Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de enero de 2022

Con el Fondo nos vamos al fondo (de la historia)

 tomado de:

lahaine.org
lahaine.org

Este pasado viernes el Presidente Fernández anunció el Acuerdo (“Entendimiento” para el FMI) por el cual fijó la voluntad de su gobierno de prorrogar el pago de las deudas contraídas por Macri, asumiendo una serie de compromisos con ese organismo financiero internacional, donde la voz cantante la tienen los EEUU.
Desde nuestra incorporación al FMI en 1956, es el Acuerdo número 22, en todos ellos hay compromisos mutuos de “sentar las bases para un desarrollo sostenido”.
En los 21 Acuerdos anteriores ello no se cumplió. Se nos ocurre una pregunta inquietante: Si hasta ahora nunca se logró ¿Por qué se lograría con este Acuerdo? ¿Será porque ahora gobierna el “abuelito peronista” Joe Biden (cómo piensan algunos funcionarios) o porque el FMI se “abuenó”? Nosotros tenemos otra respuesta más cruda, sencilla y lógica: Tratan de encontrar justificación a lo que hicieron, una nueva infamia y traición a la Patria.

LA DEUDA ODIOSA ES ILEGÍTIMA, ILEGAL Y FRAUDULENTA

El movimiento popular siempre cuestionó la deuda externa, particularmente la tomada a partir del Golpe de Estado de 1976. Fue ésta la que motivó una sentencia del Juez Federal Jorge Ballesteros, calificándola de ilegítima, ilegal y fraudulenta, remitiéndola al Parlamento para que tome las medidas del caso. Esta institución del Estado lo que hizo fue cuidar escrupulosamente los intereses enemigos asegurando que nada se investigue, que todo se pague y que a nadie se sancione.
Con motivo del “argentinazo” del 19 y 20 de diciembre 2001, asumió Adolfo Rodríguez Saa y anunció ante la Asamblea Legislativa la suspensión de la deuda hasta que fuera investigada. Un par de días después aquel Presidente fue abandonado por su partido y colegas, acorralado por las fuerzas del poder económico renunció. Para los enemigos del pueblo…las cosas volvieron donde debían estar.
Pasaron los años, acuerdos, pagos, quitas, canjes y otros mecanismos fueron los instrumentos de sucesivos fracasos y de nuestra progresiva y creciente decadencia.
Macri dio un salto en la relación recibiendo un “préstamo” por 57 mil millones de dólares de los cuales llegaron 44 mil millones que ahora están en el debate. Ese “préstamo” además de violar nuestras leyes, fue efectuado en contra de propias disposiciones del FMI. Los pagos ya efectuados y este Acuerdo vienen a reafirmar esta estafa, que tiene responsables con nombre y apellido, allí están los que lo contrajeron y los que ahora lo convalidan, por encima de sus insuperables nulidades.

ALGUNOS COMPROMISOS ASUMIDOS

Sin conocer todavía la letra chica de este acuerdo y con algunos trazos gruesos de los compromisos asumidos podemos hacernos una idea del rumbo que ha decidido el elenco gobernante.
Un control de la emisión monetaria deja al Banco Central prácticamente intervenido; el gasto público estará sujeto a controles trimestrales; los aumentos salariales y la jubilaciones deberán respetar las metas fiscales; el achicamiento de la brecha cambiaria para que no supere el 30% abre el camino a la devaluación; demanda la eliminación del déficit fiscal en tres años; exige la continuidad del pago a los bancos de las Leliqs y otros instrumentos financieros, con tasas superiores a la inflación, lo que asegura las ganancias bancarias, las mismas que Alberto aseguró reducir para aumentar a los jubilados: Mentirosos!

CONSECUENCIAS DEL ACUERDO

Luego de un breve período de respiro, la economía del país quedará embretada en las tradicionales “condicionalidades” que impone el FMI. Ellas consolidarán nuestra sumisión, el estancamiento de la Nación y la pobreza del pueblo.
Nuestros bienes comunes, conocidos como recursos naturales, son la garantía del cumplimiento de la deuda, porque allí se “generan los dólares” que necesita el gobierno para pagar.
El saqueo extractivista y el atentado a la ecología social son la consecuencia directa e inmediata de este Acuerdo.

Las consecuencias políticas de este Acuerdo se harán sentir. Este acuerdo, como tantos otros, será incumplido a poco de andar. Más allá de algunas ventajas transitorias, el Programa surgido del tutelaje del FMI correrá la misma suerte que los anteriores.
Ignorando nuestra larga historia al respecto, sus efectos recaerán sobre las espaldas de nuestro pueblo y marcan el destino del actual gobierno.
El acuerdo de los “blandos” encabezados por el Presidente está acompañado por los “duros” que se referencian en la Vicepresidenta y la mayor parte de la oposición parlamentaria. Sus diferencias y las “grietas” no alcanzan a estos temas realmente importantes.
Los sindicatos y organizaciones sociales oficialistas corren el riesgo de hipotecar su futuro apoyando este acuerdo.

NUESTRA RESPUESTA: LA UNIDAD Y SUS BANDERAS

El oficialismo, la oposición partidocrática, las fuerzas económicas del poder y la prensa al servicio de estos sectores se han constituido en el PARTIDO UNICO DE LA DEUDA.
El Partido de gobierno, el sindicalismo y las organizaciones sociales que lo apoyan deben saber que quedarán marcados a fuego como los grandes responsables de haber intentado el saneamiento de una deuda odiosa y de un pago ilegal. Sobre ellos recaerá el peso histórico de esta entrega. A la probada complicidad de los legisladores le queda la oportunidad histórica de no convalidar con su voto la aprobación esta vergonzosa sumisión.
A los históricos enemigos del pueblo, solo les decimos que reflexionen sobre esta conducta que –de confirmarse- adelanta malos y peligrosos tiempos para toda la Patria.

Frente a ellos debe alzarse la máxima unidad popular posible. Que no nos corran con que Macri puede volver. Macri ya volvió, está en este acuerdo.
La deuda y este Acuerdo son el instrumento para endeudarnos, dominarnos y quedarse con nuestros bienes, por varias décadas.
La unidad necesaria tiene a la Autoconvocatoria como el lugar donde reunir todas las fuerzas en un Frente contra el FMI y el extractivismo.

¡Fuera el FMI!
La deuda es con los pueblos y la naturaleza

martes, 23 de marzo de 2021

La Comuna de París y las mujeres revolucionarias

 Tomado de:

 
lahaine.org

A un siglo y medio de la Comuna de Paris, es muy oportuno destacar la participación de las mujeres revolucionarias

Denominadas peyorativamente por las fuerzas reaccionarias y aristocrático-burguesas 'les pétroleuses', o sea, las incendiarias.

La presencia y la participación femenina en las luchas políticas y revolucionarias en Francia y en otros países es una constante, incluso, el símbolo de la República francesa está representado por una mujer.

Hasta hace algunas décadas la intervención femenina en las luchas políticas revolucionarias no era motivo de estudio, pese a su destacada participación en los principales acontecimientos de nuestra historia, principalmente a partir de la historia moderna. Ellas Estuvieron presentes, aunque relegadas y marginadas. Esta realidad está siendo cambiada en las últimas décadas por el esfuerzo destacado de las feministas, que osan investigar y comprobar que las mujeres, cerca de un 50% -posiblemente con pequeñas diferencias en uno u otro periodo- de la población en toda la historia de la humanidad, han estado participando de los hechos históricos. Esto atañe sobre todo a las mujeres trabajadoras, que desafiando las ideas preconcebidas y los límites culturales -incluso en contra de los hombres revolucionarios-, conquistaron sus derechos, no solamente como parte integrante de la parcela social mayoritaria, explotada y oprimida, sino también derechos específicos en cuanto mujeres, o como actualmente se definen, sus derechos de género.

En todas las revoluciones burguesas y proletarias de los siglos XVIII, XIX y XX, "las mujeres con estudios utilizaron las oportunidades que se les ofrecieron de plantear demandas sociales, económicas y políticas radicales, sobre todo aquellas destinadas a transformar el lugar que ocupan las mujeres en la familia y la economía, en concreto mediante la exigencia de derechos e igualdad legales. Sin embargo, las mujeres de la clase baja también participaron, sobre todo cuando los problemas económicos amenazaban su nivel de vida y el de sus familias. Con frecuencia estas mujeres conectaron estas cuestiones con las luchas por el poder y los cambios políticos radicales que tenían lugar e hicieron pleno uso de la oportunidad de presionar a favor de reformas legales y constitucionales. (...) Sin embargo, en líneas generales, los hombres revolucionarios no parece que hayan tenido muy en cuenta los derechos de la mujer. Además, las mujeres rara vez han ido más allá de apoyar o actuar a través de sus hombres. De hecho, muchos hombres temían al parecer que las mujeres participasen en actividades políticas. Como consecuencia, los políticos e historiadores varones han ignorado a las mujeres revolucionarias o las han pintado como amazonas y fieras, mientras que muchos hombres radicales se han mostrado a veces poco dispuestos a respaldar los derechos de la mujer, por si acaso parecían unos insensatos a los ojos de los demás hombres." (TODD, 2000: 128).

Las mujeres en la revolución de 1789

Ya en el año de 1789 y posteriores, las mujeres participan de forma destacada en las luchas revolucionarias. Como uno de los sectores más sensibles a las consecuencias de las crisis, asumen un papel señalado en las movilizaciones contra la escasez, el hambre y la irregularidad en el abastecimiento, mas no se quedan solamente en este frente: empiezan a asumir la lucha y a hacer reivindicaciones políticas de forma cada vez más destacada. Crean asociaciones destinadas a exigir la defensa de los derechos de las mujeres, como por ejemplo la Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias (SMRR), fundada en febrero de 1793, por Claire Lacombe y Pauline Léon, responsable de diversas conquistas revolucionario-populares. Algunas feministas consiguen destacarse en la defensa de sus derechos y por colocar sus reivindicaciones como parte de las plataformas políticas.

De entre éstas se destacan Marie-Jeanne Roland, conocida como "Manon" Roland, discípula de Rousseau y célebre como la philosophe republicana; la holandesa Etta Palm d´Aelders; Olympe de Gouges, que redactó una Declaración de Derechos de la Mujer; Tréroigne de Méricourt, que se destacó en el grupo Amigos de la Constitución en 1790. Se debe apuntar que la participación de las mujeres en este momento es identificada, por su propio carácter y por el contenido de clases, con la perspectiva burguesa, no incluyendo en sus reivindicaciones el contenido social y igualitario, que sólo surgirá posteriormente.

Las mujeres en la Primavera de los Pueblos, en 1848

En general, la participación femenina en las revoluciones de 1848, durante la primavera de los pueblos, manifiesta un contenido algo distinto de la fase anterior, ya que es destacada la presencia de las trabajadoras y la aparición de las ideas socialistas y comunistas, que defienden la igualdad para las mujeres y la asocian con la emancipación de clase, con la superación del orden existente.

Al igual que en otros momentos revolucionarios, en la Revolución de 1848, en Francia, París destaca como la localidad donde sucedieron el mayor número de manifestaciones proletarias y donde las mujeres participaron más activamente, incluso de forma independiente, tanto en la organización de huelgas y asociaciones gremiales, como reivindicando que el Plan Nacional de Talleres no fuera excluyente para las mujeres y restringido a aminorar sólo las consecuencias del paro masculino. Incluso consiguen que representantes de los gremios de mujeres formen parte de la Comisión Luxemburgo, responsable de analizar y presentar al gobierno provisional, sugerencias relativas a las condiciones de los trabajadores y a sus salarios.

Entre las organizaciones especificas fundadas en este periodo destaca las Vésuviennes, que, en su lucha por las reivindicaciones femeninas, organizaba grupos de mujeres para entrenamientos de contenido militar. El Club para la Emancipación de las Mujeres, la Unión de las Mujeres y la Asociación Fraternal de Demócratas de Ambos os Sexos reivindicaban la igualdad de derechos para las mujeres, el derecho al divorcio y al voto. Se sabe también que muchas mujeres asistieron a las reuniones de la Sociedad Republicana Central dirigida por Blanqui y que, en algunas ciudades de las provincias, surgieron clubes femeninos (TODD, 2000: 135).

"Los defensores de los derechos de la mujer también imprimieron miles de carteles, boletines y proclamas, además de fundar revistas y periódicos, el más importante de los cuales, La Voix des Femmes (La Voz de las Mujeres), abogaba por el divorcio y las guarderías infantiles para las mujeres trabajadoras. Fuera de París, sus esfuerzos tendían a limitarse a exhortar a sus maridos para que pasaran a la acción(...) sin embargo, a medida que el proceso de politización característico de las revoluciones de 1848 se extendía, la participación política de las mujeres tendía a aumentar. Algunas lucharon en las barricadas durante la revolución de febrero, pero fueron muchas más las que participaron en la enconada lucha callejera de junio de 1848. Las mujeres de París lucharon con tanta fiereza como los hombres y constituyeron un pequeño porcentaje del total de muertos, heridos o arrestados. Aunque algunas se limitaron a cargar y limpiar las armas, otras dirigieron grupos de combate integrados sólo por hombres. La actividad política de las mujeres se restringió después de que se reprimiera el levantamiento de los "días de junio", pero muchas habían aumentado su conciencia social y política." (TODD, 2000: 135).

Muchas de las activistas femeninas, o mejor, feministas, lucharon no sólo en los acontecimientos de la Revolución de 1848 en Francia, sino que tuvieron un papel político importante en las luchas feministas posteriores, de entre las cuales se destacan: Eugénie Niboyet, responsable de la publicación del periódico parisino Voz de las Mujeres, dedicado a la defensa de los derechos específicos de las mujeres; Jeanne Déroin, fundadora del Club para la Emancipación de las Mujeres; Joséphine Courbois, conocida como la reina de las barricadas, por su actuación destacada en las barricadas en Lyón, y posteriormente en 1871, continuando a su militancia, por su lucha en las barricadas de la Comuna de Paris; Amadine Lucile Aurore Dudevant, conocida como George Sand, intelectual y escritora conocida por sus ideas republicanas y revolucionarias.

En otros países de Europa, la presencia y participación femenina en las luchas revolucionarias de 1848 no alcanzaron el nivel y la intensidad que tuvieron en Francia.

En el Imperio Austro-Húngaro, en Viena y Praga, las mujeres, aunque no haya quedado constancia de que presentaran reivindicaciones especificas, se reunían para tratar de asuntos políticos y publicar periódicos. Hay constancia de que en Praga, en junio de 1848, participaron en las luchas, y en Viena, en octubre, colaboraron en la construcción de barricadas. En Hungría se llegaron a formar dos regimientos femeninos y algunas mujeres, disfrazadas de hombres, se alistaron en las tropas, dándose incluso el caso de dos que alcanzaron el puesto de capitán antes de ser descubiertas. La existencia de organizaciones femeninas se restringe prácticamente a Praga y Viena, dedicándose a apoyar los refugiados políticos e insurgentes encarcelados. El Club de las Mujeres Eslavas, organizado en Praga, se dedicaba a la educación de las mujeres en su lengua patria.

En los Estados Alemanes, en la ciudad textil de Elberfeld, las mujeres participaron en el 31 de marzo de 1848 en una manifestación de apoyo a los trabajadores y a favor de la unificación de Alemania, proponiendo que se usasen solamente ropas confeccionadas en el país. En otras localidades y eventos la participación se limitó a actividades de apoyo. Los hombres en sus clubes políticos, incluidos los burgueses radicales, con excepción de los socialistas y comunistas, no permitían la participación femenina. En Berlín, el pequeño Congreso de Trabajadores, que congregaba treinta y una (31) organizaciones, apoyaba la reivindicación de igualdad para las mujeres, e igualmente tenemos constancia de la existencia del Club Democrático de Mujeres. Entre las mujeres se destacan las feministas Matilde Franziska Anneke y Luise Otto-Peters, responsables de la publicación de periódicos.

