menos espontáneamente- la ausencia de una mínima estructura social o base política, y se cayeron al suelo como castillos de arena. Luego, por razones distintas, le tocó al imperio soviético.
En este sentido -según dicen los que sostienen estas teorías- de repente Cuba se encontró sin socios económicos y sobre todo sin referentes políticos e ideológicos. Lo que desató consecuentemente una gravísima crisis económica y una quizás más grave crisis ideológica. Las generaciones que nacieron en los años noventa se encontraron entonces en la incertidumbre material, en la escasez, en un entorno donde se iban difundiendo egoísmo y corrupción, y al mismo tiempo sin un válido sistema de valores en que creer, ya que lo que la Revolución trataba de profesar, en el mundo estaba enseñando toda su debilidad.
Sin embargo, por muy correctas que estén todas estas argumentaciones, hay que hacer una consideración fundamental.
Merece ser remarcado que no existe ninguna correlación automática entre crisis económica y pérdida de valores, ideales, activismo y participación. Al contrario, en primer lugar, a nivel empírico está largamente demostrado que son los mismos países que se consideran actualmente entre los más ricos de mundo los que más sufren el problema de la enajenación y de la apatía y, claro está, esto tiene sus puntuales razones. Y en segundo lugar, la pobreza, hasta la miseria extrema, la exclusión o la corrupción que derive, no pueden considerarse frenos para el activismo o elementos que generan automáticamente indiferencia. En este caso también, a nivel empírico, los ejemplos son numerosos. Solo hace falta pensar en grandes eventos traumáticos que han condicionado la historia mundial, desde la revolución francesa hasta la vietnamita y pasando por la rusa, es decir, actos de pura y poderosa participación -social y política- que se desataron precisamente en contextos caracterizados por hambre, miseria, exclusión, corrupción, profundas desigualdades y, en muchos casos, hasta miedo a represión y represalias.
Si se considera todo esto, lo que se concluye es que las razones económicas para explicar la pérdida de activismo juvenil de hoy día, aunque tengan cierta influencia en el desarrollo de estos fenómenos, no pueden asumirse como su principal causa.
La misma Revolución cubana se desarrolló precisamente sobre estas bases. En la Cuba de los cincuenta había hambre, miseria, analfabetismo, corrupción, egoísmo y represión; y a pesar de todo eso un grupo de jóvenes no se dejó vencer por la indiferencia, ni por la apatía, y supo convertirse en movimiento y luego ese movimiento se hizo pueblo y triunfó en Revolución, en otras palabras, este pueblo se hizo nación.
La cuestión es precisamente esta: la nación. La nación no es el país, no es un territorio físico ni unas fronteras administrativas, la nación no es la República de Cuba; nación es sentido de pertenencia, es una comunidad formada por individuos que reconocen pertenecer a la misma por las más diversas razones, que sean étnicas, históricas o culturales.
2El individuo que nace en un determinado lugar del mundo se encuentra automáticamente colocado en un preciso contexto cultural. Pero, y esto es lo más importante, su voluntad de ser parte de este proyecto, su sentido de pertenencia, es algo que no se le presenta naturalmente, sino que se le trasmite durante un largo proceso de socialización, a través del cual al individuo se les enseñan los valores de la cultura de la comunidad. Y este proceso se desarrolla fundamentalmente en dos momentos: en la educación familiar y en las instituciones. En otras palabras, familia e instituciones enseñan la nación.
Y si por el lado de las familias los aspectos ideológicos se funden con los económicos para justificar la pérdida de los valores y en un momento de profunda crisis económica -como la que atravesó y sigue atravesando Cuba- los padres, los primeros educadores de las nuevas generaciones, no saben -o hasta no quieren- trasmitir determinados valores a sus hijos, profesando el credo del “sálvese quien pueda”; por el lado de las instituciones la justificación económica no se sostiene y lo único que queda es reconocer que existe un problema ideológico de base, que ha habido un defecto en las instituciones en su fundamental tarea de trasmitir determinados valores, en su esencial misión de enseñar la nación a los futuros ciudadanos.
A raíz de todo esto, cuando se afirma que en Cuba algo no está funcionando porque las nuevas generaciones están creciendo apáticas, indiferentes o hasta desconectadas con la realidad que viven, se debe concluir necesariamente que en la Isla, más allá que un problema de naturaleza económica, ante todo existe un problema de tipo ideológico que ha provocado un fallo en la enseñanza de la nación.
El problema surgió cuando se perdieron los referentes ideológicos internacionales, por las causas citadas al principio; cuando por el mundo empezaron a venirse abajo los valores profesados por la Revolución. Entonces lo que pasó fue que el temor por no resistir frente a lo que estaba ocurriendo y encontrarse aspirados por el efecto dominó que se había desatado, y una burocratización al estilo soviético de la cultura en general se ajuntaron para convertir la enseñanza de la nación en una serie de dogmas desde el pasado y consignas que no se sabían explicar y solo se debían inculcar mecánicamente para garantizar y legitimar el mantenimiento del status quo.
Eso fue el error más grande y casi incomprensible. Cuba tiene un capital humano, histórico y cultural único en su género. Como cualquier país postcolonial es una cuña de héroes, emblemas humanos cuyos valores van mucho más allá de cualquier estrecha ideología relacionada con un determinado momento histórico.
Los héroes de la independencia, de la república, de la lucha clandestina, de la Revolución, los Cinco héroes de la contemporaneidad. Héroes distintos, de etapas y luchas distintas, guiados por objetivos distintos -lucha anticolonial, clandestina, antiimperialista, internacionalista, antiterrorista- pero fundamentalmente unidos en el mismo valor -se le llame patria, república, independencia, revolución- que sencillamente se traduce siempre en la unidad de la nación. Y esta unidad nacional hay que explicarla, fomentarla, trasmitirla en su esencia más pura y profunda.
Mientras que las instituciones cubanas -escuelas y sobre todo organizaciones juveniles- continúen desperdiciando este poderoso capital, “trasmitiendo” valores a través de un decreto supremo que dicte un “Patria o Muerte” o continúen educando a golpes de consignas -que sea un “Venceremos”, un “Pioneros por el comunismo: ¡Seremos como el Che!” o un “Liberen a los Cinco héroes”-, que no estén acompañadas por una auténtica y profunda convicción en cada palabra que se afirma, el riesgo es que la indiferencia seguirá difundiéndose siempre más y la cultura nacional, la que debería enseñar a los jóvenes como convertirse en ciudadanos, se irá plasmando en una opaca fotografía del pasado que solo enseña inmovilismo y apatía, no dejando ningún espacio para la imaginación.