miércoles, 27 de junio de 2018

Argentina Analisis Historia Neoliberalismo en Argentina: un arma mortal


Tomado de:

HispanTV
46-58 minutes

Con los planes neoliberales que dirigió el ex ministro de economía José Alfredo Martínez de Hoz (1976- 1981), Argentina vio naufragar su industria nacional.
De la riqueza a la pobreza
El economista ruso-estadounidense Simon Kuznets, ganador del Premio Nobel de Economía en 1971, dijo alguna vez que existen cuatro categorías de países: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. ¿Por qué estos dos últimos? El caso del país asiático, porque constituye un verdadero “milagro”: habiendo sido prácticamente destruido durante la Segunda Guerra Mundial –con el agregado de dos bombas atómicas sobre su población civil– en pocos años resurgió monumental mente, transformándose en un par de décadas en la segunda economía mundial. El caso de Argentina, por el contrario, es también digno de estudio (la “paradoja” argentina, pudo llamársele): ¿cómo fue posible que una sociedad próspera, con elevados índices de lo que hoy llamaríamos “desarrollo humano”, con abundantes tierras fértiles, numerosos recursos hídricos, petróleo, un enorme litoral atlántico y un parque industrial considerable, que para la primera mitad del siglo XX tenía una pujanza mayor que Canadá, Australia o España, en unos años pudiera descender tanto, convirtiendo a uno de cada tres de sus habitantes en pobres? ¿Cómo fue posible eso? ¿Cómo se pudo llegar a esa patética realidad donde buena parte de su juventud piensa que la única salida que tiene el país… es Ezeiza? (el aeropuerto internacional).
Hacia 1913 Argentina era el décimo país del mundo con mayores ingresos per capita. Con el proceso de sustitución de importaciones, que en realidad empezó antes de la primera presidencia de Juan Domingo Perón, pero que durante su mandato se acrecentó poderosamente, la capacidad industrial argentina fue creciendo en forma exponencial en la primera mitad del siglo pasado. El valor agregado de la producción manufacturera superó al de la agricultura por primera vez en 1943. Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Europa estaba destrozada y comenzaba su lento proceso de recuperación con la inyección del Plan Marshall estadounidense, Argentina rebosaba de divisas, siendo la décima economía mundial. El desarrollismo, como teoría económico-político-social que encontró en Raúl Prebisch su principal mentor, marcó la época, llevando la industrialización a niveles insospechados.
A partir del empuje que recibe la industria nacional durante el gobierno peronista, para finales de la década de los 50 el país aportaba la mitad de todo el Producto Interno Bruto –PIB– de Latinoamérica. Además de las tradicionales exportaciones de cereales y carne vacuna, la industria argentina marcaba época. La producción global era el doble de la de su vecino Brasil. Junto a ese dinamismo, la sociedad en su conjunto tenía un nivel comparativamente muy alto con otros países de la región. Los salarios eran los mejores de todo el sub continente, y la clase trabajadora –urbana y rural– estaba sindicalizada, gozando de importantes beneficios.
La pobreza nunca superaba el 10 % de la población, y la participación de los salarios de los trabajadores en la riqueza nacional rondaba el 50 %. Había considerables desarrollos, tanto científico-técnicos como culturales en su sentido más amplio. Hacia 1950 Argentina se encontraba entre los tres países más avanzados en el aprovechamiento del gas natural, junto con Estados Unidos y la Unión Soviética. En 1947 se construye en el país el primer avión a reacción de toda Latinoamérica, noveno en su tipo en todo el mundo: el Pulqui I. Para mediados de siglo Argentina fue pionera en todo el Tercer Mundo en investigación nuclear: en 1958 entra en operaciones el primer reactor de su tipo en toda América Latina, y en 1968 se comienza a construir la primera usina atómica de la región: Atucha, que se inaugura en 1974.
Para 1958 en Argentina se encontraba la empresa industrial más grande de Latinoamérica: Siam, con más de 9000 trabajadores, con una muy importante producción de manufacturas varias. En 1955, el país contaba con una reserva de 371 millones de dólares, pasando a ser acreedor. Todo este desarrollo se traduce en un considerable bienestar general, con servicios públicos de calidad: educación universal gratuita que termina con el analfabetismo, y un sistema de salud pública y de seguridad social de gran vuelo.
La producción científica y cultural también alcanza altas cotas: tres Premios Nobel en Ciencia, una gran industria editorial, discográfica y cinematográfica que marca rumbo en el continente, masivo acceso a la educación (el país más lector de la región, por ejemplo). Para la década de los 60, el 40 % de la población podía considerarse de clase media, con importantes cuotas de consumo y con indicadores socioeconómicos inhallables en otros países latinoamericanos, más cercanos al perfil de un país europeo con desarrollo medio.
Pero algo pasó. Todo ese nivel de bienestar se vino abajo. Ese histórico índice de pobreza siempre bajo, hoy día trepó a niveles exagerados. En estos momentos, año 2018, 35 % de la población se considera pobre a nivel nacional, mientras que en algunas provincias esa cifra supera el 50 %. El salario mínimo actual cubre solo el 45 % de la canasta básica, y las jubilaciones son vergonzosas, pues no permiten pasar la primera quincena. Como cosa inédita en un país que siempre fue productor neto de alimentos (carne vacuna y cereales en cantidad, el “país de las vacas”), actualmente la desnutrición infantil es de más del 20 %. La desocupación se ubica en el 7,6 % de la Población Económicamente Activa, y a nivel global Argentina descendió a ser la tercera economía en Latinoamérica –detrás de Brasil, que presenta un PIB cuatro veces mayor, y de México– habiendo caído al 26.° lugar a nivel mundial.
Solo para ejemplificar el fenómeno en juego: en el corto período de cuatro años que va de 1999 a 2002, el PIB decreció en más de 20 %.Por otro lado, el ingreso per capita del año 2004 fue aproximadamente el mismo que el de 1974. Pero –y esto es lo importante a remarcar– el nivel de población en situación de pobreza fue mucho mayor en el 2004, lo que refleja una creciente desigualdad en la distribución del ingreso en el país.
Paisajes sociales impensables décadas atrás, hoy hacen parte de la cotidianeidad argentina: población precarizada, cinturones de pobreza (villas miserias) por doquier, ejércitos de vendedores ambulantes informales, niños de la calle, delincuencia callejera a niveles alarmantes y desconocidos anteriormente, consumo de drogas generalizado. Aunque Raúl Alfonsín pregonaba a los cuatro vientos durante su campaña presidencial en 1983 que “con la democracia se come, se cura y se educa”, la obstinada realidad enseña que el hambre, la reaparición de enfermedades endémicas otrora superadas y la deserción escolar, hoy son una constante en Argentina. En el “país de las vacas” no fueron pocas las veces en que la población, desesperada, saqueó un zoológico para comer algo de carne roja.
¿Qué pasó? ¿Cómo se dio esta paradoja? ¿Cómo fue posible que, de ser un territorio libre de analfabetismo, donde un tercio de la población tenía vivienda propia y la clase trabajadora mostraba una organización sindical envidiable, hoy día Argentina no pueda salir de su marasmo?
Las consecuencias de esta caída fueron estrepitosas: el aumento en el consumo de sustancias psicoactivas es un elocuente índice (¿por qué huir de la realidad si todo anduviera bien?). En estos últimos años Argentina tuvo indicadores trágicos: uno de los primeros lugares, a nivel mundial, en suicidios y en disfunción eréctil. Definitivamente, todo se vino abajo. ¿Cómo entenderlo?
¿Qué pasó?
Dejando de lado explicaciones superficiales (¿supuesta “vocación” al fracaso de los argentinos?), la apelación a “los malos gobernantes” es el expediente más sencillo. Pero allí radica un enorme peligro en términos ideológicos: además de ser una mirada banal, se juega un prejuicio cuestionable. La marcha de las sociedades, y menos aún hoy día en estas “democracias” capitalistas, no está fijada en modo alguno por las administraciones de turno, por el presidente y sus ministros, ni por las legislaturas. En último análisis, podría decirse que los equipos gobernantes son meros administradores, meros gerentes que fijan (a medias) las políticas públicas. Los verdaderos actores que establecen los carriles por donde transita la humanidad son poderes mucho más omnímodos. Hoy día –y evidenciar esto es la intención del presente escrito– esos poderes van infinitamente mucho más allá de los Estados nacionales: la arquitectura del mundo, cada vez más, está dada por monumentales capitales globales. Capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país. ¿Por qué hoy día Argentina, de nación autosuficiente donde no se compraba prácticamente nada en el extranjero –salvo productos de lujo prescindibles en la economía cotidiana– pasó a ser un monoproductor de soja transgénica, inundado de producción industrial externa, con una población empobrecida? ¿Quién fijó eso: los presidentes de turno?
Argentina, para los años 70, consumía demasiado petróleo. Cada familia quería tener un automóvil… ¡y eso es mucho!”, dijo ya entrado el siglo XXI un funcionario estadounidense de la USAID1 explicando la “necesidad” de imponer planes de austeridad en el país. Mucho consumo de petróleo, pero ¿para quién? Eso hace recordar aquella famosa frase de Henry Kissinger: “Controla el petróleo y controlarás a las naciones; controla los alimentos y controlarás a la gente”. Insistamos en la fórmula: capitales que deciden qué y cómo se consume, cuándo hay guerras, qué población sobra en el mundo y qué debe producir cada país.
Desde hace unas cuatro décadas, esos mega-capitales han impuesto unas políticas específicas que se han conocido como “neoliberalismo”. Son esas políticas, establecidas por grandes centros de poder con capacidad de incidencia global, las que hicieron de Argentina lo que es actualmente. Los gobernantes de turno han navegado en medio de esas imposiciones, sin ser ellos directamente los responsables de la actual monumental debacle.
Con la dictadura impuesta el 24 de marzo de 1976, bajo la dirección del general Jorge Rafael Videla, el verdadero personaje fuerte que empezó imponiendo esas políticas neoliberales fue el entonces ministro de economía, José Alfredo Martínez de Hoz, conspicuo miembro de la oligarquía nacional, formado en la Universidad de Cambridge, Estados Unidos, y ligado directamente a las ideas neoliberales en boga. “Siento gran respeto y admiración por Martínez de Hoz. Esto proviene no sólo de una larga amistad entre nosotros, a pesar de las distancias geográficas que nos separan, sino de la creatividad y rigor de su desempeño en el plano económico. [...] Pocos como él tuvieron la valentía de informar en Estados Unidos que el problema de Argentina anterior a su gestión radicaba en la promoción de una excesiva intervención estatal en la economía y en el sobre dimensionamiento de las funciones del Estado, que indebidamente ponían sobre las espaldas del país el costo social de la acción”, dijo el magnate estadounidense David Rockefeller refiriéndose a su persona en 1978.
Fueron esas políticas específicas las que comenzaron con el terrorífico deterioro argentino. Con los planes neoliberales que dirigió Martínez de Hoz –asentados en 30 000 desaparecidos, campos de concentración clandestinos y picanas eléctricas a la orden del día– Argentina vio naufragar su industria nacional. Miles de pequeñas y medianas empresas quebraron debido a las reducciones arancelarias que permitieron una invasión de mercadería extranjera, con la consecuente pauperización de enormes masas de trabajadores que fueron quedando desocupados. El cinturón industrial Rosario-San Nicolás, donde se asentaba buena parte de un muy desarrollado parque productivo, con dos grandes acerías incluidas y una pujante industria petroquímica, alcanzó cotas de desempleo únicas en el mundo, con más del 30 % de la PEA sin salario. Para el año 1980 la producción industrial había reducido un 10 % su aporte al PIB, y en algunas ramas, como la textil, la caída había superado el 15 %.
Esas políticas de desfinanciamiento del país en beneficio de centros de poder externo dieron como resultado un crecimiento exponencial de la deuda externa. La misma creció de 7.875 millones de dólares, al finalizar 1975, a 45 087 millones de dólares en 1983. Ello trajo como resultado la sujeción inmediata de Argentina a los organismos crediticios internacionales, hipotecando por largas décadas su futuro. La situación de los trabajadores asalariados fue de empobrecimiento acelerado: la participación del salario en el PIB, que para 1975 era de un 43 %, en un par de años se redujo al 25 %. El nivel de vida, naturalmente, cayó en forma estrepitosa. Pero la situación deja ver el trasfondo de esas políticas: si bien los salarios pasaron a ser miserables, tener un trabajo fijo en esas condiciones dominantes era ya un lujo. Por tanto, la consigna para todo trabajador pasó a ser cuidar como el bien más preciado su sacrosanto puesto de trabajo. Consecuencia obligada: “No meterse en nada”, eufemismo por decir: olvidarse de toda actitud crítica, no protestar, no organizarse. Las desapariciones forzadas de personas (el temible Ford Falcon verde con varios sujetos armados a bordo) eran el siniestro recordatorio.
Está claro que esas políticas, fijadas desde los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, marcan el rumbo, tanto en Argentina como en todos los países latinoamericanos, e incluso de todo el orbe. Los presidentes de turno, con distintas características y estilos personales, no son más que buenos colegiales a los que se les obliga a hacer la tarea. Los presidentes de los Bancos Centrales, por otro lado –con relación directa con esos organismos crediticios– pasaron a tener mayores cuotas de poder que los propios mandatarios. De hecho, hacia finales de la dictadura militar, en septiembre de 1982, el por ese entonces presidente del Banco Central, Domingo Cavallo, seguidor a ultranza de las recetas neoliberales (formado en Harvard, Estados Unidos), estatizó 17 000 millones de dólares de deuda externa privada, transformándola en deuda pública. Entre otras empresas beneficiadas con esas medidas está el Grupo Macri, de donde proviene el actual presidente. En otros términos: se socializan las pérdidas (empobrecimiento de las mayorías populares) mientras que se privatizan las ganancias (de grandes grupos económicos, nacionales y extranjeros). El Estado no sirve, según la prédica neoliberal. Pero sí sirve para salvar a la empresa privada en dificultades, fenómeno que se dio en numerosos países, como se verá más adelante.
Está claro, entonces, que el actual deterioro de Argentina no fue “culpa” de algún funcionario público en especial, de la corrupción de algún político venal o de desacertadas decisiones de un ministro de Economía, del “corralito” de Fernando de la Rúa o del malhadado destino. Es algo estructural, y hay que leerlo en clave histórica.Las “relaciones carnales” de Carlos Menem fueron más vergonzosas que los intentos socialdemócratas (engañosos) de Néstor Kirchner2 o de Cristina Fernández, pero todos, indefectiblemente, se vieron constreñidos a seguir reglas de juego que no fijaron, que les fueron impuestas. Y, preciso es decirlo, con estos últimos dos mandatarios, si bien hubo una relativa mejoría en la situación de la pauperizada clase trabajadora –merced a programas asistenciales en muy buena medida– la transformación del país (de industrial en agrícola) es un proceso que no depende de decisiones tomadas en la Casa Rosada. Si “es mucho el petróleo que consumen los argentinos”, eso no lo decidió ningún ciudadano argentino. La pobreza actual (1 de cada 3 argentinos es pobre) tiene causas mucho más concretas y profundas que la “mala suerte” o que la corruptela de algún ministro o legislador.
Las políticas neoliberales que hace años marcan el ritmo del planeta tienen como objetivo, en definitiva, repartir el mundo de una forma donde los habitantes del Sur no cuentan en la toma de esa decisión. La agenda oculta pareciera ser tener postrada a la población mayoritaria en beneficio de unos pocos, muy pocos grandes centros decisorios.
¿Qué es, entonces, el neoliberalismo?
