sábado, 4 de agosto de 2018

Nuevas enfermedades provocadas por deterioro medio ambiente

tomado de:
efeverde.com

imartinez
6-7 minutes



Isabel Martínez Pita.- El deterioro del medioambiente genera enfermedades antes reducidas a la población de mayor edad, pero que en la actualidad afectan a personas más jóvenes y de forma más virulenta, por lo que la medicina se ha propuesto estudiar las causas y efectos de estos nuevos agentes patógenos emergentes.

La médico especializada en Pediatría, Neonatología, Estomatología y Adicciones, Pilar Muñoz-Calero, experta en Medicina Ambiental y presidenta de la Fundación Alborada e impulsora de la Cátedra de Patología y Medio Ambiente de la Universidad Complutense de Madrid explicó a EFEverde los avances realizados para encontrar la relación entre las enfermedades emergentes con el deterioro del medio ambiente.

Pero en la actualidad hay un abanico de patologías que son multicasuales y una de las causas y denominador común de muchas de ellas está relacionada con el ambiente, con el entorno, es decir, relacionadas con lo que comemos, bebemos o respiramos en el interior de nuestras casas, así como en el exterior.

Rita, una perra de asistencia ayuda a Saoia Garrido, una niña de tres años diagnosticada de autismo. EFE/Javier Etxezarreta.


Para Muñoz-Calero, “los productos que utilizamos, por ejemplo, para la limpieza, conllevan multitud de sustancias potencialmente tóxicas que provocan una serie de patologías y si estas sustancias no existieran estas patologías tampoco existirían, pero se encuentran en el entorno donde nos movemos”.
Enfermedades que tienen que ver con la sensibilidad física

“Quizás, en el marco de las enfermedades emergentes que son las más desconocidas y las más dañinas, se encuentran la fibromialgia, síndrome de cansancio, autosensibilidad, o el tipo de patologías que son más desconocidas, aunque cada vez más frecuentes, que tienen que ver con la sensibilidad física”, subrayó Muñoz-Calero.

“Pero también podemos hablar de otras enfermedades más frecuentes, que son las autoinmunes (en las que el sistema inmunitario ataca las células sanas del cuerpo por error), como pueden ser el Alzheimer, el Parkinson, la hiperactividad en los niños, el asma, alergias, intolerancias alimentarias o el cáncer”.

“Entre estas enfermedades podríamos hablar de un nuevo paradigma que tiene unas características comunes como son las que se refieren a enfermedades inflamatorias crónicas de hipersensibilidad”, añadió la científica.

Lo que está ocurriendo en la actualidad es que “enfermedades más frecuentes que antes aparecían a una edad a partir de los 70 o 75 años ahora están apareciendo en gente más joven, incluso en la edad de entre los 30 o 40 años”.

Para Muñoz-Calero otras enfermedades como las maculares, (que afectan al área central de la retina del ojo, por ejemplo), “son patologías que se padecían en edades bastante tardías y, sin embargo, se están adelantando en la edad, a parte de aumentar la frecuencia y la incidencia en su aparición”.
Según la médico medioambiental “una de las causas es que el uso de multitud de sustancias pesticidas que en sí mismas no son tóxicas, sin embargo algunas de ellas entrarían dentro del grupo de alteradores hormonales, es decir, sustancias que pueden causar cambios en el ADN”.

Estos cambios hormonales provocan “problemas con los estrógenos que están vinculados con el cáncer de mama o de próstata y muchas de las sustancias que los provocan se encuentran en los plásticos o los ftalatos de algunos pesticidas”.

Activistas participan en una protesta en contra del uso del pesticida glifosato e insecticidas neonicotinoides, en Berlín, Alemania, el pasado mes de abril de 2018. EFE/ Clemens Bilan

Activistas participan en una protesta en contra del uso del pesticida glifosato e insecticidas neonicotinoides, en Berlín, Alemania, el pasado mes de abril de 2018. EFE/ Clemens Bilan


En el organismo de los seres humanos, “los receptores de esos estrógenos no saben diferenciar los que son naturales de los que no lo son y provocan muchos problemas relacionados con enfermedades tiroideas. Hay algunos tóxicos en el entorno, como pueden ser algunos de estos productos o sustancias que se utilizan como productos ignífugos que se utilizan en las viviendas, y que muchos de ellos se han hecho ya obligatorios porque son retardantes de llamas”.
Tener más información y aplicar el sentido común

Para tratar de reducir las consecuencias de los impactos que el deterioro del medio ambiente produce en nuestra salud, la doctora Muñoz-Calero subrayó que “podemos hacer muchas cosas, intentando tener más información de cómo vivimos y aplicando el sentido común, que creo que lo hemos perdido, porque realmente tenemos a diario información de la emisión de la multitud de sustancias que se encuentran en el ambiente”.
Todas estas sustancias que se llaman xeniobióticos (compuestos de un estructura química que no existen en la naturaleza sino que han sido desarrolladas por el hombre en un laboratorio) “son las que el cuerpo no las puede asimilar, por lo que sí tendremos que cuestionarnos, plantearnos y preguntarnos qué está haciendo todo esto en el organismo”.

Se trata de sustancias “que no pertenecen a la vida y que el cuerpo no las puede convertir en proteínas, hidratos de carbono o en lípidos sino que de alguna manera el organismo las intenta eliminar y, de lo contrario, lo que hace es acumular simplemente su información”.

“Ante esta barbaridad que se está cometiendo de una emisión tan inmensa de sustancias potencialmente tóxicas que están en el mercado, de las que incluso cada día aparecen nuevas, se tendría que hacer algo que proteja a la ciudadanía ofreciendo más información, además de pedir y exigir que haya reglamentos más severos. No podemos esperar a que los males sean mayores para tomar precauciones”.

“Hay muchísimas enfermedades sobre todo que están produciendo un envejecimiento precoz debido al estrés, pero no solo al estrés del trabajo como todo el mundo piensa, sino que es un estrés metabólico y oxidativo al estar en contacto con esta cantidad de sustancias oxidantes”, indicó la médico medioambientalista.

“Lo que realmente están provocando estas sustancias es una alteración que hace que tengamos una preponderancia de todos los procesos inflamatorios degenerativos y crónicos, así como de hipersensibilidad que caracterizan todas estas patologías”, concluyó Pilar Muñoz-Calero. Efeverde.

Secciones: Actualidad Cambio Climático




jueves, 2 de agosto de 2018

STELLA CALLONI: "La democracia de seguridad nacional es la nueva forma de intervención estadounidense" 01 Agosto 2018


tomado de: http://www.radiolaprimerisima.com/blogs/1944/








Por Bruno Sgarzini/misionvedad.com

Stella camina con un bastón a sus 83 años por los pasillos del Palacio de Convenciones de La Habana donde se desarrolla el XXIV Foro de São Paulo. Entre remolinos de gente, se le acercan personas a saludarla y hablarle mientras se dirige hacia el sitio asignado en uno de los salones del Palacio, al Encuentro de la Red de Intelectuales realizado en paralelo a las actividades del foro.

En este contexto, rodeado de figuras políticas como Manuel Zelaya, Dilma Rousseff y Nicolás Maduro, Misión Verdad entrevistó a una de las investigadoras con más trabajos sobre las estrategias de intervención de Estados Unidos como corresponsal itinerante del diario mexicano La Jornada, entre los que destaca por su precisión y su rigurosidad "Operación Cóndor, un pacto criminal", dedicado a los años más oscuros de las dictaduras militares del Cono Sur.

La lucidez de sus definiciones, además del conocimiento profundo acerca del tema, hace que esta entrevista se convierta en un material de referencia para todo aquel que en el futuro quiera estudiar las nuevas formas de intervención en la región.

Dado que, según la propia Stella, quizás una de las tareas pendientes del mundo intelectual regional sea la de definir el campo de batalla en el que nos enfrentamos.

Desde el año 2014 se da una nueva forma de intervención en los países de la región basada en los jueces, los medios de comunicación y las fuerzas de seguridad, entre otros actores. En este contexto, se da un periodo de golpes de Estado a presidentes como Dilma Rousseff, Fernando Lugo y Manuel Zelaya. ¿Cuándo Estados Unidos reelabora esta estrategia y cómo la lleva a la práctica?

A principios de los años 2000, Washington trazó un periodo hacia delante basado en reemplazar el dispositivo que se había creado con las dictaduras militares con un esquema conocido como "democracias de seguridad nacional", según documentos del Comando Sur.

Con este objetivo, Estados Unidos se centró en infiltrar los medios de comunicación, los partidos políticos, el poder judicial y las fuerzas policiales de la mayoría de los países de la región. Además de enfocar su financiamiento a través de fundaciones y ONGs, como la Fundación Nacional para la Democracia y la Agencia del Departamento de Estado para el Desarrollo Internacional, creadas durante la administración de Ronald Reagan.

Se crearon escuelas de justicias y La Academia Internacional Para el Cumplimiento de la Ley en El Salvador con el mismo criterio de captación y formación de funcionarios judiciales y policiales de la famosa Escuela de Las Américas, reconocida por haber adiestrado a los militares que encabezaron las dictaduras del Cono Sur.

Por esto hoy los jueces, fiscales, periodistas y policías son más importantes que los militares, excepto en países como Colombia donde estos aún continúan con un papel preponderante en la política interna.

Paradójicamente, para esta captación se valen de la vanidad de los profesionales de estos sectores de la sociedad, tal como lo habían previsto en los documentos de Santa Fe elaborados por importantes figuras del establecimiento conservador de la era Reagan.

¿Cuál te parece uno de los casos más ejemplares de este cambio en la forma de intervenir en la región?

El golpe en Honduras contra el presidente Manuel Zelaya refleja bastante cómo funciona este esquema en la práctica. Ya que cuando el país se les va de las manos, la por entonces secretaria de Estado, Hillary Clinton, nombra como embajador en Honduras a John Negroponte, quien estuvo a cargo de la guerra sucia en Centroamérica durante los ochenta y debería estar preso por crímenes de lesa humanidad.

Negroponte rápidamente se encarga de corromper el parlamento y presionarlo para que nombre una Corte Suprema de Justicia favorable a los intereses de Estados Unidos. Hecho esto, los medios generan un clima de opinión contra los supuestos intentos de Zelaya de reelegirse, comprobadamente falsos, para justificar que los militares lo sacaran del poder y lo trasladasen a una base militar en Costa Rica.

Con este pretexto fue que la Corte Suprema estableció que no había habido un golpe sino una defensa del Estado contra los intentos de Zelaya de violar la constitución hondureña. Episodio que terminó con la elección de Roberto Michelletti como presidente de facto por parte del parlamento.

Un ejemplo claro de cómo actúan los medios, los políticos, la justicia y los militares en este caso.

Hablamos de democracias tuteladas en la que se tiene un control directo de los países a través del manejo de la justicia, los medios de comunicación, la policía, y diferentes actores de la sociedad como pueden ser los jóvenes o los grupos indígenas.

En cierto sentido, es como si existiese una dictadura de seguridad nacional pero sin los militares en el poder.

Otro ejemplo claro es el de Colombia, donde formalmente hay elecciones, y un presidente elegido por votos, a pesar de ser una nación manejada por las Fuerzas Armadas, totalmente formadas por Estados Unidos.