En los Estados Italianos antes de 1848, pese sus ideas nacionalistas y liberales, la participación de las mujeres se limitó, salvo algunas pocas excepciones, a apoyar las actividades revolucionarias de los hombres. En general, las mujeres italianas, en este período, no fueron más allá del apoyo a sus esposos y familiares. En los Estados Italianos destacó la brasileña Anita Garibaldi, considerada la verdadera heroína italiana, por su participación al lado de Garibaldi, su esposo, en las luchas por la unificación de Italia.

Las mujeres en la Comuna de París de 1871

Pero, de todas esas luchas revolucionarias en las que las mujeres tuvieron participación, sobresalen las de la Comuna de Paris, tanto por su contenido político como por su número e intensidad.

En 1871, pese a la participación de las mujeres en las jornadas revolucionarias durante casi un siglo de lucha de clases, los trabajadores sufrían unas precarias condiciones de vida y las trabajadoras sufrían una doble explotación y discriminación: como mujeres y como trabajadoras, careciendo además del derecho al voto, permitido a los hombres. Un ejemplo de las discriminaciones a las que estaban sometidas las mujeres aparece en el código civil francés. Éste, modelo de código civil burgués, y seguido en distintos países, "fue uno de los documentos más reaccionarios en lo que respecta a la cuestión de la mujer. La despojaba de todo y cualquier derecho, sometiéndola enteramente al padre o al marido, no reconocía la unión de hecho y sólo reconocía a los hijos del casamiento oficial." (MARTINS, 1991: 47-48). Para muchas mujeres, la Comuna se presenta no sólo como una posibilidad de conquistar una Republica social, sino de conquistar una Republica social con igualdad de derechos para las mujeres.

El 18 de marzo de 1871, considerado el día del deflagrar de la Comuna, fueron las mujeres las primeras en dar la alarma y revelar la intención de las tropas al mando del gobierno de Thiers de retirar los cañones de las colinas de Montmartre y desarmar París. Las mujeres se pusieron delante de las tropas gubernamentales e impidieron con sus cuerpos que los cañones fueran retirados, e incitaron la reacción del proletariado y de la Guardia Nacional a la defensa de París.

"En concreto, las mujeres trabajaron en fábricas de armas y municiones, hicieron uniformes y dotaron de personal a los hospitales improvisados, además de ayudar a construir barricadas. A muchas se las destinó a los batallones de la Guardia Nacional como cantinières, donde se encargaban de proporcionar alimentos y bebida a los soldados de las barricadas, además de los primeros auxilios básicos. En teoría, eran cuatro las cantinières destinadas a cada batallón, pero en la práctica solían ser muchas más. Por otra parte, abundantes datos muestran que muchas mujeres recogieron las armas de hombres muertos o heridos y lucharon con gran determinación y valentía. También hubo un batallón compuesto por 120 mujeres de la Guardia Nacional que luchó con valentía en las barricadas durante la última semana de la Comuna. Obligadas a retirarse de la barricada de la Place Blanche, se trasladaron a la Place Pigalle y lucharon hasta que las rodearon. Algunas escaparon al Boulevard Magenta, donde todas murieron en la lucha final." (TODD, 2000: 140).

Las actividades desarrolladas por las mujeres englobaban una serie de funciones, destacándose aquellas destinadas a la asistencia a los heridos y enfermos, a la educación en general y el abastecimiento. Aunque no existió la organización de movimientos feministas como los conocemos hoy, y no fue elaborado un programa sólo con reivindicaciones especificas, las revolucionarias crearon cooperativas de trabajadores y sindicatos específicos para las mujeres. Participaron activamente de clubes políticos, reivindicando la igualdad de derechos, como por ejemplo el Club de los Proletarios y el Club de los Librepensadores. Crearon organizaciones propias como el Comité de Mujeres para la Vigilancia, el Club de la Revolución Social, el Club de la Revolución y la que consiguió destacarse de la otras, la Unión de Mujeres para la Defensa de París y la Ayuda a los Heridos, fundada por miembros de la Internacional, influidos por las ideas de Marx. Se publicaron periódicos destinados a las mujeres: Le Journal des Citoyennes de la Comuna (Periódico de los Ciudadanos de la Comuna) y La Sociale (La Sociedad).

Las revolucionarias en la Comuna adquirieron importancia no sólo como luchadoras de las causas sociales, sino como feministas, pertenecientes a la clase obrera o a los sectores radicales de los sectores medios, identificadas con las luchas por la conquista de una Republica social con igualdad de derechos. Entre las mujeres en este período, la más conocida fue la activista socialista Louise Michel, fundadora de la y Unión de Mujeres para la Defensa de París de apoyo a los Heridos y miembro de la I Internacional. También destacan: Elizabeth Dmitrieff, militante socialista y feminista; André Léo responsable de la publicación del periódico La Sociale; Beatriz Excoffon, Sophie Poirier y Anna Jaclard, militantes del Comité de Mujeres para la Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandó un batallón de mujeres; Adélaide Valentin, que llegó al puesto de coronel, y Louise Neckebecker, capitán de compañía; Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif y Blanche Lefebvre, fundadoras de la Unión de Mujeres, siendo la última ejecutada multitudinariamente por las tropas reaccionarias, y Joséphine Courbois, que luchó en 1848 en las barricadas de Lyón, donde era conocida como la reina de las barricadas. Se debe citar aún a Jeanne Hachette, Victorine Louvert, Marguerite Lachaise, Josephine Marchais, Leontine Suétens y Natalie Lemel.

Después de la derrota militar de la Comuna de Paris de 1871, las fuerzas conservadoras y reaccionarias, ante la imposibilidad de eliminar este ejemplo heroico que demuestra la posibilidad de destrucción del orden burgués, difundieron una gran campaña de calumnias contra el proletariado, los socialistas, comunistas y en particular contra la I Internacional.

"Algunas fuentes hacen referencia a las incendiarias, les pétroleuses, que prendieron fuego a edificios públicos durante la Semaine Sanglante final de la Comuna. Estas historias parecen ser fruto del alarmismo antifeminista de inspiración gubernamental, y la mayoría de los corresponsales extranjeros presentes no las creían. No obstante, las tropas gubernamentales ejecutaron de manera sumaria a cientos de mujeres, e incluso se las apaleó hasta morir, porque eran sospechosas de ser pétroleuses. Con todo, a a pesar del hecho de que más tarde se acusó a muchas más mujeres de ser incendiarias, los consejos de guerra no hallaron a ninguna culpable de ese delito. Sin embargo, hay pruebas que indican que, durante los últimos días, las mujeres aguantaron más tiempo tras las barricadas que los hombres. En total, se sometió a 1.051 mujeres a consejos de guerra, realizados entre agosto de 1871 y enero de 1873: a ocho se las sentenció a muerte, a nueve a trabajo forzados y a 36 a su deportación a colonias penitenciarias." (TODD, 2000: 140-141).

La Comuna de Paris y la destacada participación femenina en actividades consideradas hasta entonces como masculinas, reafirma la fuerza revolucionaria de la mujer, ya perfilada a partir de la revolución de 1789, que se transformó en una oleada mundial indestructible. Las mujeres, a partir de la Comuna de Paris pasan a contribuir con gran parte de la fuerza que pone en movimiento la máquina de la revolución proletaria, indicando que ellas no dejaran la escena de la lucha de los explotados y oprimidos por una nueva sociedad de progreso social, de libertad.

----

Notas

La Sociedad de Mujeres Republicanas Revolucionarias (SMRR), "fue el primer grupo político de defensa de intereses para mujeres corrientes que se creó en Europa. Fundado por una actriz y una fabricantlates, estaba vinculado al ala izquiere de chocoda de los enragés, luchaba por los intereses de los trabajadores pobre y la mayoría de sus miembros eran mujeres de los trabajadores pobres y mujeres trabajadoras. Estas républicaines-révolutionnaires apoyaban a los montagnards en su lucha política con los girondinos y fundían los intereses de los radicales de clase media con aquellos de los pobres de París." (TODD, 2000: 132)

Claire Lacombe fue actriz y después de la prohibición de la SMRR, por sus posiciones identificadas como burguesas, fue arrestada durante la ascensión de los jacobinos al poder, siendo liberada en agosto de 1795.

Pauline Léon fue fabricante de chocolate, fue encarcelada junto con Claire después de la prohibición de la SMRR, siendo libertada en agosto de 1794, un año antes que Claire.

"Manon" Roland contribuyó a la elaboración de la política girondina y fue ejecutada en noviembre de 1793, durante el ascenso al poder de los jacobinos. Etta Palm d´Aelders participó de forma destacada de la campaña en defensa de los derechos de las mujeres, dando prioridad a la igualdad en la educación y en el empleo.

Olympe de Gouges, como defensora radical de los derechos de las mujeres, fue destacada militante revolucionaria y murió guillotinada en 1793. Su Declaración de los Derechos de la Mujer es un complemento - o una contraposición - a la Declaración de los Derechos del Hombre, que no contempló o explicitó los derechos de las mujeres.

Théroigne de Méricourt tuvo una actuación destacada en la defensa de los principios revolucionarios y de los derechos de las mujeres, llegando incluso a defender de la formación de un batallón sólo de mujeres armadas.

Jeanne Déroin, fue costurera de profesión y militante de izquierda. "Cuando Jeanne Déroin propuso presentarse como candidata demócrata en las elecciones de mayo de 1849, P.-J. Proudhon la declaró no apta porque los órganos que las mujeres poseen para alimentar a los bebés no las hacen apropiadas para el voto; ella respondió pidiéndole que le mostrara el órgano masculino que le facultaba para el voto. Obligada a huir a Inglaterra en 1851, después del golpe de Luis Napoleón, continuó siendo una feminista activa hasta su muerte a la edad de 89 años." (TODD, 2000: 138-139)

George Sand fue "influida por el socialismo de Saint-Simon, era una republicana acérrima y partidaria de las barricadas y de la revolución. Fue la intelectual más conocida de su época, y muchos de sus 109 libros reflejaban sus ideas humanitarias. Al principio se asoció con Armand Barbés, el líder radical del Club de la Revolución, pero enseguida se convirtió en consejera de Alexandre Ledru-Rollin, ministro de Interior del nuevo gobierno revolucionario, que editaba los Boletines de la República que contribuyeron a propagar el republicanismo radical en las provincias" (TODD, 2000: 139).

Matilde Franzizka Anneke fue la feminista que más destacó en los Estados Alemanes. Inició su actuación política como radical y se adhirió al comunismo. Después del fracaso de la Revolución Alemana de 1848 se vio obligada a huir a los EUA, donde continuó la lucha feminista en defensa de los derechos de las mujeres.

Louise Michel militante socialista y fundadora de la Unión de Mujeres, "comanda un batallón femenino, que se enfrenta a los reaccionarios en as barricadas de Paris. Escapa a la muerte, es arrestada y comparece delante del Consejo de Guerra en 16-12-71. Su juicio es ejemplo de firmeza y convicción revolucionaria. Rechaza los abogados designados y presenta personalmente su defensa, que en verdad es la defensa de la causa de los communards, al decir: "No me quiero defender. Pertenezco toda a la Revolución Social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos (...) lo que exijo de vosotros... es el campo de Satory, donde ya cayeron mis hermanos. Es preciso separarme de la sociedad, les dijeron que lo hicieran, ¡pues bien! El Comisario de la República tiene razón. Ya que, según parece, todo corazón que bate por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡exijo mi parte! Se me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de la Comisión de las Gracias". Reivindica morir en el Campo de Satory. El palco del más odioso tratamiento recibido por los combatientes de Paris. Allí, en la noche del 27 al 28 de mayo, millares fueron masacrados por las tropas de Versalles. Louise no fue condenada a muerte, sino que fue deportada a Nova Caledonia. La amnistía votada a 11-7-1880 la beneficia. Volvió a Francia, donde reasumió inmediatamente su puesto de combate en defensa de los oprimidos. Participó y dirigió varias manifestaciones de obreros y desempleados y también las dirigió. Arrestada varias veces, fue condenada en 1883 a seis años de prisión. Liberada, murió en 1905. Recibió innumerables manifestaciones de reconocimiento de los trabajadores de Paris y de toda Francia. Fue enterrada con el estandarte de la Comuna. Louise Michel, pese a cuestionarse la cuestión de la mujer, lo hace aún de forma unilateral, considerándola sólo como una recurrencia directa y mecánica del fin de la opresión de clase, sin comprender su dimensión específica. Louise Michel es un símbolo de la participación de la mujer en las luchas sociales en defensa del progreso y del Socialismo. No fue sólo una luchadora de acciones prácticas. Profesora formada, escribió varias obras donde reveló su pensamiento revolucionario, entre ellas se destacan las "Memorias de la Comuna", de 1898 (MARTINS, 1991: 48)

Elizabeth Dmitrieff "se afilió a la Internacional a los 17 años y se hizo amiga de Marx. Llegó a ser una de las siete componentes del comité ejecutivo de la Unión de Mujeres. Al final huyó a Suiza." (TODD, 2000: 142)

André Leo, influida por las ideas blanquistas, se dedicaba al periodismo y con la derrota de la Comuna, se exiló a Suiza.

Beatriz Excoffon empezó a desarrollar sus actividades políticas a partir del cerco de Paris. A principios de abril de 1871 fue una de las organizadoras de una marcha compuesta por aproximadamente 800 mujeres que intentaron sin éxito impedir que el gobierno de Thiers atacara Paris. Con la derrota de la Comuna, fue arrestada y deportada.

Bibliografía

AGULHON, Maurice (1991): 1848: o aprendizado da República. Rio de Janeiro, Paz e Terra.

BARBOSA, Walmir (1999). "O prenúncio das revoluções." En Opção, Ano V, nº 242, Goiania, 16 a 22 de, mayo de 1999. Cuaderno Opção Cultural.

BOITO JR., Armando (1992): Crise política e revolução: o 1789 de Georges Lefebre. Campinas, IFCH / Unicamp. Col. Primeira Versão nº 44.

CAMPOS FILHO, Romualdo Pessoa (1999): "A vítima da democracia burguesa". En Opção, Ano V, nº 242, Goiania, 16 a 22 de, mayo de 1999. Cuaderno Opção Cultural.

COSTA, Silvio (1998): Comuna de París: o proletariado toma o céu de assalto. São Paulo / Goiânia, Anita Garibaldi / Universidade Católica de Goiás.

ENGELS, F. (1984). A origem da família, da propriedade privada e do Estado. São Paulo, Global.

__________ (1977): "Introdução a "Guerra civil na França". En MARX & ENGELS (1977): Textos. São Paulo, Alfa-Ômega.

FAUSTO, Ruy 1987): Marx: lógica e política: investigações para uma reconstituição do sentido da dialética. 2 v. São Paulo, Brasiliense.

FERNANDES, Luís (1990): "Democracia: Valor Histórico". In Princípios. São Paulo, Anita Garibaldi, n. 19, noviembre.

GONZÁLEZ GARCÍA, José M. (1989): La máquina burocrática. (Afinidades electivas entre Max Weber y Kafka). Madrid, Visor. Colección La balsa de Medusa 29.

GRAMSCI, Antônio (1978): Maquiavel, a política e o Estado moderno. 3 ed. Rio de Janeiro, Civilização Brasileira. HOBSBAWN, Eric J (1977). A Era do capital: 1848-1875. Trad. Luciano Costa Neto. Rio de Janeiro, Paz e Terra.

