El
mundo entero y particularmente el pueblo cubano se encuentra frente a
una nueva campaña internacional desestabilizadora contra la
República de Cuba, dirigida por Estados Unidos y sus aliados.
Esta
campaña se ha combinado con los largos años de bloqueo económico
que a esta altura de los acontecimientos se ha tornado en una de las
mayores crueldades de la política exterior de Washington, para
justificar su política de intervención e injerencia ante otros
pueblos que no se someten a sus intereses.
Por
ello es que una vez más el Movimiento 26 de Marzo rechaza
enfáticamente este nuevo intento de desestabilización a Cuba, quien
ha sido un ejemplo de inspiración revolucionaria para todos los
pueblos del mundo.
El
destino soberano de Cuba
depende del pueblo de Martí y de Fidel. Así como también de la
solidaridad internacional.
Su
obra, con las enormes dificultades históricas que supone el tránsito
al socialismo, ha ido muy lejos a pesar de la política imperial que
pretende destruirla. Cuba y su revolución se ha desarrollado y
mantenido a pesar del bloqueo de Estados Unidos.
Mientras
América latina arde, resultado de las políticas del capital
imperialista, de millones de desocupados, corrupción, fraudes
electorales (represión a las protestas populares, golpes de estado
“blandos”) y una pandemia que agrava la crisis social y
económica, nuevamente el zarpazo contra Cuba es lo que surge y se le
ocurre ahora a Joe Biden.
Quieren
“libertad y democracia”, para seguir intentado domesticar al
planeta con sus mercenarios y el séquito de la OEA.
Hoy
nuevamente la solidaridad del pueblo uruguayo debe alzar su voz
contra este nuevo intento de desestabilizar un proceso político y un
país soberano.
Una
revolución cargada de enormes victorias en sus mochilas que son
patrimonio de la Humanidad, merece nuevas victorias y la solidaridad
de nuestro pueblo.
Es
por ello que reafirmamos nuestra solidaridad incondicional con la
revolución socialista cubana, con el partido, el gobierno y el
pueblo revolucionario de Cuba, y exigimos el levantamiento inmediato
del injusto e inhumano bloqueo contra nuestro pueblo hermano,
Washington
cree que ha llegado el momento de intensificar sus ataques a cuanto
gobierno díscolo ante sus órdenes existe en la región. En los últimos
días hemos visto el sospechoso asesinato del presidente de Haití, con un
modus operandi que lleva la impronta de la CIA. También el brutal
ataque de paramilitares y narcos colombianos, equipados con armas de
guerra, en la Cota 905 en los alrededores de Caracas y disparando a
mansalva a pobladores sorprendidos por la insólita e inesperada
agresión. La ofensiva en contra de Nicaragua fue adquiriendo fuerza a
medida que las encuestas de opinión anticipaban una rotunda victoria del
sandinismo en las próximas elecciones presidenciales.
Y ahora Cuba,
sometida desde hace sesenta años a una campaña de agresiones de todo
tipo que, obvio, no podía dejar de tener profundos impactos sobre la
vida económica cubana. Imaginemos lo que hubiera ocurrido en
cualquier otro país que hubiese estado sometido a tan brutal acoso
durante tanto tiempo. Se dice fácil pero, ¡no hay antecedentes en la
historia universal de una nación que haya sido agredida sin pausa por
otra a lo largo de sesenta años! Tengo para mí la convicción de que ni
siquiera Estados Unidos habría resistido ese ataque durante tanto
tiempo. Seguramente habría implosionado peor que la Unión Soviética, en
una orgía de sangre impulsada por el gigantesco arsenal de armas de
fuego en manos de la población civil. Para ni hablar de lo que hubiera
ocurrido en Argentina, Brasil, México o Colombia de haber sufrido el
acoso que viene padeciendo Cuba.
Lo que Washington ha estado haciendo se llama genocidio porque el bloqueo, condenado casi con absoluta unanimidad por la comunidad internacional, provoca enormes sufrimientos en la población. Esas políticas matan, enferman, provocan hambre y privaciones indecibles.
Son, en pocas palabras, un crimen de lesa humanidad. Estados Unidos fue
preparando el terreno para el asalto actual en los últimos años, con un
bombardeo sistemático, multimillonario, comprando endebles o ambiciosas
voluntades, apelando a las redes sociales y sus fatídicos alroritmos,
las “fake news” y el coro formado por su peonada de politiqueros de
pacotilla y pérfidos agentes de propaganda disfrazados de “periodistas
serios e independientes.” Con una maldad inconmensurable Washington intensificó las medidas del bloqueo cuando estalló la pandemia, gesto que es suficiente para desnudar el infamia moral del imperio, su verdadera naturaleza.