Eso también tiene su réplica en planes como el de la Seguridad Democrática de Álvaro Uribe Vélez, donde se reordenó parte del territorio colombiano en función de instalar un sistema de gobierno que permitiese la extracción de recursos naturales sin ningún tipo de oposición local.

Sí, porque en Colombia lo que sucedió con estas "zonas de pacificación" es que, después éstas, quedaron repletas de paramilitares. En realidad lo que hicieron fue utilizar la figura del enemigo interno con las FARC para afinar en estas zonas una estructura de control que luego brindase seguridad a las transnacionales para explotar los recursos naturales de estas zonas.

En cierta forma, lo mismo sucede ahora en la Patagonia con el mismo uso de los mapuches como enemigos internos, mientras cerca de Vaca Muerta, uno de los principales reservorios energéticos del país, se instala una base militar de Estados Unidos.

En México sucede lo mismo pero con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico para firmar la Iniciativa Mérida, similar al Plan Colombia.

Así, de esta forma, Estados Unidos le presta dinero para que después le compren armas y sus asesores los formen para usarlas.

Al igual que en Colombia, esta modalidad lo que ha dado como resultado es la limpieza de la población de lugares del norte del país, donde muchas personas huyeron ante la imposibilidad de poder lidiar con los asesinatos y los secuestros.

De esta forma, limpian zonas enteras de la región para reorganizar el territorio en función de la extracción de recursos naturales para el proyecto capitalista de Estados Unidos, hoy necesitado de abrir otros frentes ante el ascenso de China y Rusia.

Es en este contexto donde se ve que en países como Brasil se da una ocupación militar en Río de Janeiro y una condena política a Lula. ¿Hacia dónde va la región?

A un punto donde el Comando Sur afirma que debe haber, paradójicamente, una seguridad democrática en todo el continente. Donde se ve con el modelo mexicano y colombiano que el objetivo es una disolución en la práctica de los Estados-nación. Con la diferencia de que antes buscaban hacerlo con ocupaciones por la fuerza, y ahora apuestan hacerlo de otra manera.

Por eso es necesario sentarnos a pensar con un grupo de trabajo los planes para la región de Estados Unidos, bajo el fin de idear formas para anticiparnos a éstos. Que evaluemos cuáles son las armas que cuenta cada país y creemos una unidad para enfrentarlos.

Ya que Estados Unidos en cierto punto hoy es un gigante con pies de barro debido a su contexto interno. Que se encuentra desesperado porque no hay un manejo sólido de la situación en su establecimiento, que está desesperado por no haber podido controlar completamente ningún país de Medio Oriente en las últimas décadas, pese a haber ocupado Irak.

En este contexto, debemos salir de algunas posiciones dogmáticas, proponernos un trabajo de masas en serio, como el que se hizo en Venezuela, para superar los límites impuestos por proyectos como el de Estados Unidos, que en países como Argentina no pudimos pasar por solo hacer trabajo en estructuras medias y altas.

Sobre todo si entendemos que hay una crisis que abre una oportunidad para salir de estos planes si se unifican criterios. Ante esta encrucijada en la que estamos tanto los de arriba como los de abajo.

Cómo las ONG de Washington y Soft Power manipularon el número de muertos de Nicaragua....











tomado de:
http://www.radiolaprimerisima.com/


 para impulsar el cambio de régimen y las sanciones 31 Julio 2018




Managua. Por Max Blumenthal/REDVOLUCIÓN

Un estudio detallado de la cifra de muertos que se ha registrado en Nicaragua desde una campaña violenta para destituir al presidente Daniel Ortega y su gobierno sandinista muestra que, al menos, fueron asesinados tanto simpatizantes sandinistas, como miembros de la oposición. El estudio, “Monopolizando la muerte”, demuestra cómo las ONG locales partidistas combinaron todas las muertes ocurridas desde abril, incluidos los accidentes y los asesinatos de sandinistas, con asesinatos por parte de las fuerzas gubernamentales. Washington se ha aprovechado del recuento de muertes falsas para impulsar el caso de sanciones e intensificar la presión para un cambio de régimen.

El número de muertos manipulados fue la pieza central de una arenga del 25 de julio por la representante republicana Ileana Ros-Lehtinen en el piso de la Cámara. Mientras recaudaba apoyo para una resolución bipartidista que condenaba al presidente nicaragüense Daniel Ortega por supuestamente ordenar la masacre de manifestantes, Ros-Lehtinen declaró: “Sr. Speaker, ¡Cuatrocientos cincuenta! Así es como muchos nicaragüenses han sido asesinados por el régimen de Ortega y sus matones desde abril de este año”.

El retrato de la congresista de un régimen dictatorial que dispara contra manifestantes pacíficos como codornices indefensas en una cacería en conserva, fue diseñado para generar presión para un ataque contra la economía nicaragüense en forma de paquetes de sanciones como la Ley Nica Act. Su narración fue reforzada por el vicepresidente Mike Pence, quien condenó al gobierno de Nicaragua por “más de 350 muertos a manos del régimen” y por Ken Roth, el director ejecutivo de Human Rights Watch, quien también sugirió que Ortega había ordenado personalmente el asesinato de “300 manifestantes contra su gobierno corrupto y represivo”.

A lo largo de las últimas dos semanas, estuve en Nicaragua entrevistando a decenas de víctimas de la oposición nicaragüense respaldada por Estados Unidos. He conocido a oficiales de policía que vieron a sus colegas abatidos por elementos bien armados, mientras ellos recibían la orden de permanecer en sus estaciones, sandinistas líderes sindicales cuyas casas fueron quemadas, y los ciudadanos comunes que fueron secuestrados en los Tranques cuyo propósito es el bloqueo de carreteras y sacados de sus hogares para ser golpeados y torturados, a veces con la aprobación de los sacerdotes católicos. Estaba claro para mí que la oposición nicaragüense no era pacífica en su intento de cambio de régimen.

Y también estaba claro que muchos sandinistas habían sido asesinados desde que comenzó el caos en abril. Las víctimas de la oposición incluyen a Gabriel de Jesús Vado, un oficial de policía de Jinotepe, que fue secuestrado, arrastrado de un automóvil en movimiento y quemado vivo en video en el tranque de Monimbo este mes, un barrio en Masaya que la oposición había ocupado violentamente durante semanas.

Pero de acuerdo con la lógica empleada por el Congreso y la Casa Blanca, que responsabiliza al gobierno por cada muerte ocurrida entre abril y junio en Nicaragua, el asesinato de Vado y otros veinte miembros de la policía nacional de Nicaragua nunca se llevó a cabo. Ni tampoco la muerte de nadie asesinado por los paramilitares de la oposición. Esto es lo que tienes que creer si culpas al gobierno sandinista por el cien por ciento de las muertes.

La manipulación de la cifra de muertos por el Congreso y las ONG occidentales de poder blando se expone con meticuloso detalle “Monopolizar la muerte”.

El autor de este estudio forense, el investigador independiente nicaragüense Enrique Hendrix, describe su análisis como” evidencia de una campaña que, en ausencia de una causa justa, utiliza la muerte de cada ciudadano como un motivo para manipular las emociones de la población para contraponer ‘el gobierno’ contra ‘la gente’ “.

Hendrix me contó que inició su estudio, “Monopolizando la muerte”, dos semanas después de que comenzaran las protestas antisandinistas. “Todos los canales de la oposición comenzaron a reclamar que todas estas muertes estaban teniendo lugar [a manos de las fuerzas gubernamentales], y yo estaba teniendo muchas incertidumbres”, dijo. “Así que comencé a investigar las listas de las organizaciones de derechos humanos y realmente traté de averiguar si estos recuentos de muertes consistían solo en estudiantes, como informaban los medios de la oposición”.

El texto completo del estudio de Hendrix, traducido al inglés por el colectivo de periodismo Tortilla con Sal, está incorporado al final de este artículo, junto con una hoja de cálculo que analiza (en español) cada muerte en detalle.

ONG partidistas de derechos humanos como arma de cambio de régimen

El estudio de Hendrix examina las muertes registradas por las tres principales organizaciones nicaragüenses de derechos humanos. Son el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (CENIDH), la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), cuya participación fue solicitada por el gobierno de Nicaragua el 13 de mayo; y la Asociación Nicaragüense de Derechos Humanos (ANPDH).

Estas son las organizaciones en las que el Congreso, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y organizaciones internacionales de poder blando como Human Rights Watch han confiado en su comprensión de la violencia que se ha apoderado de Nicaragua.

Mientras estuve en Nicaragua, aprendí cómo miembros de CENIDH y ANPDH participaron activamente en la campaña para eliminar al gobierno sandinista. Por ejemplo, tres estudiantes de la universidad pública UNAN me dijeron que el asesor jurídico del CENIDH, Gonzalo Carrión, estaba presente con estudiantes y militantes de la oposición cuando tomaron el campus y que Carrión era incluso un espectador de su violencia.

Ramón Avellan, el comisionado de policía de Masaya, me contó cómo el personal de la ANPDH apareció repetidamente en su estación de policía junto con activistas de la oposición para suplicarle que se rindiera. Este acto habría resultado en la toma total de la ciudad por parte de la oposición armada, que según Avellan, incluía una fuerte representación de los carteles criminales locales.

ANPDH fue fundada en Miami, la verdadera base de la oposición derechista de Nicaragua, y fue financiada en los años 80 por el National Endowment for Democracy del gobierno de los Estados Unidos para pintar a los Contras como víctimas de la brutalidad comunista. Hoy, el grupo sigue siendo un arma política de elección contra el movimiento sandinista.

Cómo las ONG antisandinistas de “derechos humanos” y Washington cocinaron los libros

Hendrix descubrió que los tres principales grupos autoproclamados de derechos humanos en Nicaragua habían eliminado los contextos de las muertes que registraron para confundir todas las muertes no naturales que ocurrieron en todo el país entre el 19 de abril y el 25 de junio con asesinatos de las fuerzas progubernamentales nicaragüenses.

Encontró que siete categorías de muertes se incluyeron en los informes de derechos humanos. Todas las categorías, excepto una, no guardaban ninguna relación con la violencia gubernamental.

Ellos son los siguientes:

Nombres duplicados

Muertes no relacionadas con protestas

Gente asesinada por la oposición

Activistas de la oposición, incluidos aquellos involucrados en los violentos tranques

Espectadores inocentes

Nombres sin datos significativos para determinar la causa de la muerte

Muertes omitidas de cada lista

Según Hendrix, los informes de CENIDH, CIDH y ANPDH fueron rellenos con la muerte de ” víctimas de accidentes de tráfico, altercados entre pandillas, asesinatos por robo, asesinatos accidentales por armas de fuego y, lo que es más absurdo, suicidios”.

El estudio de CIDH incluye nueve nombres duplicados, mientras que las tres organizaciones registraron sus informes con 97 muertes que no estaban relacionadas con las protestas. Las causas de 77 muertes registradas en los tres informes permanecen desconocidas.

Mientras que la oposición nicaragüense ha gritado sobre las masacres de estudiantes a nivel genocida, Hendrix encontró en su propia investigación que de las aproximadamente 60 muertes entre elementos antisandinistas a manos de fuerzas alineadas con el gobierno, solo 16 o 17 eran estudiantes reales.