Lo que hoy día conocemos como “neoliberalismo”, siempre asociado a la idea de globalización, es una forma que el sistema capitalista adquirió entre los años 70 y 80 del siglo pasado, surgido como doctrina en los llamados países centrales, en el que retoma la iniciativa económica, política, militar e ideológico-cultural que había ido perdiendo a través de décadas de avance popular. Recuérdese que los años 60/70 marcaron un alza significativa de las luchas anti-sistémicas, con distintas expresiones de rechazo que van desde organizaciones sindicales combativas hasta movimientos campesinos organizados, el desarrollo de guerrillas de orientación socialista hasta la aparición de un ala progresista de la Iglesia Católica surgida luego del Concilio Vaticano II y su opción preferencial por los pobres, el rechazo a la guerra de Vietnam y el movimiento hippie llamando al pacifismo y el no-consumismo al Mayo Francés como fuente inspiradora de protestas, el auge de los procesos de liberación nacional en África al impetuoso avance de los movimientos feministas y de liberación sexual, la mística guevarista que va marcando esos años así como el auge de un espíritu contestatario y rebelde que se expande por doquier. Vale recordar que para los años 80 del siglo XX, al menos un 25 % de la población mundial vivía en sistemas que, salvando las diferencias históricas y culturales existentes entre sí, podían ser catalogados como socialistas (Unión Soviética y el este europeo, China, Vietnam, Corea del Norte, Laos, Camboya, Cuba, Nicaragua, muchos países africanos de reciente liberación, etc.).
Ante todo esto, para el sistema capitalista dominante entendido como unidad global y monolítica, más allá de diferencias y pujas intercapitalistas, se prendieron las luces rojas de alarma. El llamado neoliberalismo fue la reacción a ese estado de cosas. Los Documentos de Santa Fe3 (elaborados por los más ultraderechistas tanques de pensamiento neoconservador estadounidenses) son el complemento político para América Latina de la arquitectura económica que fija el neoliberalismo. De hecho, la primera experiencia neoliberal como tal –en alguna medida: laboratorio para lo que vendrá después– tiene lugar en el medio de una sangrienta dictadura latinoamericana: el Chile del general Augusto Pinochet. A partir de ahí, el modelo se expande por innumerables países del Sur, para llegar luego a las naciones metropolitanas. Allí, Estados Unidos bajo la presidencia de Ronald Reagan y Gran Bretaña, dirigida por Margaret Tatcher, son los países que enarbolan el neoliberalismo como insignia triunfal, para impulsarlo a escala planetaria. Sus mentores intelectuales: los austríacos Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises (la llamada Escuela de Viena) y lo que luego se conocerá como la Escuela de Chicago, capitaneada por el estadounidense Milton Friedman y sus acólitos Chicago Boys, reflotan y llevan a un grado sumo los principios liberales del capitalismo inglés clásico.
En pocas palabras, este nuevo liberalismo se emparenta directamente con el viejo liberalismo dieciochesco y decimonónico de los padres de aquella economía política clásica burguesa, aquellos que inspiraron a Marx en su lectura crítica del capitalismo: Adam Smith, David Ricardo, Thomas Malthus, John Stuart Mill: el acento está puesto en la entronización absoluta de la libertad de mercado, reduciendo drásticamente el papel del Estado a un mero mecanismo garante que asegura la renta de la empresa privada. El actual neoliberalismo y sus recetas de privatización de los principales servicios estatales, desarman el Estado de bienestar keynesiano surgido después de la Gran Depresión de 1930, teniendo como resultado dos elementos fundamentales: 1) el enriquecimiento exponencial de los grandes capitales en detrimento de toda la masa asalariada (trabajadores varios y sectores medios), y 2) el descabezamiento de toda protesta popular. Es elocuente al respecto lo expresado por la Dama de Hierro, Margaret Tatcher, para resumir esta nueva perspectiva: “No hay alternativa”. Dicho de otro modo: “O capitalismo ¡o capitalismo! Eso no se discute”.
El instrumento desde donde se impulsaron esas nuevas políticas fueron los grandes organismos crediticios de Bretton Woods: el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, instancias financieras manejadas por los grandes capitales corporativos de unos pocos países centrales, Estados Unidos fundamentalmente. Desde ahí se fijaron las recetas neoliberales que prácticamente la casi totalidad de países del mundo debieron impulsar estas últimas décadas. Y por supuesto, no para beneficio de las grandes mayorías populares sino para provecho de esos pocos capitales transnacionales.
Las dos tareas mencionadas (acumulación de riquezas y freno de la protesta popular) se han venido cumpliendo a la perfección en estas últimas cuatro décadas. La acumulación de riquezas de los más acaudalados se llevó a niveles descomunales. A partir de ello, hoy día 500 corporaciones multinacionales globales manejan prácticamente la economía mundial, con fracturaciones que se miden por decenas o centenas de miles de millones de dólares (una sola empresa con más renta que el PIB total de muchos países del Sur), y el patrimonio de las 358 personas cuyos activos sobrepasan los 1000 millones de dólares –selecto grupo que cabe en un Boeing 747, en su gran mayoría de origen estadounidense– supera el ingreso anual combinado de naciones en las que vive el 45 % de la población mundial. En otros términos: la polarización económico-social se llevó a extremos que nunca antes había conocido el capitalismo, surgido con los ideales (perversamente engañosos) de “libertad, igualdad y fraternidad”. Esa acumulación fabulosa de riqueza se hizo sobre la base de un empobrecimiento mayúsculo de las grandes mayorías.
Ese fabuloso acrecentamiento de riquezas vino de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación que convirtieron el planeta en una verdadera aldea global, eliminando distancias y homogeneizando culturas, gustos y tendencias, aplastando tradiciones locales de un modo impiadoso. El internet fue su ícono por antonomasia. De ahí que, en muy buena medida como producto de una ilusión mediática que así lo presenta, esa nueva forma de capitalismo despiadado que se erigió contra el alza de las luchas populares de décadas anteriores, suele estar asociado a la mundialización o planetarización, a lo que hoy se llama globalización, y siempre de la mano de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información. Pero ese fenómeno no es nuevo. “La tarea específica de la sociedad burguesa es el establecimiento del mercado mundial (…) y de la producción basada en ese mercado. Como el mundo es redondo, esto parece tener ya pleno sentido [por lo que ahora estamos presenciando]”, anunciaba Marx en 1858. En realidad, la globalización no comenzó con la caída del Muro de Berlín en 1989, como mal intencionadamente se arguye, cuando el “mundo libre” vence a la “tiranía comunista”, sino la madrugada del 12 de octubre de 1492, cuando Rodrigo de Triana avistó tierra desde la nave insignia de la expedición de Cristóbal Colón.
La otra faceta del neoliberalismo: la neutralización de todo tipo de protesta popular anti-sistémica, igualmente se llevó a cabo de modo perfecto. En América Latina los planes neoliberales se asentaron a partir de feroces dictaduras sangrientas que prepararon el terreno. Fueron gobiernos civiles, llamados “democracias”, las que profundizaron las recetas fondomonetaristas y privatistas (Carlos Menem en Argentina, por ejemplo, o Carlos Andrés Pérez en Venezuela, Carlos Salinas de Gortari en México, Collor de Melo en Brasil, Virgilio Barco en Colombia, Álvaro Arzú en Guatemala, etc.), sobre montañas de cadáveres y ríos de sangre que les antecedieron. En el llamado Primer Mundo, esas políticas se impusieron también a sangre y fuego, pero sin la necesidad de dictaduras militares previas. El resultado fue similar en todo el mundo: los sindicatos obreros fueron cooptados, la ideología conservadora fue imponiéndose, y toda forma de descontento y/o contestación fue reducida a “oprobiosa rémora de un pasado que no debía volver”. Desmoronado el bloque socialista (fenecida la revolución en la Unión Soviética y revertida la revolución hacia un confuso “socialismo de mercado” en la República Popular China), Cuba y Norcorea fueron prácticamente los únicos baluartes que permanecieron fieles al ideario socialista. Y así les fue. En Cuba, el capitalismo global le ajustó cuentas, haciéndole sufrir el penoso “período especial”, y en Corea del Norte se le llevó a un tremendo nivel de asfixia que forzó al gobierno coreano a emprender su militarización nuclear como único modo de sobrevivencia. Sin ningún lugar a dudas, estas nuevas políticas neoliberales (o capitalismo sin anestesia, para ser más explícito, sin el colchón que había generado el Estado socialdemócrata de las ideas keynesianas) desarmaron, desmovilizaron e hicieron retroceder toda protesta social. Conservar el puesto de trabajo (indignamente en muchos casos) pasó a ser lo único que se podía hacer. La protesta significa el desempleo, y ante el nuevo paisaje que crearon estas políticas, eso es equivalente casi a la muerte. En Latinoamérica los campos de concentración clandestinos, la desaparición forzada de personas y las torturas pavimentaron el camino para estos planes, de los que todos los trabajadores del mundo, Norte próspero y Sur mísero, siguen sufriendo hoy las consecuencias. Eso explica la pobreza y la precarización actual de Argentina (segundo país en Latinoamérica –30 000–, tras Guatemala –45 000–, en personas desparecidas previas a los planes neoliberales).
Estas recetas de entronización absoluta del libre mercado se complementan necesariamente con el achicamiento / desmantelamiento de los Estados nacionales: todas las empresas públicas son privatizadas, la inversión social se reduce a porcentajes ínfimos y la prédica constante, que termina por hacerse una verdad (“Una mentira repetida mil veces termina convirtiéndose en una verdad” enseñó Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi) hace del Estado un “paquidermo inservible, corrupto, disfuncional”. Esa ideología, esas prácticas concretas de ajuste estructural, las vemos recorriendo todo el mundo. En Argentina, como no podía ser de otro modo, también terminaron afianzándose, siendo la piedra angular de todos los gobiernos. Desde la implementación de los primeros planteos neoliberales en 1976, con Martínez de Hoz, pasando por todas las administraciones hasta la actual de Mauricio Macri (¡todas!, sin excepción), el neoliberalismo ha marcado el rumbo. Por eso –y no por ninguna otra cosa– el país presenta el estado calamitoso actual, con proliferación de “cirujas” y villas miseria, junto a ghettos ultra refinados para los que “se salvaron”.
El neoliberalismo, digámoslo claramente, es una expresión determinada del sistema capitalista, de ese modo de producción en un momento de su desarrollo histórico, con capitales monopolistas y transnacionalizados en su actual fase de imperialismo guerrerista. Ese sistema –nunca está de más recordarlo– se fundamenta en la explotación del trabajador a partir de la propiedad privada de los medios de producción, no importando la forma que ese trabajo asuma: proletariado industrial urbano, proletariado agrícola –incluso si se trata de trabajadores estacionales–, productores intelectuales, trabajo hogareño no remunerado, habitualmente desarrollado por mujeres amas de casa. El corazón del problema está en la plusvalía, el trabajo no remunerado apropiado por los dueños de los medios de producción bajo la forma de renta, de ganancia, sean ellos industriales, terratenientes o banqueros. Ese es el verdadero problema a enfrentar.
Todo esto remite a la pregunta sobre cómo se estructura verdaderamente el sistema capitalista actual. Está claro que quien manda, quien pone las condiciones y fija las líneas a largo plazo, son estos capitales globales, financieros en muy buena medida, que establecen las vías por donde habrá de circular la población del planeta. Esos mega capitales realmente no tienen patria. Los Estados nacionales modernos conformados con el triunfo de la sociedad burguesa sobre el feudalismo medieval en Europa, y luego replicados en todas partes del orbe, ya no les son funcionales ni necesarios. El capitalismo globalizado actual no se maneja desde las casas de gobierno. La Casa Blanca, representación por antonomasia del poder mundial (con acceso a uno de los dos botones nucleares más poderosos del planeta) no es la que realmente decide por dónde van las estrategias. Extremando las cosas, el presidente de la primera potencia mundial es un operador de esos grandes capitales, donde el complejo militar-industrial juega un papel de primera importancia, así como las compañías petroleras. Si ese presidente de turno no le quiere escuchar a esas mega empresas, puede terminar con un balazo en la cabeza, como le pasó a John Kennedy. ¿A quién pertenece, por ejemplo, la empresa automotriz más grande del orbe actualmente, el gigante Daimler-Chrysler? A los accionistas, que pueden ser tanto estadounidenses como alemanes…, o de cualquier parte del mundo (¿quién sabe realmente la composición de esos capitales? ¿Podrán tener ahí acciones el Vaticano, o algún cartel de la droga? ¿Por qué no?) Los dueños del capital no tienen color de bandera: su único himno nacional es el billete de banco, que se tiñe de rojo (sangre) cuando alguien se les opone. El Plan Marshall posterior a la Segunda Guerra Mundial buscó justamente eso: internacionalizar los capitales para evitar nuevas confrontaciones bélicas entre los países centrales.
Hay tantas armas y tantas guerras en el mundo, en casi todos los casos impulsadas desde Washington, porque ese entramado industrial necesita realizar su plusvalía, no descender su tasa de ganancia. ¿Quién decide las guerras entonces: los gobiernos, o los poderes que le hablan al oído (dándole órdenes)? ¿Por qué el gobierno argentino compró recientemente con Macri en la presidencia 64 helicópteros de alta tecnología militar, 182 tanquetas y 36 aviones de guerra a proveedores estadounidenses, incluso modelos de cazas similares a los que ya se producen en el país? ¿Quién decide eso? ¿Se tomará la decisión en Buenos Aires? No parece posible.
Del mismo modo: existe una cantidad insufrible de vehículos automotores circulando por el globo impulsados por motores de combustión interna que necesitan derivados del petróleo; sabido es que a) se podrían reemplazar tantos vehículos particulares por transporte público de pasajeros para hacer más amigable la circulación y, fundamentalmente, b) se podría prescindir de los motores alimentados por sub-productos del oro negro reemplazándolos por otros menos contaminantes: agua, energía solar, electricidad. Todo ello, sin embargo, no pasa. ¿Quién lo decide: los gobiernos o las mega empresas productoras de petróleo y/o de vehículos? (que le hablan al oído y les dan órdenes a esas administraciones). Los ejemplos podrían multiplicarse bastante abundantemente. La salud de la población mundial se beneficiaría infinitamente más con atención primaria que con la profusión monumental de medicamentos que llegan al mercado; los ministros de salud lo saben. ¿Quién decide que eso así suceda: los gobiernos o las mega-empresas farmacéuticas? Con la producción de transgénicos se podría acabar con el hambre en el mundo; cualquier gobierno lo sabe, pero ello no sucede. ¿Quién decide eso? Y ni qué decir del capital financiero global: ¿son necesarios esos paraísos fiscales donde, a velocidad de la luz, se mueven cifras astronómicas de dinero virtual? ¿A quién beneficia eso? Obviamente, no a la población. Pero cuando quiebran esos gigantes, son los Estados (con fondos públicos, obviamente) los que los socorren, cosa que no sucede cuando los trabajadores pierden su empleo, por ejemplo.
Esos megacapitales, que cuando tienen traspiés son asistidos por ese mismo Estado que tanto critican desde su visión neoliberal (por ejemplo, el fabricante de vehículos General Motors, o la gran banca, como sucedió con el Bank of America, o el Citigroup, o el JP Morgan, todos en Estados Unidos, o el Lloyds Bank en Gran Bretaña, o el Deutsche Bank en Alemania), son los que conducen finalmente las políticas mundiales. Obviamente la humanidad no necesita ni tantas armas ni guerras, ni tantos medicamentos ni tantos automotores circulando, ni la infinita variedad de productos prescindibles que deben reciclarse de continuo; si eso se da generando el cambio climático –eufemismo moderado por no decir catástrofe medioambiental por la sobreexplotación de recursos–, y gobiernos como los de Washington o los de la Unión Europea lo avalan, es porque el complejo de mega-empresas globales lo imponen.
En esta nueva fase del capitalismo iniciada entre los 70 y 80 del siglo pasado, la globalización neoliberal encontró que es más fácil producir fuera de los países del Norte, trasladando su parque industrial al Sur, pues allí la mano de obra es mucho más barata y desorganizada, se pueden evitar impuestos y las regulaciones medioambientales son mucho más laxas o inexistentes. Es por eso que llegan call centers a la Argentina, no por otra cosa. Esa globalización de la producción para un mercado igualmente global (lo que ya entreveía Marx a mediados del siglo XIX), que tomó su forma acabada desde fines del siglo XX con tecnologías que eliminan distancias, llegó para quedarse. Sin dudas, a lo interno de los países metropolitanos (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), esa nueva recomposición del capital provocó severos daños a la clase trabajadora, aumentando en forma creciente su desocupación, lo que permitió recortar el precio de la mano de obra –congelamiento de salarios y de beneficios varios–. Eso es lo que produjo hace un par de años el notorio descontento de británicos y estadounidenses, que ante una elección determinada (el referéndum para ver si el Reino Unido de Gran Bretaña permanecía o no en la Unión Europea, la última elección presidencial en Estados Unidos ganada por Donald Trump) dijeron no a esas políticas. Pero eso en modo alguno significa que el neoliberalismo está en vías de extinción, como más de alguno triunfal (o irresponsablemente) ha anunciado o pretendido ver.