Algunas
protestas actuales son comprensibles; otras, probablemente la mayoría,
son producto de los dineros y la enorme campaña de desestabilización
urdida por la Casa Blanca. Si bien tienen una magnitud muchísimo menor
de lo que dice la corrupta prensa hegemónica, la dirigencia de la
Revolución se hizo cargo de las mismas y explicó la génesis de esos
padecimientos que movilizaron a las calles a pocos cientos de cubanas y
cubanos. Que han habido errores de gestión macroeconómica; o que las
recientes medidas de la unificación cambiaria fueron inoportunas, tal
vez tardías; o que los precios relativos se descuadraron
considerablemente es indudable. Pero sería absolutamente incorrecto
tratar de explicar esos problemas y la reacción de algunos sectores
sociales ante ellos sin tomar en cuenta los desquiciantes efectos de un
bloqueo que se extiende por seis décadas. He visto y oído estos días a
sesudos analistas hablar de los problemas de la economía cubana sin
pronunciar ni una sola vez la palabra “bloqueo”. Su ansiedad por recibir
la afectuosa palmadita del Tío Sam es tan grande que los lleva a
soslayar por completo el papel fundamental que aquél desempeña en el
(mal)funcionamiento de la economía cubana.
Restricciones para
importar y exportar, para adquirir alimentos, medicamentos, insumos
médicos, repuestos para el transporte o la energía eléctrica; o
debiendo pagar fletes extravagantes por los bienes que entran o salen de
la isla, con bancos y agentes comerciales renuentes a hacer negocios
con Cuba por las sanciones que el brutal Goliat del Norte promete a
quienes violen el bloqueo. Si bajo esas condiciones la Revolución Cubana
fue el único país de la región con capacidad de producir sus propias
vacunas para combatir a la covid-19 (para vergüenza de Argentina,
Brasil, Chile o México) y si durante todas estas décadas pudo
garantizar acceso universal y gratuito a elevados estándares de atención
médica, educación, seguridad social, deporte, la música y la
cultura es porque la Revolución ha sido tremendamente exitosa. De lo
contrario nada de esto se habría conseguido.
Por lo tanto,
quienes se erigen en jueces de Cuba y no tienen en cuenta en sus
explicaciones el papel decisivo, insoslayable, que en sus actuales
infortunios ha jugado la obsesión estadounidense por apoderarse de esa
isla no merecen más consideración que la que podría tener un
comentarista que al hablar de la Segunda Guerra Mundial y sus estragos
obviara mencionar la palabra “Hitler”. ¿Cómo calificaríamos a ese
personaje? Como un inmoral, un charlatán a sueldo , en este caso del
imperio que reproduce, con aires de “objetividad científica,” el
discurso legitimador de un genocidio.
A lo largo de la historia
Cuba -la patria de Martí y Fidel, de Camilo y el Che- ha dado sobradas
muestras de patriotismo. Podrá su gente reclamar con fuerza por los
problemas actuales, pero de ahí a ponerse de rodillas para ser sometido
al yugo de los herederos de los marines que orinaron la estatua del
Apóstol en el Parque Central; o de la oligarquía que sólo ambiciona
retornar Cuba a su condición colonial; o de los blogueros e
“influencers” dispuestos a arrojar su dignidad nacional a los perros por
un puñado de dólares hay un enorme paso. Y el pueblo cubano jamás lo
dará, aunque tenga que morir en el intento.
Los activistas tienen razón al advertir que la cumbre no ha
avanzado soluciones para ninguna de las crisis más apremiantes, desde
Covid-19 hasta el cambio climático, que enfrentamos actualmente. .
Al intensificar la retórica de confrontación sobre China, ha
devuelto, en todo caso, soluciones a estos problemas verdaderamente
globales. Pero difícilmente pudo evitar hacerlo.
En su día inaugural, el G7 declaró su intención de defender “un
sistema económico global justo y mutuamente beneficioso” – será una
noticia para la gran mayoría de personas en todo el mundo que tal cosa
existe – antes de especificar la amenaza a esta situación panglosiana.
«Consultaremos entre nosotros sobre enfoques colectivos para
abordar políticas y prácticas no orientadas al mercado», afirmó, citando
a China como la principal parte culpable de estas herejías.
Esto no es de extrañar. El G7 es un club imperialista. Se
estableció como un bloque de coordinación para que Estados Unidos y sus
aliados ejerzan el control sobre la economía global.
Cuando se fundó en la década de 1970, tenía cierto derecho a
representar a las economías más grandes del mundo, excluida la Unión
Soviética socialista, por supuesto, pero eso ya no es cierto en absoluto , dado el surgimiento de China especialmente y también de otras economías emergentes como India y China. Brasil.
Es un bloque ideológico más que un foro para los pesos pesados
del mundo. El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, no se
ocultó en eso hoy: «Estados Unidos está de vuelta en el negocio de
liderar el mundo, junto con naciones que comparten nuestros valores más
arraigados».
Una razón por la que el G7 no puede tratar de resolver los
problemas globales es porque no es un organismo representativo a nivel
mundial, sino que excluye a los países que representan, con mucho, la
mayor proporción de la población mundial.
No son las Naciones Unidas y, como han demostrado sus tres
miembros con armas nucleares, Gran Bretaña, Francia y los EE. UU., No da
ni un centavo por los puntos de vista de la ONU cuando se trata de
cuestiones como el cumplimiento del Tratado de Prohibición. de Armas
Nucleares que entró en vigor en enero.
Pero otra razón es que toda su existencia está diseñada para perpetuar «políticas y prácticas orientadas al mercado».
A veces ha habido un toque de ingenuidad en los llamados a que
los “líderes mundiales” aborden cuestiones profundamente arraigadas en
el modo de producción capitalista, desde el movimiento Make Poverty
History de principios de la década de 2000 hasta la crisis del cambio
climático.