Lo más sorprendente es que la investigación forense de Hendrix demostró que la oposición mató al menos al mismo número de partidarios y policías sandinistas que perdieron a manos del gobierno. Este hecho va directamente en contra de la narrativa centrada en los Estados Unidos de un dictador que acribilla a los manifestantes pacíficos.

Sería fácil para cualquiera que esté familiarizado con la situación que se desarrolló en el terreno en los últimos tres meses para ver por qué tantos habían sido asesinados en el lado Sandinista.

A fines de abril, Ortega ordenó a sus fuerzas policiales permanecer en sus estaciones como condición para el diálogo nacional que inició con la oposición. La orden significó que durante aproximadamente 55 días, los partidarios Sandinistas se vieron obligados a defenderse de una cruzada nacional de venganza de sangre letal. Innumerables ciudadanos fueron golpeados o enfrentaron la destrucción de la propiedad a manos de la oposición únicamente porque pertenecían al frente sandinista.

Entre los asesinatos de sandinistas detallados en el informe de Hendrix se encuentra un bebé de 25 meses, hijo de Gabriella María Aguirre, quien murió el 13 de junio en Masatepe por broncoaspiración cuando su ambulancia fue detenida en un control de la oposición.

Mientras tanto, en ciudades como Masaya y Jinotepe, la policía se encontró bajo un asedio virtual, aislado durante semanas de alimentos y suministros médicos regulares, y terminó peleando con los militantes de la oposición que los rodeaban.

Las muertes de aquellos dentro de los rangos de la oposición que fueron asesinados por accidente o como resultado de la violencia fratricida también han sido descontextualizados en estos informes, y por lo tanto no son reconocidos por Washington ni por los cuerpos legales internacionales. Entre ellos, el periodista guatemalteco Eduardo Spiegler, quien fue aplastado por un “árbol de la vida” derrocado por los manifestantes de la oposición mientras cubría su juerga de vandalismo.

De ONG antisandinistas a organismos internacionales, sin escrutinio en el medio

El gobierno nicaragüense ha nombrado su propia comisión compuesta por expertos independientes para investigar las muertes ocurridas desde abril. Según Hendrix, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se ha negado a aceptar datos de la investigación oficial nicaragüense, confiando en cambio en la CIDH.

Esto significa que el principal organismo internacional responsable de sacar conclusiones sobre la violencia en Nicaragua se ha basado en gran medida en una ONG partidaria con una inclinación decididamente antisandinista y no ha hecho ningún trabajo independiente.

Mientras tanto, en Washington, los miembros del Congreso como Ros-Lehtinen no solo han confiado en la defectuosa narrativa de la oposición, sino que han exagerado el número de muertos para impulsar el caso de un ataque más profundo contra la economía nicaragüense.

Hendrix enfatizó que debido a que las ONG locales de derechos humanos como CIDH dependían tanto de medios de la oposición altamente partidarios para tabular sus conteos de muertos, “es imposible verificar en muchos casos si están diciendo la verdad”.

Se preguntó si “podríamos estar viendo una manipulación aún mayor de lo que sabemos”.

jueves, 26 de julio de 2018

Atilio Boron: Sandinismo e imperio: la batalla decisiva



Tamado de:
atilioboron.com.ar
15-19 minutes


24 de Julio de 2018




(Atilio A. Boron) Nadie en su sano juicio, o actuando de buena fe, puede ignorar que la crisis en Nicaragua fue precipitada por múltiples factores. Varios de ellos endógenos; otro, exógeno pero crucial: el gobierno de Estados Unidos. Entre los primeros sobresalen la errónea lectura de la coyuntura local e internacional unida a graves desaciertos prácticos del gobierno de Daniel Ortega. Esto culminó en una violenta represión ante las primeras protestas poniendo en marcha un espiral de confrontaciones cuyo destino final no es difícil de pronosticar. Si fracasan los diálogos de paz esta crisis pudiera dar lugar a un “empate catastrófico” de fuerzas cuyo desenlace suele resolverse, como lo enseña la historia, mediante una guerra civil en la cual uno de los bandos impone su voluntad sobre el otro. Lo anterior resume el juego de agentes y procesos de naturaleza eminentemente doméstica en la crisis. Pero, como advertíamos al comienzo, tras el humo, la sangre y la confusión de las “trancas” y los enfrentamientos se mueve, sigilosa pero eficazmente, quien sin dudas es el principal actor de esta tragedia: la Casa Blanca.




En efecto, Washington se encuentra poseído por una irrefrenable ambición de someter al país centroamericano a sus designios, rubricando las numerosas iniciativas que desde mediados del siglo diecinueve y a lo largo de casi doscientos años tuvieron como único objetivo controlar el territorio nicaragüense. Vale recordar entre otras el accionar del aventurero yanqui William Walker que invadió Nicaragua con un ejército mercenario y se proclamó presidente en 1856; o la ocupación del país por parte de las fuerzas armadas de Estados Unidos entre 1912 y 1933, contra la cual luchó con simpar heroísmo y honor Augusto César Sandino. Negaría la evidencia histórica y los datos del momento quien desconociera o subestimara la importancia de la intervención estadounidense en la crisis actual. Sobre todo cuando se observa que la metodología de la insurgencia, el “guión” que organiza sus tácticas e instrumentos de combate y el carácter de sus principales actores replican lo que enseñan los manuales de desestabilización de las diversas agencias de la “comunidad de inteligencia” de Estados Unidos. No sólo eso: las violentas protestas de la oposición nicaragüense tienen un indudable “aire de familia” con las “guarimbas” en Venezuela en 2014 y 2017, la revuelta de los “combatientes de la libertad” contra Gadafi en Libia en 2011 y el accionar de las bandas neonazis en Ucrania en 2013. Al revés de lo que dicen los films de Hollywood, cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia porque se trata de la misma estrategia sólo que aplicada en diferentes locaciones.

Al examinar las causas domésticas de la crisis observamos una situación paradojal: sin previo aviso se produjo el súbito deterioro de la situación política en un país cuyo ordenamiento social se comparaba ventajosamente con el de sus vecinos. A diferencia de casi todos los demás países del área el flagelo de las “maras” era desconocido en Nicaragua; la seguridad ciudadana era de las mejores de Latinoamérica y muy superior a la del resto de los países del istmo. En Nuestra América se encuentran los diez países con las mayores tasas de homicidio por 100.000 habitantes del mundo. Honduras, gobernada a control remoto desde 2009 por Washington ostenta el lúgubre honor de tener la mayor de todas: 85.7 homicidios por cada 100.000 habitantes. Le siguen El Salvador (63,2), Venezuela (51,7), Colombia (48,8), Belice (37,2), Guatemala (36,2), Jamaica (35,2), Trinidad y Tobago (32,8), Brasil (30,5) y República Dominicana (30,2). En el año 2017 la tasa nicaragüense llegó a 6 por 100.000, unas pocas décimas por encima de la Argentina que registró una del 5.2 y Estados Unidos con 4.9. En 2013, el índice de seguridad ciudadana –el “Índice de Ley y Orden de 2013" medido por la firma Gallup- caracterizó a Nicaragua como el país más seguro de Latinoamérica. Otros indicadores sociales muestran un desempeño similar: en años recientes el siempre difícil combate a la pobreza arrojaba en Nicaragua resultados módicamente alentadores, poco frecuentes en la región si se tiene en cuenta que durante mucho tiempo este país fue, después de Haití, el más pobre del hemisferio. Pese a ello, cálculos del Banco Mundial, actualizados a Abril del 2018, aseguran que “entre el 2014 y 2016 la pobreza disminuyó del 29.6 al 24.9 por ciento” al paso que en los últimos años la tasa media de crecimiento del PBI oscilaba en torno al 4 %. Textualmente se dice que “(E)n 2011, el crecimiento alcanzó un récord del 5.1 por ciento, con una desaceleración al 4.7 y 4.5 en 2016 y 2017, respectivamente. Para este año, el pronóstico se sitúa en 4.4 por ciento, con lo que Nicaragua se coloca en el segundo lugar de crecimiento entre los países de Centroamérica, con perspectivas favorables para la inversión extranjera directa y el comercio.” Según datos del Banco Centroamericano de Integración Económica el déficit fiscal de Nicaragua en el año 2017 fue del 2.5 %. En la Argentina en ese mismo año fue del 3.9 %. En el terreno político en Noviembre del 2016 el actual presidente fue elegido por un 72 % de los votos, y si bien hubo algunas denuncias de fraude, poderosamente amplificadas por la cloaca mediática regional, ninguna adquirió la entidad suficiente como para seriamente impugnar el proceso electoral.

Dados estos antecedentes, ¿cómo fue que se produjo el fulminante estallido de una crisis que hoy nos asombra y entristece? Como dijéramos en una nota anterior el gobierno cometió un grave error al responder con inusitada violencia ante una legítima protesta ocasionada por una regresiva reforma al régimen de la seguridad social. Protesta en la cual participaron no pocos simpatizantes y partidarios del sandinismo que ignoraban la iniciativa presidencial en ciernes. En efecto, el presidente Ortega hizo el sorpresivo anuncio de la reforma el 18 de Abril y cuatro días después, ante la contundencia y masividad del rechazo popular, procedió a revocarla. En circunstancias normales esto debería haber desactivado la bomba de tiempo que con su tic-tac resonaba en las calles de Managua. Pero los países de América Latina y el Caribe (y Nicaragua no es la excepción) no son “países normales” sino batalladores sobrevivientes en la periferia de un imperio que anhela su completa y definitiva subordinación. Precisamente a causa de esa “anormalidad” latinoamericana la violenta agitación callejera lejos de aplacarse con la marcha atrás ordenada por el gobierno se intensificó y extendió a otras ciudades del país. En cuestión de días una demanda puntual precipitó la rápida conformación de un amplio y sedicioso frente opositor reclamando la renuncia del presidente y el llamado a nuevas elecciones.

¿Cómo explicar tan perniciosa mutación?



