viernes, 12 de octubre de 2012

Analisis por Celia Hart Santamaría El pensamiento económico del Che



Un libro salvado del mar

Prólogo a "Ernesto Che Guevara, hombre y sociedad. El pensamiento económico del Che",
de Carlos Tablada


por Celia Hart Santamaría

“Y poderte decir lo que aquí no he podido decirte

Hablar como un árbol, con mi sombra hacia ti

Como un libro salvado del mar

Como un muerto que aprende a besar

Para ti, para ti”

Silvio Rodríguez

En Glosas al pensamiento de José Martí, Julio Antonio Mella, el más intenso de todos los cubanos, señaló:

Hace mucho tiempo que llevo en el pensamiento un libro sobre José Martí, libro que anhelaría poner en letras de imprenta. Bien lejos de todo patriotismo, cuando hablo de José Martí siento la misma emoción, el mismo temor que se siente ante las cosas sobrenaturales.

Este libro, según mi ver, está aún por escribirse.

Por fortuna el Che no ha corrido la misma suerte. El libro de Carlos Tablada es al menos uno de aquellos libros que debió ser escrito, que nos hacen sentir al Che en combate, pertinaz y útil, lejos de todo el ecumenismo y la retórica con que en más de una ocasión, más bien en muchas ocasiones, nos quieren ofrecer al Che. Estamos frente a uno de esos libros en los cuales no habla el autor, sino el alma del protagonista.

Mi relación con estas letras es algo peculiar. Me lo he leído ahora recientemente. De tal suerte que para mí este libro está recién sacado del horno de la historia. Se escribió ayer. Me siento cuajada de asombro y felicidad, pues es un libro que utiliza las categorías económicas con el sólo pretexto de presentarnos a una criatura con la dosis más elevada de coherencia y compromiso frente al más noble de los empeños humanos: la revolución.

Entonces permítanme narrarle una primera experiencia personal.

En 1986, después de haber estado por tres años en la Alemania del Este estudiando Física, llegué a La Habana sin aceptar el socialismo. La ex-RDA era sin embargo un ejemplo del “bien” vivir. El sistema era satisfactorio para los más exigentes. Los beneficios materiales de aquella sociedad eran excelentes. El transporte, el poder adquisitivo, el sistema de salud, la educación. Sin embargo, pocos eran los jóvenes que no vieran en la vecina RFA motivos para tratar de emigrar, chocolates más sabrosos, jabones más olorosos... Se extendió una máxima que decía que mientras más cosas y mejores, más socialismo. Luego me enteré que era esa una máxima de Stalin cuando decía que la URSS era superior al capitalismo porque producía más acero.

Como justamente el Che señaló, aquel sistema estaba “fuera del hombre”. El 5 de diciembre de 1964 afirmó:
Y por ejemplo, aquella cosa tan interesante, yo no sé si ustedes siguen bien la política internacional, pero aquella cosa tan interesante que el compañero Jruschov había dicho en Yugoslavia, que incluso mandó a gente a estudiar y qué sé yo. Pues eso que él vio en Yugoslavia y que le pareció tan interesante en Estados Unidos está mucho más desarrollado porque es capitalista. (...) En Checoslovaquia y en Alemania ya se empieza a estudiar también el sistema yugoslavo para aplicarlo.

Para diseñar un sistema tal, lo supe después, el dinero y sus categorías eran lo más oportuno. No se precisaba una nueva manera de relaciones humanas para producir. Y ese sistema, que no precisaba del hombre, se creó mucho antes, desde que Colón decidió que la Tierra era un globo (la globalización por cierto viene desde entonces).
Decidí en aquel verano revelador de 1986 que no sería partidaria de una sociedad semejante. Eso era para mí el socialismo... Era supuestamente, como me dijeron muchos valiosos compañeros al marcharme a Europa “que viajaría en la máquina del tiempo”, que Cuba dentro de unos 30 años sería una República Democrática Alemana tropical.
Además de todo esto estudié Física. La Física entre otras ventajas te obliga al menos a una lógica elemental y al uso ineludible de la estadística. Era lo mismo, con más o menos cantidad de jabones y chocolates lo que sucedía en todos los países socialistas que tuve oportunidad de visitar.

Si para allí iría la sensible tierra de Martí y por aquel patético estado vegetativo no se había quitado Fidel jamás su traje de guerrilla, a mí por lo pronto, que me sacaran de la lista. La falta de compromiso, la “alienación” de la juventud, el fetichismo por los bienes del enigmático Occidente eran el objetivo a alcanzar. Entonces más me valía la pena volver a la Revolución francesa y a las ideas de Rousseau, y sentir que el Octubre de 1917, fue un episodio menor y mal calculado.