Neoliberalismo y lucha de clases
Las actuales políticas neoliberales impulsadas por los organismos crediticios internacionales y puestas en práctica mansamente por los distintos gobiernos nacionales (en Argentina también: todos los gobiernos, sin excepción, aunque en la era Kirchner se manipuló la ilusión que el país se desentendía de la deuda con los bancos mundiales), son responsables del empobrecimiento acelerado de la clase trabajadora y de la nueva arquitectura global que reduce Argentina a proveedor de materias primas. Dichas políticas, entonces, deben entenderse como una nueva expresión, corregida y aumentada, de la nunca jamás terminada lucha de clases, un elemento que intenta domesticar a la clase oprimida, doblegarla, ponerla de rodillas, en beneficio de la clase burguesa global, de esos megacapitales que manejan el mundo.
Si el discurso triunfal de la derecha intentó hacernos creer estos años que la lucha de clases había sido superada (¿?), el neoliberalismo mismo es una forma de negar eso, sin saberlo explícitamente. De Marx (con x) se nos dijo que pasábamos a marc’s: métodos alternativos de resolución de conflictos. ¿Qué “método alternativo” existe para “superar” la explotación? ¿La negociación? ¿Nos lo podremos creer? Se negocia algo, superficial, tolerable por el sistema (un aguinaldo, o dos, o cuatro), pero si el reclamo sube de tono (expropiación, reforma agraria), ahí están los campos de concentración, las picanas eléctricas, las fosas clandestinas. ¡No olvidarlo nunca! Quienes a veces lo olvidamos somos los que pertenecemos al campo popular, pues nos lo hacen olvidar con sobredosis de fútbol, o con las nuevas iglesias neopentecostales que invadieron Latinoamérica, y también Argentina. Pero la clase dominante no lo olvida ni por un instante. La lucha de clases sigue tan al rojo vivo como siempre. Si alguien tiene memoria histórica, es la clase dirigente (porque tiene mucho que perder. En el campo popular, perderemos nuestras cadenas. Y eso de vivir encadenados, mejor ni saberlo, según la ideología dominante).
Esta nueva cara del capitalismo, que dejó atrás de una vez el keynesianismo con su Estado benefactor, ahora polariza de un modo patético las diferencias sociales. Pero no solo acumula de un modo grotesco: sirve, además, para mantener el sistema de un modo más eficaz que con las peores armas, con la tortura o con la desaparición forzada de personas. El neoliberalismo golpea en el corazón mismo de la relación capital-trabajo, haciendo del trabajador un ser absolutamente indemne, precario, mucho más que en los albores del capitalismo, cuando la lucha sindical aún era verdadera y honesta. Se precarizaron las condiciones de trabajo a tal nivel de humillación que eso sirve mucho más que cualquier arma para maniatar a la clase trabajadora. Y los sindicatos pasaron a ser algo absolutamente inservible para la clase trabajadora, total –y vergonzosamente– cooptados por la ideología conservadora, transformándolos en entes burocráticos y desmovilizadores.
En ese sentido pueden entenderse las actuales políticas privatistas e hiper liberales (transformando al mercado en un nuevo dios) como el más eficiente antídoto contra la organización de los trabajadores. Ahora no se les reprime con cachiporras o con balas: se les niega la posibilidad de trabajar, se fragilizan y empobrecen sus condiciones de contratación. Eso desarma, desarticula e inmoviliza mucho más que un ejército de ocupación con armas de alta tecnología. Tan efectivo para acallar la protesta como el Ford Falcon verde es la precarización laboral.
Si a mediados del siglo XIX el fantasma que recorría Europa (atemorizando a la clase propietaria) era el comunismo, hoy, con las políticas ultraconservadoras inspiradas en Milton Friedman y Friedrich von Hayeck, ese fantasma aterroriza a la clase trabajadora, y es la desocupación.
De acuerdo a datos proporcionados a fines del 2016 por la Organización Internacional del Trabajo –OIT–, nada sospechosa de marxista precisamente, 2000 millones de personas en el mundo (es decir: dos tercios del total de trabajadores de todo el planeta) carecen de contrato laboral, no tienen ninguna ley de protección social, no se les permite estar sindicalizados y trabajan en las más terribles condiciones laborales, sujetos a todo tipo de vejámenes. Eso, valga aclararlo, rige para una cantidad enorme de trabajadores y trabajadoras, desde un obrero agrícola estacional hasta un profesor universitario (aunque se le llame “Licenciado” o “Doctor”), desde el personal doméstico a un consultor de la Organización de Naciones Unidas. La precariedad laboral barre el planeta. Argentina, por cierto, no escapa a las generales de la ley. Tener un título universitario no es garantía de absolutamente nada (por eso, patéticamente, para muchos jóvenes la única salida del país sigue siendo Ezeiza…).
Junto a lo anterior, 200 millones de personas a lo largo del mundo no tienen trabajo, siendo los jóvenes los más golpeados en esto. Para muy buena cantidad de desocupados, jóvenes en particular, marchar hacia el “sueño dorado” de algún presunto paraíso (Estados Unidos para los latinoamericanos, Europa para los africanos, Japón o Australia para muchos asiáticos o provenientes de Oceanía) es la única salida, que muchas veces termina transformándose en una trampa mortal.
La precarización que permitieron las políticas neoliberales fue haciendo de la seguridad social un vago recuerdo del pasado. De ahí que 75 % de los trabajadores de todo el planeta tiene una escasa o mala cobertura en leyes laborales (seguros de salud, fondo de pensión, servicios de maternidad, seguro por incapacidad o desempleo.), y un 50 % carece absolutamente de ella. Muchos (quizá la mayoría) de quienes estén leyendo este texto, seguramente sufrirán todo esto en carne propia. En Argentina, como en cualquier parte del globo, todo esto es hoy una cruda realidad, quizá con el agravante (psicológico en muy buena medida) de sentirse derrotada, pues habiendo tenido cotas de alto desarrollo socio-económico, la población sufre hoy lo que no había conocido nunca, siendo algo común desde siempre en los países vecinos de América Latina.Caer desde las alturas es, en todos los casos, más traumático que haber vivido siempre en el llano4.
Si se tiene un trabajo, la lógica dominante impone cuidarlo como el bien más preciado: no discutir, soportar cualquier condición por más ultrajante que sea, aguantar… Si uno pasa a la lista de desocupados, sobreviene el drama.
Complementando estas infames lacras que han posibilitado los planes neoliberales, desarmando sindicatos y desmovilizando la protesta, informa también la OIT que 168 millones de niños trabajan, mientras que alrededor de 30 millones de personas en el mundo (niños y adultos) laboran en condiciones de franca y abierta esclavitud (¡la que se abolió con la democracia moderna!, según nos enseñaron…).Argentina no tenía décadas atrás niños de la calle; hoy sí (mientras sigue siendo Cuba el único país en Latinoamérica que no los tiene. ¿Fracaso del socialismo?).
La situación de las mujeres trabadoras (cualquiera de ellas: rurales, urbanas, manufactureras, campesinas, profesionales, sexuales, etc.) es peor aún que la de los varones, porque además de sufrir todas estas injusticias se ven condenadas, cultura machista-patriarcal mediante, a desarrollar el trabajo doméstico, no remunerado y sin ninguna prestación social, faena que, en general, no realizan los varones. Trabajo no pagado que es fundamental para el mantenimiento del sistema en su conjunto, por lo que la explotación de las mujeres que trabajan fuera de su casa devengando salario, es doble: en el espacio público y en el doméstico.
Este retrato desolador de la situación laboral mundial muestra cuan inmenso es el déficit de trabajo decente”, manifiesta la OIT, exigiendo entonces una apuesta “decidida e innovadora” a los diferentes gobiernos para hacer poder llegar a cumplir los llamados “Objetivos de Desarrollo Sostenibleimpulsados por el Sistema de Naciones Unidas para el período 2015-2030.
Lamentablemente, más allá de las buenas intenciones de una agencia de la ONU, los cambios no vendrán por “decididos e innovadores” gobiernos que se apeguen a bienintencionadas recomendaciones. Eso muestra que la lucha de clases, que sigue siendo el imperecedero motor de la historia, continúa tan al rojo vivo como siempre. Que el neoliberalismo sea un intento de enfriar esa situación, es una cosa. Que lo consiga, una muy otra. Pero debe quedar claro que los capitalismos son siempre eso: capitalismos, no importando si asumen el mote de “neoliberal”, “fascista”, con “rostro humano” o “serio” (como pretendía la anterior mandataria argentina, Cristina Fernández). Los planes asistenciales no pueden dejar de ser sino eso: planes asistenciales que no tocan el corazón del problema; ayudan, pero no resuelven de fondo.
El capitalismo, en cualquiera de sus versiones, sigue siendo lo que ya dejaba ver hace 200 años: un sistema basado en el lucro privado empresarial a cualquier costo. No hay capitalismo “bueno” y capitalismo “malo”, capitalismo “serio” versus capitalismo “no serio”. Es una falacia pensar que el enemigo a vencer es el actual neoliberalismo, ese supuesto “malo de la película”. ¿Acaso un capitalismo “serio” –como pretendía la presidenta Cristina Fernández– es la salida de la actual postración? Sin dudas, una agenda ultra neoliberal como la actual de Mauricio Macri complica más aún las cosas para la clase trabajadora; pero el problema de fondo sigue inalterable. Por último, queda claro que un cambio real en las estructuras sociales y en las relaciones de poder no puede venir desde las casas de gobierno, de arriba hacia abajo: se logra solo con la real y efectiva lucha popular, con la gente movilizada, con la bronca desatada de la población y una conducción revolucionaria. Si no, no se pasa de las buenas intenciones.
De lo que se trata es de revisar las bases sobre las que funcionan las sociedades. Y Argentina, más allá de las luchas político-partidistas cotidianas con las que nos podemos distraer (peronismo-antiperonismo) viendo por televisión, al igual que todos los países de Latinoamérica, salvo Cuba, es un engranaje de ese sistema-mundo capitalista que se decide desde Wall Street, o desde Londres, desde alguna Bolsa de Valores o desde algún lujoso pent-house blindado. Las tibias propuestas socialdemócratas / reformistas que se han visto por Latinoamérica estos últimos años, si bien intentaron ser una suerte de alternativa ante los planes liberales, no alcanzaron a torcer ese rumbo. La prueba está en cómo terminaron, o hacia dónde se encaminan: ya no ocupan casas de gobierno, o sus representantes están presos, o defenestrados. O, muy probablemente, camino de serlo. ¿Por qué ninguno de los gobiernos llamados progresistas de estos últimos años en América Latina pudo realmente afianzar modelos de desarrollo con justicia social y profundizar esas “revoluciones”? (Venezuela está semi aplastada, sin salir del rentismo petrolero y sin poder profundizar su “Socialismo del siglo XXI”, Brasil y Argentina son ahora gobernados por administraciones ultraliberales alineadas completamente a Washington, Chile y Uruguay siguen con sus planes de capitalismo neoliberal, Nicaragua es impresentable con una nueva burguesía sandinista traidora a sus ideales revolucionarios de otrora, Ecuador revirtió su proceso popular, siendo quizá Bolivia el único país que, con Evo Morales a la cabeza, sigue enfrentándose al imperio con planteos de algún modo antisistémicos). ¿Por qué esta caída? Porque en ninguno de ellos hubo planteos de cambio anticapitalistas reales, y finalizados los ciclos de bonanza en el precio de los productos primarios que estos países exportan, ya no hubo con qué mantener los planes asistenciales. Que hoy día la coyuntura internacional haga muy difícil impulsar cambios revolucionarios como en décadas pasadas, con Estados Unidos envalentonado y recuperando algún terreno perdido en Latinoamérica, es otra cosa. Esta actual derechización (Macri en Argentina, así como Temer en Brasil, Moreno en Ecuador, Piñera en Chile, etc.) que sigue al auge de los reformismos de la década anterior debe hacer ver que los ideales de cambio o se plantean claramente, o si no es altamente posible que terminen mal, tal como vemos que está pasando en Latinoamérica con este resurgir de la derecha más visceral.
Los cambios, queda claro, los cambios profundos y estructurales no se hacen desde las casas presidenciales. Se hacen en la lucha popular, con la movilización de grandes mayorías, y no por redes sociales digitales. Líderes carismáticos y con gran imagen mediática son importantes…, pero no hacen una revolución. “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”, expresó alguna vez Ernesto Guevara.
Lo que tuvimos en Latinoamérica estos años (PT en Brasil, matrimonio Kirchner en Argentina, Chávez en Venezuela, Mujica en Uruguay, Lugo en Paraguay, el proceso boliviano) fueron importantes movimientos de inconformidad con discursos nacionalistas/antiimperialistas, pero de momento no pasaron de ahí. Lo de Argentina es palmariamente evidente. ¿Por qué, si no, seguiría un personaje como Mauricio Macri en la Casa Rodada? Y a ese presidente… ¡lo eligieron los mismos argentinos!
Hoy día, hablar de lucha de clases, de socialismo, de revolución, parecieran cosas de un pasado remoto, condenado a los museos. Quizá nos ilusionamos cuando se comenzó a hablar de un renovado “Socialismo del siglo XXI”, pero la promesa se quedó en el arranque. Hay cierta tendencia a ver como el “monstruo a vencer” a esa forma especial de capitalismo sin anestesia que es el neoliberalismo. De todos modos, la situación es más compleja. Si algo hay que cambiar, es la estructura de base; la contradicción que pone en marcha el sistema, que lo hace funcionar: capital-trabajo asalariado. La contradicción peronismo-antiperonismo, tan arraigada en la historia argentina, es circunstancial, anecdótica. Pasaron administraciones peronistas y no peronistas, pero lo que cuenta es que un tercio de la población sigue en estado de pobreza, con “cartoneros” y barras bravas haciendo parte de la normalidad aceptada, con countries hiper lujosos sobre un mar de exclusión. Eso tampoco es “culpa” del peronismo o de los antiperonistas: ¡es el sistema! Si no se ve así, jamás estaremos en condiciones de entender el fenómeno, y mucho menos, de transformarlo. Carlos Menem, ahora considerado “El innombrable” por muchos de los argentinos que hace algunos años atrás lo eligieron en las urnas, era peronista… y fue el más neoliberal de los presidentes en toda Latinoamérica. La cuestión no pasa por partidos políticos tradicionales o figuras carismáticas: es asunto estructural. Eso no se arregla en las urnas.
El marxismo, expresión de esas contradicciones fundantes del sistema, al que se lo quiso dar por “superado” en reiteradas ocasiones, no ha muerto porque ¡las luchas de clase no han muerto! “Curioso cadáver el del marxismo, que necesita ser enterrado periódicamente”, dijo Néstor Kohan.Si tan muerto estuviera, no habría necesidad de andar matándolo continuamente. Esta avanzada fenomenal del capital sobre las fuerzas del trabajo nos lo deja ver de modo evidente. A los cadáveres reales se les sepulta una sola vez… “Los muertos que vos matáis, gozan de buena salud” (frase apócrifa erróneamente atribuida a José Zorrila) pareciera que aplica aquí. ¡Por supuesto! Si el marxismo es la expresión de lucha de las clases explotadas, eso de ningún modo “pasó de moda”.
Como dijera este decimonónico pensador alemán cuya obra se declaró muerta innúmeras veces, pero que parece renacer siempre: “No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva”. El neoliberalismo, que llegó a Argentina de la mano de Martínez de Hoz y una feroz dictadura asesina y fue continuado por todas las administraciones posteriores, es una expresión –despiadada, sin dudas– de esa sociedad existente. ¿Nos atrevemos a establecer una nueva? ¿Cuándo empezamos?
1Comunicación personal escuchada en una reunión en Guatemala, en 2003.
2No miren lo que digo sino lo que hago”, dijo Néstor Kirchner en una conferencia con empresarios españoles. ¿Doble discurso de un supuesto “revolucionario montonero”?
3Cuatro documentos surgidos entre 1980 y el 2000, que toman su nombre del Grupo de Santa Fe (en referencia a la capital del estado de Nuevo México, Estados Unidos), redactados por pensadores de derecha y la Heritage Foundation. Como ejemplo –uno entre tantos– de su significado histórico: en el Documento Santa Fe II se establece la avanzada de los nuevos cultos evangélicos para controlar la propuesta de izquierda de la Teología de la Liberación que en ese entonces crecía por Latinoamérica.
4¿Cómo se suicida un argentino?, pregunta un inmisericorde chiste: subiendo a lo alto de su ego y dejándose caer.