Estos movimientos han desempeñado un papel fundamental en el
aumento de la presión para la acción. Pero no pueden caer en la trampa
de asumir que los “líderes mundiales” son actores neutrales a los que se
puede persuadir para que actúen en aras del interés público.
Los líderes de los estados capitalistas más grandes del mundo
operan en nombre de las clases dominantes capitalistas y están
comprometidos con el orden capitalista existente.
El capitalismo, debido a que su motor es el incansable afán de
lucro y su resultado la concentración de la riqueza, es el impulsor
tanto del cambio climático como de la desigualdad global. Como observó
Marx, tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza, la naturaleza y los
seres humanos.
Ninguna reforma o regulación del capitalismo ha sido el
resultado de una conferencia de ricos que decidieron actuar en base a
sus conciencias. Todo cambio ha sido forzado desde abajo, por la
revuelta popular y por el poder de la organización de la clase
trabajadora.
Muchos de los manifestantes que se han manifestado en contra
del G7, y se han enfrentado a una persecución policial totalmente
injustificada por hacerlo, entienden esto. El propósito de las protestas
no es cambiar la mentalidad de los ricos, sino movilizar las fuerzas
que puedan enfrentarse a ellos.
Estos «líderes mundiales» no nos representan a nosotros ni a
nuestros intereses. Todo el movimiento sindical debería tener claro eso a
medida que la corte estadounidense se traslada esta semana de
Cornualles a Bruselas, del G7 a la OTAN, es decir, de la economía de la
supremacía de Washington a su aplicación por el poderío militar.
Hacer una revolución político-social, económica e ideológico-cultural que cambie de raíz una sociedad -para el caso: el capitalismo- no es fácil. En absoluto. Es una tarea titánica, monumental. ¿Por qué? Porque un verdadero cambio en el curso de la historia humana choca contra una fabulosa inercia que se resiste a cambiar. Si hablamos de inercia -concepto que viene de la Física- sabemos que estamos ante una fuerza enorme, una “resistencia” -concepto medular- que oponen los cuerpos al cambio, ya sea en su estado de reposo o de movimiento.
Eso es un principio general que aplica para todo el universo. En lo social, en lo humano, no puede ser distinto: un estado dado se resiste ferozmente a cambiar. Cualquier cambio cuesta. Cambiar el curso de la historia, cambiar las relaciones de poder en lo humano, cuesta infinita, colosal, gigantescamente.
Al hablar de estos “cambios” nos referimos a una transformación radical, básica, una modificación medular. Cambios cosméticos hay muchos, siempre. De hecho, las situaciones dadas, lo que se llama el statu quo (el orden imperante, lo considerado normal) sabe reconfigurarse y cambiar algo superficial para que no cambie nada en lo estructural. Gatopardismo: socialdemocracia, capitalismo con rostro humano, por ejemplo. En definitiva: pequeñas válvulas de escape que descompriman un poco la tensión. Un cambio revolucionario, una transformación de base es otra cosa. Eso sí se resiste. Se resiste de un modo gigantesco. ¿Por qué? Porque quien detenta una cuota de poder, con todos los beneficios que ello trae aparejado, no está dispuesto en lo más mínimo a renunciar a sus prebendas.
En términos histórico-sociales, las cosas, para cambiar, necesitan un empujoncito. Solas no cambian. Ese “empujoncito” está dado por la necesaria combinación de grandes movilizaciones humanas, de explosiones populares masivas más ideas transformadoras que vertebren la acción transformadora. Un cambio genuino no lo puede hacer una persona en solitario. “Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, decía Ernesto Guevara. Si se esperan cambios de mesías, no pasamos del más rancio culto a la personalidad. Por otro lado, las masas solas, en su explosión espontánea, no consiguen doblar el curso de la historia (es lo que vemos con los movimientos de protesta del 2019, los que ahora reaparecen en Colombia y Chile, las reacciones antirracistas de Estados Unidos, los chalecos amarillos en Francia). Sin dudas hoy, en un mundo de pesimismo donde el discurso de derecha dominante parece haber ido borrando toda posibilidad de cambio, donde hablar de socialismo parece un acto sacrílego de adoración de extintos dinosaurios, esas movilizaciones son una bocanada de aire fresco. Marcan un camino. Pero eso solo no alcanza.
Llegar a una revolución socialista implica un complejo escenario. En la historia del siglo XX solo en muy pocos lugares tuvo lugar, escenarios donde se conjugaron distintos elementos que posibilitaron el proceso. Luego de interminables luchas populares -que, sin dudas, fueron abriendo camino: abolición de la esclavitud, las ocho horas de trabajo, conquistas sindicales, voto femenino, autonomía universitaria, etc.- solo tuvieron éxito unas pocas revoluciones: Rusia, China, Cuba, Vietnam, Corea, Nicaragua. Otras muchas, o procesos que parecían desembocar en proyectos socialistas: Alemania, España, México, Chile, Grenada, Venezuela, Afganistán, socialismos árabes, socialismos africanos post liberación nacional, fueron derrotadas antes que se consolidaran, trastocadas en su ideario, debilitadas/aguadadas.
La pregunta es entonces: ¿por qué cuesta tanto llegar a una revolución socialista triunfante y hacer que luego se mantenga? La respuesta a esta pregunta es sumamente compleja, y este breve escrito solo presenta una introducción a la discusión, invitando a su profundización. Pero no se puede menos de indicar dos causas: 1) la respuesta conservadora del statu quo ante cualquier intento de cambio, y 2) las dificultades intrínsecas de la izquierda.