IANNI, Octávio(1988): Dialética & Capitalismo. Ensaios sobre o pensamento de Marx. Petrópolis: Vozes.

JVOSTOV, V. M. e ZUBOK, L. I. Historia Contemporánea. 3ª edición. São Paulo, Edições Novos Rumos.

LÊNIN, V. I. (1987): O Estado e a Revolução: o que ensina o marxismo sobre o Estado e o papel do proletariado na Revolução. São Paulo, Hucitec.

__________ (1979): "A falência da II Internacional". En LÊNIN, V. I. (1979): Obras escolhidas. 3 vol. São Paulo, Hucitec.

LESOURD, J.-A. (1975): "A França de 1848 a 1870". En NERÉ, Jacques (1975): Historia contemporánea. São Paulo, Difel.

LISSAGARAY, Hippolyte Prosper-Olivier (1991): História da Comuna de 1871. São Paulo, Ensaio.

MARTINS, Lilian (1991): Heroínas no combate: a mulher da Comuna". En Principios. São Paulo, Anita Garibaldi, mayo-julio. nº 21.

MARX, KARL (1975): "O 18 Brumário de Luís Bonaparte". In Marx. 2. ed. São Paulo, Abril Cultural. (Col. Os Pensadores).

__________ (1975): "Para a crítica da economia política". In Marx. 2. ed. São Paulo, Abril Cultural. (Col. Os Pensadores)

__________. A Burguesia e a contra-revolução (1987): São Paulo, Ensaio.

__________ (1977): "A guerra civil na França". En MARX, K.; ENGELS, F. (1977): Textos. 3 v. São Paulo, Alfa-Omega. MARX, K.; ENGELS, F (1978): O Manifesto Comunista. 2. ed. Prefácio e introdução Harold Laski. Rio de Janeiro, Zahar.

MOURA, Clovis (1991): "París, 1871: Revolução e Contra-Revolução". En Principios. São Paulo, Anita Garibaldi, mayo-julio. nº 21.

MTCHEDLOV, M. (et. al.) (1984): Dialética da Revolução e da contra-revolução. Lisboa, Edições Avante!.

NERÉ, JACQUES (et. Al.) (1975): História Contemporânea. São Paulo, Difel.

PALÁCIOS, Gonçalo Armijos (1995): A verdade sobre "A Ideologia Alemã". Goiania.

POULANTZAS, Nicos (1977): Poder político e classes sociais. São Paulo, Martins Fontes.

RUY, José Carlos (1991): "O socialismo está morto. Viva o socialismo!". En Principios. São Paulo, Anita Garibaldi, mayo-julio. nº 21.

SAES, Décio (1987): Democracia. São Paulo, Ática. (Série Princípios, 112)

__________ (1994): Estado e Democracia: ensaios teóricos. Campinas, IFCH/Unicamp. (Col. Trajetória 1)

TODD, Allan (2000): Las revoluciones. 1789-1917. Madrid, Alianza.

comunizar.com.ar

domingo, 29 de noviembre de 2020

La inestimable actualidad de Engels

 TOMADO DE:
herramienta.com.ar
 


Por José Guadalupe Gandarilla Salgado

“El «torrente espumeante» de Federico Engels, una vez libre, se derramó, fecundador, sobre regiones muy lejanas de aquellas praderas a las que el angustiado padre quería que el hijo retornara”

Gustav Mayer (1979: 28)[3]

Nunca más oportuno que ahora que se cumplen doscientos años del nacimiento de Federico Engels para apuntar apenas unas líneas de una figura tan significativa en las reivindicaciones y en la organización del movimiento obrero internacional, y de la constitución del propio discurso teórico-crítico del proletariado: de esa figura emergente de la Europa del siglo xix, a la que los clásicos le dotaban de la prestancia necesaria como para orientar la historia del mundo hacia otros derroteros, que pudieran dejar en el “basurero de la historia” al modo de producción capitalista,y al amplio repertorio de daños infligidos a “los dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador” (Marx, 1975: 613).

Este propósito nos sirve para recordar la tan importante labor que para la difusión del trabajo de los clásicos del marxismo desempeñó el exiliado español comunistaWenceslao Roces que, luego de la caída de la República, desarrolló dos períodos de su vida en México (hasta su fallecimiento), en los cuales no solo destacó en sus labores de traducción (y que no solo del marxismo, también de clásicos del derecho y de la filosofía), sino que fue altamente reconocido por el gobierno mexicano y por la Universidad Nacional Autónoma de México, en la que, desde muy temprano, se vinculó al destacado Seminario de Problemas Científicos y Filosóficos, y a la Facultad de Filosofía y Letras. Y es que Roces, en cuanto a la difusión en nuestra lengua, de la obra de los clásicos del marxismo, continuó el proyecto que había iniciado en 1934 en la Editorial Cenit, y ya en México siguió esa tarea, a través de varias iniciativas editoriales: la Compañía General de Ediciones, Grijalbo y, sobre todo, el Fondo de Cultura Económica. Para darle dimensión a esa labor, baste con citar la expresión que de ese monumental proyecto hacía otro gran marxista hispano-mexicano, Adolfo Sánchez Vázquez:

“Marx y Engels, prácticamente desconocidos por los mismos que invocaban sus nombres en aquel tiempo. Si a esto unimos el dogmatismo, ya dominante en los años 30, que ponía a Stalin por encima de los clásicos, puede comprenderse fácilmente la importancia que tenía sacar a la luz los textos de Marx y Engels. Y ésta es precisamente la tarea a la que se consagra Roces con la fundación de la Biblioteca Carlos Marx de la Editorial Cenit, en Madrid. Es en ella donde aparece su traducción de El Capital, la primera al español por su rigor y fidelidad al espíritu de Marx.

[…]

“Este proyecto de volver a las fuentes, iniciado en España, en los años de la preguerra civil, es el que recupera y prolonga Roces en el exilio mexicano hasta culminar en su serie de Marx y Engels que, desgraciadamente el traductor incansable ya no pudo terminar”[4]

Resulta de especial importancia la actitud colaborativa, de hermandad universal, que el propio Roces le confería a su labor. En estos términos lo hacía explícito:

“mi obra de traductor yo no la enfoco exclusivamente como un trabajo hecho a una editorial. Me lo explico como un servicio hecho a la juventud y a los combatientes en lengua española, dotándolos de los instrumentos y las herramientas fundamentales del marxismo que hasta ahora no tenían. Y naturalmente que esta labor que he desarrollado me lleva un tiempo enorme y una entrega casi total”.[5]

Con relación a los trabajos elegidos para ser volcados a su trajín en la lengua castellana (en un orden de prioridad, pues su proyecto era de dotarnos, si no de la obra completa sí de la fundamental), siempre acompañó ese esfuerzo militante con un énfasis por colocarlos en referencia a su innegable sentido político, a los interrogantes que le formulaban a su tiempo, o de qué modo rebasaban esas coordenadas (de espacio y tiempo), y se acomodaban como aportaciones universales; lo cual advierte de un propósito por esclarecer la conexión de esas aportaciones filosóficas, científicas y humanísticas con sus premisas éticas y políticas; ello rige, por supuesto, más aún en el caso de los fundadores del comunismo. Por ello, sus traducciones, y más aún sus antologías contenían sendos trabajos introductorios que mostraban un profundo conocimiento del tema, una buena exploración de archivo, y una pertinente valoración de las cuestiones políticas que se ponían en juego: eran verdaderas incursiones histórico-críticas del problema. En ninguno de los autores traducidos, podría aplicar de mejor modo esa consigna de trabajo que en el caso de Engels: lo político, esto es, el campo tensional de dominación social y emancipación humana, está debajo de sus proposiciones teóricas, y desde su obra más temprana, ésas eran las razones de sus auto exigencias por construir tanto un planteamiento siempre muy bien documentado empíricamente, como exigido de una permanenteactualización, esto último en lo que concernía al saber científico, y de otrosemergentes campos del conocimiento sobre la aventura del ser humano (era el caso de sus estudios militares y de estrategia) en su condición de una especie en permanente co-evolución con las otras del planeta (antropología, primatología), y hasta hurgaba en esos tiempos inmemoriales de los mitos, por cuanto imaginaba las derivas del cuerpo celeste en su indetenible errancia cósmica.

De los materiales preparados por Wenceslao Roces no se puede decir que completen un conjunto como para ofrecer un acercamiento biográfico de Engels, no fue ése su propósito (sin embargo, sí dedicó tiempo suficiente nada menos que para traducir la que sigue siendo la mejor biografía de Engels, la que elaboró el historiador Gustav Mayer, y a la que consagró dos décadas de trabajo), pero de haberlo sido, y de poder echar nosotros el pensamiento a imaginar, habría elaborado una composición que quizás habría coincidido con uno de los más recientes trabajos en ese género, que hace de El General (tal es el sobrenombre con el que se dirigían a él sus más cercanos) una especie de Che Guevara del siglo xix (Green, 2013: 17-21).

Ahora bien, replicando esa intención comparativa de que hace uso John Green en su larga biografía, solo quisiéramos verter un elemento en que encontraríamos una notable coincidencia de WenceslaoRoces con el propio Engels; esa actitud de entrega del esfuerzo personal por una especie de valor superior o supremo: la constitución o difusión del marxismo. En el caso de nuestro personaje del siglo xix, como reconstrucción y acomodo del legado del camarada de toda la vida que no habiendo terminado la obra (por no alcanzar, el proyecto de El Capital. Crítica de la Economía Política, la condición de “todo literario” con la que Marx imaginaba debía arroparse estilísticamente su obra), demandaba ser completada al costo incluso de postergar o hasta sacrificar los proyectos individuales (de ellos, uno de los que consideraba más importantes en plena madurez intelectual, Dialéctica de la naturaleza), cuestión que compartiría nuestro personaje del siglo xx, quien, al preguntársele expresamente: “¿Su obra de traductor ha limitado su obra personal?”, respondía, hasta con cierto pesar: “Hombre, en cierto modo sí… Y naturalmente que esta labor que he desarrollado y sigo desarrollando me lleva un tiempo enorme y una entrega casi total”[6]

De los materiales en que, para ocuparnos de la obra de Engels, nos presta una magnífica colaboración la labor de traducción de Roces, destacan sus compilaciones para los dos sendos volúmenes publicados por el Fondo de Cultura Económica, los que ocupan el número ii, Escritos de Juventud(fce, 1981) y el xviii, Obras filosóficas(fce, 1986) de su proyecto de colección OFME (Obras Fundamentales de Marx y Engels).[7]Ejemplo de lo que hemos señalado en los párrafos anteriores lo dan los apartados introductorios de estos dos preciados volúmenes.[8] Interesantes, entonces, no solo por la lectura directa del clásico que posibilitan, sino por la visión tan completa que muestra el traductor: nos ofrece la visión de un militante, filólogo, filósofo, un personaje muy interesado en la recuperación histórico-crítica, política y genealógica del comunista originario de Wuppertal.

De ese volumen ii de los Escritos de juventud, en su composición panorámica, uno puede acceder, desde los remotos trabajos que fueron firmados con pseudónimo, además, desde luego, de a su clásico estudio sobre la clase obrera en Inglaterra, y a una exhaustiva compilación de trabajos sobre la historia de la organización del movimiento obrero, y de las respuestas de la burguesía. Se nos entrega un personaje muy interesante, porque de algún modo esa generación de filósofos post-hegelianos está expresando una cierta posición, que ya desde esos años 40, en la Alemania decimonónica –tanto Marx (nacido en 1818) como Engels (nacido en 1820), siendo ellos muy jóvenes– se encuentran inmersos o están relacionados con un cierto momento de transición, propio de las confrontaciones geopolíticas al seno mismo de Europa. En el caso de Alemania, de algún modo se están sintetizando varios movimientos en el dominio de lo social: al interior de las estructuras del Estado, de las presiones producto de esa posición de relativo retraso que ese país expresa con relación a otras sociedades europeas (en especial, Francia o Inglaterra); Marx y Engels no solo presencian, sino que sufren en carne propia esas circunstancias (mucho más, El Moro y su familia, desde luego), las encarnan como exilio permanente, miran cómoen el dominio prusianose estábajo la presión de convertirse en un Estado religioso. Las visiones respecto a la religión pesan en el comportamiento de las personas, toda transformación de la sociedad no solo depende de esos grandes acontecimientos espectaculares, que comprimen el tiempo, sino también del esclarecimiento que pueda obtenerse del llamado “sentido común”, que se da en la batalla de las ideas y en la disputa cotidiana de los días más rutinarios. Tanto Marx como Engels se interesaron toda su vida de ese aspecto, religioso y fetichista de la dominación que ocurre en el día tras día (en el aspecto más inherente de la nueva época capitalista, de cómo la gente en su actuar expresa que cree en ella sin saber conscientemente en qué creen, “no saben pero lo hacen”, llegó a decir Marx) no fueron materialistas vulgares, sabían que había que disputar en los modos simbólicos y míticos en que se afirma el presente, con su pretensión de ser insuperable.[9]

Engels conoció a Marx, en un trato paulatino, en dos momentos, uno no tan afortunado, en 1842, y luego en un segundo acercamiento,ya definitivo, en París en 1844, y después de manera más profunda (se volvieron inseparables) desde 1845, en ese viaje que hicieron por invitación de Engels a Marx a la ciudad de Manchester, industriosa ciudad de la que ya Engels había extraído sus hipótesis de economía política en el breve Esbozo… y su más detallado estudio de sociología empírica del capitalismo manufacturero naciente, luego se volvieron a encontrar en la ciudad de Bruselas. Ambos consolidaron sus hipótesis y encararon juntos el proyecto de la organización del movimiento obrero.

Un segundo elemento para subrayar es la variada disposición que siempre mostró Engels, durante toda su vida, en el ánimo de dar forma al proyecto político del proletariado, fue él quien impulsó a Marx para relacionarse con la Liga de los Justicieros, con fracciones del cartismo, y quien redactó la inicial “Profesión de fe comunista” y el primer borrador que conservaba un cierto tono catequista, que pudo haber respondido a una estrategia de acercamiento con agrupamientos que asumían, en aquel momento, un tono profético para una política que enaltece el valor de la fraternidad;ya luego la genialidad de Marx le dio la forma que conocemos del documento, y en el que ya se destaca que el proyecto de los comunistas (y de allí la necesidad de disponer de un “Manifiesto”) consiste en intervenir política y conscientemente sobre la dialéctica de transformación de la sociedad, después ya la dupla ni jamás se separó y dedicaron todos sus esfuerzos a la organización del proletariado. Fue Engels, en ese objetivo, quien sostuvo y quien organizó los contactos, quien estableció los puentes de relación entre diversificadas tradiciones de lucha. No fue, entonces, solo un sintetizador del pensamiento marxista (aunque ese tipo de documentos explicativos que produjo se revelan necesarios en cualquier proyecto aglutinador de fuerzas políticas), sino uno de los principales animadores del surgimiento de la Primera fase de la Organización Internacional de los Trabajadores, y le tocó ser el esclarecedor en el marco de los debates de la II Internacional, tan pronto empezaban a decantarse las posiciones liquidacionistas del revisionismo. Detectó, en la parte final de su vida, los problemas a los que se enfrentaría la Socialdemocracia alemana, en un contexto cambiante al interior de Europa, lo alcanzó a avizorar como una cierta declinación de la política, y de la agrupación partidaria recién creada, hacia terrenos en los cuales encontraba elementos para manifestar cierta sospecha, pero a los que había que ocupar.