jueves, 10 de mayo de 2018

MARX, 200 AÑOS DE SU NACIMIENTO

5 Mayo 2018
Una frase nomás, y una imagen.
Lean con detenimiento esta frase extraída del Capital::
"El capital (dice el Quarterly Reviewer) huye de los tumultos y las riñas y es tímido por naturaleza".Esto es verdad, pero no toda la verdad. El capital tiene horror a la ausencia de ganancias o a la ganancia demasiado pequeña, como la naturaleza al vacío. Conforme aumenta la ganancia, el capital se envalentona. Asegúresele un 10 por 100 y acudirá a donde sea; un 20 por 100, y se sentirá ya animado; con un 50 por 100, positivamente temerario; al 100 por 100, es capaz de saltar por encima de todas las leyes humanas; el 300 por 100, Y NO HAY CRIMEN A QUE NO SE ARRIESGUE, aunque arrostre el patíbulo. Si el tumulto y las riñas suponen ganancia, allí estará el capital encizañándolas. Prueba: el contrabando y el comercio de esclavos».
Fuente: Karl. Marx, El Capital, cap. 24. “El Secreto de la Acumulación Originaria”
(en la foto, con mi amigo Julio Faúndez, en el cementerio de Highgate, circa 1974)

lunes, 7 de mayo de 2018

ANALISIS ¿Qué significa “izquierda”?



tomado de:

elmuertoquehabla.blogspot.ca
El Muerto |||:

11-15 minutes





Marcelo Marchese

7 mayo 2018


En un rapto de inspiración José Mujica definió a la perfección los cambios generados en la ideología del Frente Amplio: "Cuando era joven quería cambiar el mundo, hoy me conformo con arreglar la vereda de mi casa"

¿Conformarse con arreglar algún desperfecto alcanza para definirse de izquierda? ¿El gobierno aplica un programa de izquierda?