De la primera causa, no hay mucho en particular que agregar. Se decía más arriba: los verdaderos cambios profundos en la historia social de los pueblos son complicadísimos, porque lo viejo se resiste a cambiar. Y se resiste a muerte. Solo a través de una poderosa fuerza que, literalmente, destruye lo establecido, se puede establecer lo nuevo. La actual sociedad capitalista, la sociedad burguesa, gestada económicamente desde el Renacimiento, pero instalada políticamente en Europa tomando su mayoría de edad recién en el siglo XVIII -luego esparcida por todo el orbe- accedió al poder con un acto violento, sangriento, no dejando ningún lugar a dudas que ahora mandaba sobre la aristocracia medieval. Necesitó cortarle la cabeza a la nobleza francesa para constituirse en dominadora. Luego, esa nueva clase se hizo conservadora.
El poder es siempre, forzosamente, conservador. Se resiste mortalmente a cambiar. El poder no se comparte: se ejerce brutal, despiadadamente. (Eso abre un interrogante sobre la construcción de nuevas formas de poder popular, democrático, horizontal -¿dictadura del proletariado?-, temática que excede los límites de este pobre articulito de difusión). El poder, en cualquiera de sus formas (el económico, el patriarcado, el racismo, el adultocentrismo) no se cede gentilmente. Para que se dé un cambio en las correlaciones de fuerza, hay que arrebatarlo. Las clases dominantes (la burguesía dueña de los medios de producción: industriales, terratenientes, banqueros), tanto a nivel nacional como en términos de oligarquía global, cierra filas ante el “peligro comunista” y responde monolíticamente. Por tanto, el poder no se cede; se arrebata. Eso es la revolución.
II
Se dice que la izquierda está siempre dividida. Es cierto. Sucede lo mismo que pasa en ese campo amplio de lo que podría llamarse la derecha. Ahí también hay diferencias, fragmentaciones, luchas. Tan así, que se llega a guerras mundiales devastadoras: ¿qué son las guerras entre Estados sino luchas en torno al poder?, luchas inter-capitalistas, con el agregado que es el pobrerío quien pone el cuerpo, mientras las clases dominantes se disputan el botín. Y el amo ganador usufructúa esa posición. ¿Por qué, entonces, habría de cederla amablemente? En esa lógica, ¿por qué un macho dominante se equipararía con una mujer a la que considera “inferior”? O ¿por qué un blanco supremacista cedería sus beneficios ante un negro a quien esclaviza y desprecia?
Los dominadores están dispuestos a todo para no perder sus privilegios: matar, torturar, desaparecer, mentir, tergiversar. La historia la escriben los ganadores, por lo que la verdadera historia nunca es la oficial. Se cuenta lo que el relato de la clase dominante, el amo ganador, quiere/permite contar; esa es la narrativa ingenua para los actos escolares, para los discursos oficiales, para los medios de comunicación del sistema. No se dice nada de las montañas de cadáveres y ríos de sangre con que la clase dominante impide el cambio y se mantiene gozando las mieles de su poderío.
De esa forma puede concluirse que cuesta tanto, pero tanto, increíblemente tanto llegar a una revolución triunfante porque las fuerzas conservadoras (la derecha) intentan impedirlo por todos los medios. Solo, por evolución espontánea, el sistema capitalista no puede extinguirse. “El capitalismo no caerá si no existen las fuerzas sociales y políticas que lo hagan caer”, dijo certeramente el conductor de la Revolución Rusa, Vladimir Lenin. Reafirmando eso, Ernesto Guevara años después agregó: “La revolución no es una manzana que cae cuando está podrida. La tienes que hacer caer”. Insistamos con la idea: se deben combinar masas envalentonadas que anhelan el cambio y están dispuestas a todo, y una fuerza política en condiciones de dirigir esa energía (llamémosle “izquierda”). Si no se da eso, no puede haber cambio genuino. Ya vemos donde anida la dificultad: cárceles clandestinas, cámaras de tortura, infiltración en los movimientos sociales, cooptación de los sindicatos, desarticulación de toda protesta social, lucha ideológico-cultural por todos los medios, destrucción y ataque sistemático a cualquier intento alternativo, hiper controles con las nuevas tecnologías cibernéticas, armas de destrucción masiva si es necesario. El camino de la transformación es sumamente complejo.
Pero hay un segundo motivo. Asumiendo que la movilización de las masas necesita siempre una conducción, ese grupo que dirige (lo que llamamos “izquierda”, en su más amplio espectro) está constituido por seres humanos que no nacieron con una carga genética izquierdosa. Nadie nace “revolucionario”. La actitud crítica se adquiere (se adquiere a veces: todo está preparado para que no sea lo más común, para que se continúe acríticamente con lo ya establecido). Ahí, en esa forma de ser constitutiva, radica el segundo gran problema: la gente de izquierda es, ante todo, gente. Y por tanto sus “vicios” son los mismos de cualquiera. Es decir: un militante que adscribe a posiciones revolucionarias (lo cual hará recién en la adolescencia, no antes) tiene tras de sí una historia que lo hace ser un sujeto similar a sus congéneres, por tanto: racista, individualista, machista, adultocéntrico. Todos esos “vicios” (¿habrá que seguir usando esa infame terminología?, realmente ¿son vicios?) no desaparecen por un simple acto voluntario, por un decreto. Es más: no desaparecen ni pueden desaparecer. De ahí que se precisa siempre una actitud autocrítica para “mantenerlos a raya”. Tengámoslo claro: “mantenerlos a raya”, pero no desaparecerlos.