No estoy exagerando. Pertenezco a una generación de cubanos que se hizo joven dentro de la mayor apología al socialismo real (por llamarlo así). La apología llegaría al límite de mandar a decenas de miles de jóvenes a terminar su formación académica en aquellas sociedades socialistas y hacerles ver que aquello sería el futuro de la patria.

Pertenezco precisamente a esa generación nacida en la década de los emblemáticos sesenta dentro de la Revolución cubana y que tuvo que decidir en los noventa, al cumplir 30 años, hacerse militante de un partido comunista, cuando decenas de millones de camaradas en otras latitudes hacían precisamente lo contrario.

Somos de la generación que creyó ver en un primer inicio que la perestroika, la glasnot, y todas esas tristes apariciones significaban la lucha contra las sociedades burocratizadas de la Europa del Este. Aquel sueño se desvaneció y en medio de las mayores penalidades económicas de una isla lanzada a su suerte, muchos de nosotros pensamos que el mundo se dividía entre las leyes del mercado o en aquella cárcel ideológica y dogmática que luego supe llamarla estalinismo. Fue una de las peores tempestades éticas en la historia del hombre.

No terminaré de agradecerle a mi padre que me diera dos viejos libros que relataban los avatares del bolchevismo traicionado. ¡Qué falta me hubiese hecho el libro de Tablada en aquel entonces!

Justo antes de la muerte total, como si se tratase del llamado “veranillo de otoño” de los moribundos aparece el libro de Tablada, escoltado por el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas”, no de Cuba, sino de la práctica socialista mundial. Mas eso no lo supe hasta hace muy poco.

Porque en aquella desesperación juvenil no tuve quizás la grandeza de alma o la pericia para saber que en ese mismo año, en uno de los discursos más luminosos y necesarios de Fidel Castro se estaba decidiendo la suerte del socialismo. Como un último grito el “proceso de rectificación de errores y tendencias negativas” estaba dando la última luz de esperanza a la práctica de la hazaña de Lenin. Porque no es verdad que en Cuba se empezó a fabricar un socialismo “a la cubana”. Si de algo carece el socialismo, si algo lo distingue de manera cualitativa de todos los sistemas anteriores, es no contenerse en fronteras. “Nuestro socialismo”, como a veces he escuchado, es una gran paradoja, pues el socialismo nació para ser internacional. Ese proceso que se hizo en la ligera isla de Cuba, fue el único proceso sincero de rectificación para el socialismo del siglo xx.

Un “libreto” de aquel hermoso episodio, por salvar la práctica socialista, fue el libro de Carlos Tablada, el cual después de muchas vicisitudes para su publicación había sido distinguido con el premio Casa de las Américas 1987.

En nombre de esa generación ideológicamente desesperada, aturdida por el estalinismo, confundida con la perestroika es que le agradezco formalmente a Carlos Tablada que haya salvado este libro del mar.

Sí, porque lo que hizo Tablada fue salvar estas letras de la tempestad, poseído por el fantasma del Guerrillero Heroico, que quiso dejar sentado precisamente en aquel momento, preámbulo del desastre del socialismo, que las ideas de Marx eran viables, que la Revolución de Octubre pudo triunfar, pero que aquella revolución fue traicionada.


Porque a pesar de ser un libro de categorías económicas, es un libro ideológico, de combate, es libro que tal vez debió publicarse mucho antes, allá cuando “fuimos” vencidos por el cálculo económico y pensábamos, como mis colegas alemanes, que la sociedad socialista era producir mejores jabones.
Porque aún se sigue difamando al Che, incluso entre camaradas.

Por un ala, muchos militantes aluden a él como un ejemplo de foquista valiente, que no conocía los “métodos” leninistas de lucha y que su pensamiento económico en el período de transición se reducía a “exagerar” los valores morales. Lo sentencian a ser un gran revolucionario, pero incapaz de entender la realidad social a la que se orillaba, que en el mejor de los casos había cursado un escuálido ABC de teoría marxista, y que supeditaba la transición al socialismo al “trabajo voluntario”.