¿Es relevante esta definición?


El problema de las palabras


El uso de esta palabra en el debate político es motivo suficiente para justificar su esclarecimiento. Como siempre conviene ir a los orígenes, el problema se plantea con el mito que se ha establecido con respecto al origen de la palabra izquierda. Se nos dice que surge del lugar que ocuparon en la revolución francesa aquellos que enfrentaban al rey y defendían el poder de la asamblea legislativa. A partir de allí se llamaría izquierda a quienes propendían al poder popular en contra de las instituciones del feudalismo.
Esta explicación es floja por dos motivos. Primero porque la palabra izquierda fue utilizada anteriormente. En la Persia del año 900 algunos intelectuales predicaban la lucha de los pueblos oprimidos, una mejor distribución de la riqueza y el establecimiento de una "ciudad de la razón" y en los textos de la época se usaban las palabras "izquierda", "derecha", "revolución" y "reacción". Seguramente el estudioso de culturas anteriores encontrará las palabras izquierda y derecha en el sentido en que la entendemos nosotros, los franceses de la revolución y los persas del año 900.
El segundo motivo que informa de la pobreza de este mito es que no explica por qué diablos los enemigos del feudalismo se sentaron a la izquierda y no a la derecha. Éste es un buen ejemplo para echar por tierra el argumento de quienes afirman que el signo es arbitrario, es decir, que repetimos una palabra porque alguien arbitrariamente le asignó un sentido y por lo tanto la palabra no tendría vínculo en sí con la cosa que nombra.





El orden establecido



Este problema de la arbitrariedad o naturalidad del signo es cualquier cosa menos intrascendente, pero de momento señalemos que los enemigos del feudalismo optaron por sentarse a la izquierda pues entendieron que la izquierda significaba enfrentarse a lo usual, es decir, al orden establecido, habida cuenta que lo usual es que la gente use la mano derecha y por eso la derecha se considera lo correcto, la forma en que giran las manecillas del reloj, lo natural, lo "diestro", al contrario que la izquierda, lo "siniestro", lo diabólico, pues Jesús se sienta a la diestra de Dios Padre y los musulmanes comen con la mano derecha y usan la mano izquierda, la impura, para otros menesteres menos heroicos.
Así que nosotros, después de los franceses y los persas y vaya a saber uno desde cuándo, usamos la palabra izquierda para referirnos a quienes luchan contra el orden establecido, no porque arbitrariamente alguien le encajara ese significado, sino porque nos parece harto natural llamarla así y así prevalecen ciertas palabras, de igual manera que si en una selva se trazan dos caminos, tiende a prevalecer naturalmente y por el uso el camino más corto mientras el otro será cubierto por el follaje.

¿El FA aplica un programa de izquierda?


El signo elocuente de la globalización es un movimiento de tijeras: por un lado, y al alza, las trasnacionales traspasan las barreras nacionales apropiándose con especial énfasis de los recursos naturales, acentuando la división entre países ricos y países empobrecidos e incrementando la concentración de riqueza y poder en pocas manos. Jamás en un ningún otro régimen histórico tan pocos fueron dueños de tanto.
La otra punta del movimiento de tijeras, y a la baja, son Estados que pierden soberanía ante el empuje de las trasnacionales y ante instituciones internacionales, mientras en el plano ideológico se asume esta penetración y esta inaudita concentración de riquezas como algo natural, al extremo de considerarse el programa económico vigente como el único posible. Nunca, en toda la historia de los siglos XIX y XX estuvo tan debilitada la crítica a un orden social injusto y el reclamo por un reparto equilibrado de la riqueza generada por el hombre.
Así que mientras la concentración de riqueza aumenta, la lucha por el reparto de riqueza se debilita, favoreciendo precisamente la concentración de riqueza. Este debilitamiento de la posición igualadora, la pretensión de los plebeyos por apropiarse de la riqueza que generan, se ve reforzada por la estrepitosa derrota de las revoluciones socialistas y de los progresismos en nuestro continente.
La derrota de los progresismos es doble: no sólo vienen siendo barridos del poder, sino que incluso antes fueron barridos ideológicamente al aplicar los programas económicos cuya crítica los llevó al poder, y esta claudicación ideológica es la que refuerza la idea de que no existe, no tiene derecho a la existencia por considerarse irreal, un programa económico alternativo al que se aplica en nuestros países en los últimos cuarenta años.



La pédida de soberanía



¿Cuál es el programa que impulsa el Frente Amplio? El Frente Amplio carece de un plan de desarrollo nacional. En la agenda política no se incluye este problema, habida cuenta que la oposición también carece de un pan de desarrollo nacional. Mientras tanto, en ausencia de un plan, se apuesta a la industrialización que traería aparejada la inversión extranjera, la gran "dinamizadora" de nuestra economía.
La inversión extranjera, desde que se le abrieron las puertas, no ha dinamizado nada en absoluto, al contrario, mientras goza de exoneraciones tributarias y beneficios por doquier, ha primarizado nuestra economía y se ha apropiado de los principales rubros de producción, ampliando la fuga de capitales. A modo de ejemplo, tres empresas extranjeras, las principales latifundistas, poseen 997.000 hectáreas, es decir, superan reunidas al departamento de Treinta y Tres: Eufores, 369.000; UAG 320.000 y Stora Enso 308.000.
Esta apropiación de recursos trae por añadidura la erosión de la República y del principio de igualdad ante la ley, toda vez que se pactan acuerdos secretos, se aceleran trámites de habilitación sin estudio previo, se exonera de tributos que el resto paga religiosamente, se resigna soberanía jurídica, se pacta una paz sindical a medida y se permite la injerencia de empresas privadas en la educación pública.
Al mismo tiempo, el gobierno estimula una agenda de derechos basada en el principio de la desigualdad ante la ley, una cortina de humo que no mejora la vida de las minorías y en cambio acentúa la atomización de la sociedad.
Pretender hacer girar las manecillas del reloj en otra dirección es cosa del pasado. La reforma agraria una vez propugnada se ha convertido en una antireforma agraria; la nacionalización de la banca, en una privatización de la banca y bancarización forzosa; la igualdad ante la ley, en una desigualdad ante la ley. Sin embargo, con ser bastante, esto no es todo. Mientras la educación pública cae en picada y se distancia de la educación privada, aumentan los delitos y barrios enteros son dominados por el narcotráfico. Nuestra sociedad asiste a un proceso de colombianización.
¿Pero cuál es el plan del gobierno y la oposición para revertir este proceso por el cual cada vez más gente adopta formas de vida antisociales? Así como en el terreno económico, no hay plan. Se administran unas chirolas populistas para asistir a los más carenciados y apenas el Estado vea disminuidos sus ingresos por la suicida apuesta a la producción de bienes primarios, estallará la bomba de tiempo con consecuencias insospechadas.

¿Por qué fracasaron las revoluciones socialistas y los progresismos?


Las revoluciones son irrupciones democráticas donde miles de individuos anteriormente apáticos, se lanzan a la actividad política para imprimir un nuevo rumbo y generando para ello nuevas instituciones democráticas.
Ante los innumerables problemas que deben afrontar, como una invasión extranjera y un descalabro en la producción, la única posibilidad de triunfo de las revoluciones es mantener y estimular estas nuevas instituciones democráticas para dejar que se liberen todas las fuerzas constructivas que anidan en una sociedad, las cuales normalmente no se activan, y para eso, para optar por el mejor camino y aprender de los errores, es imprescindible la lucha de ideas.
Ahora ¿por qué los revolucionarios abandonan la democracia que las impulsa al poder y cavan de esa manera su propia tumba? Sea cual fuere la respuesta a esta interrogante, no puede excluir el hecho de que los revolucionarios no han construido aún un sistema de ideas suficientemente fuerte como para no ser absorbidos por la ideología dominante, o si se quiere, la ideología dominante tiene un poder de resistencia suficiente como para contrarrestar los embates que ha sufrido hasta ahora.
Si el sistema ha podido contrarrestar estas impresionantes irrupciones democráticas ¿qué decir de su capacidad para contrarrestar el tímido empuje de los progresismos? Habida cuenta del desgaste de los partidos que habían llevado a cabo la apertura a los capitales trasnacionales, el progresismo alcanzó el gobierno para abandonar ipso facto el discurso crítico que lo llevó al gobierno y convertirse, de esa manera, en el nuevo partido de las trasnacionales. En ese sentido, y desde ese específico punto de vista, no existiría tal diferencia entre derecha e izquierda, las dos caras de la moneda del sistema, un "recambio" por birlibirloque que permite la continuidad del modelo.



El nuevo partido de las transnacionales



Como muy bien dijo en el 2005 en Washington el viceministro de Economía, la ventaja de que el Frente Amplio estuviera en el gobierno es que no se llevarían a cabo plebiscitos contra las privatizaciones.

¿Es posible contrarrestar el movimiento de tijeras?


El tsunami de las trasnacionales con la consiguiente merma de la democracia ha generado en distintos lugares el movimiento de indignados, que aun con todas las debilidades que se les quiera señalar, son un claro indicio de tensión cuando plantean que "Somos el 99% frente al 1%".
En tanto la apropiación de recursos exige una erosión de las soberanías nacionales en lo económico, jurídico e ideológico, son factibles de sumarse a la lucha contra la avanzada del capital una amplia gama de sectores que sienten como un peligro esta múltiple erosión de la soberanía.
Esto obliga a un reacomodamiento de la izquierda, que en términos ideológicos erra como un ciego al borde del abismo. Un ejemplo paradigmático de esta confusión es la política seguida por "La diaria": por un lado plantea una crítica al acuerdo con UPM, la mayor entrega de soberanía desde la apertura democrática; por el otro realiza una penosa tarea de desprestigio contra el movimiento de autoconvocados, sin considerar que precisamente el movimiento de autoconvocados critica la extranjerización de tierras y los desiguales beneficios que se le otorgan a la inversión extranjera.
No viene a cuento si todos aquellos que se autodenominan de izquierda lograrán entender o no la principal contradicción de nuestra época. Lo que sí viene a cuento es que el entusiasmo que generó el acceso al gobierno del Frente Amplio, luego de 13 años de una magna obra, se ha convertido en un profundo suspiro de desencanto. De ahí la necesidad de revalorizar el significado de la palabra izquierda y de pensar en esa amplia gama de sectores dispuesta a pelear por la soberanía.
El capital concentra riquezas y planifica, como planificó con la ley de forestación y zonas francas la implantación de las pasteras, esos pulpos extractores con infinidad de tentáculos llamados eucaliptus.
Mientras el capital ensucia los océanos con plástico y arrasa las selvas, no sabemos con exactitud a dónde nos llevará esta progresiva información y control sobre cada uno de nosotros, este ataque a la libertad de expresión, a la palabra y el humor, este empastillamiento progresivo, esta negación de las diferencias biológicas y en suma, este peligrosísimo ataque al deseo del hombre.
El capital concentra riquezas y planifica y, al igual que un cáncer, va por más y no se detiene. Si no enfrentamos este tsunami, deberemos despedirnos de las repúblicas y de algunas otras cosas más elementales.