Ahí estriba el límite: es sumamente difícil -o imposible- despojarse de lo que se es. La sustancia de la que estamos hechos los seres actuales no puede ser de otro modo, porque no hay ninguna voluntad posible que nos despoje de nuestra historia. Nuestra matriz constitutiva es la misma para todo el mundo: izquierda y derecha. Posteriormente existe la posibilidad de desarrollar una actitud crítica. Pero no se puede obviar que, para hacer la revolución, se cuenta con ese material: con revolucionarios que llevan en su ADN social todo eso que se intenta cuestionar. Las masas que se movilizan y buscan superar el actual e injusto estado de cosas, también son partícipes de esa misma sustancia. La noción de propiedad privada, de sujeto individual dueño de su historia, de completud gozosa que transmite la sensación de poder (de cualquier poder: el varón sobre la mujer, el viejo sabelotodo sobre el joven inexperto, el citadino sobre el campesino, el blanco sobre el negro, etc.), todo eso ahí está, en nuestra humana construcción. Si podremos construir otro sujeto distinto alguna vez, está por verse. Es el desafío del socialismo.
III
Pero esto no implica que todo esos mal llamados “vicios” no se puedan cuestionar. En la izquierda, con una terminología que habría que revisar, se habla de “desviaciones”. Ello presupondría una “camino recto” (¿ortodoxo?) y eventuales “descarríos” que deberían corregirse. El examen autocrítico sería la clave, pero no debe dejarse de considerar que una dificultad agregada al conservadurismo de la derecha, de lo que se resiste a cambiar, es también esta carga “conservadora” que nos constituye a todas y todos por igual. Los discursos moralizantes -¡lo que se debe ser!- no funcionan. Eso es religión, el sermón de la iglesia.
Se dice, a veces con malicia pero sin con ello faltar a la verdad, que en el difuso y complejo campo de las izquierdas, la gente se la pasa discutiendo banalidades bizantinas, que muchas veces esas discusiones alejan la posibilidad real de un proceso revolucionario, o incluso lo traban, o lo impiden (existen numerosos ejemplos al respecto). “La izquierda vive desuniéndose y fragmentándose”, se repite. No más que la derecha (sus peleas y fragmentaciones, por ejemplo, terminaron en la Segunda Guerra Mundial, con 60 millones de muertos). Aunque para seres nacidos y criados en esta subjetividad actual, hoy día absolutamente globalizada (salvo unos pocos grupos humanos pre-agrarios que sobreviven en la profundidad de algunas selvas tropicales), la idea de propiedad privada, autoridad vertical y ejercicio del poder -más todo lo que se deriva de ello: los mal llamados “vicios”- marca a fuego las vidas de la población planetaria. Esos contenidos no son, como algunas veces se dice en el campo de las izquierdas, “formas de pensar del enemigo de clase”; son, por el contrario, las formas en que todo el mundo se ha criado. La cuestión -enorme problema sin dudas- es cómo desembarazarse de esa carga.
Las relaciones entre los seres humanos no siempre son precisamente armónicas; la concordia y la solidaridad son una posibilidad, tanto como la lucha, el conflicto, la competencia. La dieciochesca pretensión iluminista de igualdad y fraternidad no es sino eso: aspiración. La realidad humana está marcada, ante todo, por el conflicto. Nos amamos y somos solidarios… a veces; pero también nos odiamos y chocamos. ¿Por qué la guerra, si no fuera así? ¿Por qué cuando hubo excedente social, diez mil años atrás con la aparición de la agricultura, las sociedades tomaron el rumbo que tomaron? ¿Por qué cada dos minutos muere en el mundo una persona por un disparo de arma de fuego? Por supuesto hoy, con el ideario comunista, existe la esperanza de construir una nueva matriz social que dé como resultado un nuevo sujeto, quizá no tan lleno de “vicios”.
Poner el amor como insignia máxima de las relaciones humanas no deja de tener algo de quimérico (¿inocente quizá?): ¿acaso estamos obligados, o más aún, acaso es posible amarnos todos por igual, poner la otra mejilla luego de abofeteada la primera? Nadie está “obligado” a amar al prójimo; pero sí, en todo caso -eso es la obra civilizatoria- a respetarlo. Se ve entonces que la idea de “mejorar” moralmente cuesta mucho. ¡Cuesta horrores! Pero sí se puede construir una sociedad nueva. El tiempo dirá si eso nos libera de las ataduras actuales.