Aprovecho el espacio para referirme tangencialmente a esto, pues es motivo de dolor profundo que militantes del mundo no logren aún asumir al Che como un creador más del marxismo: ¿De dónde se extrajo la palabra foquismo? Dice Néstor Kohan en el libro Ernesto Che Guevara: Otro mundo es posible que puede ser a partir de un ensayo antológico del converso francés Régis Debray.

Pero, no está mal la palabra, aunque estoy segura que muchos no han perseguido el origen último de la misma. La definición más seria que puedo encontrar de “foco” es la geométrica. Los focos son los que en último caso definen los puntos del plano que constituyen una elipse. La elipse es una figura de trascendental importancia para nuestra existencia. Baste recordar acá la Primera Ley de Johannes Kepler, el brillante astrónomo alemán del siglo xvii. “Los planetas giran alrededor del Sol en órbitas elípticas en las que el Sol ocupa uno de los focos de la elipse”. ¡Muy bien! Si es así el “foco” del Che Guevara, es nada más y nada menos que el equivalente al Sol gracias al cual giramos llenos de luz y calor elípticamente.

Y los de la esquina opuesta, sin tan siquiera levantar la voz ante tanta mentira, o al menos ignorancia, le compran una cómoda corona de espinas y lo inscriben en el Congreso de la Historia en la frase sacada de contexto “soñar lo imposible” sin mencionar los verbos hacer y luchar. Estos son los nuevos reformistas, con cierto barniz de revolucionarios, a los que todo les molesta, partidos, historias, compromisos.

Y es imperdonable. El Che fue el hombre en esta Tierra que más cerca estuvo de ser verdaderamente práctico. No sé si habrá soñado lo imposible en alguna noche de estío. Lo que sí creó fue un sistema de ideas económicas, éticas y políticas que dudo que algún político haya podido hacer más pertinente con la realidad de su tiempo y lugar.

Sin tener yo conocimiento de economía, el libro de Tablada me hace entender a la perfección la contundencia de las aportaciones del Che. El sistema socialista no sólo se deberá definir por el destino social de los bienes, sino de qué forma se obtienen, cuales relaciones sociales establecen los hombres en el instante de la producción. Aunque esto es marxismo elemental, no es comprendido en todo su alcance.

La Nueva Política Económica (NEP) de Lenin, en este sentido, fue mucho más que un paso atrás, según mi ver, es prácticamente medio sendero atrás, de donde difícilmente se hubiese logrado regresar.

Deseo proponerles un modelo sencillo:
Vamos a imaginarnos que un Convento de Monjas haya caído en desgracia económica. Y entonces la Superiora convoca a las novicias más hermosas a que se prostituyan para obtener dinero. ¡Eso sí! El dinero proveniente de tal actuación, lo que sin dudas y por esencia las futuras esposas de Cristo llamarían como el Diablo, actuación por lo cual precisamente ingresaron en el Convento, sería utilizado de manera honrada en la restauración de la capilla, en comprar mejores vestuarios a los santos, en propina para los pobres, etc. Las novicias entonces estarán usando lo que odian por sus propios principios para salvar lo que aman. ¿Terminarán estas como vulgares rameras o como monjas salva­doras del Convento?

Si usamos las leyes del mercado para construir una sociedad cuyo objetivo es negarlas, ¿cuál será la sociedad que estamos construyendo? El socialismo tiene que ser renovador, no sólo en la forma de distribuir las riquezas, debe ser más que nada, un sistema diferente para poder obtenerlas. Una nueva forma de relacionarnos durante el proceso productivo.

De esa verdad se dio cuenta el Che. Es lo que nos narra este revolucionario, apasionado y locuaz Ernesto Guevara a través de la tinta jugosa de Carlos Tablada.
Pues ¿dónde se dijo que para producir el hombre se desprende de su subjetividad, su nobleza, su altruismo, antes de entrar a la fábrica? El hombre tiene estómago y sexo de igual manera y en igual proporción que corazón y cerebro. Y de lo que se trata es que el corazón y el cerebro controlen, dispongan, usen las leyes y no viceversa.
Y ahora... que todo es verdad, que el Che tenía razón, que ya el Convento imaginario se ha convertido en el mayor prostíbulo del mundo.... ¿qué importancia pueden tener en la práctica las ideas del Che en cuanto a la edificación del socialismo?

Más que nunca y de manera urgente este libro pasa a ser libro de combate y no de recuerdos que nos pongan a llorar maldiciéndonos por el poco caso que le hicimos todos al Che.