VENEZUELA ¿Por qué lanzarle un salvavidas al dólar? Derroquemos a la quinta columna en el poder





TOMADO DE:

aporrea.org

Articulo de:
Julio Escalona /

34-44 minutes



La clave es que el Presidente Maduro gane las próximas elecciones y que el pueblo, los movimientos sociales y todas las organizaciones populares, tengan claras las demandas políticas que deben presentarle. No más agentes imperiales en el seno del gobierno.

La victoria de cualquier otro candidato no garantiza que el gobierno de Venezuela no se sume a la internacional fascista que se va conformando a través del mundo. Este quizás sea el peligro más grande que esté acechando a la humanidad.

Mientras fuimos vasallos cometimos muchos actos ignominiosos, ¿por qué los vamos a reeditar cuando hemos ido avanzando en la lucha por consolidar la independencia, la soberanía y la integración de nuestra región? En una circunstancia como la actual, cuando los pueblos del mundo esperan mucho de nosotros, muchos están sufriendo más. No nos podemos echar para atrás porque la oligarquía interna, aliada con Trump, nos ha puesto a pasar hambre, nos ha bloqueado las medicinas y realmente nos ha puesto a sufrir. No, hermanos, vamos a luchar contra todo lo que represente el mal, el mal principal es la quinta columna, que directa o indirectamente, representa al imperio.

El dólar se está cayendo, esa es la desesperación que tiene Trump en nombre del poder mundial, esa cúpula militar financiera que oprime a todo el planeta: a la humanidad y la naturaleza. El dólar es un papel que cada vez tiene menos valor. Su valor real es la capacidad que le confiere a la política exterior de EEUU, su poderoso complejo-militar-científico-financiero (del que depende su economía, la vida misma de la élite racista que hoy manda en EEUU, detrás de la cual sigue estando Kissinger y las grandes familias: Rothschild y Rockefeller). Ese aparato le permite establecer un día que Jerusalén Oriental es la capital de Israel, desafiando a las Naciones Unidas. Otro día, bombardear Siria, inventando un uso de armas químicas que no existió por parte del gobierno sirio. Otro, decir que permanecerá ocupando militarmente a Siria fragmentando su territorio… ¿Hasta dónde, hasta cuándo?

Pero EEUU no tiene hoy el monopolio de la fuerza militar ni puede oprimir impunemente a todos los pueblos. Estos cada vez más se unen y China y Rusia, no han sido tan irresponsables como para caer en todas las provocaciones de ese fascista que se llama Trump. Sin embargo, los pueblos y las potencias mundiales, gracias precisamente a Trump, van formando un frente común y creo que, como se dice en Venezuela, lo estamos esperando en la "bajaita" y va a recibir muchas sorpresas que él no se imagina. Su arma es la caotización planetaria y tratar de gobernar en medio del desorden mundial, con la complicidad de los quintacolumnistas del mundo entero.

Las dos Coreas, por primera vez, están actuando sin seguir necesariamente el libreto estadounidense y eso indica que otra realidad va surgiendo en el mundo. Ello puede influir en Japón, que se sienta menos amenazado y se incline a negociar sin tanta dependencia de EEUU y así, vamos a ir viendo muchos cambios en el mundo que Trump no podrá detener. Antes de que la humanidad caiga, el caerá primero.

El gobierno tiene serias deudas con el pueblo. Debe pagarlas y yo creo que lo hará, pues confío en el presidente Maduro

El problema es la quinta columna, que tiene más poder que el que nos imaginamos y es a ella a la que hay que desenmascarar y derrocar. Hay que asaltar ese cuartel general y eso es de la mayor urgencia.

En el pueblo se vienen acumulando diversas decepciones. Hay decepciones por la corrupción, por la tolerancia del gobierno con los especuladores, por la complicidad de los cuerpos de seguridad con los "bachaqueros", complicidad que viene de arriba y lo sabemos, por los problemas en los hospitales, en el transporte público, en la seguridad pública, por dramas que vuelven a aparecer en las calles, en el barrio, con niños y niñas… En fin, no voy a narrar lo que sabemos, pero, ¿absteniéndonos o votando por los que proponen la dolarización resolveremos algo? Todo será peor.

¿Por qué el gobierno tuvo que enfrentarse solo a Banesco? ¿Por qué no hubo nunca ni siquiera un piquete frente a una oficina con pancartas exigiendo a Banesco que entregue el efectivo, que no ponga a los adultos mayores a hacer largas esperas para pagarles la pensión? Si, es verdad, el PSUV nunca las convocó. Está muy ocupado con las elecciones sustituyendo los espacios políticos donde se desenvuelve la lucha social, por espacios electorales donde el conflicto entre las clases se disuelve sin resolverse y se convierte en voceo de consignas, distribución de afiches (a lo mejor muy radicales), que no superan la agitación, mientras Banesco continúa expropiando a la sociedad. El PSUV está haciendo su trabajo, para lo que existe. ¿Por qué los movimientos sociales no hacen el suyo y es muy probable que el PSUV o por lo menos la base popular los respalde?

No es casual que el presidente Maduro constantemente esté pidiendo ayuda al pueblo. De alguna manera, tiene manos atadas. El pueblo no puede estar en la calle solo para marchar y asistir a mitines. Es algo muy importante. Pero hay que encontrar, con la urgencia del caso, los caminos para que salga a enfrentar la quintacolumna, No podemos permitir que nos derroten con una fuerza que se mueve en nuestras filas.

Votar y luchar y un programa mínimo

Por primera vez la CRBV, la de 1999, la de Chávez, le dio poder al pueblo, poder que los partidarios de la dolarización pretenden quitarle. Vamos a votar y a luchar contra la oligarquía y contra la quintacolumna, ese enemigo que se ha metido entre nosotros, que, como el camaleón, se viste de rojo, rojito, incluso va a las marchas, pero sobre todo está en el gobierno y desde ahí conspira contra el pueblo, trabaja activamente por el "bachaqueo", alimenta la corrupción y se enriquece al lado de los bancos y trabaja permanentemente para desmoralizarnos, irritarnos, generar descontento…

Identifiquen, por ejemplo, a quienes son los responsables de los fracasos en la agricultura, y verán que siguen enchufados por ahí, continuando el sabotaje.

Vamos a unirnos y a lanzarnos a la lucha difundiendo la consigna: Votar y luchar, para combatir permanente contra los corruptos, los traidores, los que nos dan un abrazo de saludo, para clavarnos un puñal por la espalda, no simplemente un puñal físico, que lo veríamos más claramente, sino el puñal de la desesperanza, el desánimo, muy armado de "razones" (muchas ciertas, porque claro que hay errores y graves, claro que hay ladrones, burócratas y muchos tienen inmenso poder, más que cualquiera de nosotros, pero no más que el pueblo si toma plena conciencia de lo que está ocurriendo). Ni siquiera son ídolos para decir que tienen pies de barro, pero de que son de barro putrefacto lo son. El poder espiritual lo tenemos nosotros. Los de a pie, los que andamos en el metro, los que hacemos cola para conseguir unos cuantos alimentos y los compartimos con todos los que podemos. No nos podemos dejar derrotar por esa camarilla desalmada que cuando grita consignas, las envilece. A mí, por venir diciendo estas palabras ya me dieron una paliza, luego me allanaron la casa y lo que se llevaron, no hay poder que haya logrado, que me lo devuelvan. Lo más valioso son borradores de libros que he estado escribiendo. Pero siempre he contado con la protección de Dios y ese poder es más fuerte.

Hay que poner el poder del pueblo en la calle, en el barrio, en la urbanización, en todas partes. Con un programa mínimo: 1) contra la intervención imperial, la dolarización y la quinta columna cómplice; 2) juicio y encarcelamiento de los corruptos; 3) contra los bachaqueros y sus cómplices; 4) contra los especuladores: multas, cierre de negocios y empresas; 5) por el triunfo pleno e indiscutible de Maduro el 20 de mayo.

Estos cinco puntos y la consigna Votar y luchar, deben ser el centro de nuestra lucha, que debe ser radicalizada a partir del 21 de mayo, para respaldar las promesas que el presidente ha ido haciendo contra varios males y se conviertan en decretos, resoluciones, sobre todo, hechos, no palabras.

Este proceso tiene un sólido respaldo constitucional, como lo he explicado en diversos trabajos que he escrito y publicado. Aplicando el Art. 70 Constitucional, debemos impulsar un movimiento de asambleas de ciudadanas y ciudadanos cuyas conclusiones son vinculantes y dirigirnos a la ANC, usando el Art. Constitucional 51, que establece el derecho de petición. Un debate constructivo sobre estos temas, teniendo como denominador común, la participación protagónica del pueblo, le dará un giro a la situación. No sólo se piden votos, que es legítimo, sino que se plantean soluciones para resolver problemas que nos afectan a todos. En conversaciones personales puedo ampliar todo esto.

El presidente Maduro está pidiendo ayuda, respaldo. Vamos a dárselo sin límites, con la condición de que cumpla su palabra de meter en cintura a los corruptos, de acabar con los bachaqueros, con las que trafican con las medicinas y con los males del pueblo con la esperanza de derrocar al gobierno. El 21 de mayo debemos ocupar la calle con este programa mínimo.

Ante los desafueros de Banesco, el gobierno le "perdonó" la vida a Escotet, su dueño. Intervino el banco, pero no se lo quitó. La próxima vez puede que no ocurra así. A lo mejor el pueblo va aprendiendo las lecciones que los grandes empresarios le van dando y decida ocupar, sin duda pacíficamente, oficinas, instalaciones comerciales e industriales y entonces las cartas sobre la mesa puedan jugarse de otra manera.

Ni siquiera el FMI le da plena razón a los dolarizadores

Voy a citar al FMI por cuanto las afirmaciones que él hace, sus recomendaciones y conclusiones son, generalmente, la guía fundamental de los políticos, economistas, politólogos, etc. que se ubican en lo que convencionalmente se viene llamando la derecha, la centro derecha e incluso, eso que se denomina la centro izquierda.

Tomaré como referencia un folleto publicado en la colección Temas de Economía 24, denominado Ventajas e inconvenientes de la plena dolarización, escrito por Amdrew Berg y Eduardo Borensztein, publicado por el Fondo Monetario Internacional, Washington, diciembre 2000. Una afirmación de punto de partida es la siguiente:

"El atractivo principal de la plena dolarización es que elimina el riesgo de devaluación fuerte o repentina del tipo de cambio del país. Esto puede llevar a que el país pague una prima de riesgo menor en sus empréstitos internacionales. Las economías dolarizadas quizá gocen de un nivel de confianza más elevado entre los inversores internacionales, tasas de interés más bajas para el crédito internacional, menores costos fiscales y niveles más elevados de inversión y de crecimiento."

Como puede observarse las ventajas que el FMI señala son ventajas vinculadas a la integración y articulación de la economía nacional con la economía mundial, dominada por la oligarquía financiera, es decir, por la globalización neoliberal, por lo tanto, al atractivo que puede ofrecer a "los inversores internacionales". La otra "ventaja" se deriva de la pérdida de soberanía monetaria: "elimina el riesgo de devaluación fuerte o repentina del tipo de cambio del país". Obviamente quien puede devaluar, revaluar, estabilizar... es el gobierno de EEUU o los movimientos especulativos que se realicen tanto en el mercado de EEUU y/o en el mercado mundial ¡Tremenda ventaja!

"Ventaja" que se deriva, precisamente, de que no podemos emitir dólares pues esta es una potestad de las autoridades monetarias de EEUU, que lo hacen de acuerdo con sus políticas particulares y los objetivos de EEUU como potencia mundial a los que por supuesto quedaríamos sometidos.

Una de las conclusiones de los técnicos del FMI, cuya franqueza debemos agradecer, es la siguiente:
"El país que dolarice su economía cederá toda posibilidad de tener una política monetaria y cambiaria autónoma, comprendido el recurso al crédito del banco central para facilitar liquidez al sistema bancario en situaciones de dificultad."

"La característica principal de la dolarización es que es de tipo permanente, o casi."