Ese carácter polémico y esclarecedor es también un sello de la obra de Engels. De ahí que, en todo el trayecto de su vida, desde la época muy temprana hasta el final, elija esa forma literaria o narrativa para construir sus argumentos. Es muy interesante que él intentase nominar algunos de sus libros antecediéndolos con el uso de partícula “Anti”, no solo lo hizo en uno de sus documentos más conocidos, el Anti-Dühring, Aunque el título completo era “la subversión de la ciencia por el señor Dühring”, y que fue imaginado como un folleto o material de controversia, Marx mismo le daba importancia, al punto de contribuir con un capítulo al mismo. Ahí se trataba de polemizar con la obra de un personaje que, aunque le enternece por debatir cuando éste ya casi está ciego, y a ratos le da fastidio, no consiente, sin embargo, que la filosofía de este personaje sea tratada, por otros personajes aún más (materialistas) vulgares, con perdón de la expresión, como si ésta “¡tuviera en la ciencia el peso de un pedo!” (Engels, 1977: xi); de lo contrario cómo se explicaría el insidioso papel que comenzaba a tener entre ciertos sectores del movimiento obrero. Ya antes en los años cuarenta, antes de conocer a Marx como ya lo dijimos, entre 1840 y 1842, cuando algunos materiales todavía los firmaba con su pseudónimo (F. Oswald), presentó ese conjunto de materiales que sus editores agruparon bajo el encabezado de Anti-Schelling, lo cuál quizá no fuera en contra de su determinación pues él mismo, en otro momento, aventuró un proyecto en que se ocuparía de un pensador a quien desde muy joven leyó,y a propósito del cual afirmó querer escribir un libro cuyo título sería Anti-Büchner.

Resulta cuanto más interesante y revelador, precisamente en referencia a ese tomo xviii de las Obras Filosóficas, que al ocuparse del trabajo de un filósofo al que estudió siendo muy joven, y también en la parte final de su vida, no se le haya ocurridoincurrir en ese mismo tenor, hasta con ironía,y titular la obra que le consagraría, en una fórmula semejantey legarnos algo así como un Anti-Feuerbach, pero no fue así y en eso parece que hay una muestra del respeto que Engels le seguía manifestando a ese gran pensador que fue Feuerbach, y por eso preferirá para el encabezado de su trabajo, el más elogioso de Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Pero lo que sí resulta más paradójico, por no decir, perturbador es que se trate de hacerdela descollante figura de Engels, un Anti-Marx, gesto muy frecuente por parte de algunos pensadores pertenecientes al llamado marxismo académico, de subrayada adscripción post-hegeliana, y quizá también proclives a cierto liberalismo. Es sorprendente que exista toda una literatura que esté procesando las intervenciones de Engels (tocantes sobre todo a la configuración de los Tomos ii y iii de El Capital, cuanto a una predisposición contraria a sus planteamientos de la Dialéctica de la naturaleza) para hacer de sus posibles insuficiencias la sustancia de un Anti-Marx. En eso quizá haya elementos suficientes para el divertimento filológico de algunos autores,[10] pero con ese proceder no hacen sino despreciar dos elementos muy importantes, por un lado, su carácter de elemento agitador, difusory esclarecedor; el otro elemento que no se sopesa, es la muestra de generosidad infinita que ofrece Engels con respecto al proyecto de su correligionario. No solo por haber sido prácticamente el mecenas y albacea de Marx:en el sentido de ser el camarada de lucha, preocupado por la relación más cotidiana y afectiva, no solo con Marx sino con sus seres más cercanos. También por el hecho mismo de que Engels, en la tarea de concluir la obra que Marx, dejó en carácter de inconclusa su propia aportación.Ese, sin embargo, es uno de los elementos más importantes, pues nunca se lo reprochó o hizo saber siquiera a Marx.

Con relación a esta obra, que quedó en carácter de genial proyecto, aun por completar, Dialéctica de la naturaleza, habría muchas cosas por decir. Para concluir, hemos de dar un pequeño comentario de lo que habría significado el esfuerzo titánico, por completarla, pues vierte su objeto de conocimiento en dos dimensiones: la detección del cambio o fluir permanente del sistema ecológico o entorno bio-cultural en que transcurre la vida, y por el otro la forma en que el sistema de las ciencias, hoy cada vez más entrelazado, se ocupa de pensar reflexivamente esas modificaciones mayormente lentas, pero en ocasiones vertiginosas. Era uno de los proyectos más importantes de Engels, que se propuso desarrollar en un plano más profundo ciertos planteamientos de su filosofía, algunos quizá ya vertidos, en forma controversial, en la obra respecto a Dühring. En ese sentido la disposición que Engels muestra es de una extraordinaria generosidad, pero también de un inquebrantable compromiso político (recordemos que está configurando la idea de su libro en el momento simultáneo en que Marx está de lleno trabajando en la escritura definitiva de El Capital). Y ahí priorizó darle impulso a su compañero, lo insta a comprometerse a que acabe su “Crítica de la Economía Política”; Marx morirá en 1883, y si ya en vida de éste Engels se obligaba a tomar ciertas tareas que significaban no completar su propio proyecto, luego del fallecimiento y reponiéndose de la pérdida tomó la responsabilidad sobre los borradores, y de ahí extrajo la parte restante de la obra, el tomo ii (1885) y iii (1894). Ciclópea tarea por lo cual debiera sorprendernos incluso el grado en que quedó el proyecto de la Dialéctica de la naturaleza, pues de ese manuscrito todavía es mucho lo que se puede obtener. En los esbozos de sus partes reposa testimonialmente el grado de actualidad de Engels, por esa razón ha sido tan bien recuperada tanto por los ecologistas radicales como por biólogos, antropólogos, y otros científicos (los que hoy denominarían ese esfuerzo como no disciplinario y como cercano a los planteamientos de la complejidad).

Engels sobrevivió doce años a Marx, y en ese período asumió el compromiso integral desu proyecto de vidao para la transformación de las vidas (socialista-comunista), que asumía como algo colectivo y de proyección global; en esa dimensión debe ser considerado el legado que ha dejado a la posteridad. En ese sentido, ya no solo era la voz enunciativa, programática o estratégica de la nueva figura del proletariado, esa condensación espectral que podría propiciar el cambio, sino que asumirá también la tarea de concretar su proyecto de Dialéctica… (también Marx dijo, en algún momento, querer escribir un volumen o manual sobre esa cuestión) entregándose con más detalle al estudio del aspecto analítico y crítico, expositivo, pero con una composición tan ambiciosa, en la que remite a todo el espectro del saber;sorprende que, en simultáneo, hurgue con finura en el ámbito de la producción global del capital (en el estudio de sus leyes, y de sus categorías como formas transfiguradas de la práctica social, pues no es otra cosa en lo que consiste la Crítica de la economía política). Engels se puso a cuestas esa tarea y la sacó adelante, pues, como sabemos,ya Marx, con francas dolencias de su cuerpo, no alcanzó a ver finalizada la obra.

Los problemas filosóficos de la Dialéctica de la naturaleza (de un aparente compromiso con cierto mecanicismo cientificista, que despreciaría el lado histórico del proceso y abrazaría el determinismo y el positivismo dominantes, con que se estaba arropando la historia de las ciencias) desataron hacia múltiples lugares las preocupaciones iniciales de Lukács.[11] Toda esa generación de comunistas fueron personajes bien informados de la mal llamada “ciencia dura”,personajes involucrados con su tiempo, que están abrevando de los planteamientos del plano científico que es otro modo de colocación ante los problemas de su tiempo, ahí se estaba ya preparando, desde el tiempo de Engels otra trinchera de la revolución, que estallará con la nueva revolución científica, la de los inicios del siglo xx. Eso no solo generó algunas confusiones a propósito de esa supuesta relación o filiación entre Marx y Darwin, también propició la reacción stalinista para contener esos desarrollos, abriendo con ello una hendidura que separaba entre científicos especializados cuyos desarrollos eran fácilmente subsumibles al desarrollo industrial capitalista (justo de lo que deseaba prevenir Lukács en su obra de 1923, Historia y conciencia de clase) y militantes de aquella primera generación de marxistas (no precisamente la mejor, pues en su cientificismo fueron penetrados hasta por la economía marginalista, y por ello fueron atinadamente criticados por Rosa Luxemburgo) que eran ganados por nuevas metafísicas, la de un jacobinismo racionalista (que pensaba al socialismo el más prístino heredero del liberalismo) o la de aquel espécimen que fue el “marxismo soviético” (que en su reduccionismo creyó superar y sintetizar las derivas de la dialéctica histórica), quedaban de lado las consideraciones engelsianas, originales y legítimas, sobre los aspectos dinámicos, los saltos dialécticos y los “cambios de fase” en el medio o entorno natural, que no era considerado el espacio inmaculado donde transcurre la historia sino condición metabólica de los conflictos de ésta y que se modifica y deteriora por las condiciones que gobiernan la producción (“sistemas complejos”, como hoy se diría). Aquellas fisuras solo hasta medio siglo después pudieron resarcirse con las intervenciones de los biólogos marxistas (Levins, Lewontin),del materialismo ecológico crítico, las ecologías-mundo, los feminismos y el anti-eurocentrismo.

Quizá la fundación de esa corriente (que poco después integraría las cuestiones termodinámicas, y ahora ya se asumen, legítimamente, como la llegada a las fronteras planetarias, como la situación de toparse con los límites entrópicos del oikos) pudo haber encontrado en Engels a un partidario de esas posiciones epistemológicas,pues al fundador del marxismo,recordemos que vive hasta 1895,le va a tocar conocer algunos de esos iniciales desarrollos; ya está informándose de los vuelcos que están ocurriendo en ciertas partes del saber sobre lo natural y en su captación inscribe esos planteamientos en una estructura que remite a las exposiciones universales de fines del siglo xix, espacios a través de los cuales también están transitando discusiones científicas muy importantes, algunas de las cuales serán procesadas por aquellos clásicos fundadores delas posteriores generaciones intelectuales del marxismo.

En ese sentido es muy importante lo que Engels se propone en el manuscrito inacabado de la Dialéctica de la Naturaleza, sintetiza las dos cuestiones,mira en el despliegue mismo de la naturaleza, y en ese sentido en el despliegue histórico de la naturaleza. La propia noción de la naturaleza con la que trabaja y vive una determina sociedad es histórica, presupuesto que ya había sido señalado por ese documento que Marx y Engels destinaron a la crítica roedora de los ratones, La ideología alemana, de 1846.Y es que Engels se encarga de remitir a ese mismo enfoque, tanto en la Dialéctica de la Naturaleza,como también en algunas partes de su texto tardío de crítica a Feuerbach. Se trata, en rigor, de dos coincidentes propósitos. Por un lado, observar cómo la naturaleza, y la naturaleza humana, es el campo de despliegue de la dialéctica:“la ecología es la prueba de la dialéctica” –como dice John BellamyFoster. Obviamente, Engels no conocerá ni las teorías del bigbang o la física del cosmos, pero sí hablará del impulso primigenio. Y en ese enorme bloque de los tiempos milenarios, geológicos y míticos, irá colocando lo que va conociendo de esos  espacios parametralizados del saber: la geología, la embriología, la biología que, para él, en ese sentido, se sintetizan en el segundo objetivo, el esclarecimiento del papel histórico de los sistemas de ciencias como parte de los sistemas históricos. Engels expresa cómo al igual que en la filosofía, la crítica de la religión se convierte en la filosofía crítica de la religión, de modo analógico, la filosofía de la naturaleza, en Engels, se entiende como el esfuerzo por hacer transitar una reflexión política sobre lo que discuten los científicos naturales, una cierta Filosofía política de las ciencias.

Imaginemos a Engels asentado en un medio, el Londres finisecular, en el cual está llegando la flor y nata de la discusión del conocimiento científico. Los medios de discusión de esos avances se están plasmando en las formas de producción, la labor de acopio de ese conjunto de conocimientos científicos dentro de la estructura social es tan importante como el propósito de poder arribar a una nueva concatenación de esos avances y saberes del sistema de ciencias hacia objetivos más humanos, o más naturalmente humanos, los de un mundo que permita el aseguramiento de las condiciones de vida para todes (por no mencionar ahí sus aportes que serán luego recuperados para la fundación de una parte tan importante del feminismo, el de filiación marxista).

Y hay un último elemento por desarrollar, la vinculación que podemos hacer del propósito a que dedicó la última parte de su vida, pues habría oportunidad de conducir esos planteamientos hacia toda una historia, situación presente y emergencia de las categorías críticas, que parece ser el caso de un proyecto semejante como lo es el de una filosofía política crítica, algo que ya, en cierto modo, emprendió Enrique Dussel. Nuestro filósofo latinoamericano ha manifestado un vínculo estrecho, para su Política de la liberación, en el uso de sus referentes primigenios de la ética semita del cristianismo primitivo, “dar de comer al hambriento, de beber al sediento, de vestir al desnudo y una barca al peregrino”, con la forma en que Engels entendía el proyecto íntegro de la concepción materialista de la historia, en un documento tan tardío como su carta a Joseph Bloch: “el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real” (Engels, 1974: 340), pero eso daría para otro escrito, y el espacio con que disponemos no nos permite sino mencionarlo apenas, así, muy de pasada.

Pero de lo que sí creemos haber dado cuenta es de la inestimable actualidad de Engels.

Referencias bibliográficas

Engels, Friedrich, “Carta de Engels a Bloch” en Engels, Friedrich, Escritos. Historia, economía, crítica social, filosofía, cartas. Selección de textos e introducciones de W. O. Henderson. Barcelona: Península, pp. 340-342.

Engels, F. (1977),La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring (Antí-Dühring). OME-35/Obras de Marx y Engels. Barcelona. Crítica.

Green, John, 2013 [2008], Engels, una vida revolucionaria, Caracas: Fundarte-Alcaldía de Caracas. Traducción de Eduardo Gasca.

Marx, K. (1975)[1867],El capital. Crítica de la economía política. Tomo I. Vol. 2. México. Siglo XXI.

Mayer, Gustav,Friedrich Engels: una biografía, México: fce, 1979. Traducción de Wenceslao Roces.


[1] Este texto corresponde a la versión revisada de la exposición “Engels, antologado por Wenceslao Roces”, segunda de las actividades del Seminario Engels revisitado: Horizonte integral de lucha, que se desarrolló en el CEIICH-UNAM, el 28 de octubre de 2020. Enviado por el autor para su publicación en Herramienta.

[2] José Guadalupe Gandarilla Salgado es Investigador titular del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM, director de Memoria. Revista de crítica militante.

[3]En este pasaje, el biógrafo de Engels hace un guiño, para contrastarla, a la figura del Sigfrido (que también huyó del castillo de su padre) de la mitología germánica (inmortalizada en la ópera de Wagner) que, según el poema experimentaría un doble movimiento en su carácter, que sería una especie de metáfora de los tiempos de la vida, al comienzo, “El torrente que baja desde las montañas/ Se precipita, espumeante, por la garganta de la selva/ Los pinos, rumorosos, se inclinan ante él”, más adelante, sin embargo, “También el río de la montaña llega al valle … / Y, una vez allí sus aguas discurren serenas … / El furor de las aguas, por fin, se apacigua…”.

[4] Adolfo Sánchez Vázquez, “En homenaje a un español ejemplar: Wenceslao Roces”. Disponible en: http://www.wenceslaoroces.org/arc/roces/trab/vaz.htm#_ednref3

[5]Gabriel Vargas Lozano “Filosofía y exilio (Entrevista con Wenceslao Roces)” en Dialéctica, nº 14-15. Puebla (México): Universidad Autónoma de Puebla, 1984.  Disponible en: http://www.wenceslaoroces.org/arc/roces/trab/ent.htm

[6]Gabriel Vargas Lozano “Filosofía y exilio (Entrevista con Wenceslao Roces)”, Op. Cit.