Para responder a esta pregunta es preciso examinar el decisivo papel del gobierno de Estados Unidos como amplificador e interesado beneficiario de la crisis. Tal como dijimos anteriormente Washington alberga una añeja obsesión con Nicaragua. Un elemento clave que ha perturbado hasta la actualidad el sueño de la dirigencia estadounidense ha sido, en el siglo diecinueve, su interés por la eventual construcción de un paso bioceánico a través de Nicaragua y el temor de que tal obra fuese encarada por una potencia europea, Francia, que tenía planeado abrir una ruta transoceánica en Panamá. Frustrada esa iniciativa francesa y vez construido el Canal de Panamá por los estadounidenses la prioridad fue impedir la creación de una vía alternativa que compitiese con la panameña, controlada directa o indirectamente por Estados Unidos. Esa preocupación, que se mantuvo latente a lo largo del siglo veinte, se acrecentó hasta el paroxismo en fechas recientes ante los anuncios de un acuerdo para la apertura de un nuevo canal pasando por Nicaragua y, además, financiado por capitales chinos. Si Beijing conmovió el tablero geopolítico y geoeconómico mundial con la vertiginosa reconstrucción de la “ruta de la seda” que -trece mil kilómetros de vías férreas de alta velocidad mediante- atrae inexorablemente al Asia meridional y a toda Europa a su hegemonía económica, la construcción y posterior control de un nuevo y más expedito canal en Nicaragua alteraría radicalmente el equilibrio estratégico nada menos que en el Caribe, la tercera frontera imperial como decía el profesor Juan Bosch, y como lo ratifican los manuales del Pentágono al hablar del Caribe como el “Mare Nostrum” de los norteamericanos. Sería, además, el tiro de gracia para la Doctrina Monroe y su pretensión de que en este continente sólo se oiga la voz de Estados Unidos y que ninguna potencia extracontinental se inmiscuya en los asuntos hemisféricos. La presencia china en Centroamérica y el Caribe constituiría para Beijing un poderoso argumento para neutralizar -o tratar de equiparar- la presencia de Washington en el Asia Pacífico, hacia donde, desde la época de Barack Obama, Estados Unidos ha desplazado gran parte de su flota de mar con la indisimulada intención de contener la expansión comercial y política china. Para el Pentágono, y sobre todo para la Administración Trump, que hizo de Rusia y China sus enemigos, nada podría ser más amenazante que la presencia de los herederos de Mao en el área del Gran Caribe y que eventualmente podría convertir a la tierra de Sandino en una base de operaciones no sólo comerciales sino también de índole militar. De ahí que el protagonismo estadounidense en la crisis nicaragüense no tenga nada de anómalo o inesperado. Es la previsible respuesta a un desafío militar, y no sólo económico, de vastas proporciones ante los cuales sería absurdo pensar que el imperio permanecería de brazos cruzados.

Por otra parte, a pesar que el gobierno sandinista parece haber archivado sus afanes revolucionarios, el sólo hecho de que mantenga relaciones de cooperación con países como Cuba, Venezuela y, en general, con los gobiernos del ALBA, es para Washington motivo más que suficiente para provocar un “cambio de régimen”, eufemismo para evitar hablar de golpes de estado y el subsecuente baño de sangre con que se escarmienta a los rebeldes del viejo orden. Es debido a ello que la Casa Blanca ha tratado, por todos los medios y sin pausas, de incidir en el proceso político nicaragüense y debilitar al gobierno de Daniel Ortega financiando con largueza a los partidos de la oposición, a un variopinto enjambre de ONGs –la mayoría de ellas non sanctas, encubiertos tentáculos del gobierno estadounidense- así como a numerosas organizaciones de la sociedad civil y a la prensa opositora, procurando por todos los medios desacreditar al gobierno sandinista y estigmatizar a la pareja gobernante. Esta intensa campaña de propaganda tiene por objeto denunciar a Managua como el asiento de una brutal dictadura y preparar el clima de opinión para convalidar su violenta erradicación mediante una “invasión humanitaria” coordinada por el Comando Sur con la complicidad, entre otros, de los gobiernos que constituyen no el Grupo sino el “Cartel de Lima.”

Es debido a ello que la crisis refleja con tanta nitidez el modus operandi recomendado por el manual de prácticas desestabilizadoras de la CIA, con sus paramilitares y mercenarios disfrazados de estudiantes universitarios o de jóvenes dispuestos a inmolarse por su adhesión a un puro ideal republicano aunque para ello deban matar, incendiar, secuestrar, destruir. Pero para que los planes del imperio tengan éxito y para que sus esbirros puedan mimetizarse con la población es preciso que haya quienes genuinamente salgan a protestar contra el gobierno. Sin ello la estrategia del imperio pierde toda eficacia. Y que en Nicaragua hayan salido a manifestarse no puede sorprender a nadie porque hay motivos para hacerlo. La corrupción es un problema muy grave, ya desde el primer gobierno sandinista cuando se hablaba de “la piñata”, aceptada con una mezcla de resignación e iracundia por parte del pueblo nicaragüense. Qué la revolución se desvió del camino es otro dato irrefutable, transando con sus enemigos históricos: el empresariado y la Iglesia Católica entre otros. Que el poder revolucionario se concentró extraordinariamente en las manos de la pareja presidencial y que una deriva autoritaria del gobierno irrumpe cada vez con más frecuencia también es verdad. No se puede entender lo que está ocurriendo en Nicaragua sin tener en cuenta los síntomas de esta involución del sandinismo y el desgaste de su filo revolucionario. Pero que sobre la protesta de algunos sectores de la oposición –en algunos casos multitudinarias- se montó, con relampagueante celeridad, todo el aparato de desestabilización del imperio es evidente hasta para un ciego. Y este no es un dato menor, sino que constituye “el dato” fundamental, la clave de bóveda para comprender el significado histórico de la crisis nicaragüense. La cloaca mediática latinoamericana y estadounidense descarga su artillería de “posverdades” y “plusmentiras” mientras denuncia a los gritos y con total impunidad los muertos causados por la represión del gobierno sandinista. Pero la verdad, cuidadosamente oculta, como antes se hiciera en el caso de la Venezuela Bolivariana, es que las víctimas se reparten casi por partes iguales entre ambos bandos.

Washington milita la contrarrevolución con una disciplina ejemplar y está siempre preparado para aprovechar cualquier oportunidad que se presente para desestabilizar a un gobierno poco propenso a obedecer a sus mandatos. Carece totalmente de escrúpulos morales y tiene fuerzas de despliegue rápido no sólo entre los militares sino en la cuantiosa masa de maniobra reclutada durante largos años y formada por una legión de paramilitares, mercenarios y ex presidiarios bajo parole dispuestos a lo que sea; también revistan en sus filas drogadictos desquiciados y contenidos por los estupefacientes suministrados por Washington en sociedad con los narcotraficantes; y tránsfugas de todo tipo, dispuestos a engrosar las filas del sicariato, a tomar iniciativas violentas entremezclándose en una marcha de novatos manifestantes que ignoran como se arma un cóctel molotov, o no se animan a incendiar vivo a un sujeto sospechoso, o a dotar de un “aire plebeyo” a las manifestaciones de la derecha contra cualquier gobierno de izquierda, o apenas progresista.


Por eso decíamos en nuestra nota anterior que la revolución nicaragüense es como la niña que navega en un bote en un mar embravecido y con un timonel que -lo digo con respeto pero también con esperanza- ha perdido el rumbo. Pero aun bajo estas circunstancias, sería absurdo entregar a la niña a sus verdugos o hundir el bote y arrojarla al mar. Ya sabemos lo que ocurrió cuando gobiernos progresistas o de izquierda cayeron a causa de la conspiración imperial. Basta mirar lo acontecido en Honduras, Paraguay o Brasil para vislumbrar lo que podría ocurrir en Nicaragua si la ofensiva destituyente en curso fuese coronada con la victoria. No hay razones para suponer que el gobierno de Daniel Ortega es absolutamente incapaz de ejercer una revolucionaria autocrítica, revisar lo actuado y enmendar sus errores. Es fundamental salir de esta crisis por izquierda, fiel al ideario del sandinismo. Para ello será necesario corregir el rumbo que ha seguido el gobierno en fechas recientes. Esto exige sacar de su letargo al FSLN y resucitarlo como fuerza política activa, potenciar su protagonismo en la gestión gubernativa y movilizar, reorganizar y concientizar a su base social para producir una radical redemocratización del proceso revolucionario. En pocas palabras, provocar una revolución en la revolución. El ensimismamiento del gobierno y su aislamiento en relación al pueblo sandinista y al propio partido de gobierno es vox populi en Managua, y de perpetuarse esta situación será inevitable incurrir en nuevos desaciertos que serían fatal para el gobierno de Daniel Ortega. El enemigo imperialista está al acecho, le tiende muchas trampas y la soledad del poder es muy mala consejera. Si el FSLN como fuerza política no recupera su protagonismo colectivo y se adueña del destino de la revolución, mucho me temo que estén contados los días de este bello sueño construido sobre la gesta épica de la prolongada lucha contra la dictadura de Somoza. Sería una derrota tremenda para un noble y valiente pueblo que luchó con un heroísmo ejemplar para hacer realidad su fidelidad al legado de Sandino, el “general de hombres libres.” Será también un golpe brutal a las esperanzas de los pueblos de Nuestra América, y la pérdida de una oportunidad que Nicaragua tardará mucho tiempo en reencontrar. Dixit et salvavi animan mea.

miércoles, 27 de junio de 2018

Argentina Analisis Historia Neoliberalismo en Argentina: un arma mortal


Tomado de:

HispanTV
46-58 minutes

Con los planes neoliberales que dirigió el ex ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz (1976- 1981), Argentina vio naufragar su industria nacional.
De la riqueza a la pobreza
El economista ruso-estadounidense Simon Kuznets, ganador del Premio Nobel de Economía en 1971, dijo alguna vez que existen cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. ¿Por qué estos dos últimos? El caso del país asiático, porque constituye un verdadero “milagro”: habiendo sido prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial –con el agregado de dos bombas atómicas sobre su población civil– en pocos años resurgió monumental mente, transformándose en un par de décadas en la segunda economía mundial. El caso de Argentina, por el contrario, es también digno de estudio (la “paradoja” argentina, pudo llamársele): ¿cómo fue posible que una sociedad próspera, con elevados índices de lo que hoy llamaríamos “desarrollo humano”, con abundantes tierras fértiles, numerosos recursos hídricos, petróleo, un enorme litoral atlántico y un parque industrial considerable, que para la primera mitad del siglo XX tenía una pujanza mayor que Canadá, Australia o España, en unos años pudiera descender tanto, convirtiendo a uno de cada tres de sus habitantes en pobres? ¿Cómo fue posible eso? ¿Cómo se pudo llegar a esa patética realidad donde buena parte de su juventud piensa que la única salida que tiene el país… es Ezeiza? (el aeropuerto internacional).
Hacia 1913 Argentina era el décimo país del mundo con mayores ingresos per capita. Con el proceso de sustitución de importaciones, que en realidad empezó antes de la primera presidencia de Juan Domingo Perón, pero que durante su mandato se acrecentó poderosamente, la capacidad industrial argentina fue creciendo en forma exponencial en la primera mitad del siglo pasado. El valor agregado de la producción manufacturera superó al de la agricultura por primera vez en 1943. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa estaba destrozada y comenzaba su lento proceso de recuperación con la inyección del Plan Marshall estadounidense, Argentina rebosaba de divisas, siendo la décima economía mundial. El desarrollismo, como teoría económico-político-social que encontró en Raúl Prebisch su principal mentor, marcó la época, llevando la industrialización a niveles insospechados.
A partir del empuje que recibe la industria nacional durante el gobierno peronista, para finales de la década de los 50 el país aportaba la mitad de todo el Producto Interno Bruto –PIB– de Latinoamérica. Además de las tradicionales exportaciones de cereales y carne vacuna, la industria argentina marcaba época. La producción global era el doble de la de su vecino Brasil. Junto a ese dinamismo, la sociedad en su conjunto tenía un nivel comparativamente muy alto con otros países de la región. Los salarios eran los mejores de todo el sub continente, y la clase trabajadora –urbana y rural– estaba sindicalizada, gozando de importantes beneficios.
La pobreza nunca superaba el 10 % de la población, y la participación de los salarios de los trabajadores en la riqueza nacional rondaba el 50 %. Había considerables desarrollos, tanto científico-técnicos como culturales en su sentido más amplio. Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1947 se construye en el país el primer avión a reacción de toda Latinoamérica, noveno en su tipo en todo el mundo: el Pulqui I. Para mediados de siglo Argentina fue pionera en todo el Tercer Mundo en investigación nuclear: en 1958 entra en operaciones el primer reactor de su tipo en toda América Latina, y en 1968 se comienza a construir la primera usina atómica de la región: Atucha, que se inaugura en 1974.
Para 1958 en Argentina se encontraba la empresa industrial más grande de Latinoamérica: Siam, con más de 9000 trabajadores, con una muy importante producción de manufacturas varias. En 1955, el país contaba con una reserva de 371 millones de dólares, pasando a ser acreedor. Todo este desarrollo se traduce en un considerable bienestar general, con servicios públicos de calidad: educación universal gratuita que termina con el analfabetismo, y un sistema de salud pública y de seguridad social de gran vuelo.
La producción científica y cultural también alcanza altas cotas: tres Premios Nobel en Ciencia, una gran industria editorial, discográfica y cinematográfica que marca rumbo en el continente, masivo acceso a la educación (el país más lector de la región, por ejemplo). Para la década de los 60, el 40 % de la población podía considerarse de clase media, con importantes cuotas de consumo y con indicadores socioeconómicos inhallables en otros países latinoamericanos, más cercanos al perfil de un país europeo con desarrollo medio.
Pero algo pasó. Todo ese nivel de bienestar se vino abajo. Ese histórico índice de pobreza siempre bajo, hoy día trepó a niveles exagerados. En estos momentos, año 2018, 35 % de la población se considera pobre a nivel nacional, mientras que en algunas provincias esa cifra supera el 50 %. El salario mínimo actual cubre solo el 45 % de la canasta básica, y las jubilaciones son vergonzosas, pues no permiten pasar la primera quincena. Como cosa inédita en un país que siempre fue productor neto de alimentos (carne vacuna y cereales en cantidad, el “país de las vacas”), actualmente la desnutrición infantil es de más del 20 %. La desocupación se ubica en el 7,6 % de la Población Económicamente Activa, y a nivel global Argentina descendió a ser la tercera economía en Latinoamérica –detrás de Brasil, que presenta un PIB cuatro veces mayor, y de México– habiendo caído al 26.° lugar a nivel mundial.
Solo para ejemplificar el fenómeno en juego: en el corto período de cuatro años que va de 1999 a 2002, el PIB decreció en más de 20 %.Por otro lado, el ingreso per capita del año 2004 fue aproximadamente el mismo que el de 1974. Pero –y esto es lo importante a remarcar– el nivel de población en situación de pobreza fue mucho mayor en el 2004, lo que refleja una creciente desigualdad en la distribución del ingreso en el país.
Paisajes sociales impensables décadas atrás, hoy hacen parte de la cotidianeidad argentina: población precarizada, cinturones de pobreza (villas miserias) por doquier, ejércitos de vendedores ambulantes informales, niños de la calle, delincuencia callejera a niveles alarmantes y desconocidos anteriormente, consumo de drogas generalizado. Aunque Raúl Alfonsín pregonaba a los cuatro vientos durante su campaña presidencial en 1983 que “con la democracia se come, se cura y se educa”, la obstinada realidad enseña que el hambre, la reaparición de enfermedades endémicas otrora superadas y la deserción escolar, hoy son una constante en Argentina. En el “país de las vacas” no fueron pocas las veces en que la población, desesperada, saqueó un zoológico para comer algo de carne roja.
¿Qué pasó? ¿Cómo se dio esta paradoja? ¿Cómo fue posible que, de ser un territorio libre de analfabetismo, donde un tercio de la población tenía vivienda propia y la clase trabajadora mostraba una organización sindical envidiable, hoy día Argentina no pueda salir de su marasmo?
Las consecuencias de esta caída fueron estrepitosas: el aumento en el consumo de sustancias psicoactivas es un elocuente índice (¿por qué huir de la realidad si todo anduviera bien?). En estos últimos años Argentina tuvo indicadores trágicos: uno de los primeros lugares, a nivel mundial, en suicidios y en disfunción eréctil. Definitivamente, todo se vino abajo. ¿Cómo entenderlo?
¿Qué pasó?
Dejando de lado explicaciones superficiales (¿supuesta “vocación” al fracaso de los argentinos?), la apelación a “los malos gobernantes” es el expediente más sencillo. Pero allí radica un enorme peligro en términos ideológicos: además de ser una mirada banal, se juega un prejuicio cuestionable. La marcha de las sociedades, y menos aún hoy día en estas “democracias” capitalistas, no está fijada en modo alguno por las administraciones de turno, por el presidente y sus ministros, ni por las legislaturas. En último análisis, podría decirse que los equipos gobernantes son meros administradores, meros gerentes que fijan (a medias) las políticas públicas. Los verdaderos actores que establecen los carriles por donde transita la humanidad son poderes mucho más omnímodos. Hoy día –y evidenciar esto es la intención del presente escrito– esos poderes van infinitamente mucho más allá de los Estados nacionales: la arquitectura del mundo, cada vez más, está dada por monumentales capitales globales. Capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país. ¿Por qué hoy día Argentina, de nación autosuficiente donde no se compraba prácticamente nada en el extranjero –salvo productos de lujo prescindibles en la economía cotidiana– pasó a ser un monoproductor de soja transgénica, inundado de producción industrial externa, con una población empobrecida? ¿Quién fijó eso: los presidentes de turno?
Argentina, para los años 70, consumía demasiado petróleo. Cada familia quería tener un automóvil… ¡y eso es mucho!”, dijo ya entrado el siglo XXI un funcionario estadounidense de la USAID1 explicando la “necesidad” de imponer planes de austeridad en el país. Mucho consumo de petróleo, pero ¿para quién? Eso hace recordar aquella famosa frase de Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”. Insistamos en la fórmula: capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país.
Desde hace unas cuatro décadas, esos mega-capitales han impuesto unas políticas específicas que se han conocido como “neoliberalismo”. Son esas políticas, establecidas por grandes centros de poder con capacidad de incidencia global, las que hicieron de Argentina lo que es actualmente. Los gobernantes de turno han navegado en medio de esas imposiciones, sin ser ellos directamente los responsables de la actual monumental debacle.
Con la dictadura impuesta el 24 de marzo de 1976, bajo la dirección del general Jorge Rafael Videla, el verdadero personaje fuerte que empezó imponiendo esas políticas neoliberales fue el entonces ministro de economía, José Alfredo Martínez de Hoz, conspicuo miembro de la oligarquía nacional, formado en la Universidad de Cambridge, Estados Unidos, y ligado directamente a las ideas neoliberales en boga. “Siento gran respeto y admiración por Martínez de Hoz. Esto proviene no sólo de una larga amistad entre nosotros, a pesar de las distancias geográficas que nos separan, sino de la creatividad y rigor de su desempeño en el plano económico. [...] Pocos como él tuvieron la valentía de informar en Estados Unidos que el problema de Argentina anterior a su gestión radicaba en la promoción de una excesiva intervención estatal en la economía y en el sobre dimensionamiento de las funciones del Estado, que indebidamente ponían sobre las espaldas del país el costo social de la acción”, dijo el magnate estadounidense David Rockefeller refiriéndose a su persona en 1978.
Fueron esas políticas específicas las que comenzaron con el terrorífico deterioro argentino. Con los planes neoliberales que dirigió Martínez de Hoz –asentados en 30 000 desaparecidos, campos de concentración clandestinos y picanas eléctricas a la orden del día– Argentina vio naufragar su industria nacional. Miles de pequeñas y medianas empresas quebraron debido a las reducciones arancelarias que permitieron una invasión de mercadería extranjera, con la consecuente pauperización de enormes masas de trabajadores que fueron quedando desocupados. El cinturón industrial Rosario-San Nicolás, donde se asentaba buena parte de un muy desarrollado parque productivo, con dos grandes acerías incluidas y una pujante industria petroquímica, alcanzó cotas de desempleo únicas en el mundo, con más del 30 % de la PEA sin salario. Para el año 1980 la producción industrial había reducido un 10 % su aporte al PIB, y en algunas ramas, como la textil, la caída había superado el 15 %.
Esas políticas de desfinanciamiento del país en beneficio de centros de poder externo dieron como resultado un crecimiento exponencial de la deuda externa. La misma creció de 7.875 millones de dólares, al finalizar 1975, a 45 087 millones de dólares en 1983. Ello trajo como resultado la sujeción inmediata de Argentina a los organismos crediticios internacionales, hipotecando por largas décadas su futuro. La situación de los trabajadores asalariados fue de empobrecimiento acelerado: la participación del salario en el PIB, que para 1975 era de un 43 %, en un par de años se redujo al 25 %. El nivel de vida, naturalmente, cayó en forma estrepitosa. Pero la situación deja ver el trasfondo de esas políticas: si bien los salarios pasaron a ser miserables, tener un trabajo fijo en esas condiciones dominantes era ya un lujo. Por tanto, la consigna para todo trabajador pasó a ser cuidar como el bien más preciado su sacrosanto puesto de trabajo. Consecuencia obligada: “No meterse en nada”, eufemismo por decir: olvidarse de toda actitud crítica, no protestar, no organizarse. Las desapariciones forzadas de personas (el temible Ford Falcon verde con varios sujetos armados a bordo) eran el siniestro recordatorio.