No es como cambiarse de ropa. Es una subordinación casi perpetua. Como se dice, sin disparar un tiro, sin necesidad de "guarimbear", ganar elecciones, etc. se estaría reduciendo a Venezuela a la situación de un país recolonizado. Adiós a los procesos de integración continental pujando contra la globalización neoliberal, a una moneda regional como el Sucre, al comercio justo intercambiando con monedas nacionales prescindiendo del dólar, a los sistemas de trueque, en fin, adiós a los principios de la Cooperación Sur-Sur y en general, a la geopolítica de la liberación que desarrolló el Presidente Chávez.

Finalmente, obsérvese, que, según los técnicos del FMI, "el atractivo principal de la plena dolarización", es ninguno de los que los dolarizadores tratan de meternos en la cabeza.

La dolarización como continuación de la guerra por otros medios. Vivimos un estado de guerra permanente

Sin entender y partir de lo anterior, se puede hacer cualquier propuesta, que, incluso, puede coincidir con los intereses imperiales. Sobre todo, si se cree que las políticas imperiales tienen buenas intenciones, que lo malo son los métodos, las formas. Pero, en muchos casos, como el que nos ocupa, las formas son el contenido.

Como sabemos todas estas medidas antinacionales se impulsan creando un clima político y psicológico favorable que consiste en debilitar al extremo los mecanismos y dinamismos de la conciencia nacional y crear la idea de que esa es la salvación o por lo menos, el mal menor ante los desatinos económicos del "chavismo". Una aureola científica y académica es importante, como principio de autoridad para darle fortaleza al tema frente la población. Es una especie de halo académico que puede ser utilizado como auxiliar de los centros de poder imperial. No es ningún ataque a la academia ni a nadie en particular. Tengo profundo respeto por la Academia y los conocimientos académicos.

En torno a temas vinculados con la economía, a veces pasa que desde la academia no siempre se vea el conjunto de la situación, la diversidad de problemas que la conforman. Se vean los aspectos económicos sin ponderar los temas geopolíticos y las relaciones de poder.

Se llega a sostener que son un contexto, sin comprender que la economía forma con ellos un todo articulado, sin penetrar en ese vasto y rico mundo de la totalidad y la complejidad, de la que fue un maestro Marx y también en tiempos contemporáneos, Edgar Morin. No pretendo darle lecciones a nadie, que a veces es una manía de los académicos. Sólo estoy comentando mi experiencia. Pero les diré, que sobre este tema de la dolarización, no estamos hablando de un contexto, estamos hablando de un proceso, de una totalidad compleja y no de la tendencia gringa a la simplificación de la complejidad, para facilitar el cometimiento de crímenes. Lo demás, son daños colaterales.

Comento lo anterior, porque algunos académicos al hablarnos de dolarización, se colocan por debajo del nivel de análisis que hace el Comando Sur, quien, en lo concreto, dirige la agresión contra Venezuela y esto tomando en cuenta una multiplicidad de aspectos.

Esta es la situación: vivimos un estado de guerra permanente que reúne aspectos militares, económicos, políticos, psicológicos y mediáticos, entre otros. Hay gente en Venezuela que se niega a aceptar que estamos en guerra. Bueno, no lo digo yo, quien se interese puede ver el documento del Comando Sur del ejército de EEUU, que se denomina "Operación Venezuela Freedon 2", que plantea, que con el apoyo de la MUD (lo dice el documento), pero bajo la dirección del Comando Sur (también lo dice el documento), se desenvuelve una guerra no convencional con la finalidad de derrocar al presidente Maduro. Es decir, la MUD se ha sometido, diligentemente, al mando del Comando Sur del Ejército de EEUU (eso antes de salir al extranjero y quedar absolutamente subordinados y mantenidos).

Voy a realizar una larga cita del documento del Comando Sur (no son usuales citas tan largas, pero hay muchos incrédulos que creen que no estamos en guerra), publicado por la Misión Verdad:

Considerando los diversos aspectos reseñados en el resumen anterior, esta Junta Evaluativa y nuestro componente de operaciones especiales común (Componentes Operacionales del U.S. Southern Command: Comando de Operaciones Especiales Sur, Joint Task Force-Bravo, Fuerza de Tarea Conjunta Interagencial Sur – Jiatfs) involucrados en esta operación, debe elevar un conjunto de recomendaciones que permita una planeación efectiva de nuestra intervención (subrayado mío) en Venezuela, concebida como una operación de amplio espectro, conjunta y combinada dentro del área de responsabilidad, priorizando los conceptos estratégicos: fuerza decisiva, proyección de poder, presencia en ultramar y agilidad estratégica (Joint Vision 2020, como un proceso de actualización permanente de la doctrina militar) (que) continuarán rigiendo nuestros esfuerzos donde se incorpore todos los instrumentos de autoridad nacional, entre ellos, recursos diplomáticos, de información, militares, económicos, financieros, de inteligencia y jurídicos. Con esa dirección estratégica, los aspectos que debemos evaluar a partir de los soportes informativos previos y sus proyecciones, son el resultado de la labor conjunta entre la Agencia de Inteligencia para la Defensa (DIA, que es nuestro organismo de adscripción) en estrecha colaboración con otros entes de la Comunidad de Inteligencia (IC, por sus siglas en inglés). Con estos fundamentos, traigo una agenda resumida (anexo tienen ustedes los soportes documentales) para el análisis de una serie de políticas que nos permitan abordar los diversos ámbitos (político y militar) siendo necesario su desagregación en acciones específicas:


Con los factores políticos de la MUD hemos venido acordando una agenda común, que incluye un escenario abrupto que puede combinar acciones callejeras y el empleo dosificado de la violencia armada. Por supuesto, hay que seguir impulsando como cobertura el referéndum o la enmienda que se apoya en el texto constitucional y que sirve para censar, movilizar y organizar una masa crítica para la confrontación (subrayado mío). Por eso, también hay que enarbolar los artículos 333 y al 350 que legitiman la rebelión. Es indispensable destacar que la responsabilidad en la elaboración, planeación y ejecución parcial (sobre todo en esta fase-2) de la Operación Venezuela Freedom-2 en los actuales momentos descansa en nuestro comando, pero el impulso de los conflictos y la generación de los diferentes escenarios es tarea de las fuerzas aliadas de la MUD involucradas en el Plan, por eso nosotros no asumiremos el costo de una intervención armada en Venezuela, sino que emplearemos los diversos recursos y medios para que la oposición pueda llevar adelante las políticas para salir de Maduro. (Subrayado, mío).


Bajo un enfoque de "cerco y asfixia", también hemos acordado con los socios más cercanos de la MUD, utilizar la Asamblea Nacional como tenaza para obstruir la gobernanza: convocar eventos y movilizaciones, interpelar a los gobernantes, negar créditos, derogar leyes.

Por ahora, digo yo, la primera puesta en marcha de este plan fracasó y la MUD está fragmentada ¿El Comando Sur radicalizará la intervención directa con la presencia de paramilitares, entrada de fuerzas especiales colombianas (con uniforme o sin uniforme), con mayor protagonismo del narcotráfico?...

Lo cierto es que el bloqueo se va a agudizar, las sanciones y la intervención con sus formas abiertas y encubiertas, también.

La dolarización liquida nuestra soberanía monetaria

Es más, los dolarizadores ni siquiera dejan claro si lo considera parte de la soberanía de nuestra patria. Ni siquiera lo toman en cuenta, pues saben que la dolarización es una clara subordinación a la dominación de EEUU.

Para mí, un aspecto esencial. El tema de la soberanía, que lo he tratado a través de casi todo lo que he escrito en los últimos tiempos, tiene profundas implicaciones geopolíticas, estratégicas, militares, diplomáticas… Por ahora sólo diré que la soberanía monetaria constituye un todo articulado con la soberanía fiscal y la soberanía financiera.

En consecuencia, las soluciones deben trabajar simultáneamente todos los aspectos. Esto no es extraño, pues ello implica una profunda revolución no sólo en la economía sino también en las relaciones de poder, en la cultura, los patrones de consumo y producción, entre otros aspectos.

Uno de los problemas de las revoluciones es que siempre ha sido y es más fácil, dejarse llevar por el camino de la tradición y la costumbre, uno de los núcleos duros de la dominación. La restauración del capitalismo en la Unión Soviética y en otros países, ha tenido en el triunfo de la tradición y la costumbre una fuerza contrarrevolucionaria decisiva. Hay tradiciones y costumbres que es conveniente conservar, como las tradiciones solidarias y de trabajo colectivo. Otras como las fundadas en el individualismo, deben ser revolucionadas.

El peso de las tradiciones y costumbres reaccionarias tiene que ver particularmente con el hecho de que no se mueven sólo desde nuestras prácticas y reflexiones conscientes, sino fundamentalmente desde el inconsciente. Hace ya un buen tiempo sostuve, precisamente, que eso que se llama la formación de cuadros y militantes, no tiene que ver sólo con el desarrollo de la conciencia revolucionara sino de manera vital, con la revolución del inconsciente.

El factor decisivo, a mi entender, ha sido la sobrevivencia de un modelo petrolero que durante la Cuarta República condujo a debilitar (incluso a destruir) la producción no petrolera, al endeudamiento, al déficit fiscal, a problemas en la balanza de pagos, a la corrupción y a la depreciación y devaluación de nuestra moneda (ver mi trabajo sobre La Petrolia del Táchira y el Modelo Petrolero Impuesto por el Capital cuando Juan Vicente Gómez derrocó a Cipriano Castro, publicado por Aporrea y la página de la Red PatriaUrgente).

En otros trabajos he hablado de la importancia que tuvo en la década de los años 30, el debate que hubo entre Alberto Adriani, doctor en economía y también productor agrícola y Vicente Lecuna, banquero e historiador, quien hablaba en nombre de los banqueros y el comercio importador, las clases sociales, que todavía hoy, dominan a la sociedad venezolana. Alberto Adriani, con razón, hablaba sobre la devaluación del bolívar, de cómo eso favorecía las importaciones, destruía la agricultura e impedía el desarrollo industrial, Por supuesto, para los banqueros e importadores, eso estaba bien. Bajo el gobierno de Juan Vicente Gómez, obviamente, ese debate lo ganó Vicente Lecuna y lo perdieron los agricultores y la naciente industria. (Ver mi trabajo "Siembra petrolera y hegemonía política y cultural", publicado, entre otras páginas, en Aporrea).

En la actualidad los problemas de nuestra política petrolera son más complejos, que cuando el sabotaje y paro petrolero. El problema es que el sabotaje ha venido y viene desde dentro, desde la propia directiva de PDVSA, pero este tema no lo abordaré ahora.

La dolarización es inconstitucional y es parte del proceso de recolonización del continente

Como lo saben bien los que proponen la dolarización de la economía venezolana, un aspecto medular del Art. 318 constitucional es: "La unidad monetaria de la República Bolivariana de Venezuela es el Bolívar. En caso de que se instituya una moneda común en el marco de la integración latinoamericana y caribeña, podrá adoptarse la moneda que sea objeto de un tratado que suscriba la República." Es decir, un tratado que deberá ser discutido y aprobado por la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela como resultado de una moneda común que surja en el marco de la integración latinocaribeña. Hoy debería ser aprobado por la Asamblea Nacional Constituyente, pues la Asamblea Nacional se ha colocado al margen de la ley y es un centro de conspiración financiado por EEUU.

Parece, que, para llegar a la propuesta de la dolarización, primero hay que modificar la relación de fuerzas existente en nuestro continente, tal como lo han venido haciendo y por supuesto, modificar la que existe en la sociedad venezolana. Aun cuando el imperio está trabajando muy activamente por lograr estos objetivos, el camino, como lo demostró la reciente Cumbre de las Américas en Lima, no es fácil.

Necesitaban conquistar la mayoría calificada de las 2/3 partes de los miembros de la Asamblea Nacional de nuestra patria y lo lograron en diciembre de 2015. Pero, como ya ha sido probado, no supieron que hacer con ese resultado. Pensaron que el camino era fácil, pero de aventura en aventura, se desacreditaron, siempre creyendo que el poder imperial les regalaría el cargo de presidente de la República Bolivariana de Venezuela a algunos de sus dirigentes. Pero ser presidente de una nación con ese nombre y con un pueblo que se ha tomado el bolivarianismo en serio y que el Presidente Chávez en más de un acto público, diversas conferencias, en Aló Presidente, le explicó el conflicto entre Bolivarianismo y Monroísmo, no es tan sencillo ni es un premio que se gana en un juego de cartas marcadas.