Con esa sustancia humana, con eso que somos en cada caso concreto (Lenin, Guevara, la persona que lee esto ahora, mi vecino, etc., todo el mundo), con ese espécimen -sin dudas también con contenidos machistas, racistas, llenos de mentiras, conservador en su fuero íntimo- fue posible llegar a cambios en la historia. ¡Fue posible!, no olvidarlo. Pese a todas esas cargas, a esos impresentables “vicios”, se pudo empezar a construir una sociedad nueva. Acaso las izquierdas, en alguno de los lugares donde condujo esas transformaciones, la gente que con ideas de izquierda pudo viabilizar esos cambios, ¿no era también machista, racista, autoritaria, vertical, homofóbica a veces, etc., etc.? La esperanza es que en esa sociedad nueva que se empieza a construir, esas “desviaciones” (¿o formas de ser, mejor llamadas?) se comenzarán a deconstruir. Ahí está el desafío: una “sociedad de productores libres asociados”, como dijera Marx, donde “De cada quien según sus capacidades, y a cada quien según sus necesidades”.
Se dice también a veces, desde el mismo campo de la izquierda, o a partir de militantes de izquierda decepcionados de los manejos políticos conducentes (¡o inconducentes!) hacia revoluciones, que “la izquierda está perdida”, “no tiene proyecto”, “no sabe qué hacer”. Anida allí, igualmente, uno de esos “vicios” que deben ser puestos en cuestión: un velado ejercicio de poder, de autoritarismo. Quien lo dice, no sin falto de una dosis e soberbia y altanería, ¿sabrá entonces cuáles son los caminos? Si los sabe, ¿por qué no los revela? Como se ve, esta matriz constitutiva, este ADN social -como se dijo más arriba- no deja de estar presente en cada militante de la izquierda. Con esa “viciosa” y “desviada” carga que nos hace ser lo que somos, es que hay que acometer esa monumental obra de hacer parir una nueva sociedad. ¡Tarea dificilísima!
Pero… ¡buena noticia!: no es imposible llegar a la revolución socialista (ya existen varios ejemplos a lo largo del planeta, con evidentes resultados positivos). Si vemos que cuesta horrores, es porque 1) básicamente la derecha no lo permite haciendo lo imposible por evitarlo, y además, porque 2) en la izquierda es más fácil terminar discutiendo “quién es más revolucionario” que dedicarse a actuar revolucionariamente. Pero la historia nos sigue enseñando que, pese a esas dificultades, el socialismo es necesario. Si no, como dijera Rosa Luxemburgo: “socialismo o barbarie”.
Fuente de la imagen, Colección de Richard J. Dolejs
Pie de foto,
La llegada de millones de migrantes mexicanos y de otras partes de América Latina transformó las ciudades de EE.UU.
Los
barrios de Oak Cliff en la ciudad de Dallas y Little Village en Chicago
están separados por más de 1.500 kilómetros de carretera, pero
comparten una asombrosa historia en común.
A
mediados del siglo XX, ambos lugares comenzaron a ser abandonados por
sus habitantes blancos y recibieron una repentina ola de inmigrantes
latinos, que pasaron de ser menos de 3% de su población en 1960 a más de
dos tercios cuatro décadas después.
Tanto Oak Cliff
como "La Villita" dejaron así de enfrentar un panorama sombrío y se
volvieron sitios vibrantes de crecientes inversiones, actividad
comercial y sociabilidad en sus calles.
Otro punto en
común entre ambos barrios es que su cambio fortuito de destino es
relatado por el historiador A. K. Sandoval-Strausz en su reciente libro "Barrio América: cómo los inmigrantes latinos salvaron la ciudad estadounidense".
Profesor
de historia y director del programa de estudios latinos en la
Universidad Penn State, Sandoval-Strausz explica que esa historia
reciente de inmigrantes latinos poblando ciudades que perdían residentes
se repitió a lo largo de EE.UU., desde Nueva York hasta Boston o
Milwaukee.
"Hay
25 millones de personas que hoy no estarían viviendo en ciudades si
esos latinos no hubieran llegado", dice el autor, él mismo nacido en
Nueva York de padres inmigrantes.
"Y sin grandes porciones de su población, esas ciudades no funcionarían", agrega en una entrevista con BBC Mundo.
Lo que sigue es una síntesis del diálogo telefónico, editada por motivos de claridad:
A. K. Sandoval-Strausz es profesor de historia y director del programa de estudios latinos en la Universidad Penn State.
¿Por qué las ciudades de EE.UU. precisaban ser salvadas?
En
esencia, debido a una combinación de desindustrialización y prejuicio
racial, muchos anglosajones especialmente, gente blanca, se estaban
mudando de las ciudades a los suburbios. Y eso dejó a las ciudades sin
suficientes personas, puestos de trabajo y negocios para sobrevivir
económicamente.
Por ejemplo, hubo muchas ciudades como
Chicago y Detroit que perdieron un tercio de su población entre 1950 y
1980. Eso significaba que había vecindarios, casas, escuelas y negocios
abandonados. Los que se quedaron allí vivían en lugares con muy pocas
oportunidades económicas.
La delincuencia también aumentaba. Mucha gente que vivía en las ciudades temía estar en las calles.
Diversos observadores decían que las grandes ciudades ya eran obsoletas.
Entonces llegaron los latinos…
Exactamente.
En EE.UU. había durante mucho tiempo una cantidad de
mexicano-americanos o puertorriqueños mayormente, pero serían 3% o 4% de
la población y la mayoría no vivía en ciudades.
Entonces
los migrantes comenzaron a aparecer, especialmente de México, después
de Centroamérica y luego de toda América Latina, en el preciso momento
en que todos estos vecindarios vacíos podrían haberse quemado o decaído.