Está claro que esas políticas, fijadas desde los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, marcan el rumbo, tanto en Argentina como en todos los países latinoamericanos, e incluso de todo el orbe. Los presidentes de turno, con distintas características y estilos personales, no son más que buenos colegiales a los que se les obliga a hacer la tarea. Los presidentes de los Bancos Centrales, por otro lado –con relación directa con esos organismos crediticios– pasaron a tener mayores cuotas de poder que los propios mandatarios. De hecho, hacia finales de la dictadura militar, en septiembre de 1982, el por ese entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, seguidor a ultranza de las recetas neoliberales (formado en Harvard, Estados Unidos), estatizó 17 000 millones de dólares de deuda externa privada, transformándola en deuda pública. Entre otras empresas beneficiadas con esas medidas está el Grupo Macri, de donde proviene el actual presidente. En otros términos: se socializan las pérdidas (empobrecimiento de las mayorías populares) mientras que se privatizan las ganancias (de grandes grupos económicos, nacionales y extranjeros). El Estado no sirve, según la prédica neoliberal. Pero sí sirve para salvar a la empresa privada en dificultades, fenómeno que se dio en numerosos países, como se verá más adelante.
Está claro, entonces, que el actual deterioro de Argentina no fue “culpa” de algún funcionario público en especial, de la corrupción de algún político venal o de desacertadas decisiones de un ministro de Economía, del “corralito” de Fernando de la Rúa o del malhadado destino. Es algo estructural, y hay que leerlo en clave histórica.Las “relaciones carnales” de Carlos Menem fueron más vergonzosas que los intentos socialdemócratas (engañosos) de Néstor Kirchner2 o de Cristina Fernández, pero todos, indefectiblemente, se vieron constreñidos a seguir reglas de juego que no fijaron, que les fueron impuestas. Y, preciso es decirlo, con estos últimos dos mandatarios, si bien hubo una relativa mejoría en la situación de la pauperizada clase trabajadora –merced a programas asistenciales en muy buena medida– la transformación del país (de industrial en agrícola) es un proceso que no depende de decisiones tomadas en la Casa Rosada. Si “es mucho el petróleo que consumen los argentinos”, eso no lo decidió ningún ciudadano argentino. La pobreza actual (1 de cada 3 argentinos es pobre) tiene causas mucho más concretas y profundas que la “mala suerte” o que la corruptela de algún ministro o legislador.
Las políticas neoliberales que hace años marcan el ritmo del planeta tienen como objetivo, en definitiva, repartir el mundo de una forma donde los habitantes del Sur no cuentan en la toma de esa decisión. La agenda oculta pareciera ser tener postrada a la población mayoritaria en beneficio de unos pocos, muy pocos grandes centros decisorios.
¿Qué es, entonces, el neoliberalismo?
Lo que hoy día conocemos como “neoliberalismo”, siempre asociado a la idea de globalización, es una forma que el sistema capitalista adquirió entre los años 70 y 80 del siglo pasado, surgido como doctrina en los llamados países centrales, en el que retoma la iniciativa económica, política, militar e ideológico-cultural que había ido perdiendo a través de décadas de avance popular. Recuérdese que los años 60/70 marcaron un alza significativa de las luchas anti-sistémicas, con distintas expresiones de rechazo que van desde organizaciones sindicales combativas hasta movimientos campesinos organizados, el desarrollo de guerrillas de orientación socialista hasta la aparición de un ala progresista de la Iglesia Católica surgida luego del Concilio Vaticano II y su opción preferencial por los pobres, el rechazo a la guerra de Vietnam y el movimiento hippie llamando al pacifismo y el no-consumismo al Mayo Francés como fuente inspiradora de protestas, el auge de los procesos de liberación nacional en África al impetuoso avance de los movimientos feministas y de liberación sexual, la mística guevarista que va marcando esos años así como el auge de un espíritu contestatario y rebelde que se expande por doquier. Vale recordar que para los años 80 del siglo XX, al menos un 25 % de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas (Unión Soviética y el este europeo, China, Vietnam, Corea del Norte, Laos, Camboya, Cuba, Nicaragua, muchos países africanos de reciente liberación, etc.).
Ante todo esto, para el sistema capitalista dominante entendido como unidad global y monolítica, más allá de diferencias y pujas intercapitalistas, se prendieron las luces rojas de alarma. El llamado neoliberalismo fue la reacción a ese estado de cosas. Los Documentos de Santa Fe3 (elaborados por los más ultraderechistas tanques de pensamiento neoconservador estadounidenses) son el complemento político para América Latina de la arquitectura económica que fija el neoliberalismo. De hecho, la primera experiencia neoliberal como tal –en alguna medida: laboratorio para lo que vendrá después– tiene lugar en el medio de una sangrienta dictadura latinoamericana: el Chile del general Augusto Pinochet. A partir de ahí, el modelo se expande por innumerables países del Sur, para llegar luego a las naciones metropolitanas. Allí, Estados Unidos bajo la presidencia de Ronald Reagan y Gran Bretaña, dirigida por Margaret Tatcher, son los países que enarbolan el neoliberalismo como insignia triunfal, para impulsarlo a escala planetaria. Sus mentores intelectuales: los austríacos Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises (la llamada Escuela de Viena) y lo que luego se conocerá como la Escuela de Chicago, capitaneada por el estadounidense Milton Friedman y sus acólitos Chicago Boys, reflotan y llevan a un grado sumo los principios liberales del capitalismo inglés clásico.
En pocas palabras, este nuevo liberalismo se emparenta directamente con el viejo liberalismo dieciochesco y decimonónico de los padres de aquella economía política clásica burguesa, aquellos que inspiraron a Marx en su lectura crítica del capitalismo: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill: el acento está puesto en la entronización absoluta de la libertad de mercado, reduciendo drásticamente el papel del Estado a un mero mecanismo garante que asegura la renta de la empresa privada. El actual neoliberalismo y sus recetas de privatización de los principales servicios estatales, desarman el Estado de bienestar keynesiano surgido después de la Gran Depresión de 1930, teniendo como resultado dos elementos fundamentales: 1) el enriquecimiento exponencial de los grandes capitales en detrimento de toda la masa asalariada (trabajadores varios y sectores medios), y 2) el descabezamiento de toda protesta popular. Es elocuente al respecto lo expresado por la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, para resumir esta nueva perspectiva: “No hay alternativa”. Dicho de otro modo: “O capitalismo ¡o capitalismo! Eso no se discute”.
El instrumento desde donde se impulsaron esas nuevas políticas fueron los grandes organismos crediticios de Bretton Woods: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instancias financieras manejadas por los grandes capitales corporativos de unos pocos países centrales, Estados Unidos fundamentalmente. Desde ahí se fijaron las recetas neoliberales que prácticamente la casi totalidad de países del mundo debieron impulsar estas últimas décadas. Y por supuesto, no para beneficio de las grandes mayorías populares sino para provecho de esos pocos capitales transnacionales.
Las dos tareas mencionadas (acumulación de riquezas y freno de la protesta popular) se han venido cumpliendo a la perfección en estas últimas cuatro décadas. La acumulación de riquezas de los más acaudalados se llevó a niveles descomunales. A partir de ello, hoy día 500 corporaciones multinacionales globales manejan prácticamente la economía mundial, con fracturaciones que se miden por decenas o centenas de miles de millones de dólares (una sola empresa con más renta que el PIB total de muchos países del Sur), y el patrimonio de las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1000 millones de dólares –selecto grupo que cabe en un Boeing 747, en su gran mayoría de origen estadounidense– supera el ingreso anual combinado de naciones en las que vive el 45 % de la población mundial. En otros términos: la polarización económico-social se llevó a extremos que nunca antes había conocido el capitalismo, surgido con los ideales (perversamente engañosos) de “libertad, igualdad y fraternidad”. Esa acumulación fabulosa de riqueza se hizo sobre la base de un empobrecimiento mayúsculo de las grandes mayorías.
Ese fabuloso acrecentamiento de riquezas vino de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación que convirtieron el planeta en una verdadera aldea global, eliminando distancias y homogeneizando culturas, gustos y tendencias, aplastando tradiciones locales de un modo impiadoso. El internet fue su ícono por antonomasia. De ahí que, en muy buena medida como producto de una ilusión mediática que así lo presenta, esa nueva forma de capitalismo despiadado que se erigió contra el alza de las luchas populares de décadas anteriores, suele estar asociado a la mundialización o planetarización, a lo que hoy se llama globalización, y siempre de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Pero ese fenómeno no es nuevo. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido [por lo que ahora estamos presenciando]”, anunciaba Marx en 1858. En realidad, la globalización no comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989, como mal intencionadamente se arguye, cuando el “mundo libre” vence a la “tiranía comunista”, sino la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana avistó tierra desde la nave insignia de la expedición de Cristóbal Colón.
La otra faceta del neoliberalismo: la neutralización de todo tipo de protesta popular anti-sistémica, igualmente se llevó a cabo de modo perfecto. En América Latina los planes neoliberales se asentaron a partir de feroces dictaduras sangrientas que prepararon el terreno. Fueron gobiernos civiles, llamados “democracias”, las que profundizaron las recetas fondomonetaristas y privatistas (Carlos Menem en Argentina, por ejemplo, o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Carlos Salinas de Gortari en México, Collor de Melo en Brasil, Virgilio Barco en Colombia, Álvaro Arzú en Guatemala, etc.), sobre montañas de cadáveres y ríos de sangre que les antecedieron. En el llamado Primer Mundo, esas políticas se impusieron también a sangre y fuego, pero sin la necesidad de dictaduras militares previas. El resultado fue similar en todo el mundo: los sindicatos obreros fueron cooptados, la ideología conservadora fue imponiéndose, y toda forma de descontento y/o contestación fue reducida a “oprobiosa rémora de un pasado que no debía volver”. Desmoronado el bloque socialista (fenecida la revolución en la Unión Soviética y revertida la revolución hacia un confuso “socialismo de mercado” en la República Popular China), Cuba y Norcorea fueron prácticamente los únicos baluartes que permanecieron fieles al ideario socialista. Y así les fue. En Cuba, el capitalismo global le ajustó cuentas, haciéndole sufrir el penoso “período especial”, y en Corea del Norte se le llevó a un tremendo nivel de asfixia que forzó al gobierno coreano a emprender su militarización nuclear como único modo de sobrevivencia. Sin ningún lugar a dudas, estas nuevas políticas neoliberales (o capitalismo sin anestesia, para ser más explícito, sin el colchón que había generado el Estado socialdemócrata de las ideas keynesianas) desarmaron, desmovilizaron e hicieron retroceder toda protesta social. Conservar el puesto de trabajo (indignamente en muchos casos) pasó a ser lo único que se podía hacer. La protesta significa el desempleo, y ante el nuevo paisaje que crearon estas políticas, eso es equivalente casi a la muerte. En Latinoamérica los campos de concentración clandestinos, la desaparición forzada de personas y las torturas pavimentaron el camino para estos planes, de los que todos los trabajadores del mundo, Norte próspero y Sur mísero, siguen sufriendo hoy las consecuencias. Eso explica la pobreza y la precarización actual de Argentina (segundo país en Latinoamérica –30 000–, tras Guatemala –45 000–, en personas desparecidas previas a los planes neoliberales).