Los pueblos empiezan de nuevo a acomodarse a la izquierda, a veces por mero instinto.
En Venezuela ha triunfado una revolución, y seguro logrará superar aún más su carácter y transitar a ser socialista definitivamente, para evitar una conversión lamentable en una “caricatura de revolución”, para citar nuevamente al Che. Para esto los venezolanos tienen un liderazgo definido, incorruptible con los pies en la tierra y el alma en los pobres y en Nuestra América. Sugiero a mis hermanos venezolanos utilizar el libro de Carlos Tablada, si quieren saber cómo aspiraba a construir el socialismo uno de sus más serios constructores. Ellos no tienen que lidiar con modelos preconcebidos de la izquierda (agotados, destruidos y descalificados por sus propios errores), tienen, sin embargo, la tarea de sabiamente arrasar con los impuestos por la derecha, los cuales ahora inician el largo camino de la extinción. En la tierra de Bolívar están a tiempo de comenzar por el verdadero principio.

Ahora no tendremos más el campo socialista, aquel que tanto tiempo nos hizo perder. De nuestros fracasos ya no podremos culpar a la URSS o al PCUS. Ninguno existe. Han pasado a ser memoria en el mejor de los casos. Esta vez no tenemos oportunidad de volver a equivocarnos, lo que antes fue ingenuidad o desconocimiento, hoy sería mera estupidez, que la historia no va a perdonarnos.

Si con el grito de “Socialismo o Muerte” decidimos nuestra eterna protesta de Baraguá para resistir los embates del imperialismo, en 1987 el discurso de Fidel en conmemoración al xx Aniversario de la caída del Che constituye, según mi modo de ver, la Protesta de Baraguá frente a los métodos imperantes del socialismo en aquel entonces, y dejamos bien claro cuál era la única manera de retomar el camino. El libro de Tablada constituyó su mejor plataforma parafraseando a Antonio Maceo con aquello de “No, no nos entendemos”... ni con la restauración capita­lista ni con el estalinismo que no es la sociedad que quisieron hacer verdad los mejores bolcheviques. Tengo la secreta sospecha que la buro­cra­cia estalinista y las reformas capitalistas son aliadas estratégicas. A veces me temo si no son la misma cosa. Que como dijo el Che, Lenin de vivir más hubiese condenado a la Nueva Política Económica al basu­re­ro, que de Nueva... no tenía ni el nombre. Más bien debería llamarse VPE. Que si Lenin no lo hubiese hecho, la NEP lo hubiese hecho con él.

Esa función tuvo el libro embrujado de Carlos Tablada en julio de 1984, después de quince años investigando y escribiéndolo. Una protesta internacional a nombre de Ernesto Guevara. Tres años después el libro se convertiría en un verdadero oráculo.

Algún día, cuando se pueda contar la historia del socialismo sin llorar demasiado, habrá que colocar en sitio de honor el proceso de rectificación de errores concebido e iniciado por Fidel Castro y el mejor guión para eso será este libro de Carlos.

Mas hoy, a veinte años de aquello... nos toca “reorganizar la guerra”. Mucho antes de lo que pensábamos empiezan las ideas socialistas a colocarse en el fiel del futuro de los pueblos. Hoy este libro y el Che empiezan a convertirse en los clásicos más cercanos y oportunos con los que contamos.

Las puertas del socialismo se empiezan abrir hoy en América Latina. ¡Bienvenido! El Che Guevara es ya imprescindible, quizás uno de los pocos que enseñó con la pluma, el fusil y la conducción de hombres. Un revolucionario que supo conquistar el poder para el proletariado y para todos los desposeídos, supo ejercerlo de manera brillante y supo dejarlo para cumplir con el internacionalismo. Estoy esperando que me pongan un ejemplo de alguien que haya hecho lo mismo.

Pues el Che que marchó a Bolivia fue el mismo que trabajó en el Ministerio de Industria, porque su pensamiento es uno solo. Porque la construcción del socialismo implica la revolución mundial. No existe otra vía. Por eso el Comandante Guevara es uno de los revolucionarios más integrales de toda la historia. Entendió que aun con las puertas que se abrían en Cuba para la construcción del socialismo, esto no sería verdad si se restringía a un solo país. La única revolución que produce un cambio certero de la sociedad es la que se profundiza día a día a la vez que se extiende a otros países.
Lo dice Carlos Tablada en su libro, tal cual lo hubiese dicho el Che:

Che también pensaba que Cuba, sin la Revolución latinoamericana, tenía muy pocas probabilidades de llevar a su fin lo que su pueblo se había propuesto de alcanzar, una sociedad superior en la escala humana en cuanto a la libertad, acceso a la cultura, a la educación, al bienestar material para todos, a una sociedad distinta a la capitalista, y a los regímenes del socialismo real.