Estos
migrantes empezaron a alquilar, a comprar casas, a ocupar negocios,
escuelas e iglesias vacías. Y eso permitió que de pronto esos barrios
volvieran a tener vida.
En algunas de estas ciudades
hubo otros barrios que nunca se recuperaron. En Chicago, el principal
barrio mexicano, La Villita, ganó población, pero el barrio más próximo
nunca lo hizo. Y en ese barrio donde no llegaban los migrantes, 10.000
casas se destruyeron por negligencia o incendios.
¿Incendios provocados principalmente para cobrar los seguros?
Sí, en muchos casos.
La
otra cosa es que las personas principalmente blancas anglosajonas que
habían vivido en estos barrios y se fueron tenían la posibilidad de
vender sus casas porque habían invertido mucho dinero en ellas y no
había modo de recuperar ese dinero.
El barrio Little Village o La Villita, en Chicago, también suele ser llamado como el "México del Medio Oeste" de EE.UU.
Cuando
llegaron los hispanos, querían comprar casas y negocios. Esa fue una
forma de inversión enorme en barrios y ciudades donde nadie quería
invertir, como Oak Cliff en Dallas, La Villita en Chicago y barrios
semejantes en todas partes de EE.UU.
¿Se refiere a ciudades medias y grandes?
Sí.
Los mayores barrios estaban en las ciudades más grandes. Pero si miras
ahora mismo a las 25 ciudades más grandes de EE.UU., dos de ellas tienen
una mayoría de latinos, nueve tienen más de un tercio de latinos y 13
más de una cuarta parte de latinos.
Es una gran cantidad de gente que ha transformado una gran cantidad de ciudades.
¿Los latinos revitalizaron esas ciudades invirtiendo en casas y negocios?
Exacto.
Lo que más se necesitaba era gente que pudiera venir y cuidar la
infraestructura física básica de la ciudad. Recuerde que los hispanos
son la fuerza laboral esencial de grandes partes de la industria
estadounidense.
Desde mexicanos y otros hispanos que
trabajan en la construcción de viviendas, el cuidado de niños, servicios
de restaurantes, mantenimiento de edificios... Sin estos trabajos, las
ciudades simplemente no funcionarían.
Seguro que hubo
inmigrantes de otras partes del mundo que también hicieron eso, pero
muchos más latinos: tres veces más que asiático-estadounidenses.
¿Entonces cuando dice que los latinos salvaron las ciudades de EE.UU. no lo hace de forma metafórica, sino literal?
Claro.
Al final del período que hablo había 50 millones más de latinos y la
mitad de ellos fueron directamente a las ciudades. Puedo decir que hay
25 millones de personas que hoy no estarían viviendo en ciudades si esos
latinos no hubieran llegado.
Si no tuvieras oxígeno
para respirar, morirías. Y sin grandes porciones de su población, esas
ciudades no funcionarían. Recuerde que Dallas es 43% latina, Chicago es
30% latina…
En el barrio Little Village o La Villita, en Chicago, la población de origen hispano pasó de menos de 3% en 1960 a 91% en 2000.
Una
de las cosas que preocupaban a muchos intelectuales anglosajones en
1960, '70 y '80 era que la gente se quedaba en sus casas, dándose la
espalda unos a otros. Pero era mucho más probable que los recién
llegados quisieran pasar tiempo al aire libre, jugando al dominó en la
calle, divirtiéndose y hablando con sus vecinos.
Entonces,
además de ser muchos, crean una vida interesante en la calle, crean sus
propios negocios que les dan a todos una razón para salir: realmente
revitalizan.
Usted habló al comienzo de prejuicio racial como parte de este fenómeno. ¿Cómo es esto?
Cuando
surgió el movimiento por los Derechos Civiles en las décadas de 1950 y
1960, una de las cosas que la gente negra quería era vivir en otros
barrios aparte de donde habían sido restringidos.
Pero
cuando intentaron mudarse a un vecindario de gente predominantemente
blanca, los blancos a menudo los amenazaban, atacaban o se mudaban a los
suburbios.
Sin embargo, no querían vender sus casas a
los negros por ser racistas. Los mexicanos y otros latinos no eran
considerados blancos o iguales a los anglosajones, pero eran
considerados lo suficientemente aceptables.
Entonces,
debido a que tenían este estatus entre negros y blancos, en algunos
lugares se convirtieron en un nuevo grupo aceptable en la ciudad,
incluso en los barrios donde los blancos no querían a los negros.
Otro
punto que usted señala es que los barrios latinos en EE.UU. tienden a
tener tasas de criminalidad más bajas que barrios blancos similares. Eso
contradice la retórica de gente como el expresidente Donald Trump, que
culpa a los inmigrantes latinos por las tasas de criminalidad en este
país...
Sí, completamente. Trump mentía sobre todo y una de sus mentiras fue esa.
A
veces, si una mentira se repite con suficiente frecuencia, la gente la
creerá. Y desafortunadamente hay muchas personas, en especial blancas,
que cuando escuchan que este nuevo grupo tiene la culpa, lo creen pese a
no ser cierto.
Fuente de la imagen, BBC Mundo
Pie de foto,
"Barrio América" es el libro más reciente de A.K. Sandoval-Strausz.