[7]Sin embargo, no debe ignorarse la importancia de la compilación conocida como Biografía del Manifiesto Comunista, donde también Wenceslao Roces nos ofrece una exhaustiva reunión de materiales, con el añadido de una larga y brillante introducción, y un cuerpo muy informado de notas.

[8] En esos materiales se detecta la huella del paso de Roces, ofrecen testimonio de su pensamiento, quizá del proyecto que está siendo postergado, del modo en que está ordenando también en su mesa de trabajo (por ello incluye Cronologías e Índice de nombres). En la introducción de la Biografía del Manifiesto Comunista se ejecuta esa misma estrategia, a propósito de ese movimiento subterráneo de las naciones europeas, pero que emerge como el topo, y se documentan los pasos de la configuración del personaje fundamental de esa escena que sería el proletariado, y se reseñan las luchas que emprendió y emprende para intentar arribar a un mundo diferente, que invierta la lógica de la explotación por una lógica más democrática, que asegure una vida digna para todos.

[9]Una de las pocas omisiones en que pudo incurrir Wenceslao Roces al definir qué trabajos traducir del período de juventud de Engels, consistió en descartar uno de los tres textos en que se ocupa de la figura filosófica de Friedrich Wilhelm Joseph Schelling, en un tiempo (1841-1842) en que Engels aún no conocía todavía a Marx, pero ya estaba completamente al tanto de lo que se encontraba en juego con la crisis al seno de la filosofía hegeliana (pues hacía poco más de un lustro que el insigne filósofo alemán, autor de la Fenomenología del espíritu, había fallecido) y con la rehabilitación de quien (Schelling) habiendo sido condiscípulos fue llamado para sustituirle en su cátedra. Hemos tomado la iniciativa de poner en lengua castellana el trabajo de Engels titulado “Schelling, el filósofo en Cristo, o la transfiguración de la sabiduría del mundo en sabiduría de Dios”, y pronto lo veremos publicado en Memoria. Revista de crítica militante.

[10]Aquí encontraríamos otra interesante coincidencia con la labor realizada por Wenceslao Roces, pues un buen conjunto de marxólogos, han puesto objeciones a ciertos términos y conceptos vertidos en su traducción, y al propio estilo elegido (con lo cual, a veces, en sus críticos, se sacrificaría en parte esa intervención más literaria que literal sobre el texto traducido).

[11]Y que fueron replicadas en una estrategia similar o análoga en la crítica que, en su momento, Gramsci (ya en la cárcel) hiciera del trabajo sobre materialismo histórico de Nicolás Bujarin. Menciono a Bujarin, porque en los años veinte esa pléyade de comunistas son militantes del cambio, asumen que esasmudanzas no pueden desarrollarse sin una conciencia amplia frente al gran espectro del saber, y ése no puede ser otro sino un posicionamiento político.

La historia oculta de las clases sociales en EEUU

lahaine.org

La historia oculta de las clases sociales en EEUU

lahaine.org

Entrevista con Nancy Isenberg, autora de 'White Trash' [Basura blanca], quien sostiene que en EEUU "nadie quiere hablar de clases"

"Las elites del Sur han utilizado la estrategia de enfrentar a las clases pobres blancas con los afroamericanos" y analiza la histórica naturaleza clasista de la sociedad de un país que nunca fue realmente el de las oportunidades. Al mismo tiempo, hace una crítica de la representación que el ultramillonario Donald Trump pretende ejercer sobre la llamada "escoria blanca".

En su libro White Trash propone desmontar algunos de los mitos estadounidenses, empezando por el "sueño americano" de la "tierra de las oportunidades". ¿Cómo se forjó ese mito?

Parte del mito fue inventado en 1776; está conectado directamente con los orígenes del país. EEUU rompió con Europa, que era vista como una tierra atrapada en el pasado: se la asociaba con la aristocracia y la monarquía. Se creó un sistema radicalmente nuevo que no reconocía el linaje de las elites. El problema es que EEUU creó su propia aristocracia: en cierto sentido, nuestros presidentes se han convertido en una especie de figura real. Sobre todo ahora.

¿Cómo pudo mantenerse y tener tanto éxito este mito durante cuatro siglos?

Por un lado, los estadounidenses aman las nociones abstractas y, en ese sentido, este mito funciona perfectamente. Por otro, hay un gran desconocimiento de la historia: muchos estadounidenses conocen la historia popular que refuerza este mito. Lo que pasa es que el único momento en que tuvimos una clase media estable fue el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial: esto fue posible porque el gobierno intervino en la economía y fortaleció el Estado de Bienestar. Hoy en día solo 33% de los estadounidenses tiene un título universitario. ¿Cómo podemos decir que tenemos igualdad de oportunidades? ¿Cómo podemos sostener que existe la meritocracia?

Está probado que la gente que va a las universidades, especialmente las de la Ivy League, proviene de familias ricas. Cuando dependes tanto de la riqueza de tu familia significa que estamos creando una nueva aristocracia. El mito de la igualdad de oportunidades no funciona para la gran mayoría de los estadounidenses. Y este es un tema interesante porque el Partido Demócrata, que solía representar a los trabajadores y las trabajadoras, se ha convertido en el partido de las profesiones liberales. Trump se ha propuesto como el representante de una clase trabajadora inventada: en EEUU, la clase trabajadora es en realidad mucho más diversa en términos raciales y de género. El mensaje de Trump está claramente dirigido a hombres blancos de clase media que tienen miedo a perder su estatus.

En su libro reivindica la urgencia de un análisis de clase en la historia de EEUU.

Nadie aquí quiere hablar de clases sociales. El único momento en que se habló de clases fue durante la Gran Depresión en los años 30. Cuando tienes a un tercio de la población desempleada no puedes criticar a la gente por ser perezosa. El problema es que el mito de la "tierra de las oportunidades" se ha perpetuado, pero intento mostrar que la clase es una cuestión crucial en la historia de EEUU.

¿Cómo es posible que se haya conseguido expulsar del relato nacional a los blancos pobres y negar la centralidad de la separación de clases durante cuatro siglos?

El mejor ejemplo es Thomas Jefferson. Prometió la conquista del Oeste para que la gente pobre que vivía en la costa Este pudiese empezar una nueva vida allí y tener su propia tierra. ¡Pero se trató sencillamente de movilidad física, no de movilidad social! De hecho, esas personas se mudaron hacia el Oeste, pero a menudo no eran dueños de las tierras: en un segundo momento, venían los ricos especuladores y los echaban. Este es un retrato más preciso de cómo han funcionado las clases en la historia de EEUU y no la imagen de que todos tienen sus oportunidades para conseguir el sueño americano.

El otro gran problema se vincula con el sur del país, que siempre se ha basado en una economía agraria. Todos los estudios han puesto de relieve que las sociedades agrarias tienen mucha menos movilidad social que las sociedades comerciales. En 1776 había, de hecho, más movilidad social en Gran Bretaña que en EEUU. Y, de hecho, el momento en que hubo más desigualdad fue durante la Confederación: querían crear una sociedad aún más elitista de la que ya existía en aquel entonces.

Leyendo su libro, uno se pregunta cómo es posible que esta "escoria blanca" no haya intentado organizarse para hacerse valer.

En algún momento lo ha intentado, como a finales del siglo XIX con el Partido del Pueblo, la primera versión del populismo o, sobre todo, en el ámbito de los sindicatos, aunque ahí también hubo siempre fracturas entre trabajadores calificados y no calificados. La cuestión es que, en general, las elites del sur de EEUU han utilizado la estrategia de enfrentar a las clases pobres blancas con los afroamericanos. Han manipulado conscientemente los miedos de los blancos pobres. En el Ssur, además, se nota todavía la huella de la guerra civil. Muchos de los partidarios de Donald Trump muestran una mentalidad típica del Sur: no confían en el gobierno ni creen en la esfera pública. Es una consecuencia de ese "protégete a ti mismo pero no te preocupes de los demás", típico del sistema de las plantaciones. El trumpismo es ciertamente hijo del Tea Party, pero viene también de algo más profundo.

En el recorrido de los 400 años de historia estadounidense, pone de relieve la importancia de una serie de leitmotiv, como el que explicitó Thomas Jefferson cuando afirmó que "la naturaleza es la que asigna las clases" o los discursos eugenésicos de finales del siglo XIX. El fracaso social dependería pues de los defectos personales de los individuos. Da la impresión de que estos discursos existen todavía si tenemos en cuenta algunas declaraciones de los republicanos de los últimos años. ¿Entonces, nada ha cambiado?

Es bastante escalofriante, sí. Jefferson sostenía que la formación de una aristocracia natural -que debía sustituir a la aristocracia con linaje que venía de Europa- dependía de saber elegir a la mujer correcta. Sobre esto también se constituyó la eugenesia: nunca se admitirá, pero más que Alemania, los líderes mundiales en los estudios eugenésicos fueron EEUU y Gran Bretaña. En el fondo, la idea de Jefferson y la eugenesia defienden lo mismo: eres lo que heredas. Piensa en el debate sobre si la homosexualidad se debe a cuestiones genéticas o culturales. O en la cuestión del aborto: ¡hay quien dice que tenemos el derecho de esterilizar a las mujeres pobres para que no pasen sus defectos a las futuras generaciones!

La eugenesia sigue aún entre nosotros. Fíjate en los programas de citas online: cuando das tus datos a estas empresas les estás dando tu background social y educativo y te van emparejando según tu condición de clase. No es casualidad que la persona que creó en los años 50 el primer programa de citas computarizado viniera de un sector que apoyaba la eugenesia. Lo que es irónico es que esto de la eugenesia se contrapone al otro gran mito estadounidense de que todos los individuos somos iguales.

Bill Clinton era un joven de familia pobre de Arkansas que, en 1992, se convirtió en presidente. Sarah Palin es una mujer de Alaska, perteneciente a la "escoria blanca", que fue nombrada candidata a la Vicepresidencia en 2008. ¿Clinton y Palin representaron una revancha de la que define como "chatarra humana"?

El caso de Clinton es muy interesante: la gente se ha olvidado, pero los republicanos lo atacaron duramente llamándolo "escoria blanca", incluso con el escándalo de Monica Lewinsky. El padre de Clinton murió cuando era niño, su padre adoptivo era violento, pero él consiguió una beca y estudió en Yale: la suya fue una especie de historia de éxito para alguien que venía de una familia pobre. Cuando se presentó a las elecciones, lo que hizo fue conectar con la clase trabajadora blanca. Lo llamaban el "Elvis de Arkansas". De manera bastante consciente, Clinton cultivó esa imagen. El caso de Palin es muy diferente: no tiene ninguna historia de éxito a sus espaldas. Lo que pasó fue que los republicanos en ese momento pensaron que, como en un reality show, cualquiera podía ser un candidato a la Presidencia. Y crearon a la candidata Palin. Fue una especie de Operación Triunfo. El objetivo era presentar a alguien que fuera más cercano a la gente.

En 2016 Trump, un ultramillonario representante del 1% más rico del país, habló a la "basura blanca", cabalgó su malestar y reivindicó su estilo de vida. ¿Esto marca un cambio respecto al pasado?

Esta es la ironía de Trump: no entiende nada de la gente trabajadora, nunca ha hablado con ellos, nunca hizo nada en la vida. Además, es un empresario fracasado y endeudado. La razón por la cual a una parte de la clase trabajadora blanca le gusta Trump es la manera en que habla: como un estadounidense cansado de la política. Su grosería lo hace auténtico. Y eso nos lleva a una reflexión: lo que se quiere en muchos casos de los políticos es que se parezcan a nosotros. Trump ha adoptado la política del Sur, aunque es de Nueva York. Todo lo que pretende ser no lo es y creo que muchos de sus votantes saben que es un espectáculo, un fake, como en el wrestling (lucha libre). Sinceramente, no creo que la mayoría de la gente que acude a sus mítines ame a Trump, pero le gusta estar ahí. Es como ir a un partido de fútbol.

Nancy Isenberg

¿Qué influencia tuvo toda una serie de programas de televisión de los últimos 40 años para modelar la imagen de la "escoria blanca"? ¿La victoria de Trump en 2016 es también una consecuencia del movimiento de orgullo identitario redneck de la década de 1990?

Esos programas crean estereotipos insultantes, como en el reality Here Comes Honey Boo Boo [que muestra a la familia de una muchacha que participa en un concurso de belleza infantil], donde la madre de la familia encarna el tópico de la mujer blanca pobre: jamás se ha casado, tiene tres hijos de tres diferentes hombres, dos de los cuales son violentos, es gorda... ¿Cómo podemos sorprendemos de lo que pasa en política? Aquí se percibe una vez más la enorme influencia de los medios: la gente cree ver un verdadero candidato por ese falso sentimiento de intimidad que proporciona la televisión. No se fija en los contenidos, sino en cómo habla el candidato. Los políticos se limitan a recoger inputs de la cultura de masas. Los jefes de campaña son publicitarios: esto ya empezó con Dwight Eisenhower.

En la anterior campaña electoral, Hillary Clinton tachó de "deplorables" a los electores de Trump. ¿Joe Biden es el candidato correcto para hablar a ese sector de la sociedad estadounidense?

Hillary se equivocó y esa expresión se utilizó mucho contra ella, aunque no se refería a la gente pobre, sino a los supremacistas blancos. Dicho esto, Biden es diferente porque tiene un lenguaje mucho más dirigido a la clase trabajadora y puede convencer a los votantes de Pensilvania o Michigan que hace cuatro años votaron por Trump, o a las mujeres de los suburbios de Milwaukee, en Wisconsin, que apoyaron a Ted Cruz. Por eso, creo que los demócratas apostaron por Biden y no por Bernie Sanders.

Se habla mucho de las guerras culturales. La extrema derecha, claramente, las utiliza. ¿Es otra manera de ocultar las diferencias de clase, sustituirlas por temas identitarios?

Los republicanos saben que la única forma de que la clase trabajadora blanca siga votándolos es utilizar las políticas culturales e identitarias que distraen a la gente de las cuestiones materiales. Lo que Trump hace no es nuevo: Sarah Palin ya empezó hace una década. La gente debería votar a los políticos que pueden hacer mejoras concretas en sus condiciones de vida. Por ejemplo, ahora como nación deberíamos tener una respuesta nacional a la pandemia y no la tenemos. En cambio, mucha gente piensa que debe votar a quien más se le parece. Este es el problema.