Estas recetas de entronización absoluta del libre mercado se complementan necesariamente con el achicamiento / desmantelamiento de los Estados nacionales: todas las empresas públicas son privatizadas, la inversión social se reduce a porcentajes ínfimos y la prédica constante, que termina por hacerse una verdad (“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad” enseñó Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi) hace del Estado un “paquidermo inservible, corrupto, disfuncional”. Esa ideología, esas prácticas concretas de ajuste estructural, las vemos recorriendo todo el mundo. En Argentina, como no podía ser de otro modo, también terminaron afianzándose, siendo la piedra angular de todos los gobiernos. Desde la implementación de los primeros planteos neoliberales en 1976, con Martínez de Hoz, pasando por todas las administraciones hasta la actual de Mauricio Macri (¡todas!, sin excepción), el neoliberalismo ha marcado el rumbo. Por eso –y no por ninguna otra cosa– el país presenta el estado calamitoso actual, con proliferación de “cirujas” y villas miseria, junto a ghettos ultra refinados para los que “se salvaron”.
El neoliberalismo, digámoslo claramente, es una expresión determinada del sistema capitalista, de ese modo de producción en un momento de su desarrollo histórico, con capitales monopolistas y transnacionalizados en su actual fase de imperialismo guerrerista. Ese sistema –nunca está de más recordarlo– se fundamenta en la explotación del trabajador a partir de la propiedad privada de los medios de producción, no importando la forma que ese trabajo asuma: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola –incluso si se trata de trabajadores estacionales–, productores intelectuales, trabajo hogareño no remunerado, habitualmente desarrollado por mujeres amas de casa. El corazón del problema está en la plusvalía, el trabajo no remunerado apropiado por los dueños de los medios de producción bajo la forma de renta, de ganancia, sean ellos industriales, terratenientes o banqueros. Ese es el verdadero problema a enfrentar.
Todo esto remite a la pregunta sobre cómo se estructura verdaderamente el sistema capitalista actual. Está claro que quien manda, quien pone las condiciones y fija las líneas a largo plazo, son estos capitales globales, financieros en muy buena medida, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta. Esos mega capitales realmente no tienen patria. Los Estados nacionales modernos conformados con el triunfo de la sociedad burguesa sobre el feudalismo medieval en Europa, y luego replicados en todas partes del orbe, ya no les son funcionales ni necesarios. El capitalismo globalizado actual no se maneja desde las casas de gobierno. La Casa Blanca, representación por antonomasia del poder mundial (con acceso a uno de los dos botones nucleares más poderosos del planeta) no es la que realmente decide por dónde van las estrategias. Extremando las cosas, el presidente de la primera potencia mundial es un operador de esos grandes capitales, donde el complejo militar-industrial juega un papel de primera importancia, así como las compañías petroleras. Si ese presidente de turno no le quiere escuchar a esas mega empresas, puede terminar con un balazo en la cabeza, como le pasó a John Kennedy. ¿A quién pertenece, por ejemplo, la empresa automotriz más grande del orbe actualmente, el gigante Daimler-Chrysler? A los accionistas, que pueden ser tanto estadounidenses como alemanes…, o de cualquier parte del mundo (¿quién sabe realmente la composición de esos capitales? ¿Podrán tener ahí acciones el Vaticano, o algún cartel de la droga? ¿Por qué no?) Los dueños del capital no tienen color de bandera: su único himno nacional es el billete de banco, que se tiñe de rojo (sangre) cuando alguien se les opone. El Plan Marshall posterior a la Segunda Guerra Mundial buscó justamente eso: internacionalizar los capitales para evitar nuevas confrontaciones bélicas entre los países centrales.
Hay tantas armas y tantas guerras en el mundo, en casi todos los casos impulsadas desde Washington, porque ese entramado industrial necesita realizar su plusvalía, no descender su tasa de ganancia. ¿Quién decide las guerras entonces: los gobiernos, o los poderes que le hablan al oído (dándole órdenes)? ¿Por qué el gobierno argentino compró recientemente con Macri en la presidencia 64 helicópteros de alta tecnología militar, 182 tanquetas y 36 aviones de guerra a proveedores estadounidenses, incluso modelos de cazas similares a los que ya se producen en el país? ¿Quién decide eso? ¿Se tomará la decisión en Buenos Aires? No parece posible.
Del mismo modo: existe una cantidad insufrible de vehículos automotores circulando por el globo impulsados por motores de combustión interna que necesitan derivados del petróleo; sabido es que a) se podrían reemplazar tantos vehículos particulares por transporte público de pasajeros para hacer más amigable la circulación y, fundamentalmente, b) se podría prescindir de los motores alimentados por sub-productos del oro negro reemplazándolos por otros menos contaminantes: agua, energía solar, electricidad. Todo ello, sin embargo, no pasa. ¿Quién lo decide: los gobiernos o las mega empresas productoras de petróleo y/o de vehículos? (que le hablan al oído y les dan órdenes a esas administraciones). Los ejemplos podrían multiplicarse bastante abundantemente. La salud de la población mundial se beneficiaría infinitamente más con atención primaria que con la profusión monumental de medicamentos que llegan al mercado; los ministros de salud lo saben. ¿Quién decide que eso así suceda: los gobiernos o las mega-empresas farmacéuticas? Con la producción de transgénicos se podría acabar con el hambre en el mundo; cualquier gobierno lo sabe, pero ello no sucede. ¿Quién decide eso? Y ni qué decir del capital financiero global: ¿son necesarios esos paraísos fiscales donde, a velocidad de la luz, se mueven cifras astronómicas de dinero virtual? ¿A quién beneficia eso? Obviamente, no a la población. Pero cuando quiebran esos gigantes, son los Estados (con fondos públicos, obviamente) los que los socorren, cosa que no sucede cuando los trabajadores pierden su empleo, por ejemplo.
Esos megacapitales, que cuando tienen traspiés son asistidos por ese mismo Estado que tanto critican desde su visión neoliberal (por ejemplo, el fabricante de vehículos General Motors, o la gran banca, como sucedió con el Bank of America, o el Citigroup, o el JP Morgan, todos en Estados Unidos, o el Lloyds Bank en Gran Bretaña, o el Deutsche Bank en Alemania), son los que conducen finalmente las políticas mundiales. Obviamente la humanidad no necesita ni tantas armas ni guerras, ni tantos medicamentos ni tantos automotores circulando, ni la infinita variedad de productos prescindibles que deben reciclarse de continuo; si eso se da generando el cambio climático –eufemismo moderado por no decir catástrofe medioambiental por la sobreexplotación de recursos–, y gobiernos como los de Washington o los de la Unión Europea lo avalan, es porque el complejo de mega-empresas globales lo imponen.
En esta nueva fase del capitalismo iniciada entre los 70 y 80 del siglo pasado, la globalización neoliberal encontró que es más fácil producir fuera de los países del Norte, trasladando su parque industrial al Sur, pues allí la mano de obra es mucho más barata y desorganizada, se pueden evitar impuestos y las regulaciones medioambientales son mucho más laxas o inexistentes. Es por eso que llegan call centers a la Argentina, no por otra cosa. Esa globalización de la producción para un mercado igualmente global (lo que ya entreveía Marx a mediados del siglo XIX), que tomó su forma acabada desde fines del siglo XX con tecnologías que eliminan distancias, llegó para quedarse. Sin dudas, a lo interno de los países metropolitanos (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), esa nueva recomposición del capital provocó severos daños a la clase trabajadora, aumentando en forma creciente su desocupación, lo que permitió recortar el precio de la mano de obra –congelamiento de salarios y de beneficios varios–. Eso es lo que produjo hace un par de años el notorio descontento de británicos y estadounidenses, que ante una elección determinada (el referéndum para ver si el Reino Unido de Gran Bretaña permanecía o no en la Unión Europea, la última elección presidencial en Estados Unidos ganada por Donald Trump) dijeron no a esas políticas. Pero eso en modo alguno significa que el neoliberalismo está en vías de extinción, como más de alguno triunfal (o irresponsablemente) ha anunciado o pretendido ver.
Neoliberalismo y lucha de clases
Las actuales políticas neoliberales impulsadas por los organismos crediticios internacionales y puestas en práctica mansamente por los distintos gobiernos nacionales (en Argentina también: todos los gobiernos, sin excepción, aunque en la era Kirchner se manipuló la ilusión que el país se desentendía de la deuda con los bancos mundiales), son responsables del empobrecimiento acelerado de la clase trabajadora y de la nueva arquitectura global que reduce Argentina a proveedor de materias primas. Dichas políticas, entonces, deben entenderse como una nueva expresión, corregida y aumentada, de la nunca jamás terminada lucha de clases, un elemento que intenta domesticar a la clase oprimida, doblegarla, ponerla de rodillas, en beneficio de la clase burguesa global, de esos megacapitales que manejan el mundo.
Si el discurso triunfal de la derecha intentó hacernos creer estos años que la lucha de clases había sido superada (¿?), el neoliberalismo mismo es una forma de negar eso, sin saberlo explícitamente. De Marx (con x) se nos dijo que pasábamos a marc’s: métodos alternativos de resolución de conflictos. ¿Qué “método alternativo” existe para “superar” la explotación? ¿La negociación? ¿Nos lo podremos creer? Se negocia algo, superficial, tolerable por el sistema (un aguinaldo, o dos, o cuatro), pero si el reclamo sube de tono (expropiación, reforma agraria), ahí están los campos de concentración, las picanas eléctricas, las fosas clandestinas. ¡No olvidarlo nunca! Quienes a veces lo olvidamos somos los que pertenecemos al campo popular, pues nos lo hacen olvidar con sobredosis de fútbol, o con las nuevas iglesias neopentecostales que invadieron Latinoamérica, y también Argentina. Pero la clase dominante no lo olvida ni por un instante. La lucha de clases sigue tan al rojo vivo como siempre. Si alguien tiene memoria histórica, es la clase dirigente (porque tiene mucho que perder. En el campo popular, perderemos nuestras cadenas. Y eso de vivir encadenados, mejor ni saberlo, según la ideología dominante).
Esta nueva cara del capitalismo, que dejó atrás de una vez el keynesianismo con su Estado benefactor, ahora polariza de un modo patético las diferencias sociales. Pero no solo acumula de un modo grotesco: sirve, además, para mantener el sistema de un modo más eficaz que con las peores armas, con la tortura o con la desaparición forzada de personas. El neoliberalismo golpea en el corazón mismo de la relación capital-trabajo, haciendo del trabajador un ser absolutamente indemne, precario, mucho más que en los albores del capitalismo, cuando la lucha sindical aún era verdadera y honesta. Se precarizaron las condiciones de trabajo a tal nivel de humillación que eso sirve mucho más que cualquier arma para maniatar a la clase trabajadora. Y los sindicatos pasaron a ser algo absolutamente inservible para la clase trabajadora, total –y vergonzosamente– cooptados por la ideología conservadora, transformándolos en entes burocráticos y desmovilizadores.
En ese sentido pueden entenderse las actuales políticas privatistas e hiper liberales (transformando al mercado en un nuevo dios) como el más eficiente antídoto contra la organización de los trabajadores. Ahora no se les reprime con cachiporras o con balas: se les niega la posibilidad de trabajar, se fragilizan y empobrecen sus condiciones de contratación. Eso desarma, desarticula e inmoviliza mucho más que un ejército de ocupación con armas de alta tecnología. Tan efectivo para acallar la protesta como el Ford Falcon verde es la precarización laboral.
Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa (atemorizando a la clase propietaria) era el comunismo, hoy, con las políticas ultraconservadoras inspiradas en Milton Friedman y Friedrich von Hayeck, ese fantasma aterroriza a la clase trabajadora, y es la desocupación.