Y lo dice de manera magistral Fernando Martínez Heredia en su magnífico prólogo a la edición príncipe de Casa de las Américas: “Esa dimensión indispensable, sin la cual no hay verdadera marcha hacia el socialismo y el comunismo”.
Y claro está en El socialismo y el hombre en Cuba:

El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en una actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre a escala mundial.

Aun así, creo recordar que les dijo a sus hijos que después de eso “se irían a la Luna”.
Sin hombre nuevo no hay socialismo que construir, sin internaciona­lismo muchísimo menos.
Las últimas órdenes del Comandante Che Guevara pueden estar en clave.

Esa bala que estremeció al mundo, la escuchó León Trotsky envuelto en las inmejorables páginas de la “Historia de la Revolución Rusa”, ocultas en la mochila de combate que le había ocupado el enemigo unos meses antes junto a sus medicinas para el asma.
Fue el estallido de una nueva era.

Hace unos 14 mil millones de años nació nuestro Universo con un inmenso grito. El que fue bautizado como Big Bang. El grito del nacimiento fue detectado en 1960 por poderosos radiotelescopios y se le llamó “eco del Big Bang”. Con esos equipos podemos “escuchar” el alumbramiento del mundo.

Con el estallido de una bala en una pequeña escuela boliviana nació otra era ideológica. La era donde el Che se convertía en bandera de todos, de absolutamente todo movimiento realmente revolucionario.

Toda una generación escuchó ese grito, y en gran medida le fue fiel. Silvio Rodríguez fue uno de los mejores portavoces de aquel acontecimiento. Lo definió como la era que estaba pariendo un corazón.

Hoy, si somos capaces de afinar los telescopios del compromiso, y somos capaces como nos orientaba Silvio de “dejar la casa y el sillón”, podremos también escuchar la radiación de fondo de esta nueva era.

Lo que ocurrió el 9 de octubre de 1967 será escuchado en los próximos años, cuando el mundo perciba, como la radiación de fondo, que no hay otra solución más sensata y viable que el socialismo. Es además la más apasionante de las soluciones.

Nuestro objetivo, el de los revolucionarios, es potenciar esos radio­telescopios y mostrar ese sonido a
Decir que el Che fue un idealista, en el sentido común que se le da a esta palabra, es una fanfarronería... en el mejor de los casos, en el peor... la mejor arma del enemigo para seguir considerando al Che un Quijote peleando contra los Molinos de Viento. ¡Basta ya! El Che fue a las ideas socialistas lo que Miguel de Cervantes a la literatura...: Cervantes ridiculizó las historias de caballerías y nació así la novela moderna y contagiosa. El Che nos ofreció un marxismo de carne y hueso, real y útil. Libre de la retórica manualista y especulaciones inciertas que monopolizaban prácticamente todos los Partidos Comunistas de aquella época.

Si a esto se agrega el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período, cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance.1

Aunque por supuesto Gramsci fue quien por primera vez le confirió importancia decisiva a la cultura en la construcción del socialismo, el Che es quizás pionero en entender que sin una nueva moral, un nuevo espíritu específicamente en el productor de bienes materiales no se construye la nueva sociedad.

El hombre nuevo fue la gran obra del Che Guevara. Lo grita en este libro. Y como todas las verdades son concretas, a decir de Lenin, esta del Che es elemental.
La moral socialista no la concibe como adorno, como el trabajador que llega a casa después del trabajo y escucha a Verdi. No. Ese hombre nuevo, esa moral nueva es la que se necesita para producir, ella forma parte de la fuerza productiva. Al menos eso es lo que yo siento al leer este libro supuestamente de economía. Este libro que transpira al Che, que se lee con lágrimas en los ojos, y que a diferencia de tantos folletos y lecturas parcializadas debería ser texto obligado para estudiantes de bachillerato. Si se lee a Carlos Tablada se entiende al Che y de verdad que no hay una manera más natural de entender a Carlos Marx y sus categorías económicas que entender los apuntes del Che Guevara, se lee después a Carlos Marx como el segundo capítulo de la novela.

Esta es otra de las virtudes de este libro que llegó a mí tan tarde. Se convertirá en un clásico obligado. Por supuesto no lo digo yo, el mundo lo empieza a decir, no en balde es esta la edición 30 con medio millón de copias vendidas y muchas fotocopiadas pasadas de mano a mano.