ORIGINAL EN

www.herramienta.com.ar

 

miércoles, 27 de junio de 2018

Argentina Analisis Historia Neoliberalismo en Argentina: un arma mortal


Tomado de:

HispanTV
46-58 minutes

Con los planes neoliberales que dirigió el ex ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz (1976- 1981), Argentina vio naufragar su industria nacional.
De la riqueza a la pobreza
El economista ruso-estadounidense Simon Kuznets, ganador del Premio Nobel de Economía en 1971, dijo alguna vez que existen cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. ¿Por qué estos dos últimos? El caso del país asiático, porque constituye un verdadero “milagro”: habiendo sido prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial –con el agregado de dos bombas atómicas sobre su población civil– en pocos años resurgió monumental mente, transformándose en un par de décadas en la segunda economía mundial. El caso de Argentina, por el contrario, es también digno de estudio (la “paradoja” argentina, pudo llamársele): ¿cómo fue posible que una sociedad próspera, con elevados índices de lo que hoy llamaríamos “desarrollo humano”, con abundantes tierras fértiles, numerosos recursos hídricos, petróleo, un enorme litoral atlántico y un parque industrial considerable, que para la primera mitad del siglo XX tenía una pujanza mayor que Canadá, Australia o España, en unos años pudiera descender tanto, convirtiendo a uno de cada tres de sus habitantes en pobres? ¿Cómo fue posible eso? ¿Cómo se pudo llegar a esa patética realidad donde buena parte de su juventud piensa que la única salida que tiene el país… es Ezeiza? (el aeropuerto internacional).
Hacia 1913 Argentina era el décimo país del mundo con mayores ingresos per capita. Con el proceso de sustitución de importaciones, que en realidad empezó antes de la primera presidencia de Juan Domingo Perón, pero que durante su mandato se acrecentó poderosamente, la capacidad industrial argentina fue creciendo en forma exponencial en la primera mitad del siglo pasado. El valor agregado de la producción manufacturera superó al de la agricultura por primera vez en 1943. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa estaba destrozada y comenzaba su lento proceso de recuperación con la inyección del Plan Marshall estadounidense, Argentina rebosaba de divisas, siendo la décima economía mundial. El desarrollismo, como teoría económico-político-social que encontró en Raúl Prebisch su principal mentor, marcó la época, llevando la industrialización a niveles insospechados.
A partir del empuje que recibe la industria nacional durante el gobierno peronista, para finales de la década de los 50 el país aportaba la mitad de todo el Producto Interno Bruto –PIB– de Latinoamérica. Además de las tradicionales exportaciones de cereales y carne vacuna, la industria argentina marcaba época. La producción global era el doble de la de su vecino Brasil. Junto a ese dinamismo, la sociedad en su conjunto tenía un nivel comparativamente muy alto con otros países de la región. Los salarios eran los mejores de todo el sub continente, y la clase trabajadora –urbana y rural– estaba sindicalizada, gozando de importantes beneficios.
La pobreza nunca superaba el 10 % de la población, y la participación de los salarios de los trabajadores en la riqueza nacional rondaba el 50 %. Había considerables desarrollos, tanto científico-técnicos como culturales en su sentido más amplio. Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1947 se construye en el país el primer avión a reacción de toda Latinoamérica, noveno en su tipo en todo el mundo: el Pulqui I. Para mediados de siglo Argentina fue pionera en todo el Tercer Mundo en investigación nuclear: en 1958 entra en operaciones el primer reactor de su tipo en toda América Latina, y en 1968 se comienza a construir la primera usina atómica de la región: Atucha, que se inaugura en 1974.
Para 1958 en Argentina se encontraba la empresa industrial más grande de Latinoamérica: Siam, con más de 9000 trabajadores, con una muy importante producción de manufacturas varias. En 1955, el país contaba con una reserva de 371 millones de dólares, pasando a ser acreedor. Todo este desarrollo se traduce en un considerable bienestar general, con servicios públicos de calidad: educación universal gratuita que termina con el analfabetismo, y un sistema de salud pública y de seguridad social de gran vuelo.
La producción científica y cultural también alcanza altas cotas: tres Premios Nobel en Ciencia, una gran industria editorial, discográfica y cinematográfica que marca rumbo en el continente, masivo acceso a la educación (el país más lector de la región, por ejemplo). Para la década de los 60, el 40 % de la población podía considerarse de clase media, con importantes cuotas de consumo y con indicadores socioeconómicos inhallables en otros países latinoamericanos, más cercanos al perfil de un país europeo con desarrollo medio.
Pero algo pasó. Todo ese nivel de bienestar se vino abajo. Ese histórico índice de pobreza siempre bajo, hoy día trepó a niveles exagerados. En estos momentos, año 2018, 35 % de la población se considera pobre a nivel nacional, mientras que en algunas provincias esa cifra supera el 50 %. El salario mínimo actual cubre solo el 45 % de la canasta básica, y las jubilaciones son vergonzosas, pues no permiten pasar la primera quincena. Como cosa inédita en un país que siempre fue productor neto de alimentos (carne vacuna y cereales en cantidad, el “país de las vacas”), actualmente la desnutrición infantil es de más del 20 %. La desocupación se ubica en el 7,6 % de la Población Económicamente Activa, y a nivel global Argentina descendió a ser la tercera economía en Latinoamérica –detrás de Brasil, que presenta un PIB cuatro veces mayor, y de México– habiendo caído al 26.° lugar a nivel mundial.
Solo para ejemplificar el fenómeno en juego: en el corto período de cuatro años que va de 1999 a 2002, el PIB decreció en más de 20 %.Por otro lado, el ingreso per capita del año 2004 fue aproximadamente el mismo que el de 1974. Pero –y esto es lo importante a remarcar– el nivel de población en situación de pobreza fue mucho mayor en el 2004, lo que refleja una creciente desigualdad en la distribución del ingreso en el país.
Paisajes sociales impensables décadas atrás, hoy hacen parte de la cotidianeidad argentina: población precarizada, cinturones de pobreza (villas miserias) por doquier, ejércitos de vendedores ambulantes informales, niños de la calle, delincuencia callejera a niveles alarmantes y desconocidos anteriormente, consumo de drogas generalizado. Aunque Raúl Alfonsín pregonaba a los cuatro vientos durante su campaña presidencial en 1983 que “con la democracia se come, se cura y se educa”, la obstinada realidad enseña que el hambre, la reaparición de enfermedades endémicas otrora superadas y la deserción escolar, hoy son una constante en Argentina. En el “país de las vacas” no fueron pocas las veces en que la población, desesperada, saqueó un zoológico para comer algo de carne roja.
¿Qué pasó? ¿Cómo se dio esta paradoja? ¿Cómo fue posible que, de ser un territorio libre de analfabetismo, donde un tercio de la población tenía vivienda propia y la clase trabajadora mostraba una organización sindical envidiable, hoy día Argentina no pueda salir de su marasmo?
Las consecuencias de esta caída fueron estrepitosas: el aumento en el consumo de sustancias psicoactivas es un elocuente índice (¿por qué huir de la realidad si todo anduviera bien?). En estos últimos años Argentina tuvo indicadores trágicos: uno de los primeros lugares, a nivel mundial, en suicidios y en disfunción eréctil. Definitivamente, todo se vino abajo. ¿Cómo entenderlo?
¿Qué pasó?
Dejando de lado explicaciones superficiales (¿supuesta “vocación” al fracaso de los argentinos?), la apelación a “los malos gobernantes” es el expediente más sencillo. Pero allí radica un enorme peligro en términos ideológicos: además de ser una mirada banal, se juega un prejuicio cuestionable. La marcha de las sociedades, y menos aún hoy día en estas “democracias” capitalistas, no está fijada en modo alguno por las administraciones de turno, por el presidente y sus ministros, ni por las legislaturas. En último análisis, podría decirse que los equipos gobernantes son meros administradores, meros gerentes que fijan (a medias) las políticas públicas. Los verdaderos actores que establecen los carriles por donde transita la humanidad son poderes mucho más omnímodos. Hoy día –y evidenciar esto es la intención del presente escrito– esos poderes van infinitamente mucho más allá de los Estados nacionales: la arquitectura del mundo, cada vez más, está dada por monumentales capitales globales. Capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país. ¿Por qué hoy día Argentina, de nación autosuficiente donde no se compraba prácticamente nada en el extranjero –salvo productos de lujo prescindibles en la economía cotidiana– pasó a ser un monoproductor de soja transgénica, inundado de producción industrial externa, con una población empobrecida? ¿Quién fijó eso: los presidentes de turno?
Argentina, para los años 70, consumía demasiado petróleo. Cada familia quería tener un automóvil… ¡y eso es mucho!”, dijo ya entrado el siglo XXI un funcionario estadounidense de la USAID1 explicando la “necesidad” de imponer planes de austeridad en el país. Mucho consumo de petróleo, pero ¿para quién? Eso hace recordar aquella famosa frase de Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”. Insistamos en la fórmula: capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país.
Desde hace unas cuatro décadas, esos mega-capitales han impuesto unas políticas específicas que se han conocido como “neoliberalismo”. Son esas políticas, establecidas por grandes centros de poder con capacidad de incidencia global, las que hicieron de Argentina lo que es actualmente. Los gobernantes de turno han navegado en medio de esas imposiciones, sin ser ellos directamente los responsables de la actual monumental debacle.
Con la dictadura impuesta el 24 de marzo de 1976, bajo la dirección del general Jorge Rafael Videla, el verdadero personaje fuerte que empezó imponiendo esas políticas neoliberales fue el entonces ministro de economía, José Alfredo Martínez de Hoz, conspicuo miembro de la oligarquía nacional, formado en la Universidad de Cambridge, Estados Unidos, y ligado directamente a las ideas neoliberales en boga. “Siento gran respeto y admiración por Martínez de Hoz. Esto proviene no sólo de una larga amistad entre nosotros, a pesar de las distancias geográficas que nos separan, sino de la creatividad y rigor de su desempeño en el plano económico. [...] Pocos como él tuvieron la valentía de informar en Estados Unidos que el problema de Argentina anterior a su gestión radicaba en la promoción de una excesiva intervención estatal en la economía y en el sobre dimensionamiento de las funciones del Estado, que indebidamente ponían sobre las espaldas del país el costo social de la acción”, dijo el magnate estadounidense David Rockefeller refiriéndose a su persona en 1978.
Fueron esas políticas específicas las que comenzaron con el terrorífico deterioro argentino. Con los planes neoliberales que dirigió Martínez de Hoz –asentados en 30 000 desaparecidos, campos de concentración clandestinos y picanas eléctricas a la orden del día– Argentina vio naufragar su industria nacional. Miles de pequeñas y medianas empresas quebraron debido a las reducciones arancelarias que permitieron una invasión de mercadería extranjera, con la consecuente pauperización de enormes masas de trabajadores que fueron quedando desocupados. El cinturón industrial Rosario-San Nicolás, donde se asentaba buena parte de un muy desarrollado parque productivo, con dos grandes acerías incluidas y una pujante industria petroquímica, alcanzó cotas de desempleo únicas en el mundo, con más del 30 % de la PEA sin salario. Para el año 1980 la producción industrial había reducido un 10 % su aporte al PIB, y en algunas ramas, como la textil, la caída había superado el 15 %.
Esas políticas de desfinanciamiento del país en beneficio de centros de poder externo dieron como resultado un crecimiento exponencial de la deuda externa. La misma creció de 7.875 millones de dólares, al finalizar 1975, a 45 087 millones de dólares en 1983. Ello trajo como resultado la sujeción inmediata de Argentina a los organismos crediticios internacionales, hipotecando por largas décadas su futuro. La situación de los trabajadores asalariados fue de empobrecimiento acelerado: la participación del salario en el PIB, que para 1975 era de un 43 %, en un par de años se redujo al 25 %. El nivel de vida, naturalmente, cayó en forma estrepitosa. Pero la situación deja ver el trasfondo de esas políticas: si bien los salarios pasaron a ser miserables, tener un trabajo fijo en esas condiciones dominantes era ya un lujo. Por tanto, la consigna para todo trabajador pasó a ser cuidar como el bien más preciado su sacrosanto puesto de trabajo. Consecuencia obligada: “No meterse en nada”, eufemismo por decir: olvidarse de toda actitud crítica, no protestar, no organizarse. Las desapariciones forzadas de personas (el temible Ford Falcon verde con varios sujetos armados a bordo) eran el siniestro recordatorio.
Está claro que esas políticas, fijadas desde los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, marcan el rumbo, tanto en Argentina como en todos los países latinoamericanos, e incluso de todo el orbe. Los presidentes de turno, con distintas características y estilos personales, no son más que buenos colegiales a los que se les obliga a hacer la tarea. Los presidentes de los Bancos Centrales, por otro lado –con relación directa con esos organismos crediticios– pasaron a tener mayores cuotas de poder que los propios mandatarios. De hecho, hacia finales de la dictadura militar, en septiembre de 1982, el por ese entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, seguidor a ultranza de las recetas neoliberales (formado en Harvard, Estados Unidos), estatizó 17 000 millones de dólares de deuda externa privada, transformándola en deuda pública. Entre otras empresas beneficiadas con esas medidas está el Grupo Macri, de donde proviene el actual presidente. En otros términos: se socializan las pérdidas (empobrecimiento de las mayorías populares) mientras que se privatizan las ganancias (de grandes grupos económicos, nacionales y extranjeros). El Estado no sirve, según la prédica neoliberal. Pero sí sirve para salvar a la empresa privada en dificultades, fenómeno que se dio en numerosos países, como se verá más adelante.
Está claro, entonces, que el actual deterioro de Argentina no fue “culpa” de algún funcionario público en especial, de la corrupción de algún político venal o de desacertadas decisiones de un ministro de Economía, del “corralito” de Fernando de la Rúa o del malhadado destino. Es algo estructural, y hay que leerlo en clave histórica.Las “relaciones carnales” de Carlos Menem fueron más vergonzosas que los intentos socialdemócratas (engañosos) de Néstor Kirchner2 o de Cristina Fernández, pero todos, indefectiblemente, se vieron constreñidos a seguir reglas de juego que no fijaron, que les fueron impuestas. Y, preciso es decirlo, con estos últimos dos mandatarios, si bien hubo una relativa mejoría en la situación de la pauperizada clase trabajadora –merced a programas asistenciales en muy buena medida– la transformación del país (de industrial en agrícola) es un proceso que no depende de decisiones tomadas en la Casa Rosada. Si “es mucho el petróleo que consumen los argentinos”, eso no lo decidió ningún ciudadano argentino. La pobreza actual (1 de cada 3 argentinos es pobre) tiene causas mucho más concretas y profundas que la “mala suerte” o que la corruptela de algún ministro o legislador.
Las políticas neoliberales que hace años marcan el ritmo del planeta tienen como objetivo, en definitiva, repartir el mundo de una forma donde los habitantes del Sur no cuentan en la toma de esa decisión. La agenda oculta pareciera ser tener postrada a la población mayoritaria en beneficio de unos pocos, muy pocos grandes centros decisorios.
¿Qué es, entonces, el neoliberalismo?
Lo que hoy día conocemos como “neoliberalismo”, siempre asociado a la idea de globalización, es una forma que el sistema capitalista adquirió entre los años 70 y 80 del siglo pasado, surgido como doctrina en los llamados países centrales, en el que retoma la iniciativa económica, política, militar e ideológico-cultural que había ido perdiendo a través de décadas de avance popular. Recuérdese que los años 60/70 marcaron un alza significativa de las luchas anti-sistémicas, con distintas expresiones de rechazo que van desde organizaciones sindicales combativas hasta movimientos campesinos organizados, el desarrollo de guerrillas de orientación socialista hasta la aparición de un ala progresista de la Iglesia Católica surgida luego del Concilio Vaticano II y su opción preferencial por los pobres, el rechazo a la guerra de Vietnam y el movimiento hippie llamando al pacifismo y el no-consumismo al Mayo Francés como fuente inspiradora de protestas, el auge de los procesos de liberación nacional en África al impetuoso avance de los movimientos feministas y de liberación sexual, la mística guevarista que va marcando esos años así como el auge de un espíritu contestatario y rebelde que se expande por doquier. Vale recordar que para los años 80 del siglo XX, al menos un 25 % de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas (Unión Soviética y el este europeo, China, Vietnam, Corea del Norte, Laos, Camboya, Cuba, Nicaragua, muchos países africanos de reciente liberación, etc.).