El
apoyo a Donald Trump provino principalmente de áreas rurales y otras
áreas alejadas de las ciudades. Entonces, las personas que creyeron sus
mentiras sobre los inmigrantes no son las que realmente viven cerca de
los inmigrantes.
Ahora hay una nueva ola de
migrantes latinoamericanos que intentan ingresar a EE.UU. a través de su
frontera con México. ¿Es una continuación del fenómeno que describe en
su libro de latinos que vienen a revitalizar las ciudades, quizás luego
de un nuevo éxodo urbano por la pandemia?
La pandemia parece estar llegando a su fin gradualmente, así que quizás sea demasiado pronto para hablar al respecto.
Pero
en cuanto a su pregunta principal, la respuesta es sí. Vienen a veces
por diferentes razones: en algunos casos hay violencia en sus países de
origen, o no hay oportunidades de trabajo que paguen como en EE.UU.
Lo
triste e irónico es que, como digo en mi última sección del libro,
EE.UU. necesita gente desesperadamente. Nuestra tasa de natalidad ha
caído por debajo de lo que precisamos para reemplazar a la población. Y
si no fuera por los inmigrantes, estaríamos en una situación demográfica
muy difícil.
La ironía es que algunos estadounidenses creen que la inmigración es un problema cuando, de hecho, es la solución.
Si estuviéramos en un momento político racional, veríamos que necesitamos más personas y les daríamos la bienvenida.
Fuente de la imagen, Getty Images
Pie de foto,
Corona,
en Queens, Nueva York, es otro de los barrios impulsados por la ola de
inmigrantes latinos en la segunda mitad del siglo XX.
Un estudio reciente indicó que, aparte del nivel de inmigración actual, EE.UU. necesita unas 350.000 personas más cada año.
Son
personas que están desesperadas por venir aquí, que trabajarán duro,
que ya han sufrido mucho por el simple hecho de querer vivir aquí.
Debemos reconocer eso como lo hemos hecho en el pasado. Pero
lamentablemente hay suficiente racismo y estupidez para impedirlo.
Siento
que los historiadores mirarán a este período un día y dirán: ¿cómo una
tercera parte de la gente en la nación se volvió lo tan loca?
Un capítulo
de su libro analiza los cambios e intentos de cambio recientes en el
sistema de inmigración de EE.UU. El presidente Biden ahora propone al
Congreso una reforma para regularizar el estatus de 11 millones de
inmigrantes indocumentados. ¿Qué puede enseñarnos la historia sobre
esto?
Hay un magnífico ejemplo de cómo funcionó y es
la IRCA: la Ley de Control y Reforma Migratoria de 1986, que incluía
una amnistía para casi 3 millones de migrantes, en su mayoría mexicanos.
Los
sociólogos han seguido estudios sistemáticos sobre lo que sucedió con
estos migrantes y encuentran que sus salarios subieron 20%, porque una
vez que tuvieron estatus legal sus empleadores no pudieron amenazarlos
con llamar a "La Migra" y negociaron por más salario.
Descubrieron
que las personas que se acogieron a la amnistía compraron casas y sus
tasas de propiedad subieron, porque una vez que tuvieron la seguridad de
estar aquí pensaron: "Bueno, ahora que me voy a quedar me voy a comprar
una casa". Recibieron más capacitación y educación, porque una persona
que está amenazada de deportación en cualquier momento no va a invertir
en sí misma a través de la educación; una persona con estatus legal sí
lo hará. Son todas mejoras en la vida de estos migrantes por su cambio
de estatus.
Y también significó que en los barrios donde vivían compraron casas, abrieron negocios.
Si hiciéramos lo mismo con 11 millones de personas, en lugar de 3 millones, el efecto sería bueno para todos.
Sería
fantástico porque, de hecho, les daría a 11 millones de personas
seguridad, una especie de bienestar psicológico y un gran aumento del
dinero que ganan.
Fuente de la imagen, Getty Images
Pie de foto,
Los latinos han sido clave para revitalizar cientos de comunidades.
Pero eso aún está por verse, hay pocas posibilidades de que sea aprobado en el Congreso, ¿verdad?
Con
el actual Congreso que tenemos creo que será una batalla cuesta arriba.
Creo que la hay. Se habla de dividir el plan en un montón de proyectos
de ley diferentes que tal vez solo puedan legalizar a los dreamers (Nota
de redacción: se refiere a miles de jóvenes indocumentados que llegaron
a EE.UU. siendo niños y recibieron protección con el programa DACA).
Pero
creo que tiene razón. Desafortunadamente, con el actual equilibrio de
poder en el Congreso no es probable que se apruebe todo el proyecto de
ley, lo cual es muy triste.
Ahora puedes recibir
notificaciones de BBC News Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra
app y actívalas para no perderte nuestro mejor contenido.
No hay equivalencia en el principal conflicto geopolítico actual. EEUU agrede y China se defiende
Washington
pretende recuperar su liderazgo imperial y Beijing intenta sostener un
crecimiento capitalista sin confrontaciones externas.
La restauración inconclusa, el régimen político, la historia de
acosos y el abismo cultural con su oponente limitan la conversión de
China en una potencia imperial.
Su creciente captura de flujos internacionales de valor es reciente.
América Latina necesita combinar la resistencia a la dominación
estadounidense con la renegociación comercial con China.