Paradójicamente es lo que hubiesen pretendido los “manualistas”, que uno corriera a leerse los clásicos luego de leer sus patéticos escritos. ¿O no? ¿O es que no les interesaba a los responsables del “socialismo real” que leyésemos a los clásicos?

Después de sentir al Che, en voz de Carlos Tablada, uno siente imprescindible el capítulo I de El capital.

Ya por último quiero volver a otra experiencia personal.
Me contaron que hace muchos años Carlos Tablada visitó la casa de mi madre. Mi casa (la única casa que he reconocido como mía) quedaba al lado del mar. En la terraza siempre soplaba el fresco aun en el día más caluroso. Allí sentados los dos, siendo yo una niña, Carlos Tablada le prometió a mi madre que continuaría escribiendo este libro. Yo no recuerdo el episodio, pero me parece ver flotar el cabello espeso de Carlos y ver moverse las manos blancas de Yeyé cuando hablaba con seriedad. Haydée no sabía prácticamente nada de economía, y menos aún del debate antológico entre cálculo económico y sistema presupuestario. De lo que Haydée sabía como pocos era de intuir una empresa. Casi nunca se equivocaba cuando su corazón decidía que algo podría ser importante. Esto implicaba que muchas veces no hubiese una explicación exacta a la defensa de “El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara”. Pero yo, que viví a su lado hasta que decidió que no era oportuna su existencia, les puedo entregar una pista: Los proyectos enamorados y casi imposibles eran a los que le concedía los créditos de éxito. Nunca la vi entusiasmada con algo que ya estaba formado, con un ministerio, o un departamento, o un libro cuya publicación sería obvia. Le hizo jurar a Carlos que lo terminara, que encontraría detractores invisibles y poderosos, pero que no lo fuera a abandonar.

El Che constituyó para mi madre la imagen misma de cómo el Cielo está en la Tierra.
Una cosa no le perdonó nunca y es haber sido suficientemente machista para no llevársela con él a Bolivia a compartir juntos el asma. El Che se lo había prometido en la Sierra Maestra, le dijo que tomarían mate.

Es curioso como me contaba mi madre la historia con una molestia muy visible. Desde niñita tuve que entender que ni con mucho éramos mi hermano y yo lo más importante para ella, que había algo difuso y mágico que superaba a sus hijos, su trabajo, su vida al lado de mi padre, la obra que construía Fidel y su pueblo. Ese propósito era la Revolución en el mundo. Tampoco tuvo que leer a Marx o a Trotsky para entender que el Moncada fue tan sólo el inicio de una lucha planetaria. Así era esta mujer irreverente y convulsa que le hizo jurar al joven Carlos que no cejara en el propósito de hacernos sentir al Che en combate con los demonios tristes de la práctica del socialismo real.

Me cuenta Carlos que yo estaba al lado de mi madre cuando él se lo prometió.

Estoy casi segura que en esta incontenible felicidad que me ha embargado al leer al Che a través de la paciente pluma de Carlos, vuela secretamente el fantasma de Yeyé. Por esta felicidad, la verdadera y no la felicidad escuálida de la seguridad material; para que yo no me confunda más, para que siga en el sendero de la revolución sin dudas, segura de la interminable victoria, es que mi madre le hizo prometer no dejar que se aflojara Carlos en la escritura de un libro que sabemos cuántos muros tuvo que derribar.

Entonces yo le agradezco en nombre de mi madre haber cumplido su promesa. Le agradezco también haber seguido siendo aquel jovencito que luchó contra aquellos poderes ocultos. Sé que Haydée está feliz, pues la he sentido innumerables veces en estas asombrosas letras.
Haydée pensó mucho en esta felicidad que le embarga a aquella niñita al sentir que el Che ha salido de los carteles y de las camisetas y estará con nosotros en los difíciles años que le esperan a esta maltrecha generación a la que pertenezco.

Porque en este libro misterioso Carlos Tablada le ha dado voz al hombre más necesario del mundo, y es entonces mi héroe por haber salvado su libro del mar.

1 Guevara, Che... El socialismo y el hombre en Cuba, Ob cit. Tomo I pág. 278.

Celia Hart Santamaría

La Habana, 18 de mayo de 2005.

Tomado de Blog de Refundación Comunista de Uruguay
Publicado por en Refundación Comunista

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