Ante todo esto, para el sistema capitalista dominante entendido como unidad global y monolítica, más allá de diferencias y pujas intercapitalistas, se prendieron las luces rojas de alarma. El llamado neoliberalismo fue la reacción a ese estado de cosas. Los Documentos de Santa Fe3 (elaborados por los más ultraderechistas tanques de pensamiento neoconservador estadounidenses) son el complemento político para América Latina de la arquitectura económica que fija el neoliberalismo. De hecho, la primera experiencia neoliberal como tal –en alguna medida: laboratorio para lo que vendrá después– tiene lugar en el medio de una sangrienta dictadura latinoamericana: el Chile del general Augusto Pinochet. A partir de ahí, el modelo se expande por innumerables países del Sur, para llegar luego a las naciones metropolitanas. Allí, Estados Unidos bajo la presidencia de Ronald Reagan y Gran Bretaña, dirigida por Margaret Tatcher, son los países que enarbolan el neoliberalismo como insignia triunfal, para impulsarlo a escala planetaria. Sus mentores intelectuales: los austríacos Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises (la llamada Escuela de Viena) y lo que luego se conocerá como la Escuela de Chicago, capitaneada por el estadounidense Milton Friedman y sus acólitos Chicago Boys, reflotan y llevan a un grado sumo los principios liberales del capitalismo inglés clásico.
En pocas palabras, este nuevo liberalismo se emparenta directamente con el viejo liberalismo dieciochesco y decimonónico de los padres de aquella economía política clásica burguesa, aquellos que inspiraron a Marx en su lectura crítica del capitalismo: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill: el acento está puesto en la entronización absoluta de la libertad de mercado, reduciendo drásticamente el papel del Estado a un mero mecanismo garante que asegura la renta de la empresa privada. El actual neoliberalismo y sus recetas de privatización de los principales servicios estatales, desarman el Estado de bienestar keynesiano surgido después de la Gran Depresión de 1930, teniendo como resultado dos elementos fundamentales: 1) el enriquecimiento exponencial de los grandes capitales en detrimento de toda la masa asalariada (trabajadores varios y sectores medios), y 2) el descabezamiento de toda protesta popular. Es elocuente al respecto lo expresado por la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, para resumir esta nueva perspectiva: “No hay alternativa”. Dicho de otro modo: “O capitalismo ¡o capitalismo! Eso no se discute”.
El instrumento desde donde se impulsaron esas nuevas políticas fueron los grandes organismos crediticios de Bretton Woods: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instancias financieras manejadas por los grandes capitales corporativos de unos pocos países centrales, Estados Unidos fundamentalmente. Desde ahí se fijaron las recetas neoliberales que prácticamente la casi totalidad de países del mundo debieron impulsar estas últimas décadas. Y por supuesto, no para beneficio de las grandes mayorías populares sino para provecho de esos pocos capitales transnacionales.
Las dos tareas mencionadas (acumulación de riquezas y freno de la protesta popular) se han venido cumpliendo a la perfección en estas últimas cuatro décadas. La acumulación de riquezas de los más acaudalados se llevó a niveles descomunales. A partir de ello, hoy día 500 corporaciones multinacionales globales manejan prácticamente la economía mundial, con fracturaciones que se miden por decenas o centenas de miles de millones de dólares (una sola empresa con más renta que el PIB total de muchos países del Sur), y el patrimonio de las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1000 millones de dólares –selecto grupo que cabe en un Boeing 747, en su gran mayoría de origen estadounidense– supera el ingreso anual combinado de naciones en las que vive el 45 % de la población mundial. En otros términos: la polarización económico-social se llevó a extremos que nunca antes había conocido el capitalismo, surgido con los ideales (perversamente engañosos) de “libertad, igualdad y fraternidad”. Esa acumulación fabulosa de riqueza se hizo sobre la base de un empobrecimiento mayúsculo de las grandes mayorías.
Ese fabuloso acrecentamiento de riquezas vino de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación que convirtieron el planeta en una verdadera aldea global, eliminando distancias y homogeneizando culturas, gustos y tendencias, aplastando tradiciones locales de un modo impiadoso. El internet fue su ícono por antonomasia. De ahí que, en muy buena medida como producto de una ilusión mediática que así lo presenta, esa nueva forma de capitalismo despiadado que se erigió contra el alza de las luchas populares de décadas anteriores, suele estar asociado a la mundialización o planetarización, a lo que hoy se llama globalización, y siempre de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Pero ese fenómeno no es nuevo. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido [por lo que ahora estamos presenciando]”, anunciaba Marx en 1858. En realidad, la globalización no comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989, como mal intencionadamente se arguye, cuando el “mundo libre” vence a la “tiranía comunista”, sino la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana avistó tierra desde la nave insignia de la expedición de Cristóbal Colón.
La otra faceta del neoliberalismo: la neutralización de todo tipo de protesta popular anti-sistémica, igualmente se llevó a cabo de modo perfecto. En América Latina los planes neoliberales se asentaron a partir de feroces dictaduras sangrientas que prepararon el terreno. Fueron gobiernos civiles, llamados “democracias”, las que profundizaron las recetas fondomonetaristas y privatistas (Carlos Menem en Argentina, por ejemplo, o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Carlos Salinas de Gortari en México, Collor de Melo en Brasil, Virgilio Barco en Colombia, Álvaro Arzú en Guatemala, etc.), sobre montañas de cadáveres y ríos de sangre que les antecedieron. En el llamado Primer Mundo, esas políticas se impusieron también a sangre y fuego, pero sin la necesidad de dictaduras militares previas. El resultado fue similar en todo el mundo: los sindicatos obreros fueron cooptados, la ideología conservadora fue imponiéndose, y toda forma de descontento y/o contestación fue reducida a “oprobiosa rémora de un pasado que no debía volver”. Desmoronado el bloque socialista (fenecida la revolución en la Unión Soviética y revertida la revolución hacia un confuso “socialismo de mercado” en la República Popular China), Cuba y Norcorea fueron prácticamente los únicos baluartes que permanecieron fieles al ideario socialista. Y así les fue. En Cuba, el capitalismo global le ajustó cuentas, haciéndole sufrir el penoso “período especial”, y en Corea del Norte se le llevó a un tremendo nivel de asfixia que forzó al gobierno coreano a emprender su militarización nuclear como único modo de sobrevivencia. Sin ningún lugar a dudas, estas nuevas políticas neoliberales (o capitalismo sin anestesia, para ser más explícito, sin el colchón que había generado el Estado socialdemócrata de las ideas keynesianas) desarmaron, desmovilizaron e hicieron retroceder toda protesta social. Conservar el puesto de trabajo (indignamente en muchos casos) pasó a ser lo único que se podía hacer. La protesta significa el desempleo, y ante el nuevo paisaje que crearon estas políticas, eso es equivalente casi a la muerte. En Latinoamérica los campos de concentración clandestinos, la desaparición forzada de personas y las torturas pavimentaron el camino para estos planes, de los que todos los trabajadores del mundo, Norte próspero y Sur mísero, siguen sufriendo hoy las consecuencias. Eso explica la pobreza y la precarización actual de Argentina (segundo país en Latinoamérica –30 000–, tras Guatemala –45 000–, en personas desparecidas previas a los planes neoliberales).
Estas recetas de entronización absoluta del libre mercado se complementan necesariamente con el achicamiento / desmantelamiento de los Estados nacionales: todas las empresas públicas son privatizadas, la inversión social se reduce a porcentajes ínfimos y la prédica constante, que termina por hacerse una verdad (“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad” enseñó Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi) hace del Estado un “paquidermo inservible, corrupto, disfuncional”. Esa ideología, esas prácticas concretas de ajuste estructural, las vemos recorriendo todo el mundo. En Argentina, como no podía ser de otro modo, también terminaron afianzándose, siendo la piedra angular de todos los gobiernos. Desde la implementación de los primeros planteos neoliberales en 1976, con Martínez de Hoz, pasando por todas las administraciones hasta la actual de Mauricio Macri (¡todas!, sin excepción), el neoliberalismo ha marcado el rumbo. Por eso –y no por ninguna otra cosa– el país presenta el estado calamitoso actual, con proliferación de “cirujas” y villas miseria, junto a ghettos ultra refinados para los que “se salvaron”.
El neoliberalismo, digámoslo claramente, es una expresión determinada del sistema capitalista, de ese modo de producción en un momento de su desarrollo histórico, con capitales monopolistas y transnacionalizados en su actual fase de imperialismo guerrerista. Ese sistema –nunca está de más recordarlo– se fundamenta en la explotación del trabajador a partir de la propiedad privada de los medios de producción, no importando la forma que ese trabajo asuma: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola –incluso si se trata de trabajadores estacionales–, productores intelectuales, trabajo hogareño no remunerado, habitualmente desarrollado por mujeres amas de casa. El corazón del problema está en la plusvalía, el trabajo no remunerado apropiado por los dueños de los medios de producción bajo la forma de renta, de ganancia, sean ellos industriales, terratenientes o banqueros. Ese es el verdadero problema a enfrentar.
Todo esto remite a la pregunta sobre cómo se estructura verdaderamente el sistema capitalista actual. Está claro que quien manda, quien pone las condiciones y fija las líneas a largo plazo, son estos capitales globales, financieros en muy buena medida, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta. Esos mega capitales realmente no tienen patria. Los Estados nacionales modernos conformados con el triunfo de la sociedad burguesa sobre el feudalismo medieval en Europa, y luego replicados en todas partes del orbe, ya no les son funcionales ni necesarios. El capitalismo globalizado actual no se maneja desde las casas de gobierno. La Casa Blanca, representación por antonomasia del poder mundial (con acceso a uno de los dos botones nucleares más poderosos del planeta) no es la que realmente decide por dónde van las estrategias. Extremando las cosas, el presidente de la primera potencia mundial es un operador de esos grandes capitales, donde el complejo militar-industrial juega un papel de primera importancia, así como las compañías petroleras. Si ese presidente de turno no le quiere escuchar a esas mega empresas, puede terminar con un balazo en la cabeza, como le pasó a John Kennedy. ¿A quién pertenece, por ejemplo, la empresa automotriz más grande del orbe actualmente, el gigante Daimler-Chrysler? A los accionistas, que pueden ser tanto estadounidenses como alemanes…, o de cualquier parte del mundo (¿quién sabe realmente la composición de esos capitales? ¿Podrán tener ahí acciones el Vaticano, o algún cartel de la droga? ¿Por qué no?) Los dueños del capital no tienen color de bandera: su único himno nacional es el billete de banco, que se tiñe de rojo (sangre) cuando alguien se les opone. El Plan Marshall posterior a la Segunda Guerra Mundial buscó justamente eso: internacionalizar los capitales para evitar nuevas confrontaciones bélicas entre los países centrales.
Hay tantas armas y tantas guerras en el mundo, en casi todos los casos impulsadas desde Washington, porque ese entramado industrial necesita realizar su plusvalía, no descender su tasa de ganancia. ¿Quién decide las guerras entonces: los gobiernos, o los poderes que le hablan al oído (dándole órdenes)? ¿Por qué el gobierno argentino compró recientemente con Macri en la presidencia 64 helicópteros de alta tecnología militar, 182 tanquetas y 36 aviones de guerra a proveedores estadounidenses, incluso modelos de cazas similares a los que ya se producen en el país? ¿Quién decide eso? ¿Se tomará la decisión en Buenos Aires? No parece posible.
Del mismo modo: existe una cantidad insufrible de vehículos automotores circulando por el globo impulsados por motores de combustión interna que necesitan derivados del petróleo; sabido es que a) se podrían reemplazar tantos vehículos particulares por transporte público de pasajeros para hacer más amigable la circulación y, fundamentalmente, b) se podría prescindir de los motores alimentados por sub-productos del oro negro reemplazándolos por otros menos contaminantes: agua, energía solar, electricidad. Todo ello, sin embargo, no pasa. ¿Quién lo decide: los gobiernos o las mega empresas productoras de petróleo y/o de vehículos? (que le hablan al oído y les dan órdenes a esas administraciones). Los ejemplos podrían multiplicarse bastante abundantemente. La salud de la población mundial se beneficiaría infinitamente más con atención primaria que con la profusión monumental de medicamentos que llegan al mercado; los ministros de salud lo saben. ¿Quién decide que eso así suceda: los gobiernos o las mega-empresas farmacéuticas? Con la producción de transgénicos se podría acabar con el hambre en el mundo; cualquier gobierno lo sabe, pero ello no sucede. ¿Quién decide eso? Y ni qué decir del capital financiero global: ¿son necesarios esos paraísos fiscales donde, a velocidad de la luz, se mueven cifras astronómicas de dinero virtual? ¿A quién beneficia eso? Obviamente, no a la población. Pero cuando quiebran esos gigantes, son los Estados (con fondos públicos, obviamente) los que los socorren, cosa que no sucede cuando los trabajadores pierden su empleo, por ejemplo.
Esos megacapitales, que cuando tienen traspiés son asistidos por ese mismo Estado que tanto critican desde su visión neoliberal (por ejemplo, el fabricante de vehículos General Motors, o la gran banca, como sucedió con el Bank of America, o el Citigroup, o el JP Morgan, todos en Estados Unidos, o el Lloyds Bank en Gran Bretaña, o el Deutsche Bank en Alemania), son los que conducen finalmente las políticas mundiales. Obviamente la humanidad no necesita ni tantas armas ni guerras, ni tantos medicamentos ni tantos automotores circulando, ni la infinita variedad de productos prescindibles que deben reciclarse de continuo; si eso se da generando el cambio climático –eufemismo moderado por no decir catástrofe medioambiental por la sobreexplotación de recursos–, y gobiernos como los de Washington o los de la Unión Europea lo avalan, es porque el complejo de mega-empresas globales lo imponen.
En esta nueva fase del capitalismo iniciada entre los 70 y 80 del siglo pasado, la globalización neoliberal encontró que es más fácil producir fuera de los países del Norte, trasladando su parque industrial al Sur, pues allí la mano de obra es mucho más barata y desorganizada, se pueden evitar impuestos y las regulaciones medioambientales son mucho más laxas o inexistentes. Es por eso que llegan call centers a la Argentina, no por otra cosa. Esa globalización de la producción para un mercado igualmente global (lo que ya entreveía Marx a mediados del siglo XIX), que tomó su forma acabada desde fines del siglo XX con tecnologías que eliminan distancias, llegó para quedarse. Sin dudas, a lo interno de los países metropolitanos (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), esa nueva recomposición del capital provocó severos daños a la clase trabajadora, aumentando en forma creciente su desocupación, lo que permitió recortar el precio de la mano de obra –congelamiento de salarios y de beneficios varios–. Eso es lo que produjo hace un par de años el notorio descontento de británicos y estadounidenses, que ante una elección determinada (el referéndum para ver si el Reino Unido de Gran Bretaña permanecía o no en la Unión Europea, la última elección presidencial en Estados Unidos ganada por Donald Trump) dijeron no a esas políticas. Pero eso en modo alguno significa que el neoliberalismo está en vías de extinción, como más de alguno triunfal (o irresponsablemente) ha anunciado o pretendido ver.