Lamentablemente para ellos, han huido al extranjero sin que nadie los este persiguiendo, pero saben que han cometido graves delitos que van más allá de diferencias radicales de opinión, las cuales como ocurrió en 2014, las han podido expresar de viva voz, hasta en el palacio de gobierno, Miraflores, invitados personalmente por el propio presidente de la República, compañero Nicolás Maduro, cuando ese año, tuvieron a su disposición, todo el sistema de radio y televisión del país para decir lo que quisieran decir. A pesar de ese gesto del presidente Maduro para facilitar una negociación, al poco tiempo le estaban dando una patada a la mesa de diálogo y profundizando la conspiración.

Ahora sí, definitivamente es claro y evidente, sólo para los que no quieran ver, que ellos han quedado dependiendo, de "papá" Trump y por eso se fueron hasta Lima, con motivo de una cumbre de las Américas, que no fue tal, pues también fue un fracaso (entre otras cosas, con el presidente de Perú destituido y preso por corrupto), a implorarle al vicepresidente de EEUU, para que radicalice las sanciones contra el pueblo venezolano (que es el que definitivamente las padece) y acelere la intervención. ¡Qué vergüenza!

Proponer la dolarización de la economía venezolana implica reformar la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, lo que obviamente requiere un proceso más o menos prolongado. Por lo tanto, dada la urgencia con la que lo están planteando, ello debe implicar un proceso extraconstitucional. Obviamente la dolarización forma parte del programa de los desestabilizadores y clarifica más su fuerte alineamiento con la política imperial y en particular con el gobierno de EEUU.

Un primer objetivo es continuar minando y profundizar la desconfianza en el bolívar y, por tanto, favorecer la dolarización, de hecho, de la economía venezolana. A los especuladores, les conviene debilitar al bolívar e incrementar la fuga de divisas y la fuga de capitales. En lo inmediato, forma parte del proceso de desestabilización.

Esa dolarización es contraria al desarrollo "desde dentro" como lo propuso el Presidente Chávez

Ahora, si el país se plantea un modelo de desarrollo "desde dentro", fundado en la soberanía y la independencia, entonces debemos decir que la dolarización y en general, cualquier propuesta o circunstancia en la que perdamos la soberanía monetaria y/o nos obligue a contratar créditos con la banca internacional, lo que generalmente requiere el aval del FMI y la aceptación de las condicionalidades que este organismo suele colocar, nos pone en el camino del desarrollo "desde fuera", es decir, un desarrollo condicionado por el capital internacional. El camino de Grecia.

Como ya señalé, la dolarización no es como cambiarse de ropa. Es una subordinación casi perpetua. Como se dice, sin disparar un tiro, sin necesidad de "guarimbear", ganar elecciones, etc. estaría reduciendo a Venezuela a la situación de un país recolonizado. Adiós a los procesos de integración continental pujando contra la globalización neoliberal, a una moneda regional como el Sucre, al comercio justo intercambiando con monedas nacionales prescindiendo del dólar, a los sistemas de trueque, en fin, adiós a los principios de la Cooperación Sur-Sur y en general, a la geopolítica de la liberación que desarrolló el Presidente Chávez.

A esto puede conducirnos no sólo la dolarización, sino también la existencia de vulnerabilidades tales como problemas con las reservas internacionales, déficit fiscal, fuga de capitales, alta inflación, devaluación constante del bolívar, escasez de productos básicos, propios del modelo de desarrollo basado en el capital bancario y comercial, que se enriquece con las importaciones, las devaluaciones, la fuga de capitales y es contrario al desarrollo de una economía productiva.

En Venezuela esta ha sido la consecuencia inevitable del Modelo Petrolero Transnacional, que se impone entre nosotros desde el momento en que Juan Vicente Gómez derrocó a Cipriano Castro (ver mi trabajo La Petrolia del Táchira y el Modelo Petrolero impuesto por el Capital cuando Juan Vicente Gómez derrocó a Cipriano Castro, publicado tanto por Aporrea como por la página de la Red PatriaUrgente). Generalmente el resultado inevitable ha sido el endeudamiento y por esa vía, entre otras, la pérdida de soberanía.

Si ante los problemas económicos actuales tomamos el camino del endeudamiento con la banca internacional, a lo mejor tendríamos que decir, recordando un refrán de los marinos venezolanos: "tanto nadar para morir en la orilla". Significaría que el modelo petrolero que heredamos de Juan Vicente Gómez, sigue "vivito y coleando". Estoy seguro de que ese no es el camino por el que va a optar el presidente Maduro, pero es el que no se ha terminado de romper.

Venezuela tiene otras opciones. Como ya dije, tengo la convicción de que el presidente Maduro sabrá tomar los caminos que preserven nuestra soberanía. Un fundamento de esos caminos es no permitir que el capital gane en la mesa de negociaciones, lo que el pueblo venezolano ha derrotado en más de 20 elecciones, cuando el golpe de estado de abril de 2002, el paro petrolero de diciembre 2002 y enero 2003 y diversos combates defendiendo la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela y el derecho a realizar cambios profundos de la sociedad venezolana, transitando por la senda de la paz y la no violencia.

La corrupción como un aspecto clave de la dominación imperial.

La corrupción como lo he señalado reiteradamente no sólo es un problema ético. Es uno de los componentes estructurales y sistémicos no sólo de la economía sino de la sociedad venezolana. Un proceso que se ha incorporado a la cultura y base de los "modos de vida imperiales". El control de cambios fue una necesidad impuesta por el paro petrolero de diciembre de 2002 y enero de 2003. Sin embargo, se ha convertido en un problema en la medida en que no ha cumplido con el objetivo de frenar la fuga de capitales. Por el contrario, la transferencia al extranjero de $ 60.000 millones, denunciada por el presidente, no es ajena a los procesos fraudulentos que se desarrollaron a través de Cadivi, lo que el presidente Maduro llamó "cadivismo".

En la medida en que la trasferencia de renta petrolera hacia el capital privado de hecho, se ha convertido en un deber del Estado, se ha ido montando la olla de la corrupción. Esta olla se legitimó y perpetuó con la Corporación Venezolana de Fomento (CVF), que se convirtió en una fuente de corrupción, despilfarro de la renta petrolera y la fuente fundamental de los capitales acumulados por los grupos económicos de Venezuela. Carlos Andrés Pérez remató esa obra cuando lanzó el plan de la "Gran Venezuela" fundado en el masivo endeudamiento y la transferencia de renta petrolera a la burguesía y luego Caldera cuando enfrentó la crisis bancaria de los años 90, haciendo masivas transferencias de renta petrolera a los banqueros que habían estafado al país. En general, los recursos entregados a la CVF, luego por Carlos Andrés Pérez, después por Caldera y en general por todos los presidentes de la Cuarta República, no fueron para construir una economía productiva sino para alimentar a la burguesía comercial y financiera que han hecho negocios en los mercados internacionales y marginalmente han invertido en el país.

El incremento del precio de la gasolina, es necesario, pero si no vamos revolucionando el modelo petrolero, no nos librará de los males actuales

Soy partidario del incremento del precio de la gasolina y ratifico que es parte de una política para ganar las elecciones. El incremento al precio de la gasolina es parte de una política para derrotar a las casas de cambio de la frontera con Colombia, al llamado Dólar Today, uno de los aspectos más graves de la guerra económica que se libra desde la frontera. Por supuesto, esa no puede ser una medida aislada. Mientras la corrupción esté vivita y coleando, la guerra económica y la guerra en general, difícilmente pueden ser derrotadas.

Se ha dicho que no es conveniente subir precios ahora. Por cuanto vivimos un momento de alza generalizada de precio. No, el Estado lo que debe detener es derrotar la especulación e incrementar los precios que resulte necesario subir.

La corrupción pues ha sido un mecanismo de trasferencia de capital público al capital privado. Lamentablemente, pese a los esfuerzos realizados, la Quina Republica no ha logrado transformar esta relación, pues ella requiere una profunda revolución no sólo en las relaciones económicas sino fundamentalmente en nuestra cultura transformando los "modos de vida imperiales" y las relaciones entre el Estado y la burguesía transnacional, que no podemos calificar de venezolana.

Muchos de los fracasos de las políticas económicas emprendidas tienen que ver con la naturaleza de la relación entre el Estado y la burguesía transnacional y con el papel que la corrupción como mecanismo de transferencia de capital público al capital privado. Mientras no se toquen estos problemas de fondo, otros temas como el precio de la gasolina y la discusión sobre la unificación del tipo de cambio, pese a la relevancia que tienen y las medidas que deban tomarse, no nos librarán por sí solos de los males que estamos viviendo. Probablemente estos se reproducirían.

No es deber del Estado transferir renta petrolera a la burguesía transnacional. Esa es una de las trampas que nos puede conducir a la dolarización. La rebatiña de dólares debe terminarse

Este mito tiene que ser destruido. Que la burguesía invierta. El capital internacional está invirtiendo en Cuba y no existe en este país hermano un mecanismo similar a la renta petrolera como un regalo que se les esté dando como incentivo para la inversión. Hay una negociación entre iguales, entre el capital y un Estado soberano.

Esa es la relación que hay que establecer en Venezuela. Nada de créditos preferenciales, nada de dólares preferenciales, no, que corran los riesgos que tengan que correr como cualquier empresario capitalista y el Estado establecerá reglas de juego claras y transparentes de obligatorio cumplimiento para todas las partes.

Mientras se avanza hacia otro tipo de relación y sobre la base de reglas de juego claras y transparentes, propongo las siguientes normas para negociar con el capital privado:

1) Ni un dólar más para la burguesía que no esté claramente establecido bajo compromiso de fiel cumplimiento sobre: garantías sólidas de que va a ser gastado con fines productivos y nunca para fines especulativos; demostración de por qué necesita dólares del Estado y por qué no los cubre con sus propios dólares; por qué y para qué los solicita, en qué los va a gastar y cómo; una clara programación de la inversión productiva que va a realizar; una estimación del volumen de producción que va a generar y en cuanto tiempo y en qué cantidad y calidad esa producción entrará al mercado nacional o para las exportaciones que se hayan programado.

Es decir, el Estado debe aplicar las mismas reglas, incluso, más extremas que las que aplican los bancos privados para otorgar un crédito, pues no es deber del Estado conceder transferencias de renta petrolera al capital privado. Es más, mi opinión sincera es que esa transferencia debe liquidarse y que es un grave error, que se siga transfiriendo dólares al gran capital transnacional, lo que incluye a Lorenzo Mendoza y al Sr. Escotet, quien debe estar muy agradecido de que el gobierno no lo haya colocado tras las rejas, cuando el Banco, del cual él es dueño, es el principal involucrado con los delitos cometidos en la frontera con Colombia, recientemente denunciados por el Fiscal General de la República.

Luego, según la revista Forbes, ellos tienen milmillonarias cuentas en dólares colocadas en la banca internacional, donde ellos han "sembrado" el petróleo.

2) Los dólares que se entreguen tendrán el carácter de crédito con las necesarias garantías de que serán devueltos al Estado bajo cualquier circunstancia.

3) La ANC deberá aprobar una ley especial para penalizar las violaciones de esos compromisos con obligación de la devolución al Estado de los dólares entregados con los intereses correspondientes.

4) Establecer como condición la necesidad de un estudio previo que demuestre la necesidad de que el préstamo deba ser entregado en dólares y no como una contrapartida en bolívares en relación a los dólares que el empresario esté solicitando para utilizarlos en una determinada transacción. Es decir, el Estado no está obligado a entregar dólares, sino una equivalente contrapartida en bolívares. Como generalmente estas son peticiones para importar determinados bienes, el Estado tiene que decidir si importa estos bienes y luego el empresario respectivo los cancela en bolívares o qué tipo de transacción puede generarse. Sobre todo, porque ahora existe el Petro y son otras las perspectivas que se abren.

5) Más que entrega de dólares a las que el Estado no está obligado, la negociación debe estar centrada en el establecimiento de las reglas de juego. La rebatiña de dólares debe terminarse.

Ya los empresarios han acumulado suficiente capital apropiándose de la renta petrolera. Ahora que arriesguen su capital. Con seguridad habrá y hay empresarios interesados en invertir en Venezuela.

6) Finalmente, el poder obrero debe ser parte de la supervisión de las acciones del gran capital, como guardián de los intereses de la patria.