De acuerdo a datos proporcionados a fines del 2016 por la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, nada sospechosa de marxista precisamente, 2000 millones de personas en el mundo (es decir: dos tercios del total de trabajadores de todo el planeta) carecen de contrato laboral, no tienen ninguna ley de protección social, no se les permite estar sindicalizados y trabajan en las más terribles condiciones laborales, sujetos a todo tipo de vejámenes. Eso, valga aclararlo, rige para una cantidad enorme de trabajadores y trabajadoras, desde un obrero agrícola estacional hasta un profesor universitario (aunque se le llame “Licenciado” o “Doctor”), desde el personal doméstico a un consultor de la Organización de Naciones Unidas. La precariedad laboral barre el planeta. Argentina, por cierto, no escapa a las generales de la ley. Tener un título universitario no es garantía de absolutamente nada (por eso, patéticamente, para muchos jóvenes la única salida del país sigue siendo Ezeiza…).
Junto a lo anterior, 200 millones de personas a lo largo del mundo no tienen trabajo, siendo los jóvenes los más golpeados en esto. Para muy buena cantidad de desocupados, jóvenes en particular, marchar hacia el “sueño dorado” de algún presunto paraíso (Estados Unidos para los latinoamericanos, Europa para los africanos, Japón o Australia para muchos asiáticos o provenientes de Oceanía) es la única salida, que muchas veces termina transformándose en una trampa mortal.
La precarización que permitieron las políticas neoliberales fue haciendo de la seguridad social un vago recuerdo del pasado. De ahí que 75 % de los trabajadores de todo el planeta tiene una escasa o mala cobertura en leyes laborales (seguros de salud, fondo de pensión, servicios de maternidad, seguro por incapacidad o desempleo.), y un 50 % carece absolutamente de ella. Muchos (quizá la mayoría) de quienes estén leyendo este texto, seguramente sufrirán todo esto en carne propia. En Argentina, como en cualquier parte del globo, todo esto es hoy una cruda realidad, quizá con el agravante (psicológico en muy buena medida) de sentirse derrotada, pues habiendo tenido cotas de alto desarrollo socio-económico, la población sufre hoy lo que no había conocido nunca, siendo algo común desde siempre en los países vecinos de América Latina.Caer desde las alturas es, en todos los casos, más traumático que haber vivido siempre en el llano4.
Si se tiene un trabajo, la lógica dominante impone cuidarlo como el bien más preciado: no discutir, soportar cualquier condición por más ultrajante que sea, aguantar… Si uno pasa a la lista de desocupados, sobreviene el drama.
Complementando estas infames lacras que han posibilitado los planes neoliberales, desarmando sindicatos y desmovilizando la protesta, informa también la OIT que 168 millones de niños trabajan, mientras que alrededor de 30 millones de personas en el mundo (niños y adultos) laboran en condiciones de franca y abierta esclavitud (¡la que se abolió con la democracia moderna!, según nos enseñaron…).Argentina no tenía décadas atrás niños de la calle; hoy sí (mientras sigue siendo Cuba el único país en Latinoamérica que no los tiene. ¿Fracaso del socialismo?).
La situación de las mujeres trabadoras (cualquiera de ellas: rurales, urbanas, manufactureras, campesinas, profesionales, sexuales, etc.) es peor aún que la de los varones, porque además de sufrir todas estas injusticias se ven condenadas, cultura machista-patriarcal mediante, a desarrollar el trabajo doméstico, no remunerado y sin ninguna prestación social, faena que, en general, no realizan los varones. Trabajo no pagado que es fundamental para el mantenimiento del sistema en su conjunto, por lo que la explotación de las mujeres que trabajan fuera de su casa devengando salario, es doble: en el espacio público y en el doméstico.
Este retrato desolador de la situación laboral mundial muestra cuan inmenso es el déficit de trabajo decente”, manifiesta la OIT, exigiendo entonces una apuesta “decidida e innovadora” a los diferentes gobiernos para hacer poder llegar a cumplir los llamados “Objetivos de Desarrollo Sostenibleimpulsados por el Sistema de Naciones Unidas para el período 2015-2030.
Lamentablemente, más allá de las buenas intenciones de una agencia de la ONU, los cambios no vendrán por “decididos e innovadores” gobiernos que se apeguen a bienintencionadas recomendaciones. Eso muestra que la lucha de clases, que sigue siendo el imperecedero motor de la historia, continúa tan al rojo vivo como siempre. Que el neoliberalismo sea un intento de enfriar esa situación, es una cosa. Que lo consiga, una muy otra. Pero debe quedar claro que los capitalismos son siempre eso: capitalismos, no importando si asumen el mote de “neoliberal”, “fascista”, con “rostro humano” o “serio” (como pretendía la anterior mandataria argentina, Cristina Fernández). Los planes asistenciales no pueden dejar de ser sino eso: planes asistenciales que no tocan el corazón del problema; ayudan, pero no resuelven de fondo.
El capitalismo, en cualquiera de sus versiones, sigue siendo lo que ya dejaba ver hace 200 años: un sistema basado en el lucro privado empresarial a cualquier costo. No hay capitalismo “bueno” y capitalismo “malo”, capitalismo “serio” versus capitalismo “no serio”. Es una falacia pensar que el enemigo a vencer es el actual neoliberalismo, ese supuesto “malo de la película”. ¿Acaso un capitalismo “serio” –como pretendía la presidenta Cristina Fernández– es la salida de la actual postración? Sin dudas, una agenda ultra neoliberal como la actual de Mauricio Macri complica más aún las cosas para la clase trabajadora; pero el problema de fondo sigue inalterable. Por último, queda claro que un cambio real en las estructuras sociales y en las relaciones de poder no puede venir desde las casas de gobierno, de arriba hacia abajo: se logra solo con la real y efectiva lucha popular, con la gente movilizada, con la bronca desatada de la población y una conducción revolucionaria. Si no, no se pasa de las buenas intenciones.
De lo que se trata es de revisar las bases sobre las que funcionan las sociedades. Y Argentina, más allá de las luchas político-partidistas cotidianas con las que nos podemos distraer (peronismo-antiperonismo) viendo por televisión, al igual que todos los países de Latinoamérica, salvo Cuba, es un engranaje de ese sistema-mundo capitalista que se decide desde Wall Street, o desde Londres, desde alguna Bolsa de Valores o desde algún lujoso pent-house blindado. Las tibias propuestas socialdemócratas / reformistas que se han visto por Latinoamérica estos últimos años, si bien intentaron ser una suerte de alternativa ante los planes liberales, no alcanzaron a torcer ese rumbo. La prueba está en cómo terminaron, o hacia dónde se encaminan: ya no ocupan casas de gobierno, o sus representantes están presos, o defenestrados. O, muy probablemente, camino de serlo. ¿Por qué ninguno de los gobiernos llamados progresistas de estos últimos años en América Latina pudo realmente afianzar modelos de desarrollo con justicia social y profundizar esas “revoluciones”? (Venezuela está semi aplastada, sin salir del rentismo petrolero y sin poder profundizar su “Socialismo del siglo XXI”, Brasil y Argentina son ahora gobernados por administraciones ultraliberales alineadas completamente a Washington, Chile y Uruguay siguen con sus planes de capitalismo neoliberal, Nicaragua es impresentable con una nueva burguesía sandinista traidora a sus ideales revolucionarios de otrora, Ecuador revirtió su proceso popular, siendo quizá Bolivia el único país que, con Evo Morales a la cabeza, sigue enfrentándose al imperio con planteos de algún modo antisistémicos). ¿Por qué esta caída? Porque en ninguno de ellos hubo planteos de cambio anticapitalistas reales, y finalizados los ciclos de bonanza en el precio de los productos primarios que estos países exportan, ya no hubo con qué mantener los planes asistenciales. Que hoy día la coyuntura internacional haga muy difícil impulsar cambios revolucionarios como en décadas pasadas, con Estados Unidos envalentonado y recuperando algún terreno perdido en Latinoamérica, es otra cosa. Esta actual derechización (Macri en Argentina, así como Temer en Brasil, Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, etc.) que sigue al auge de los reformismos de la década anterior debe hacer ver que los ideales de cambio o se plantean claramente, o si no es altamente posible que terminen mal, tal como vemos que está pasando en Latinoamérica con este resurgir de la derecha más visceral.
Los cambios, queda claro, los cambios profundos y estructurales no se hacen desde las casas presidenciales. Se hacen en la lucha popular, con la movilización de grandes mayorías, y no por redes sociales digitales. Líderes carismáticos y con gran imagen mediática son importantes…, pero no hacen una revolución. “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, expresó alguna vez Ernesto Guevara.
Lo que tuvimos en Latinoamérica estos años (PT en Brasil, matrimonio Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, el proceso boliviano) fueron importantes movimientos de inconformidad con discursos nacionalistas/antiimperialistas, pero de momento no pasaron de ahí. Lo de Argentina es palmariamente evidente. ¿Por qué, si no, seguiría un personaje como Mauricio Macri en la Casa Rodada? Y a ese presidente… ¡lo eligieron los mismos argentinos!
Hoy día, hablar de lucha de clases, de socialismo, de revolución, parecieran cosas de un pasado remoto, condenado a los museos. Quizá nos ilusionamos cuando se comenzó a hablar de un renovado “Socialismo del siglo XXI”, pero la promesa se quedó en el arranque. Hay cierta tendencia a ver como el “monstruo a vencer” a esa forma especial de capitalismo sin anestesia que es el neoliberalismo. De todos modos, la situación es más compleja. Si algo hay que cambiar, es la estructura de base; la contradicción que pone en marcha el sistema, que lo hace funcionar: capital-trabajo asalariado. La contradicción peronismo-antiperonismo, tan arraigada en la historia argentina, es circunstancial, anecdótica. Pasaron administraciones peronistas y no peronistas, pero lo que cuenta es que un tercio de la población sigue en estado de pobreza, con “cartoneros” y barras bravas haciendo parte de la normalidad aceptada, con countries hiper lujosos sobre un mar de exclusión. Eso tampoco es “culpa” del peronismo o de los antiperonistas: ¡es el sistema! Si no se ve así, jamás estaremos en condiciones de entender el fenómeno, y mucho menos, de transformarlo. Carlos Menem, ahora considerado “El innombrable” por muchos de los argentinos que hace algunos años atrás lo eligieron en las urnas, era peronista… y fue el más neoliberal de los presidentes en toda Latinoamérica. La cuestión no pasa por partidos políticos tradicionales o figuras carismáticas: es asunto estructural. Eso no se arregla en las urnas.
El marxismo, expresión de esas contradicciones fundantes del sistema, al que se lo quiso dar por “superado” en reiteradas ocasiones, no ha muerto porque ¡las luchas de clase no han muerto! “Curioso cadáver el del marxismo, que necesita ser enterrado periódicamente”, dijo Néstor Kohan.Si tan muerto estuviera, no habría necesidad de andar matándolo continuamente. Esta avanzada fenomenal del capital sobre las fuerzas del trabajo nos lo deja ver de modo evidente. A los cadáveres reales se les sepulta una sola vez… “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” (frase apócrifa erróneamente atribuida a José Zorrila) pareciera que aplica aquí. ¡Por supuesto! Si el marxismo es la expresión de lucha de las clases explotadas, eso de ningún modo “pasó de moda”.
Como dijera este decimonónico pensador alemán cuya obra se declaró muerta innúmeras veces, pero que parece renacer siempre: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. El neoliberalismo, que llegó a Argentina de la mano de Martínez de Hoz y una feroz dictadura asesina y fue continuado por todas las administraciones posteriores, es una expresión –despiadada, sin dudas– de esa sociedad existente. ¿Nos atrevemos a establecer una nueva? ¿Cuándo empezamos?
1Comunicación personal escuchada en una reunión en Guatemala, en 2003.
2No miren lo que digo sino lo que hago”, dijo Néstor Kirchner en una conferencia con empresarios españoles. ¿Doble discurso de un supuesto “revolucionario montonero”?
3Cuatro documentos surgidos entre 1980 y el 2000, que toman su nombre del Grupo de Santa Fe (en referencia a la capital del estado de Nuevo México, Estados Unidos), redactados por pensadores de derecha y la Heritage Foundation. Como ejemplo –uno entre tantos– de su significado histórico: en el Documento Santa Fe II se establece la avanzada de los nuevos cultos evangélicos para controlar la propuesta de izquierda de la Teología de la Liberación que en ese entonces crecía por Latinoamérica.
4¿Cómo se suicida un argentino?, pregunta un inmisericorde chiste: subiendo a lo alto de su ego y dejándose caer.