Neoliberalismo y lucha de clases
Las actuales políticas neoliberales impulsadas por los organismos crediticios internacionales y puestas en práctica mansamente por los distintos gobiernos nacionales (en Argentina también: todos los gobiernos, sin excepción, aunque en la era Kirchner se manipuló la ilusión que el país se desentendía de la deuda con los bancos mundiales), son responsables del empobrecimiento acelerado de la clase trabajadora y de la nueva arquitectura global que reduce Argentina a proveedor de materias primas. Dichas políticas, entonces, deben entenderse como una nueva expresión, corregida y aumentada, de la nunca jamás terminada lucha de clases, un elemento que intenta domesticar a la clase oprimida, doblegarla, ponerla de rodillas, en beneficio de la clase burguesa global, de esos megacapitales que manejan el mundo.
Si el discurso triunfal de la derecha intentó hacernos creer estos años que la lucha de clases había sido superada (¿?), el neoliberalismo mismo es una forma de negar eso, sin saberlo explícitamente. De Marx (con x) se nos dijo que pasábamos a marc’s: métodos alternativos de resolución de conflictos. ¿Qué “método alternativo” existe para “superar” la explotación? ¿La negociación? ¿Nos lo podremos creer? Se negocia algo, superficial, tolerable por el sistema (un aguinaldo, o dos, o cuatro), pero si el reclamo sube de tono (expropiación, reforma agraria), ahí están los campos de concentración, las picanas eléctricas, las fosas clandestinas. ¡No olvidarlo nunca! Quienes a veces lo olvidamos somos los que pertenecemos al campo popular, pues nos lo hacen olvidar con sobredosis de fútbol, o con las nuevas iglesias neopentecostales que invadieron Latinoamérica, y también Argentina. Pero la clase dominante no lo olvida ni por un instante. La lucha de clases sigue tan al rojo vivo como siempre. Si alguien tiene memoria histórica, es la clase dirigente (porque tiene mucho que perder. En el campo popular, perderemos nuestras cadenas. Y eso de vivir encadenados, mejor ni saberlo, según la ideología dominante).
Esta nueva cara del capitalismo, que dejó atrás de una vez el keynesianismo con su Estado benefactor, ahora polariza de un modo patético las diferencias sociales. Pero no solo acumula de un modo grotesco: sirve, además, para mantener el sistema de un modo más eficaz que con las peores armas, con la tortura o con la desaparición forzada de personas. El neoliberalismo golpea en el corazón mismo de la relación capital-trabajo, haciendo del trabajador un ser absolutamente indemne, precario, mucho más que en los albores del capitalismo, cuando la lucha sindical aún era verdadera y honesta. Se precarizaron las condiciones de trabajo a tal nivel de humillación que eso sirve mucho más que cualquier arma para maniatar a la clase trabajadora. Y los sindicatos pasaron a ser algo absolutamente inservible para la clase trabajadora, total –y vergonzosamente– cooptados por la ideología conservadora, transformándolos en entes burocráticos y desmovilizadores.
En ese sentido pueden entenderse las actuales políticas privatistas e hiper liberales (transformando al mercado en un nuevo dios) como el más eficiente antídoto contra la organización de los trabajadores. Ahora no se les reprime con cachiporras o con balas: se les niega la posibilidad de trabajar, se fragilizan y empobrecen sus condiciones de contratación. Eso desarma, desarticula e inmoviliza mucho más que un ejército de ocupación con armas de alta tecnología. Tan efectivo para acallar la protesta como el Ford Falcon verde es la precarización laboral.
Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa (atemorizando a la clase propietaria) era el comunismo, hoy, con las políticas ultraconservadoras inspiradas en Milton Friedman y Friedrich von Hayeck, ese fantasma aterroriza a la clase trabajadora, y es la desocupación.
De acuerdo a datos proporcionados a fines del 2016 por la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, nada sospechosa de marxista precisamente, 2000 millones de personas en el mundo (es decir: dos tercios del total de trabajadores de todo el planeta) carecen de contrato laboral, no tienen ninguna ley de protección social, no se les permite estar sindicalizados y trabajan en las más terribles condiciones laborales, sujetos a todo tipo de vejámenes. Eso, valga aclararlo, rige para una cantidad enorme de trabajadores y trabajadoras, desde un obrero agrícola estacional hasta un profesor universitario (aunque se le llame “Licenciado” o “Doctor”), desde el personal doméstico a un consultor de la Organización de Naciones Unidas. La precariedad laboral barre el planeta. Argentina, por cierto, no escapa a las generales de la ley. Tener un título universitario no es garantía de absolutamente nada (por eso, patéticamente, para muchos jóvenes la única salida del país sigue siendo Ezeiza…).
Junto a lo anterior, 200 millones de personas a lo largo del mundo no tienen trabajo, siendo los jóvenes los más golpeados en esto. Para muy buena cantidad de desocupados, jóvenes en particular, marchar hacia el “sueño dorado” de algún presunto paraíso (Estados Unidos para los latinoamericanos, Europa para los africanos, Japón o Australia para muchos asiáticos o provenientes de Oceanía) es la única salida, que muchas veces termina transformándose en una trampa mortal.
La precarización que permitieron las políticas neoliberales fue haciendo de la seguridad social un vago recuerdo del pasado. De ahí que 75 % de los trabajadores de todo el planeta tiene una escasa o mala cobertura en leyes laborales (seguros de salud, fondo de pensión, servicios de maternidad, seguro por incapacidad o desempleo.), y un 50 % carece absolutamente de ella. Muchos (quizá la mayoría) de quienes estén leyendo este texto, seguramente sufrirán todo esto en carne propia. En Argentina, como en cualquier parte del globo, todo esto es hoy una cruda realidad, quizá con el agravante (psicológico en muy buena medida) de sentirse derrotada, pues habiendo tenido cotas de alto desarrollo socio-económico, la población sufre hoy lo que no había conocido nunca, siendo algo común desde siempre en los países vecinos de América Latina.Caer desde las alturas es, en todos los casos, más traumático que haber vivido siempre en el llano4.
Si se tiene un trabajo, la lógica dominante impone cuidarlo como el bien más preciado: no discutir, soportar cualquier condición por más ultrajante que sea, aguantar… Si uno pasa a la lista de desocupados, sobreviene el drama.
Complementando estas infames lacras que han posibilitado los planes neoliberales, desarmando sindicatos y desmovilizando la protesta, informa también la OIT que 168 millones de niños trabajan, mientras que alrededor de 30 millones de personas en el mundo (niños y adultos) laboran en condiciones de franca y abierta esclavitud (¡la que se abolió con la democracia moderna!, según nos enseñaron…).Argentina no tenía décadas atrás niños de la calle; hoy sí (mientras sigue siendo Cuba el único país en Latinoamérica que no los tiene. ¿Fracaso del socialismo?).
La situación de las mujeres trabadoras (cualquiera de ellas: rurales, urbanas, manufactureras, campesinas, profesionales, sexuales, etc.) es peor aún que la de los varones, porque además de sufrir todas estas injusticias se ven condenadas, cultura machista-patriarcal mediante, a desarrollar el trabajo doméstico, no remunerado y sin ninguna prestación social, faena que, en general, no realizan los varones. Trabajo no pagado que es fundamental para el mantenimiento del sistema en su conjunto, por lo que la explotación de las mujeres que trabajan fuera de su casa devengando salario, es doble: en el espacio público y en el doméstico.
Este retrato desolador de la situación laboral mundial muestra cuan inmenso es el déficit de trabajo decente”, manifiesta la OIT, exigiendo entonces una apuesta “decidida e innovadora” a los diferentes gobiernos para hacer poder llegar a cumplir los llamados “Objetivos de Desarrollo Sostenibleimpulsados por el Sistema de Naciones Unidas para el período 2015-2030.
Lamentablemente, más allá de las buenas intenciones de una agencia de la ONU, los cambios no vendrán por “decididos e innovadores” gobiernos que se apeguen a bienintencionadas recomendaciones. Eso muestra que la lucha de clases, que sigue siendo el imperecedero motor de la historia, continúa tan al rojo vivo como siempre. Que el neoliberalismo sea un intento de enfriar esa situación, es una cosa. Que lo consiga, una muy otra. Pero debe quedar claro que los capitalismos son siempre eso: capitalismos, no importando si asumen el mote de “neoliberal”, “fascista”, con “rostro humano” o “serio” (como pretendía la anterior mandataria argentina, Cristina Fernández). Los planes asistenciales no pueden dejar de ser sino eso: planes asistenciales que no tocan el corazón del problema; ayudan, pero no resuelven de fondo.
El capitalismo, en cualquiera de sus versiones, sigue siendo lo que ya dejaba ver hace 200 años: un sistema basado en el lucro privado empresarial a cualquier costo. No hay capitalismo “bueno” y capitalismo “malo”, capitalismo “serio” versus capitalismo “no serio”. Es una falacia pensar que el enemigo a vencer es el actual neoliberalismo, ese supuesto “malo de la película”. ¿Acaso un capitalismo “serio” –como pretendía la presidenta Cristina Fernández– es la salida de la actual postración? Sin dudas, una agenda ultra neoliberal como la actual de Mauricio Macri complica más aún las cosas para la clase trabajadora; pero el problema de fondo sigue inalterable. Por último, queda claro que un cambio real en las estructuras sociales y en las relaciones de poder no puede venir desde las casas de gobierno, de arriba hacia abajo: se logra solo con la real y efectiva lucha popular, con la gente movilizada, con la bronca desatada de la población y una conducción revolucionaria. Si no, no se pasa de las buenas intenciones.
De lo que se trata es de revisar las bases sobre las que funcionan las sociedades. Y Argentina, más allá de las luchas político-partidistas cotidianas con las que nos podemos distraer (peronismo-antiperonismo) viendo por televisión, al igual que todos los países de Latinoamérica, salvo Cuba, es un engranaje de ese sistema-mundo capitalista que se decide desde Wall Street, o desde Londres, desde alguna Bolsa de Valores o desde algún lujoso pent-house blindado. Las tibias propuestas socialdemócratas / reformistas que se han visto por Latinoamérica estos últimos años, si bien intentaron ser una suerte de alternativa ante los planes liberales, no alcanzaron a torcer ese rumbo. La prueba está en cómo terminaron, o hacia dónde se encaminan: ya no ocupan casas de gobierno, o sus representantes están presos, o defenestrados. O, muy probablemente, camino de serlo. ¿Por qué ninguno de los gobiernos llamados progresistas de estos últimos años en América Latina pudo realmente afianzar modelos de desarrollo con justicia social y profundizar esas “revoluciones”? (Venezuela está semi aplastada, sin salir del rentismo petrolero y sin poder profundizar su “Socialismo del siglo XXI”, Brasil y Argentina son ahora gobernados por administraciones ultraliberales alineadas completamente a Washington, Chile y Uruguay siguen con sus planes de capitalismo neoliberal, Nicaragua es impresentable con una nueva burguesía sandinista traidora a sus ideales revolucionarios de otrora, Ecuador revirtió su proceso popular, siendo quizá Bolivia el único país que, con Evo Morales a la cabeza, sigue enfrentándose al imperio con planteos de algún modo antisistémicos). ¿Por qué esta caída? Porque en ninguno de ellos hubo planteos de cambio anticapitalistas reales, y finalizados los ciclos de bonanza en el precio de los productos primarios que estos países exportan, ya no hubo con qué mantener los planes asistenciales. Que hoy día la coyuntura internacional haga muy difícil impulsar cambios revolucionarios como en décadas pasadas, con Estados Unidos envalentonado y recuperando algún terreno perdido en Latinoamérica, es otra cosa. Esta actual derechización (Macri en Argentina, así como Temer en Brasil, Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, etc.) que sigue al auge de los reformismos de la década anterior debe hacer ver que los ideales de cambio o se plantean claramente, o si no es altamente posible que terminen mal, tal como vemos que está pasando en Latinoamérica con este resurgir de la derecha más visceral.
Los cambios, queda claro, los cambios profundos y estructurales no se hacen desde las casas presidenciales. Se hacen en la lucha popular, con la movilización de grandes mayorías, y no por redes sociales digitales. Líderes carismáticos y con gran imagen mediática son importantes…, pero no hacen una revolución. “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, expresó alguna vez Ernesto Guevara.
Lo que tuvimos en Latinoamérica estos años (PT en Brasil, matrimonio Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, el proceso boliviano) fueron importantes movimientos de inconformidad con discursos nacionalistas/antiimperialistas, pero de momento no pasaron de ahí. Lo de Argentina es palmariamente evidente. ¿Por qué, si no, seguiría un personaje como Mauricio Macri en la Casa Rodada? Y a ese presidente… ¡lo eligieron los mismos argentinos!
Hoy día, hablar de lucha de clases, de socialismo, de revolución, parecieran cosas de un pasado remoto, condenado a los museos. Quizá nos ilusionamos cuando se comenzó a hablar de un renovado “Socialismo del siglo XXI”, pero la promesa se quedó en el arranque. Hay cierta tendencia a ver como el “monstruo a vencer” a esa forma especial de capitalismo sin anestesia que es el neoliberalismo. De todos modos, la situación es más compleja. Si algo hay que cambiar, es la estructura de base; la contradicción que pone en marcha el sistema, que lo hace funcionar: capital-trabajo asalariado. La contradicción peronismo-antiperonismo, tan arraigada en la historia argentina, es circunstancial, anecdótica. Pasaron administraciones peronistas y no peronistas, pero lo que cuenta es que un tercio de la población sigue en estado de pobreza, con “cartoneros” y barras bravas haciendo parte de la normalidad aceptada, con countries hiper lujosos sobre un mar de exclusión. Eso tampoco es “culpa” del peronismo o de los antiperonistas: ¡es el sistema! Si no se ve así, jamás estaremos en condiciones de entender el fenómeno, y mucho menos, de transformarlo. Carlos Menem, ahora considerado “El innombrable” por muchos de los argentinos que hace algunos años atrás lo eligieron en las urnas, era peronista… y fue el más neoliberal de los presidentes en toda Latinoamérica. La cuestión no pasa por partidos políticos tradicionales o figuras carismáticas: es asunto estructural. Eso no se arregla en las urnas.
El marxismo, expresión de esas contradicciones fundantes del sistema, al que se lo quiso dar por “superado” en reiteradas ocasiones, no ha muerto porque ¡las luchas de clase no han muerto! “Curioso cadáver el del marxismo, que necesita ser enterrado periódicamente”, dijo Néstor Kohan.Si tan muerto estuviera, no habría necesidad de andar matándolo continuamente. Esta avanzada fenomenal del capital sobre las fuerzas del trabajo nos lo deja ver de modo evidente. A los cadáveres reales se les sepulta una sola vez… “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” (frase apócrifa erróneamente atribuida a José Zorrila) pareciera que aplica aquí. ¡Por supuesto! Si el marxismo es la expresión de lucha de las clases explotadas, eso de ningún modo “pasó de moda”.
Como dijera este decimonónico pensador alemán cuya obra se declaró muerta innúmeras veces, pero que parece renacer siempre: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. El neoliberalismo, que llegó a Argentina de la mano de Martínez de Hoz y una feroz dictadura asesina y fue continuado por todas las administraciones posteriores, es una expresión –despiadada, sin dudas– de esa sociedad existente. ¿Nos atrevemos a establecer una nueva? ¿Cuándo empezamos?
1Comunicación personal escuchada en una reunión en Guatemala, en 2003.
2No miren lo que digo sino lo que hago”, dijo Néstor Kirchner en una conferencia con empresarios españoles. ¿Doble discurso de un supuesto “revolucionario montonero”?
3Cuatro documentos surgidos entre 1980 y el 2000, que toman su nombre del Grupo de Santa Fe (en referencia a la capital del estado de Nuevo México, Estados Unidos), redactados por pensadores de derecha y la Heritage Foundation. Como ejemplo –uno entre tantos– de su significado histórico: en el Documento Santa Fe II se establece la avanzada de los nuevos cultos evangélicos para controlar la propuesta de izquierda de la Teología de la Liberación que en ese entonces crecía por Latinoamérica.
4¿Cómo se suicida un argentino?, pregunta un inmisericorde chiste: subiendo a lo alto de su ego y dejándose caer.